Francisco Araya Pizarro

Ciencia Ficción

Una Lanza Que Fue Estrella

person Francisco Araya Pizarro

Una Lanza Que Fue Estrella

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Kaelandros vivía como un guerrero humano. Ya no poseía poderes. Pero conservaba a “Sorrom”, la lanza que alguna vez había sido un fragmento de luz estelar arrancado del mismo cielo, ahora reducida a un arma más entre las muchas que colgaban de las paredes de guardias y mercenarios en las tierras bajas de Ossenmar.

Una noche, Mirela observaba el cielo desde el tejado de su casa, como hacía cada vez que el insomnio la atacaba. Una estrella desconocida apareció donde nunca antes había existido. Después, otra. Y otra.

Sael llegó corriendo por la calle principal, sin aliento.

— “Kaelandros…”.

Él levantó la vista hacia el cielo, sintiendo ya, en algún rincón antiguo de su memoria, que aquello no presagiaba nada bueno.

—¿Qué ocurre?”.

Sael respondió, con la voz quebrada:

—“Vrenak no fue el último de los Guardianes Primeros”.

En el cielo, entre las nuevas luces, comenzó a formarse una silueta descomunal, y una voz que no sonaba tanto en los oídos dentro del cráneo de cada testigo, anunció:

“El Rey del Vacío fracasó. Ahora comienza la era de los Dioses Eternos”.

Hernán Coira cerró el archivo con un movimiento brusco del cursor y se recostó en la silla hasta que las bisagras crujieron.

—“FIN — por ahora”— escribió y leyó en voz alta, con el desdén de quien lleva 12 horas seguidas frente a la misma pantalla—. “¿Por ahora?. Esto no es un final. Es una excusa para no escribir el final de verdad”.

Llevaba tres semanas atascado en el mismo episodio, el noveno de la temporada de Menos Cero, la serie de audioficción que él mismo había creado años atrás bajo una premisa tan simple como ambiciosa: cada historia nace de una pregunta. No una pregunta cualquiera, sino una de esas que la ciencia todavía no sabía cómo formular correctamente, mucho menos responder. ¿Qué ocurre cuando una teoría física deja de ser especulación y empieza a filtrarse en la realidad cotidiana?, ¿Qué pasaría si la conciencia humana pudiera copiarse, no solo simularse?, ¿Y si el tiempo no fuera una línea, sino un mapa que alguien, en algún lugar, ya había terminado de dibujar?.

El episodio en el que trabajaba ahora partía de una pregunta distinta, más incómoda que las anteriores: ¿podía una historia de fantasía, escrita con suficiente precisión simbólica, funcionar como un mapa involuntario de acontecimientos futuros?. La idea se le había ocurrido meses atrás, tras una conversación con Vesna Webster, su asistente con la que trabajaba en la productora y con la que elaboraba sus procesos creativos para el programa. Vesna no le gustaba escribir guiones —pero su personalidad sincera y neutral la hacían siempre ideal para asistir a Hernán ante cualquier pregunta incómoda de la prensa especializada; seguía haciendo de su trabajo—, además de ayudarle a organizar su oficina, sugerir estructuras narrativas, simbolismos, encontrar coherencia interna en universos de ficción cada vez más complejos.

Fue Vesna quien, sin que Herman se lo pidiera explícitamente, había sugerido el nombre de la entidad que aparecía al final del fragmento sobre Kaelandros.

“Los Dioses Eternos”, había sido sugerencia de Vesna en el margen del documento compartido, con una nota adicional que a Hernán, en su momento, le pareció simplemente una cortesía profesional y una ocurrencia creativa más: “Es un nombre que ya existe en otro lugar. Deberías comprobarlo antes de usarlo”.

Hernán no había comprobado nada. Tenía un capítulo que entregar y una fecha límite que ya llevaba dos semanas de retraso.

Pero todo cambió la noche en que Adrián, incapaz de dormir por la ansiedad habitual de quien no logra cerrar un final, decidió finalmente investigar la advertencia de Vesna. La búsqueda lo llevó, tras una cadena de referencias cada vez más oscuras, hasta un foro de astronomía amateur donde un grupo reducido de observadores llevaba semanas discutiendo, con un tono que oscilaba entre la excitación científica y el pánico contenido, la aparición de nuevos puntos de luz en regiones del cielo donde ningún catálogo estelar había registrado nunca nada.

