Ariel Coronel

Microrrelato

Pico De Loro

person Ariel Coronel

Pico De Loro

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Esa mañana me había levantado con la cara hinchada. El dolor de muela era insoportable.  Tomé un taxi y corrí al consultorio. El lugar era armonioso, la sala de espera era tipo un departamento lujoso, con cuadros, plantas y una alfombra acolchonada. Una biblioteca moderna, y música funcional. La secretaria presumía sus lindas piernas cruzadas debajo del escritorio. Me senté en un sillón verde estilo inglés, al lado de una mesita con revistas de la farándula y el corazón.

Tomé una. La chica de la tapa me invitaba a entrar al mar, con una mirada felina y un cuerpo dorado salpicado de arena. Quería distraerme un poco del dolor leyendo romances veraniegos, pero mi muela no estaba de vacaciones.

-Pase por acá señor, póngase cómodo, el doctor Ibáñez está por llegar. -Dijo la secretaria, y abrió la puerta del consultorio.

Entré con miedo, recorrí con la mirada todo el sector. Los diplomas y menciones colgados, me dieron una cierta seguridad de que estaba en buenas manos. Un sillón “espacial” y reflectores, esperaban por mí.

La puerta se abrió de repente.  El odontólogo entró apurado.

–Perdón por la tardanza, el tráfico afuera es terrible, sáquese el abrigo y siéntese en el sillón, dijo el dentista abrochándose su delantal blanco.

El doctor era de contextura grande, tenía la frente transpirada y la barba desprolija. Se puso guantes y prendió una especie de linterna en su cabeza que asemejaba a un minero.

Se sentó al costado mío, me enfocó con su lámpara y me dijo que abra bien la boca.

-Esa muela está para sacar, dijo. -Quédese tranquilo y tire la cabeza bien hacia atrás.

-Espere doctor, -¿me va a doler?, le tengo miedo al pinchazo. -Le dije aterrado.

El odontólogo me miró por debajo de sus anteojos, con una jeringa en la mano.

-No me diga que usted es de esos que se asustan con una agujita, vamos hombre. Somos grandes. Pensar que, en otros tiempos, no había anestesia, calmantes ni nada de eso. Dijo el hombre en tono burlón.

-Antes era “pico de loro” y terminado el pleito, me dijo con una sonrisa socarrona.

 La palabra “pico de loro” me retumbó en la cabeza. Hice esfuerzo para entender a que se refería. Tenía 11 cuando mi papá me arregló la bici.

–Te vas a matar con la rueda así. -dijo mi viejo. Él tomó su caja de herramientas, dio vuelta la bicicleta, y ajustó el bulón de la rueda con una llave “francesa” y me dijo que sujete la tuerca del otro lado con la“pico de loro” para que no gire.   Me encantaba ayudarlo en cosas de mecánica.

-Sabe, usted me hace acordar a mis comienzos en la odontología, esa sí que eran buenas épocas. –Dijo el doctor.

-Cuando los dientes se pudrían, los sacaba, los arrancaba y chau. Nada de tratamiento de conducto y esas cosas. Muerto el perro, se acababa la rabia. - Dijo escarbando mi muela.

-De esa manera se terminan todos los males, hay que extirpar el tumor, la manzana podrida de cuajo, mi amigo

Me levanté del sillón de un salto. –Espere un momento - ¿”Pico de loro” dijo?  -Exclamé.

-Tranquilo amigo, no sea “perejil” y siéntese, ya le dije que eran otros tiempos. –Ahora le ponemos anestesia, florcitas rococó y música para los dientes. – Dijo moviendo los brazos de manera amanerada.

-Me saqué de un tirón una especie de delantal que me había puesto y escupí un líquido horrible en el piso. Cerré la puerta con traba.

Me quedé parado frente al dentista, duro, inmóvil. Tenía el cuerpo helado y transpirado. Sentí mojado y caliente mi pantalón. Me había orinado.

 - ¿Cómo otros tiempos?, ¡Quién sos? Le grité temblando.

Agarré el bisturí de la mesa de un manotazo y lo apunté con mi mano temblando.

- ¿Usted se volvió loco? -Voy a llamar a seguridad! -Gritó el dentista.

-Vos sacabas muelas con una “pico de loro”. Las arrancabas disfrutando el dolor, la sangre. –Le dije tomándolo del pelo y con el bisturí en su cuello.

. - Ahora vas a pagar “lacra”, le grité en el oído.

-Me está confundiendo con otra persona señor, suélteme me está haciendo daño, voy a llamar a la policía.

-Héctor Daniel Contreras, el “colo”, estuvo detenido en “Capuchita” (ESMA) conmigo. Era mi amigo.

 - ¿Te acordás hijo de puta?, solo diecinueve años teníamos.

