Al Pie De La Escalera
Estoy tirado al pie de la escalera. Mi cuerpo aterrizó aquí después de volar...
arrow_forward LeerDe ella, de su vida, de mi odio como único vínculo con ella y de cómo arruinó mi vida.
Ambas éramos vecinas de Haedo, María Esther, hija única de un matrimonio formado por Rosa María —sí, así como suena, no María Rosa—, maestra, y Roberto, que trabajaba en un importante banco.
Solo eso ya era motivo de bronca; la mamá, delgada y elegante, con libros y carpetas; el papá llegaba en su auto con camisa, corbata y el saco en la mano.
Se les veía lindos y prolijos, igual que su casa.
Trataba de pasar por la puerta para ver dentro cuando estaba la ventana abierta.
Sé que no entienden el motivo de mi bronca; tal vez, si vieran mi casa y a mis padres…
Muchas veces me pregunté, por qué, por qué.
El olor a grasa de la ropa de mi papá y las chancletas de mi mamá…
Mi casa, pobre, heredada de unos abuelos que murieron antes de terminarla.
Y lo peor era no entender la felicidad de mis padres…
Los miraba sin entender.
¿De qué se ríen? No entiendo.
Mis padres eran felices y me alentaban a serlo, llenándome de amor y mimos. Como su única hija, era algo así como su princesa.
Mamá, encantada de la vida, recibía la ropa que nos regalaban llena de gratitud y, en más de una oportunidad, le señalaba a alguna vecina que llevaba puesto algo de lo que nos habían regalado.
Con mucho esmero, acortaba o alargaba vestidos que habían usado a veces mis propias amigas y que miraban de reojo con una media sonrisa cuando iba a los cumpleaños con esos vestidos, por ellas descartados, y para mí como una prenda de salir.
Sin contar con los regalos que llevaba: vestiditos para muñecas hechos por mi mamá o bolsas tejidas al crochet, almohadones con el nombre de la cumpleañera; bastaba ver la cara que ponían y cómo se miraban entre ellas cuando agradecían ostentosamente y se lo pasaban entre exagerados halagos.
Mis días eran de perpetua humillación.
Pero la mayor era ella, Esther. Todo en su vida era una afrenta a la mía. Mi madre y mi padre se hablaban con ellos con confianza sin darse cuenta de la distancia que había entre ellos; era incomprensible que pensaran que sus saludos eran sinceros y genuinos.
Solo dábamos lástima y yo tenía la enorme desgracia de ser la única que veía este drama.
Pero un día las cosas comenzaron a cambiar.
Esther comenzó a caminar más lento y la ropa parecía sobrarle; dejó inglés y siguió con piano porque la profesora iba a la casa.
Los padres se veían preocupados y la mamá dejó al poco tiempo de trabajar para dedicarse a ella.
¡Toda esa situación me parecía maravillosa! Finalmente, ella también sabría lo que es sufrir.
Me costaba disimular la alegría, mientras mamá me contaba las peripecias por las que pasaban los papás, con la enfermedad de Esther, que además se estaba llevando los recursos de la familia.
Ya no estrenaban ropa ni había tantas reuniones; un día dejó de ir la profesora de piano y las ventanas comenzaron a estar cerradas.
Esto coincidió con los últimos años del secundario en los que yo estaba floreciente. Feliz con cada desdicha, cada nueva caída en desgracia de la familia, y la frutilla del postre fue cuando me crucé con Esther un día que la llevaban al médico. Su aspecto era el de un fantasma. Una sombra de quien había sido. Traté de observar cada detalle de su rostro: la piel verdosa y casi transparente, las venitas y un pequeño sarpullido le daban un aspecto de pergamino a su rostro. Los pómulos huesudos, ojeras profundas y los dedos de las manos largos y siniestros.
Sí, era un fantasma y su familia también.
Llegué a casa y me cepillé el pelo y me probé vestidos que, aunque heredados, ahora me encantaban, mientras escuchaba la radio y tarareaba canciones. Sí, era feliz. Muy feliz. Ya no era pobrecita, ahora la pobrecita era ella.
Mi placer era ver su desgracia y hacía que toda mi vida fuera maravillosa, hasta que un día mi mamá, que seguía fiel al chancleteo, entre lágrimas, secándose la cara con el delantal, trajo la noticia de su muerte.
Mi madre me abrazó y me consoló amorosamente, confundiendo mi estupor con genuino y puro dolor. Su muerte fue el fin de mi regocijo.
Pasado el duelo y la novedad, todo volvió a la normalidad y ya nadie se atrevió a sacarme el lugar de pobrecita.
Los años pasaron y las paredes de la casa de enfrente se llenaron de brotes que rompían los ladrillos y tapiaban las ventanas.
Después del secundario, sin muchas opciones, trabajé en una mercería cerca de casa —enrollé cintas y conté botones, siempre para vestidos de otras—, y en alguna oportunidad cuidé algún anciano. Los hombres que pasaron por mi vida eran tan parecidos a mi padre —las mismas manos ásperas, el mismo olor a grasa— que daba miedo.
Nuestra casa no mejoró —la pobre y mal terminada nunca recibió la atención que mis abuelos soñaban para ella—. Mis padres murieron igual de felices y pobres, tranquilos, porque me dejaban una casa y un trabajo.
El único triunfo que tuve fue el de no sucumbir al matrimonio por escapar; sabía que era otra trampa, era perpetuar esa ilusión de felicidad que habían llevado toda la vida mis padres.
Hoy siento más odio que nunca por Esther, que me dejó sin la única felicidad que conocí en la vida.
Por eso, cuando en las noches ella se presenta en mi habitación con sus ojos oscuros y sus dedos largos y huesudos a despertarme, le grito cosas horribles, la escupo, me arranco mechones de pelo y se los arrojo mientras ella solo me mira y sonríe.
Las lágrimas queman mis ojos, ardiendo de odio, y así me vuelvo a dormir con las manos ensangrentadas y las uñas partidas de arañar el piso en donde se esconde después de cada visita.
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