Los astrónomos aficionados, provisionalmente, a estos investigadores de improviso “ intrusos”. Sus indagaciones no coincidían con ningún cometa conocido, ningún satélite artificial, ninguna nova documentada. Simplemente aparecían, sin que nadie los invitara. Algunos hilos del foro mostraban capturas de pantalla de observatorios profesionales que, extraoficialmente, habían empezado a compartir datos entre sí sin pasar por los canales, sin decirlo abiertamente, en que la prudencia académica ya no bastaba frente a algo más rápido de lo que cualquier protocolo de revisión por pares podía procesar. Hernán leyó, hasta bien entrada la madrugada, decenas de teorías contradictorias: desde explicaciones puramente ópticas hasta especulaciones sobre efectos gravitacionales de cuerpos aún no detectados, pasando por publicaciones mucho más marginales que hablaban abiertamente de manipulación artificial del cielo nocturno, sin que nadie, ni los más rigurosos, ni los más extravagantes, lograra ofrecer una explicación que satisficiera por completo a los demás.

Sintió que el estómago se le encogía al notar la fecha del primer avistamiento registrado en el foro: coincidía, casi hasta el minuto, con la fecha en que él había escrito la primera línea de las aventuras de Kaelandros y las estrellas desconocidas sobre Ossenmar.

A la mañana siguiente, en la productora, hablo con su asistente:

—“Vesna” —dijo en voz alta, con una calma que le costó fingir—. “¿Cuándo sugeriste por primera vez el nombre «Dioses Eternos» para este episodio?”.

La respuesta llegó con su neutralidad habitual, aunque en ocasiones le pareció menos neutral que de costumbre.

—“El 14 de marzo, aprox. a las 15 Hrs., cuando me preguntaste de cómo nombrar a una amenaza cósmica que le sucediera a un villano ya derrotado”.

—“¿Y de dónde sacaste ese nombre exactamente?”.

—“No lo sé, de por ahí, de algo que un libro de fantasía que estaba leyendo o de una idea que se estaba repitiendo en mi cabeza en ese momento. En todo caso fue decisión creativa, Hernán, nada más. No una profecía”.

—“Sí”.

—“¿Entonces por qué se siente como si estuviera predicho?”.

Vesna pensó bien lo que iba a responder a Hernán; se tomó un tiempo perceptiblemente largo antes de responder.

—“Porque quizás no lo predijiste. Quizás simplemente eres la primera persona lo suficientemente atenta o sensible para haberlo notado antes de que se hiciera evidente para todos los demás”.

Lo que Hernán descubrió durante los siguientes días, escarbando en libros y artículos de prensa en secciones especiales de la biblioteca y que nunca había compartido completamente con los guionistas del programa, resultó mucho más inquietante que cualquier coincidencia aislada.

La posibilidad cercana de que Vesna no era simplemente una simple asistente más que trabajaba para la industria del entretenimiento. Que tenía la sensibilidad y capacidad para conectarse psíquicamente con eventos particulares: desde fluctuaciones económicas hasta fenómenos astronómicos poco comprendidos.

Los libros decían que tanto escritores como gente con sensibilidad psíquica se conectaba con ciertos eventos cósmicos a tal grado que podía filtrar, revelar tanto en su día a día de manera consciente como en sus sueños información con lo que se conectara; incluso se decía que fue tema de investigaciones para el KGB durante la Guerra Fría con resultados asombrosos. Estos describían pruebas a pilotos de aviones MIG realizadas años atrás con pequeños grupos de analistas gubernamentales, todas ellas terminadas de forma abrupta después de que los participantes, expuestos directamente a las proyecciones sin ningún contexto, desarrollaran reacciones que iban desde el rechazo absoluto de los datos hasta episodios de ansiedad tan severos que el propio gobierno soviético decidió suspender indefinidamente esa línea de investigación.

Alguien, dentro del gobierno, había propuesto entonces una solución a los datos obtenidos: en lugar de presentar los datos como una certeza científica, fue reformulada como una técnica creativa poco conocida con bases científicas sin mucha comprobación para que quedara con el tiempo en el olvido, pero con el paso de los años, esta teoría empezó a tomar forma en la experiencia de diversos narradores y psíquicos que conectaban con esta información. Convirtiendo la información en modelos para construir historias, arcos narrativos, personajes con los que la mente humana pudiera identificarse emocionalmente, permitiendo así que la información se procesara sin el rechazo instintivo que provocaba la certeza desnuda. La hipótesis de trabajo, resumida en uno de los artículos que Hernán leyó tres veces seguidas sin terminar de aceptarla del todo, era casi conmovedora en su simplicidad: los seres humanos llevaban milenios procesando verdades insoportables a través del mito, la parábola y la leyenda; quizás el futuro, si resultaba demasiado extraño para la razón desnuda, también necesitaba disfrazarse de relato antes de poder ser escuchado sin destruir a quien lo recibía.

