Pico De Loro
Esa mañana me había levantado con la cara h...
arrow_forward LeerCon mano temblorosa tomó su celular. No sabía qué esperar. Con miedo, apretó el botón de encendido y acercó su dedo índice al lector de huellas dactilares. La pantalla se iluminó mostrando el tono verde de la aplicación. No había forma de evadirla, ese maldito ser, ente o lo que fuera, controlaba su teléfono. El primer mensaje del día siempre provenía de un número desconocido, de origen incierto, sin nombre del titular.
Sofía investigó el número incontables veces y al parecer, no pertenecía a nadie. Meses atrás reportó la situación a la policía cibernética y no logró averiguar nada. Cambió de número y de compañía de servicio en varias ocasiones; lo había intentado todo. Se sentía prisionera de aquella rara situación.
Cada mañana se repetía la misma rutina. El mensaje era breve y conciso. Le brindaba una oportunidad para decidir el destino de alguna persona, solo debía elegir el camino correcto. El texto siempre ofrecía dos opciones y, ella necesitaba elegir una. En el transcurso de la mañana la pantalla le mostraba un nuevo mensaje y de acuerdo con los acontecimientos, le ofrecía nuevas opciones a Sofía. Las primeras veces que esto ocurrió, creyó que era algo planeado por alguno de sus amigos.
Ella siempre fue la simpática del grupo y disfrutaba de jugar bromas pesadas. Como aquella ocasión en que un compañero amaneció muy mal del estómago, había comido pollo en mal estado y arrojaba litros de líquido amarillento por distintos orificios de su cuerpo. Ese día de milagro logró llegar con dificultad a la oficina, al verlo subir con tanta urgencia, espero unos minutos y se encargó de hacer sonar la alarma de incendio, precisamente cuando él todavía se encontraba peleando con la taza del baño.
Él aún no se lo perdona. Salió corriendo con los pantalones a medio subir y, después de bajar los tres pisos, llegó como pudo a la calle, para descubrir que fue el único en hacerlo; por las ventanas se asomaron todos sus compañeros de oficina, carcajeándose de aquella escena. Lo más vergonzoso fue limpiar las manchas que dejó en su paso por las escaleras.
Así transcurrió buena parte de su vida. Todos fueron partícipes, amigos, hermanos, mascotas, incluso, no dejo pasar la oportunidad con su abuela. Tenía seis años y sus padres estaban ausentes ese día y, la dejaron encargada con aquella dulce mujer. Al mediodía tocaron el timbre de la casa, una brigada de salud estaba en la puerta, tras unos minutos de charla y después de revisar su cartilla de vacunación, recibió una vacuna en el hombro izquierdo.
Hizo un tremendo berrinche, no le gustaban las agujas, se fue a encerrar a su habitación y, un par de horas después, cuando la abuela la llamó a comer, fingió estar desmayada. A la pobre señora le daba un soponcio, la tomó en brazos y salió corriendo a la clínica más cercana, al llegar a urgencias milagrosamente despertó con una gran carcajada. Regresaron caminando en silencio a casa.
Cuando estudió la universidad, sus compañeros y maestros fueron testigos de su humor cada vez más negro. En fin, cambió su actitud tiempo después de que aparecieron los mensajes. Pensó que se lo merecía como un escarmiento a tantos años de burlarse de la gente a su alrededor.
Pasó un mes y dejó de parecerle gracioso. Se convirtió en una molestia; transcurrieron algunas semanas hasta que lo aceptó. Quien estuviera atras de todo eso, no bromeaba. Un día, la pantalla refirió un accidente en la carretera; dos de sus amigos estaban involucrados y ella tenía que decidir cuál de ellos saldría herido. Sin saber qué hacer, prefirió no contestar los mensajes.
Al llegar la noche, ambos se encontraban hospitalizados en terapia intensiva por la gravedad de sus heridas. Sofía se sentía culpable, pudo salvar a uno de los dos. A partir de ese día, tomó muy en serio los mensajes. Estos describían cada vez situaciones más intensas y, si la opción elegida no era la correcta, las consecuencias resultaban ser catastróficas.
El perro de su vecino fue uno de sus errores. Lo atropellaron un domingo muy temprano. Se había desvelado y no escuchó en la mañana la llegada del primer mensaje, fue la ambulancia al medio día quien la despertó y, ya era demasiado tarde para contestar. Los paramédicos recogían al conductor lesionado de un auto que perdió el control cuando una sombra salió corriendo entre los arbustos, se asusto y no logró frenar. Él conductor se rompió una pierna al chocar con un árbol. El perro, murió aplastado por el parachoques.
