Edgar Ricalde

Suspenso

El Día En Que El Tiempo Se Detuvo ¿Y Si Ya No Eres La Persona Que Cree Que Sobrevivió?

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El Día En Que El Tiempo Se Detuvo ¿Y Si Ya No Eres La Persona Que Cree Que Sobrevivió?

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EL DÍA EN QUE EL TIEMPO SE DETUVO

¿Y si ya no eres la persona que cree que sobrevivió?

Cuento/ Terror Psicológico / Suspenso 

Psic. Edgar Enrique Ricalde Márquez.


Iba de regreso a casa por la carretera. Era un día como cualquier otro: el camino transcurría con calma, el paisaje se deslizaba frente a mis ojos y nada parecía anunciar que, en cuestión de segundos, mi vida estaba a punto de cambiar.
 
El cielo estaba cubierto por nubes grises, aunque no parecía que fuera a llover. A ambos lados de la carretera se extendían campos secos y algunos árboles solitarios, retorcidos por el viento. De vez en cuando pasaba un automóvil en dirección contraria, pero la mayoría del tiempo viajaba solo, acompañado por el zumbido constante del motor y una canción que sonaba débilmente en la radio.
 
Miré el reloj del tablero.
 
Eran las 5:17 de la tarde.
 
Recuerdo la hora porque, después de aquel día, la vi repetirse muchas veces en mis sueños.
 
De pronto, el volante comenzó a vibrar.
 
Al principio pensé que se trataba de una falla menor. Quizá una llanta baja o algún desperfecto en el pavimento. Reduje la velocidad y sujeté el volante con ambas manos, pero la vibración se volvió cada vez más intensa. El automóvil empezó a jalonearse de un lado a otro.
 
Intenté controlarlo.
 
Luché contra el volante durante unos segundos, tratando de mantener el coche dentro del carril. El sonido de las llantas contra el asfalto se mezcló con un chirrido agudo que me atravesó los oídos. El tablero comenzó a parpadear. La radio se apagó y encendió varias veces, emitiendo fragmentos de voces distorsionadas.
 
Entonces llegó un momento en que ya no pude hacer nada.
 
El coche comenzó a girar.
 
Una vez.
 
Otra vez.
 
Y otra más.
 
Todo ocurrió demasiado rápido. El mundo se convirtió en polvo, ruido y movimiento. El cielo y la tierra se mezclaron frente a mis ojos. Sentí que mi cuerpo se elevaba y caía al mismo tiempo. Algo golpeó mi hombro. El cinturón de seguridad se clavó en mi pecho.
 
Antes de sentir el impacto, solo alcancé a gritar con todas mis fuerzas:
 
—¡Dios mío, protégeme!
 
El muro de contención fue lo que finalmente detuvo el automóvil.
 
Quedé en sentido contrario, inmóvil, rodeado por una nube inmensa de polvo que parecía haber borrado la carretera y detenido el tiempo.
 
Durante unos segundos no escuché nada.
 
Ni el motor.
 
Ni los vehículos.
 
Ni siquiera mi propia respiración.
 
Solo había un silencio espeso, imposible, como si el accidente hubiera ocurrido en un lugar apartado del mundo. Intenté mover los dedos. Después los pies. Me dolía el pecho y tenía un zumbido dentro de la cabeza, pero podía moverme.
 
El reloj del tablero seguía marcando las 5:17.
 
Pensé que se había detenido por el golpe.
 
Entonces escuché tres golpes en la ventana.
 
Toc.
 
Toc.
 
Toc.
 
Volteé lentamente.
 
Un hombre estaba de pie junto a mi puerta.
 
Su figura apareció entre el polvo como si hubiera estado allí desde antes del accidente. No lo vi acercarse. No escuché sus pasos. Simplemente estaba ahí, inclinado hacia la ventana, golpeando el cristal con los nudillos.
 
—¿Estás bien? —preguntó—. ¿Estás bien?
 
Su voz sonaba tranquila, demasiado tranquila para alguien que acababa de presenciar un automóvil dando varias vueltas.
 
Intenté abrir la puerta, pero estaba atorada. Él tiró de ella con fuerza y finalmente logró abrirla. Después me extendió la mano.
 
—Ven, bájate. Siéntate junto a aquel árbol.
 
No sé por qué obedecí. Tal vez estaba confundido. Tal vez el golpe me había dejado aturdido. O quizá, en el fondo, sentía que debía confiar en él.
 
Me tomó del brazo y me ayudó a salir. Sentía un dolor leve en la rodilla, pero podía caminar. El hombre me acompañó hasta un árbol que se encontraba a unos metros de la carretera. Era un árbol viejo, de tronco ancho y ramas desnudas, aunque no era invierno.
 
Me ayudó a sentarme.
 
—Quédate aquí —dijo—. No intentes levantarte.
 
Después señaló el automóvil.
 
—Voy a acomodarlo. Está en sentido contrario y, si pasa la Policía Federal, podrían multarte.
 