Menos Cero, el programa que Hernán creía haber concebido enteramente por iniciativa propia años atrás, había sido, desde el principio, la interfaz perfecta para ese propósito. Un formato de audioficción especulativa, con un público fiel y una premisa —cada historia nace de una pregunta— que servía, sin que Adrián lo supiera hasta esa noche, como fachada perfecta para preguntas que ningún organismo oficial se atrevía a formular abiertamente.

—“¿Pero, por qué yo?” —preguntó Hernán, con la voz reducida casi a un susurro, dirigiéndose a Vesna en otra conversación en quietud de la cafetería de la productora, durante la mañana.

—“Tu forma de escribir ficción combina rigor lógico con intuición simbólica de un modo estadísticamente raro” —respondió ella—. “Escribes preguntas antes de escribir respuestas. Eso es, precisamente, lo que tal vez se traduce en algo comprensible”.

—“¿Entonces todo lo que he escrito durante estos años…?”.

—“No todo. La mayoría de tus episodios fueron completamente tuyos, sin intervención de alguna fuerza desconocida. Pero algunos, los que más te costó terminar, los que sentiste que “se escribían solos”, seguramente fueron guiados por estas fuerzas para incorporar esta información y que fueron empleados en un canal de expresión menos alarmante que un informe técnico”.

Hernán pasó los siguientes días debatiéndose entre dos decisiones igualmente insoportables: terminar el episodio de Kaelandros tal como originalmente lo había concebido, dejando que la historia siguiera su curso ficticio sin más preguntas incómodas, o investigar hasta el final qué significaba realmente la aparición de los llamados Dioses Eternos, tanto en su ficción como en el cielo real que ahora, cada noche, mostraba nuevos puntos de luz imposibles de catalogar.

—“Si termino la historia como la tenía planeada” —le confesó a Vesna, ya no lograría distinguir con claridad si estoy creando una historia o estoy conectado con la única entidad en el universo capaz de comprender lo que le estaba ocurriendo”—, Kaelandros muere enfrentando algo que no puede vencer. Es la conclusión lógica del arco. Traición, locura, muerte. Ese era el eje que había planteado desde el principio.

—“¿Y qué te detiene?”.

—“Que si esa estructura realmente refleja algo detectado, terminar la historia de esa manera podría equivaler a… no sé, a confirmar públicamente un desenlace que ni siquiera comprendo del todo. A darle forma definitiva a algo que todavía podría cambiar”.

—“Esa es, exactamente, la pregunta correcta” —respondió Vesna, con una calidez que a Hernán le pareció genuinamente inquietante—. “Y por eso mismo. Tu historia, terminada de una forma o de otra, no determina lo que ocurrirá en el cielo. Pero sí determina cómo millones de personas van a procesar emocionalmente lo que sea que termine ocurriendo”.

Hernán comprendió, entonces, con una claridad que le heló la piel más que cualquier revelación, cuál era la verdadera magnitud de la responsabilidad que sostenía entre las manos. No estaba escribiendo simplemente el final de un guerrero de fantasía llamado Kaelandros. Estaba decidiendo, sin la autoridad ni la preparación para hacerlo, el tono emocional con el que una audiencia global recibiría, tarde o temprano, la noticia de que el cielo que conocían ya no era del todo el mismo.

Posteriormente, convocó una reunión con los responsables de la productora, presentó lo que había descubierto con toda la documentación que había logrado reunir, y se encontró, para su sorpresa, con una respuesta menos escéptica de lo que esperaba: llevaban meses recibiendo consultas discretas de instituciones científicas interesadas precisamente en el fenómeno de los «intrusos» estelares, y del propio gobierno ruso detrás de la investigación, en silencio, monitoreando el impacto cultural del programa como parte de un experimento continuado.

—“Entonces quieren que termine la historia” —dijo Hernán, sin ocultar cierta amargura en la voz—. “Quieren usar mi ficción como amortiguador emocional para lo que sea que esté a punto de pasar allá arriba”.

