La DecisióN De SofíA
Con mano temblorosa tomó su celular. No sabía qué esperar. Con miedo, apret&...
arrow_forward Leer—¡Ave María purísima!
—Sin pecado concebida.
—Padre, vengo a confesarme de un asesinato que he cometido.
—¡Ay Maruxiña, mujer! pero ¿cómo dices eso? Desde luego, solo a ti se te ocurre decir esas cosas. A ver, cuenta, ¿Qué me quieres decir?
—Pues mire, padre, Que vengo corriendo desde mi casa, sudando como un porquiño. Aún intento quitarme la roña de las uñas, pero está difícil, siempre queda algo. Ayer por la noche, ayer fue. ¡Ay Dios mío! No he podido pegar ojo en toda la noche.
—Al grano Maruxa, al grano.
—Y no es que esté arrepentida, eso no, porque han sido muchas cosas y una, es que tiene un límite. Pues mire, yo estaba muy pegada al mojón blanco, el que linda entre mi finca y la de la “Muda”. Me había calzado mis botas de goma, anudado el pañuelo a la cabeza. Llevaba un vestido negro y un chubasquero.
—Y dale, mujer, que no tenemos toda la tarde.
—Pues eso. Una azada descansaba junto a mis pies. El mojón está a unos metros de mi casa y delimita el perímetro de mi huerta. Unos metros más allá está la casa de la “Muda”, de la que mi familia, ya sabe, es vecina desde hace más de 100 años. Yo la estaba esperando, a la Muda ¡Y con qué ganas! Ella siempre suele salir a la huerta sobre esa hora, y así lo hizo. La sentí acercarse con su cuerpo flaco y su moño apretado. Lo que no esperaba ella era encontrarme a mí allí.
—¡Qué milagro Maruxa, tú por aquí a estas horas! - el tonito socarrón de la Muda se las traía.
—Yo apoyé la mano en el mojón y le espeté:
—Contigo quería yo hablar.
—¿Ah sí? Y ¿De qué?
—De esas flores tan crecidas que tienes en el límite de la huerta. Que milagro que florecieran de esta manera al poco de morir nuestra perra y que la encontraran, a la pobre, en el linde de la finca, con un vómito amarillento saliéndole por la boca. Nunca te había visto unas flores como estas. A lo mejor pusisteis un fertilizante más potente de lo normal.
—¿Qué estás insinuando Maruxa? – preguntó la muda con un reflejo malvado en la mirada, yo creo que sonreía y todo.
—Que todo viene de lejos, ya cuando vivía mi padre nos dábais problemas con el mojón. A él casi le da un infarto al discutir con el tuyo por haberlo movido para ampliar vuestra huerta- le dije sin miramientos.
—¿No será que aún me guardas rencor por lo de Moncho?
—Pero ¿qué dices? Qué rencor ni qué rencor.
—Que todavía no me has perdonado que te robara el novio y que nos pillaras besándonos precisamente junto al mojón- aún siento la risa de la Muda retumbando en mis oídos. La cara se me fue encendiendo, pero intenté mantener la calma. No fuera a ser que perdiera mi objetivo con los nervios.
—Anda, Muda, no me vengas con historias del siglo pasado, que son muchas las cosas que ya no caben aquí- dije señalándome el corazón- ¿Y lo del incendio? ¿Qué me dices del incendio?
—¿Pero de qué incendio me estás hablando?
—Lo sabes muy bien. Del que provocasteis en nuestra huerta y por el que no movisteis ni un dedo mirando como corríamos como locos de un lado a otro sofocándolo.
—¡Y yo qué sé! Tu hermano, que tiraría una colilla encendida.
—Ni se te ocurra mentarme a mi hermano ¿me oyes?
—Mujer, si todo el mundo sabe que aparte de ser medio lelo, le gusta mucho jugar con cerillas en el monte.
—Y entonces padre, vi la maldad hecha persona, esa fue la gota que colmó el vaso.
—Muda ¿Lo mueves tú o lo muevo yo? – le pregunté señalando el mojón, las venas de mi garganta las sentía yo hinchadas como morcillas.
—Maruxa, aparta de ahí ¡anda! – contestó ella.
—Con que no tuve más remedio que levantar la azada y clavársela en mitad de esa cabeza descerebrada. Luego, aunque me dio un poco de asco, la verdad, la tuve que desenclavar de su cabeza para poder cavar junto al mojón y moverlo hasta el lugar que le correspondía. No se crea, eso me llevó unas cuantas horas. Y esta es la historia.
