Anatema
Cuento inspirado en un suceso real. &nbs...
arrow_forward LeerLa primera vez que Clara encontró una nota escrita con su propia letra y no recordó haberla escrito, pensó que el cansancio había empezado a cobrarle pequeñas deudas a la memoria, insignificantes extravíos de una mente demasiado ocupada para conservar cada gesto cotidiano.
El papel estaba sobre la mesa de la cocina, cuidadosamente doblado en cuatro partes.
NO DUERMAS ESTA NOCHE.
Sonrió con incomodidad, reconoció la inclinación de las letras, aquella manera suya de prolongar la última vocal, incluso la presión excesiva del bolígrafo sobre el papel, pero decidió que debía de haberlo escrito medio dormida y lo arrojó a la basura.
A la mañana siguiente encontró otra nota debajo de la almohada.
TE DIJE QUE NO DURMIERAS.
Entonces dejó de sonreír.
Vivía sola desde hacía siete meses, desde que Daniel había muerto al caer por las escaleras del edificio, una desgracia doméstica según la policía, un accidente absurdo según los vecinos y una consecuencia inevitable según aquella parte de Clara que jamás se atrevía a hablar demasiado alto.
Porque Daniel no se había caído.
Clara lo había empujado.
No lo había planeado, aunque durante años había imaginado su desaparición con esa minuciosidad silenciosa con la que algunas personas decoran una casa que nunca podrán comprar; aquella noche él había regresado borracho, había vuelto a acusarla de acostarse con otro hombre, había roto un vaso contra la pared y, cuando levantó la mano para golpearla, Clara colocó ambas palmas sobre su pecho y empujó.
Solo una vez.
Fue suficiente.
Daniel perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra cada peldaño con un sonido seco y progresivo que Clara continuaba escuchando algunas noches, cuando el edificio quedaba en silencio y las tuberías parecían transportar voces en lugar de agua.
La tercera nota apareció dentro del frigorífico.
YO LO VI.
Clara llamó a la policía, pero colgó antes de que contestaran.
¿Qué iba a denunciar?
¿Que alguien conocía un asesinato que oficialmente nunca había ocurrido?
Durante los días siguientes dejó de dormir, instaló una cámara en el dormitorio, cambió la cerradura y colocó una silla contra la puerta; sin embargo, las notas continuaron apareciendo en lugares imposibles, dentro de zapatos que no utilizaba desde hacía años, entre las páginas de libros cerrados, incluso en el bolsillo interior del abrigo que llevaba puesto.
Todas estaban escritas con su letra.
ASESINA.
ÉL TODAVÍA ESTÁ AQUÍ.
TÚ TAMBIÉN CAÍSTE AQUELLA NOCHE.
Esa última frase la perturbó de una manera distinta.
Revisó entonces la grabación de la cámara.
Durante horas no ocurrió nada.
Clara se observó dormir, encogida sobre un costado, hasta que a las 3:17 de la madrugada abrió los ojos.
Pero no se levantó.
Otra mujer salió de debajo de la cama.
Tenía su mismo cabello, su mismo camisón y su mismo rostro, aunque la cabeza permanecía torcida hacia un lado formando un ángulo imposible, como si el cuello hubiese sido quebrado durante una caída.
La mujer se acercó al escritorio, escribió algo y después miró directamente hacia la cámara.
Clara retrocedió horrorizada.
En la pantalla, aquella otra Clara levantó lentamente el papel.
AHORA RECUERDA.
Y recordó.
Daniel no había caído solo.
Cuando ella lo empujó, él consiguió agarrarla de la muñeca.
Los dos rodaron escaleras abajo.
Los vecinos encontraron dos cadáveres.
Clara volvió lentamente la mirada hacia el espejo del dormitorio y comprendió por qué, desde hacía siete meses, nadie había llamado a su puerta, por qué jamás sentía hambre, por qué el teléfono nunca sonaba y por qué todas las mañanas despertaba exactamente en el mismo lugar.
Detrás de ella apareció Daniel.
Tenía el cráneo hundido y una sonrisa intacta.
Clara quiso gritar.
Él acercó los labios a su oído.
Y, con la dulzura insoportable de quien dispone de toda la eternidad para cumplir una promesa, susurró:
—Mañana volverás a olvidarlo.
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