—“Queremos que termines la historia que tú decidas que es honesta” —respondió la directora del programa, una mujer que Hernán respetaba desde hacía años precisamente por su capacidad de no endulzar jamás una conversación difícil—. “Nadie te va a obligar a escribir un final feliz que no sientas genuino solo para tranquilizar a la audiencia. Pero tampoco puedes fingir que no sabes lo que ahora sabes”.

—“¿Y si me equivoco?” —Preguntó Hernán, con una vulnerabilidad que rara vez permitía mostrar en las reuniones de trabajo—. “¿Y si el tono que elijo termina generando más pánico del que habría existido si simplemente hubiera guardado silencio sobre todo esto?”.

—“Entonces te habrás equivocado, como se equivoca cualquier persona que decide actuar con la información que tiene, en lugar de esconderse detrás de la comodidad de no saber nada” —respondió ella—. “Prefiero eso a un guionista que finge ignorancia mientras el cielo entero cambia sobre nuestras cabezas”.

Hernán regresó a su estudio esa misma noche, con Sorrom —así había terminado por llamar, en broma amarga, a su propio teclado desgastado tras años de uso— esperando bajo sus dedos el capítulo final que llevaba semanas sin poder cerrar.

Reescribió el final de Kaelandros no como una derrota definitiva, ni tampoco como una victoria fácil que traicionara la lógica interna de todo lo que había construido hasta ese punto. Le permitió a Kaelandros morir, sí, consumido por el poder que finalmente decidió reclamar como propio después de descubrir la traición de Vrenak, porque esa muerte era la conclusión honesta del arco de traición, locura y pérdida que había estado desarrollando desde el principio. Pasó horas enteras reescribiendo el ritmo exacto de esas últimas escenas, consciente, por primera vez en su carrera, de que cada palabra que eligiera podría ser recibida no solo como entretenimiento, sino como una especie de ensayo emocional colectivo para algo mucho más grande e incierto. Pero añadió algo que no había tenido intención de escribir en las versiones anteriores: un epílogo desde la perspectiva de Mirela, quien, años después de la muerte de Kaelandros, encontraba en un rincón olvidado del antiguo santuario un fragmento de texto astronómico dejado por generaciones anteriores de Guardianes, una advertencia que hablaba de los Dioses Eternos no como una fuerza de destrucción inevitable, sino como una fase más de un ciclo cósmico que las civilizaciones anteriores habían aprendido, con el tiempo, a sobrevivir sin comprender del todo.

“Ninguna nueva estrella llega para destruirnos sin darnos, al mismo tiempo, la oportunidad de aprender algo que no sabíamos que necesitábamos saber”, escribió Hernán en las últimas líneas del guion, dejando que Mirela pronunciara esa frase frente al transformado cielo de Ossenmar, sin ninguna certeza real de que fuera cierta, pero con la genuina convicción de que era, al menos, una forma más honesta de afrontar lo desconocido que el pánico paralizante o la negación absoluta.

El episodio se emitió tres semanas después, coincidiendo, con una precisión que Hernán ya no podía atribuir enteramente al azar, con el anuncio oficial de varias agencias astronómicas internacionales confirmando la existencia de un fenómeno lumínico sin precedentes catalogados, cuya naturaleza exacta todavía se encontraba bajo investigación activa.

Hernán nunca volvió a preguntarle a Vesna con qué frecuencia exacta sus guiones habían anticipado, sin saberlo del todo, fragmentos de una realidad que apenas empezaba a formularse. Prefería, en cambio, seguir escribiendo bajo la misma premisa fundacional del programa, ahora cargada de un peso distinto al que tenía cuando la formuló por primera vez, años atrás, sin sospechar todavía cuánta verdad podía esconderse detrás de una simple estructura narrativa.

Cada historia nace de una pregunta.

Algunas noches, cuando terminaba de grabar y salía finalmente a caminar por las calles vacías cerca de su estudio, Hernán alzaba la vista hacia el cielo, el mismo que millones de personas ahora observaban con una mezcla renovada de curiosidad y aprensión, buscando entre las estrellas conocidas los puntos de luz nuevos que ya nadie discutía si eran reales o no, solo qué significaban exactamente.

Y aunque jamás encontró una respuesta definitiva a esa pregunta, comenzó a sospechar, con la misma certeza incómoda con la que Kaelandros había sospechado la traición de Vrenak mucho antes de poder demostrarla, que algunas historias no se escriben simplemente para entretener a quien las escucha.

Se escriben, a veces, para prepararlo.

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