— ¡Qué, padre! ¿No dice nada?
— ¡Ay, Maruxiña, Maruxiña! Siempre con lo mismo. Otra vez con tus delirios. Demos gracias que el Señor lo perdona todo, hasta el rencor que no te deja vivir. Venga, tres Avemarías y un Padrenuestro, y, sobre todo, propósito de enmienda, que ya me tienes harto.
—Tres avemarías, dice - exclama Maruxa para sí, camino del mercado- como si tres avemarías pudieran sofocar la hoguera que me arde en el pecho y que me llena la cabeza de brasas que no se apagan nunca.
—¡Buenos días, Maruxa! ¿No te llevas pimientos hoy?
—No, hoy no los llevo, que ya te los llevé ayer.
—Pero si ayer no viniste por aquí, hay que ver como tienes esa cabeza ¿Ya fuiste al médico?
—Lo que tengo yo, Rosa, ningún médico lo cura. Voy a donde Ramona a comprarle unas chuletas de cerdo que hoy viene mi hermano Moncho a comer.
Maruxa sale del mercado con un par de chuletas grandes y sonrosadas y un manojo de grelos que sobresale de la bolsa, cuyo peso, hace que su cuerpo se ladee al andar yendo a casa.
Mientras limpia los grelos y sala las chuletas mira por la ventana hacia la casa de la Muda, y la ve, como siempre, faenando en la huerta. Automáticamente se olvida de lo que estaba haciendo y se acerca más a la ventana para poder espiarla mejor. En ese momento, la Muda mira en su dirección, y ella da un respingo y cae de bruces sobre las baldosas de la cocina.
—¡Maruxa! ¿Qué haces en el suelo? -pregunta Moncho que entra por la puerta.
—Nada, me resbalé y caí.
—¿No andarías espiando a esa, otra vez? -le pregunta mientras la ayuda a levantarse.
—¡Qué va! Como si no tuviera más cosas que hacer.
Moncho ya no está en la casa desde que sus padres fallecieron, trabaja unas huertas que heredaron más arriba de la aldea, y vive en una cabaña muy sencilla, pero según él no necesita nada más. Es un hombre solitario y parco en palabras, no le gusta relacionarse con la gente de por allí, pero para Maruxa tiene el corazón más grande de toda la aldea.
Se quita la boina y la deja clavada en el pomo de la silla.
—¿Qué hay para comer? -pregunta mientras se sienta.
—Te he preparado unos grelos con chuleta, como a ti te gusta. Espera que aún tengo que terminar. ¿Sabes con quién estuve hablando?
—No, ¿con quién?
—Con la Muda.
—¿Y para que hablas tú con esa? Que te lo he dicho mil veces, que no te juntes con esa gente.
—Pues porque quiero averiguar las cosas, a mí, nadie me quita de la cabeza que esos tuvieron que ver con la muerte de la Flica.
—¡Qué me entere yo! ¡Qué me entere yo! -grita Moncho con esas cejas como matorrales, muy fruncidas y un semblante tan serio que da miedo.
La conversación acaba ahí y mientras comen, Moncho no articula palabra ni responde a los comentarios de su hermana. Luego se va tal como vino.
Maruxa se queda sola con sus sombras y con sus muertos, y si en algún momento le pesan, les habla para aligerar la carga. La tarde se le pasa como todas las tardes, sin saber cómo.
Ya se ha hecho de noche, se prepara un pocillo de leche bien caliente y le mete unas miguitas de pan, y mientras se lo toma plantada frente a la ventana, le parece ver pasar una sombra que le recuerda a su hermano.
Maruxa, a estas alturas ya no sabe si la rodean muertos o vivos, así, que la deja pasar. Se sienta en la silla y dormita un poco, hasta que se despierta por un estruendo que le parece que viene de una pesadilla, pero no, viene de afuera. Se levanta y mira por la ventana y acierta a distinguir hasta dos coches de bomberos, una ambulancia, y un gentío que se arremolina frente a la casa de la Muda. No puede creer lo que ven sus ojos, unas largas llamaradas cubren por completo la fachada, y un humo negro se extiende hacia el cielo.
De repente, un peso que Dios sabe cuánto llevaba ahí metido, se le cae del cuerpo y siente que la hoguera que había en su pecho se ha extinguido.
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