Terror

Términos Y Condiciones

person Pablo Guillermo Gomez

Términos Y Condiciones

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El monitor parpadeaba en la penumbra con la misma insistencia con la que un pulso enfermo golpea las sienes. César llevaba tres días sin apagar la pantalla, alimentándose de café tibio y de la peligrosa convicción de que su obra maestra merecía la inmortalidad. En el centro de la habitación, apiladas como túmulos en un cementerio rutero, reposaban las diecisiete versiones de su manuscrito, impresas, apuñaladas con feroces correcciones con tinta roja, manchadas de lágrimas y de sudor. Sobre el escritorio, la impoluta versión final.

La plataforma indicaba que su cuento ya había sido subido. Lo había enviado esa misma noche, cediendo al impulso febril de ver su nombre impreso en una antología que prometía gloria y distribución internacional. Pero los sueños de grandeza duraron lo que tardó en leer la letra chica del sitio web: cada texto enviado, premiado o rechazado, quedaba indexado en el servidor de acceso público para "fomentar la comunidad y la visibilidad de los autores".

En el ecosistema literario, aquello era una ejecución sumaria. Un texto expuesto en la web dejaba a toda regla de ser inédito. Sus palabras, violentadas por los buscadores automatizados y la vorágine de internet, habían perdido la virginidad legal que exigían los grandes premios del circuito. César sintió que el estómago se le desprendía. No era una simple jugarreta de la plataforma; sentía que le habían arrancado las entrañas y las habían colgado en una feria al aire libre para que cualquiera las husmeara por migajas de tráfico web.

La traición editorial era impersonal, ni siquiera tenía un rostro al que golpear. Como una maquinaria implacable, procesaba contratos y almas con la misma indiferencia con la que un engranaje gira en el vacío. Una calculadora sin remordimientos que despojaba al autor de su obra en silencio, reduciendo las ilusiones y las horas de escritura a simple materia prima amortizable. Sin levantar la voz, sin alterarse y, sobre todo, sin el menor remordimiento.

Para ese momento, César ya había caído a las profundidades de su propia madriguera mental. El problema no le parecía meramente administrativo. Las líneas de su cuento —una ficción sobre un hombre que creía escuchar voces en el sistema de tuberías de su edificio— comenzaron a filtrarse en su propia realidad, que empezaba a fracturarse. Las grietas no avanzan con grandes estridencias, sino de forma insidiosa. Empiezan con pequeños zumbidos o crujidos. En este caso, César empezó a escuchar los clics.

No los del teclado, sino los chasquidos rítmicos que provenían del disco duro de la computadora. Cada vez que actualizaba la página del concurso, el contador de visitas de su cuento subía. Tres lecturas. Clic. Ocho lecturas. Clic. Quince. Clic.

Se alejó del monitor, pero los clics, que ahora tenían el ritmo de un ágil cuchillo de cocina, lo persiguieron hasta el baño.

—Te están desollando —le dijo su reflejo, frente al espejo. —Te están troceando y devorando para regurgitarte de la forma más banal posible.

Su reflejo tenía los ojos cerosos, hundidos bajo ojeras moradas que parecían moretones de golpes antiguos. La duda obsesiva se convirtió en la certeza absoluta de que los lectores anónimos de la web no estaban leyendo tinta digital, sino absorbiendo su propia sangre vital. Cada visualización era un pinchazo en su sistema nervioso. Sentía cómo le sustraían los recuerdos, cómo le vaciaban cada una de las cavidades de su cerebro para dejarlas tan secas y blancas como los márgenes de una hoja.

—Me robaron el alma y encima la exhiben gratis —murmuró, riendo con una estridencia quebrada. —Me están condenando a un purgatorio infranqueable, donde las letras son apenas el alimento de demonios. ¡Sí, demonios!

A medianoche, la fiebre alcanzó el paroxismo. César ya no distinguía entre el procesador de textos y las paredes de su casa, procediendo a escribir sus nuevas ideas en letras de molde, de punta a punta, en cada cuarto.

Los comentarios automáticos de la plataforma —mensajes genéricos de felicitación por participar— hicieron que su atención volviera maldiciendo a la pantalla. En un brevísimo rapto de lucidez, buscó el correo de soporte de la editorial. Escribió súplicas, amenazas, y finalmente insultos, exigiendo que borraran su cuento, que lo bajaran del servidor, que le devolvieran su condición de flamante antes de que fuera demasiado tarde para su carrera.

Tras enviar el correo, pasó dos apacibles minutos, exactamente el tiempo que la respuesta automática tardó en llegar: Su solicitud está siendo procesada. Los textos publicados no pueden ser retirados una vez iniciado el periodo de evaluación.

El mundo exterior se desdibujó por completo. Para César, la única verdad tangible era que su obra —su criatura literaria— estaba siendo violada en la plaza pública de internet, descuartizada por innominados lectores que la consumían como comida chatarra. Si el cuento ya no era inédito, si su morada literaria había sido profanada por una cláusula abusiva y una traición comercial, él tampoco podía seguir habitando el mundo de los vivos bajo las mismas reglas.

Tomó el viejo cortapapeles de acero, una herencia familiar. Su filo plateado palpitaba bajo la luz del monitor.

Si el texto pertenecía ahora a la red, si su creación había quedado atrapada para siempre en las garras de la plataforma, él se encargaría de que la autoría fuera indiscutible y eterna. César sonrió con una placidez aterradora, convencido de que los muertos no necesitan certificados de participación ni temen a los plazos de cierre de las convocatorias.

Apoyó la punta fría del metal contra su propia garganta, buscando con precisión el latido denso y acelerado que retumbaba en sus oídos. En la pantalla, el contador de visitas de su perfil marcó una última cifra y la caja de comentarios mostró un último mensaje. El pulso cesó antes del punto final. Sobre el escritorio, el manuscrito definitivo quedó bañado por una marea roja y espesa.

El tajo abrió una fuente espesa que sumó un fluido más a los márgenes de todas las versiones; las diecisiete pilas de hojas se convirtieron en un pastiche rojo y pegajoso que absorbió su último aliento. Nadie acudió a socorrerlo. Semanas después, cuando la policía derribó la puerta, solo hallaron un caparazón seco entre la celulosa y el polvo. Para entonces, la antología ya estaba en imprenta. Su cuento ocupaba la página 413, clausurado al final por una nota al pie diminuta e indiferente:

El autor,fallecido durante el proceso de edición de esta antología, cede de forma póstuma y exclusiva los derechos de explotación de este relato, según lo estipulado en la cláusula 13.4 de nuestros Términos y Condiciones, la cual faculta a la plataforma para comercializar cualquier material recibido en caso de cesación de actividades del firmante.

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