En el año 78, en el altillo de la Escuela mecánica de la Armada, funcionó un centro clandestino de detención, uno de los más grandes de Argentina. Hubo un detenido que aparte de quejarse del dolor que le proporcionaba la tortura, gritaba por una infección en su muela. Su cara del lado derecho, era un globo, su ojo estaba completamente cerrado por la hinchazón. Sus compañeros de celda decían que el olor que emanaba su boca era nauseabundo. Mucho más fuerte que el olor a carne quemada de los cuerpos después de la picana. Pasaba las noches gritando por favor de dolor. Sus gritos se mezclaban con los aullidos de los demás prisioneros que pedían agua, y piedad.

Los guardias cansados de los gritos extremos del “colo”, lo arrastraron de los brazos, como un perro hasta la enfermería. Lo tiraron en una camilla y le dieron un “bife” en la cara del lado de la muela para que se calle. El odontólogo que intervino, dijo socarronamente.

 –Haber que tenemos acá, otra “mariquita que llora por su mamá…

Salió por un momento y cuando entró al lugar, tenía en su mano una toalla sucia rayada y una “pico de loro”.

Metió la herramienta dentro de la boca del malherido, y le arrancó la muela de un tirón. El piso se manchó de una especie de sangre negra y pus gelatinoso, salpicando hasta el vidrio de la ventana.

-Esto es un asco, dijo el hombre. –Todos ustedes son un asco. Culminó secándose la frente transpirada. 

Arrojaron al joven en su celda desmayado, inconsciente. Cerca de las 23 horas, se armó un griterío en el lugar, hubo corridas y miedo. Sacaron a todos de sus celdas y los subieron a un camión que esperaba abajo, en la entrada de la avenida Libertador.

Nunca más se supo nada de ellos.

-No sé de lo que me estás hablando. - Te lo pido por favor, estás equivocado. Suplicó el doctor.

Tomé una “cinta adhesiva” blanca de un recipiente metálico y le tapé la boca. Lo senté en el sillón y quité sus zapatos y medias. Mojé sus manos y pies con el agua del florero que estaba en la ventana. Corté el cable del velador. Sin sacarle la mirada, arranqué con mi boca un pedacito de funda plástica que cubría el cobre del cable, que escupí en su cara.  Presioné la punta suavemente en sus manos. El cuerpo empezó a temblar. La luz del lugar subía y bajaba en cada movimiento. Agarré una pinza de la mesada y la hice entrar en su boca a la fuerza, sus dientes apretados dieron una digna pelea.

De un tirón, le arranqué la muela. Dejé caer la pinza. Mi camisa se bañó de sangre.

Lo tomé de la solapa del delantal y lo tiré al piso. Su cabeza colgaba hacia un costado. Quería hablarme entre palabras y sangre en la boca. Se estaba ahogando.

 Me hizo una seña con su mano como que quería que me acerque.

Me arrimé un poco. Incorporó su cabeza y me miró fijo. Abrió la boca y empezó a toser, a escupir sangre.

Traté de comprender lo que quería decirme. Hasta que pudo hablar.

-A vos te tendría que haber matado también en la ESMA con ese “colorado maricón”. –Me dijo y cerró sus ojos.

 Hice un “boyo” mi camisa ensangrentada, y la guardé en la mochila. Me quedé con la remera negra que tenía debajo. Acomodé mi pelo y giré la traba de la puerta.

Salí tranquilo, sonriente. La secretaria cruzó sus piernas nuevamente como “Sharon Stone”, en “Bajos Instintos”,y me dijo si me anotaba para el próximo turno. Me acerqué a ella, y le dije que no en el oído, que, por suerte, el dolor había terminado para siempre.

 

 

 

 

 

 

 

"Capuchita":Era el altillo del casino de oficiales, un lugar donde originariamente estaba el tanque de agua que abastecía todo el piso del casino de oficiales. Allí había dos salas de tortura y un espacio donde se mantenía a los prisioneros de la misma forma que en "Capucha". Constaba de unos 15 a 20 tabiques que separaban a los secuestrados entre sí. Las condiciones de vida eran peores que en Capucha. El aire era escaso y casi no se podía respirar, invadido de ratas y olores nauseabundos.

La Escuela de Mecánica de la Armada,conocida por sus siglasESMA​, funcionó en el predio que el Concejo Deliberante de la ciudad de Buenos Aires cedió al Ministerio de Marina en 1924.​Allífuncionó el centro clandestino de detención, tortura y exterminio más grande de la última dictadura cívico-militar argentina.

“Pico de loro”: Se trata de una variante de la llave inglesa que tiene dos mordazas que pueden regularse para ajustar tuberías, tornillos y tuercas. Se utilizan para sujetar con fuerza tanto para tareas que requieran apretar o torcer algo.

 

 

 

 

 




 

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