En otra ocasión, Esther, la mejor amiga de su madre perdió un dedo de una forma por demás extraña. Un sábado, ambas le pidieron ayuda para trasladarse a un centro comercial, ninguna de ellas conduce y no deseaban tomar el transporte público, así que, le llamaron para ver si podía llevarlas. Accedió a ir con ellas y aprovechar para comprar también algunas cosas. Ya sospechaba algo, el mensaje así se lo hizo saber.
Se entretuvo probándose algunos vestidos, ya pasaba del medio día y creyó que ya no vería más mensajes; el primero lo había resuelto acompañando a las señoras a esa plaza comercial. Se le hizo fácil dejar su bolso encargado, y dentro de él, su celular. Craso error.
No escuchó el aviso del celular al recibir un mensaje, debía elegir algo muy simple ¿Cuál regalo debía comprar Esther para su esposo?, todo un amante de las herramientas y un melómano declarado. Pensó que unas nuevas tijeras para podar las flores del jardín serían buena idea, o tal vez, el nuevo vinilo de su cantante favorito.
Sin saber por cual decidir, con ambos objetos en las manos, caminó buscando a su amiga, al abordar las escaleras eléctricas tropezó. El seguro de las pinzas estaba suelto, perdió el equilibrió y cayó enredando la herramienta entre sus dedos, cortando su índice derecho de un tajo. Todo pasó tan rápido que, no tuvo oportunidad de ver cómo, entre un charco de sangre, se escurría un pedacito de ella por una rendija hasta desaparecer entre dos escalones.
Empezó a sentirse perseguida, se volvió desconfiada y se alejó de todas sus amistades, descuidó su apariencia, después de estar siempre a la moda, ahora un par de jeans y una playera bastaban para andar todo el día. Su rostro demacrado y ojeroso la delataba, no dormía lo suficiente. Se acostaba tarde y, todas las noches configuraba su reloj, el celular y la televisón, se obligaba a despertar de madrugada, no deseaba dejar esperando una respuesta más al celular.
Con manos temblorosas oprimía el teclado dígital, repasando una y otra vez su respuesta, imaginando dónde la llevaría ese día su decisión. Era como un ave de mal agüero. Cualquier persona que ella conocía o interactuaba con ella, aparecía al siguiente día en la trágica aplicación.
Hoy, por fin perdió el control, el texto era muy claro e involucraba como siempre a dos personas. El desconcierto fue total. Hacía referencia a un bebé. El que ella estaba esperando.
—¿Cuál bebé? —Se preguntó. Siempre se protegía de forma adecuada al tener relaciones con su novio. Además, ella y Ernesto habían terminado hace más de un mes; no creía posible que estuviera embarazada. Sin embargo, durante toda la mañana tuvo náuseas. A mediodía fue por una prueba de embarazo; se hacía tarde y todavía no respondía el primer mensaje. Esperó el tiempo suficiente para poder observar el resultado. Positivo.
Anhelaba tener un bebé y tenía claro que ese no era el mejor momento, pero desde chiquilla fue su mayor deseo. Contrastaban mucho los amorosos juegos de infante con sus muñecas, mientras destrozaba con cohetes o algún truco con fuego los muñecos, carritos o cualquier juguete de sus vecinos, siempre de forma inocente. Así gastaba ella sus bromas, con mucho ingenio.
Vibró su celular anunciando la entrada de otro mensaje. No lo podía creer, tenía dos opciones: abortar o poner en riesgo la vida del padre de su futuro hijo.
Su primera reacción fue lanzar por la ventana el teléfono, el cual cayó sobre el un auto que circulaba por la calle en ese instante. El estallido del parabrisas al romperse causó un tremendo susto y varias heridas al chofer, quien perdió el control del automóvil y chocó contra el semáforo de la esquina, dejándolo inconsciente y malherido.
El nombre del conductor fue localizado en su licencia de conducir y mencionado por los paramédicos cuando llegaron con el cuerpo cubierto de sangre al hospital: Ernesto Santiago Juárez.
Esa noche en la sala de urgencias, susurró un nombre: Sofía, antes de expirar su último aliento. Mientras ella haciendo lo propio y sin celular, se desangraba en la soledad de su habitación.
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