Mi Querido Ángel
Bella tenía un don. Desde muy pequeña había sentido la carga de esa responsa...
arrow_forward LeerFrancisco y sus tres amigos
Francisco y sus tres amigos se encontraban en una de las mesas VIP de la discoteca Premium. La mesa miraba hacia la pista de baile. Francisco se asomó por la baranda mirando la pista y comentó:
—Veo que hoy hay muchas mujeres solteras.
—Sí —comentó Pedro sobándose las manos en un gesto de maquinación.
—¡Solteras! —dijo Pablo—. A mí me gustan las casadas.
—Pero cómo te van a gustar las casadas —dijo César—, si además son mayores que tú.
—Por lo mismo, casadas y con menos complicaciones. Además, la mayoría no tiene la atención de sus maridos, así que son más fogosas.
—No te vaya a pasar lo mismo que a Esteban —dijo Pedro.
—Ja... eso es una leyenda urbana.
—No es una leyenda, eso le pasó al amigo de un amigo —dijo Francisco, comenzando su relato.
Esteban era un estudiante de último año de psicología de la Universidad de Humanidades. No era especialmente atractivo, era un tipo normal, pero se aprovechaba de sus conocimientos de psicología para seducir a mujeres casadas, todas mayores que él. Sus amigos le preguntaban por qué salía con mujeres casadas.
—Menos problemas —respondía—. Además, son más fogosas.
—Algún día te van a pillar —le decían.
A lo que él respondía:
—Mis estimados amigos, el secreto está en nunca repetir. Soy un Don Juan moderno —y reía.
Hasta que conoció a Verónica.
La vio una noche de sábado en una discoteca de Providencia. Estaba sentada sola en la barra, con un vestido rojo y una copa intacta frente a ella. Llevaba un anillo sencillo en la mano izquierda.
Esteban se acercó.
—Parece que estás esperando a alguien.
Ella lo miró por primera vez y sonrió con cansancio.
—Tal vez estoy esperando una razón para irme.
Dos semanas después, Esteban ya conocía el departamento de Verónica. Sabía que su esposo viajaba con frecuencia y que, según ella, era un hombre distante, silencioso, pero incapaz de perdonar una traición.
—No me importa —dijo Esteban una noche, mientras se abotonaba la camisa—. Todas dicen eso del marido.
Verónica no respondió. Solo lo observó salir.
La última vez que vieron a Esteban como siempre fue un jueves por la noche. Entró solo a una discoteca pequeña, cerca de Plaza Italia. Saludó al guardia, pidió un trago y se perdió entre las luces azules y la música.
Nadie sabe quién se sentó junto a él.
Algunos dicen que era un hombre alto, con traje oscuro. Otros, que llevaba una chaqueta de cuero y no sonrió en ningún momento. Una mesera aseguró haberlo visto invitarle un vaso de whisky.
Esteban aceptó. A los pocos minutos cayó al suelo inconsciente. El hombre se acercó y dijo:
—Yo soy médico, abran espacio para que pueda respirar.
Después de unas maniobras de reanimación, determinó que debía ser llevado a urgencias. Lo cargó en sus brazos y lo subió a su auto.
A la mañana siguiente, Esteban despertó en su dormitorio.
La luz entraba por la ventana. Su ropa estaba doblada sobre una silla. No tenía moretones, ni heridas visibles, ni señales de haber vuelto acompañado. Solo un dolor leve y persistente en la ingle.
Miró el reloj. Eran las once.
Intentó recordar la noche anterior, pero su memoria terminaba en el segundo vaso. Después, nada.
Se incorporó con dificultad. Entonces notó las vendas. Había sangre seca en las sábanas. Esteban dejó de respirar.
Con manos temblorosas, apartó el cobertor. Su ropa interior había sido cortada. Bajo ella, sus partes íntimas estaban envueltas con cuidado, capa tras capa, en gasas blancas manchadas de rojo. Quiso gritar, pero apenas le salió un susurro.
Tomó el extremo de la venda y comenzó a retirarla poco a poco. A medida que daba cada vuelta, el estómago se le apretaba más y la angustia se volvía una tortura. Se la arrancó de un tirón sin importar el dolor.
Desde el departamento de al lado solo escucharon un grito largo, animal, imposible de olvidar.
Verónica nunca volvió a aparecer.
Pero hay quienes juran que, algunas noches, un hombre de traje oscuro se sienta solo en la barra, pide dos vasos de whisky y espera pacientemente a que alguien haga la pregunta equivocada.
—Eso es una leyenda urbana —dice Pablo—. Ahora me voy con una chica que hace rato me mira en el bar.
Pablo se dirige al bar del piso VIP y se acerca a la mujer que lo estaba observando. Mira su mano derecha... lleva un anillo... "Estamos bien", piensa, y entabla conversación con ella mientras sus amigos lo miran a la distancia.
Mientras conversaban, un hombre alto lo pasa a llevar sin querer, casi tirándolo.
—Disculpe, se me movió la bebida —dijo el hombre vestido de negro.
Pablo no le dio importancia al suceso y siguió con su juego de seducción. Luego de unos minutos comenzó a sentirse raro, mareado, sin haber tomado mucho, hasta caer al suelo.
Lo último que escucharon sus amigos fue:
—Yo soy médico, abran espacio para que pueda respirar.
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