Arnoldo Màrquez

Suspenso

Sombras Que No Descansan

person Arnoldo Màrquez

Sombras Que No Descansan

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Septiembre comienza y hay lugares donde el aire parece guardar memoria. Se acerca la temporada de muertos, esos días en que, según la tradición, el mundo de los vivos y el de los difuntos parecen tocarse.

Dicen que los cementerios ya no son como antes. Las apariciones, los lamentos y las sombras errantes parecen haberse extinguido. Quizá sea una estrategia de los administradores para ahuyentar curiosos y cazadores de fantasmas. Quizá los muertos, cansados de esperar, finalmente aprendieron a callar.

Pero hace algunos años, en el Panteón Municipal de Puebla, México, todavía había quienes aseguraban haber visto cosas que no podían explicar.

Amanda Torres trabajaba allí de ocho de la mañana a cuatro de la tarde. No era sepulturera. Limpiaba lápidas, acarreaba cubos de agua y mantenía las tumbas relucientes. Había sido empleada doméstica, pero con seis hijos y sin estudios, aceptó cualquier trabajo que le permitiera salir adelante. Tres de sus hijos ya trabajaban, los otros tres estaban en la universidad.

Lo decía con cansancio, pero también con orgullo.

Una tarde, mientras el sol se hundía detrás de las colinas, Amanda llenó su cubo en la pila de agua.

Entonces las aves comenzaron a graznar.

El viento sacudió las ramas desnudas. Amanda se ajustó el sombrero de palma, acomodó la carretilla y atravesó la sección de Cuarta Clase, donde las lápidas viejas se inclinaban entre hojas secas y capillas abandonadas.

Fue allí donde la vio.

Una anciana encorvada, de piel oscura y cuerpo casi esquelético, vestida rigurosamente de negro. Una chalina cubría su cabello blanco. Caminaba descalza y sin hacer ruido.

Estaba arrodillada frente a una tumba olvidada, marcada apenas por una cruz de madera. Apartaba las hojas con sus manos temblorosas. Sobre la tierra había un pequeño ramo de cempasúchil, fresco y brillante.

Amanda sintió pena.

—Madrecita, ese trabajo no es para usted. Déjeme ayudarle.

La anciana levantó lentamente la mirada.

—Qué amable, hijita. Es una manda. Debo hacerla yo.

—A su edad podría lastimarse...

La mujer giró la cabeza demasiado despacio.

Su rostro cambió. La dulzura desapareció de sus ojos y su voz dejó de parecer humana.

—Dije NO...

Amanda retrocedió.

—¡LÁRGATEEE!

El cubo cayó al suelo.

—¡Ave María Purísima, Santa Madre de Dios, llena eres de gracia! —balbuceó Amanda mientras corría a esconderse detrás de un árbol.

Desde allí volvió a mirar.

La anciana había desaparecido.

El ramo de cempasúchil seguía sobre la tumba.

Pero la cruz estaba partida en dos.

Y la tierra parecía respirar.

A la mañana siguiente, Amanda contó lo sucedido a uno de sus compañeros. El hombre siguió barriendo como si escuchara una historia conocida.

—En esa tumba está un muchacho. Lo asesinaron hace unos veinte años. Nunca aceptó que estaba muerto. Sigue penando.

Amanda sintió un escalofrío.

—¿Y la anciana?

—Su madre.

El hombre dejó de barrer.

—Murió de vieja, pero sigue viniendo a cuidarlo. Lo calma, le da vueltas, como si todavía pudiera llevarlo al Limbo. Ella está enterrada cinco clases más abajo.

Amanda tragó saliva.

—¿Puede volver a aparecer?

El hombre sonrió de lado.

—Cada dos años por estas fechas. Pero no le hables. Hablarle es desafiar a lo que no debe ser nombrado.

Amanda se ajustó el sombrero y tomó la carretilla.

Siguió trabajando.

Pero desde aquella tarde el cementerio cambió para ella. Las sombras parecían observarla. El viento traía voces que no alcanzaba a entender y, algunas noches, despertaba creyendo escuchar aquella voz:

—Dije NO...

Amanda se prometió que, si volvía a verla, no diría una sola palabra.

Aunque, en el fondo, sabía que el panteón guardaba secretos más antiguos que sus muertos.

Y que cuando se acerca la temporada de muertos, hay tumbas que no esperan flores.

Esperan que alguien recuerde.

Amanda se ajustó el sombrero y siguió su ruta.

No volvió a hablar de la anciana.

Ni siquiera cuando, dos años después, un compañero encontró flores frescas sobre la tumba del muchacho.

Ni cuando descubrieron que la tumba de la madre, cinco clases más abajo, estaba cubierta de cempasúchil.

Amanda sabía que nadie los había colocado allí.

Aquella tarde decidió comprobarlo.

Esperó hasta que el panteón quedara vacío y caminó hasta la sección de Cuarta Clase.

La anciana estaba allí.

De rodillas.

Apartando las hojas de la misma tumba.

Amanda se quedó inmóvil.

Esta vez no sintió miedo.

Sintió tristeza.

La mujer levantó la mirada.

—No puede irse —dijo.

Amanda no respondió.

—Mi hijo sigue esperando.

Entonces comprendió.

La anciana no estaba cuidando al muerto.

Estaba esperando que alguien lo perdonara.

Amanda dejó su cubeta en el suelo y colocó junto a la cruz un ramo de cempasúchil.

La anciana la miró.

Por primera vez sonrió.

Después desapareció.

La tierra dejó de moverse.

Amanda esperó unos minutos y regresó a su trabajo.

Nunca supo si había ayudado a un muerto o si simplemente había sido víctima de una historia que el cementerio llevaba 20 años contando.

Pero desde aquel día, cada temporada de muertos, alguien encuentra dos ramos sobre aquella tumba.

Uno para el hijo.

Otro para la madre.

Y cuentan que, cuando el viento atraviesa las lápidas, se escucha una mujer decir muy bajito:

—Gracias hijita.

Porque quizá los muertos no siempre regresan para asustarnos.

A veces regresan porque hay despedidas que la muerte tampoco consigue terminar.

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