He Leído El Grimorio
Amparo de mis recuerdos y Remedios me cautivan para seguir adelante. Pero el aire o el viento, &i...
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El tren se tragaba la noche a dentelladas, rugiendo por las vías francesas como una bestia de metal oxidado. María iba encogida en su asiento, con la garganta tan seca que le dolía tragar. Había salido corriendo. Lo demás no importaba ahora: ni el novio muerto, ni el maletín robado, ni esa culpa que le quemaba por dentro sin darle tregua. Justo enfrente había un tipo que ocupaba medio compartimento. Gordo, con el pelo grasiento revuelto y la camisa llena de manchas que apestaban a sudor rancio. El aire del vagón olía a él. Bebía de su botella despacio, con un ruido que sonaba a burla. Glug, glug. María lo miraba de reojo, los labios agrietados, el corazón desbocado. Ni loca le pedía un trago. Esos ojos turbios daban más miedo que morirse de sed.
Se levantó y caminó al baño. Estaba ocupado. Esperó ahí plantada, con la boca ardiendo, hasta que salió un viejo arrastrando los pies. Se metió de golpe y el olor la golpeó como un puñetazo. El váter rebosaba de porquería, mierda seca, un hedor que le sacó lágrimas. Ni una gota de agua. Salió corriendo, con las náuseas subiéndole por la garganta.
En el pasillo, el frío metal del tren vibraba contra su hombro. María avanzó a trompicones hacia el siguiente vagón, arrastrada por un instinto animal que ignoraba la lógica. Vio su reflejo en la ventanilla oscura: una calavera con piel tirante. Se detuvo en la unión entre vagones, donde el ruido de las ruedas era ensordecedor y el suelo se movía como una placa tectónica. Allí, en una esquina, había un dispensador de agua de papel cónico. Estaba seco, cubierto de polvo gris. María apretó el botón una, dos, diez veces. Nada. Solo el eco hueco del plástico vacío.
Al girarse, chocó contra un muro de tela barata. Era un revisor, o eso parecía por la gorra ladeada, pero no llevaba uniforme, solo un traje que le quedaba grande. Tenía la cara picada de viruela y masticaba un palillo con violencia. La miró de arriba abajo, deteniéndose en el sudor frío de su cuello. María vio que llevaba una cantimplora militar enganchada al cinturón. El sonido del líquido chapoteando dentro fue música y tortura.
"¿Buscas algo, preciosa?", dijo él. Su aliento olía a tabaco negro y cebolla. María señaló la cantimplora, incapaz de hablar. La lengua se le había pegado al paladar como una lija.
El hombre sonrió, mostrando unos dientes amarillos como teclas de piano viejo. Desenganchó la cantimplora lentamente, disfrutando del brillo en los ojos de ella. "Hace calor aquí, ¿eh?". Acercó la boca del recipiente a los labios de María, pero cuando ella se inclinó, desesperada, él la apartó con un movimiento seco. "No es gratis", susurró, y su mano libre bajó hacia la cintura de ella, pesada y húmeda. María sintió una arcada seca. El asco pudo más que la sed. Le dio un empujón débil y se zafó, huyendo de vuelta a su vagón mientras la risa del hombre, ronca y mecánica, la perseguía por el pasillo.
Volvió al asiento derrotada, temblando no de frío, sino de pura impotencia. El tipo gordo cabeceaba medio dormido mientras el tren traqueteaba sin parar. De repente, un túnel los tragó enteros. Oscuridad total, un negro que ahogaba hasta los ruidos.
María no lo pensó. Alargó la mano, agarró la botella, la abrió y pegó un trago desesperado.
Al segundo supo que algo iba mal. No era agua. Era algo espeso, amargo, con un olor a vinagre podrido que le subió por la nariz como ácido. El vómito vino de golpe, en arcadas que no podía parar, salpicando el suelo mientras el cuerpo le temblaba.
El hombre abrió los ojos de golpe. Inyectados en sangre, clavados en ella y en la botella que goteaba. Una sonrisa torcida le cruzó la cara.
"Eso no es agua, guapa", gruñó con voz ronca. " Son mis flemas. La tuberculosis no me da respiro."
María sintió que el mundo giraba. El asco y el terror mezclándose en un mareo que le nubló la vista. Se le cerraron los ojos; el cuerpo se le vino abajo sobre el suelo pegajoso.
A lo lejos, el tren siguió su camino, tragándose otro secreto en la oscuridad.
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