Lo miré sin entender.
 
—¿Qué?
 
Pero ya caminaba hacia el coche.
 
La carretera seguía extrañamente vacía. No había vehículos detenidos, nadie gritaba, nadie se acercaba para ayudar. El polvo comenzaba a disiparse, pero el aire conservaba un olor metálico, parecido al de la lluvia antes de una tormenta.
 
El hombre llegó hasta el automóvil, se subió y esperó a que pasaran los vehículos que circulaban por la carretera.
 
Sin embargo, no pasaba ninguno.
 
Ni uno solo.
 
Él permaneció sentado al volante durante varios segundos. Luego encendió el motor. El sonido me pareció normal, demasiado normal. El coche avanzó, giró con suavidad y quedó estacionado perfectamente junto al muro.
 
Lo hizo como si el automóvil no hubiera sufrido ningún daño.
 
Como si nada hubiera ocurrido.
 
Yo observé el parabrisas. Estaba intacto. Las puertas no tenían abolladuras. Ni siquiera había polvo sobre la carrocería.
 
Sentí un escalofrío.
 
El hombre bajó y se acercó a mí.
 
—¿Tienes teléfono? —me preguntó—. ¿Alguien que venga por ti?
 
—Sí, lo tengo en el auto, déjame ir por él —dije, levantándome.
 
—No, toma el mío —dijo él, deteniéndome con un gesto suave—. El tuyo no tiene batería.
 
Me quedé quieto, extrañado. No lo había intentado encender todavía. Pero cuando lo busqué en el bolsillo y presioné el botón, la pantalla permaneció oscura.
 
Era un teléfono antiguo, de esos que ya casi nadie utilizaba. La pantalla estaba encendida, pero no mostraba señal, hora ni fecha. Solo había una imagen negra, como si el dispositivo estuviera apagado y encendido al mismo tiempo.
 
Sentí que el teléfono vibraba en mi mano. En la pantalla apareció una llamada entrante. El número no tenía dígitos. Solo decía: "CASA".
 
Contesté.
 
Al otro lado escuché mi propia voz.
 
—No te bajes del automóvil.
 
La llamada se cortó.
 
Dejé caer el teléfono.
 
—¿Qué fue eso?
 
El joven no respondió. Se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la carretera, como si estuviera esperando algo que solo él podía ver.
 
—¿Te puedo dar un abrazo? —preguntó con suavidad.
 
—Sí —le dije.
 
Me rodeó con sus brazos. Era un abrazo cálido, firme, como si quisiera transmitirme algo que las palabras no podían decir. Y justo al oído, me susurró:
 
—Tienes una segunda oportunidad. Vale la cuenta. Vale la pena que se lo cuentes a tus hijos.
 
—¿Cómo sabías que mi teléfono no tenía batería?
 
Silencio.
 
—¿Por qué te pareces tanto a mi hermano?
 
Siguió sin decir palabra.
 
Me puse de pie, aunque la rodilla me dolía.
 
—¿Quién eres?
 
El viento comenzó a soplar entre las ramas del árbol. Las hojas secas giraron alrededor de mis pies, pero ninguna cruzó la carretera. Todas se detenían justo en el borde del asfalto.
 
Entonces escuché un sonido a lo lejos.
 
Un motor.
 
El hombre levantó la cabeza.
 
—Ya vienen —dijo.
 
—¿Quiénes?
 
Esta vez me miró directamente.
 
Sus ojos no reflejaban la luz del atardecer. Eran oscuros, profundos, como dos ventanas abiertas hacia un lugar sin fondo.
 
—Los que no pudieron salvarte.
 
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
 
A lo lejos apareció un vehículo. Se acercaba lentamente, con las luces apagadas. No llevaba placas. Su carrocería era blanca, pero parecía cubierta por una capa de polvo antiguo.
 
—No te acerques —dijo el joven.
 
El vehículo se detuvo frente a nosotros.
 
Las puertas permanecieron cerradas.
 
Dentro no se veía a nadie.
 
Entonces el reloj del tablero de mi automóvil cambió.
 
Las manecillas comenzaron a girar hacia atrás.
 
5:16.
 
5:15.
 
5:14.
 
El mundo entero pareció estremecerse. El sonido del viento desapareció. El cielo se oscureció de golpe y la carretera quedó inmóvil. Un pájaro que volaba sobre nosotros se quedó suspendido en el aire, con las alas extendidas.
 
El joven se acercó y me sujetó del brazo.
 
—Escúchame —susurró—. Cuando abras los ojos, no mires hacia atrás.
 
—¿Qué está pasando?
 
—Tienes que elegir.
 
—¿Elegir qué?
 
—Volver… o quedarte.
 
La puerta del vehículo blanco se abrió.
 
Dentro había una oscuridad absoluta.
 
No era la oscuridad de un automóvil sin luz. Era algo más profundo, como si el interior no tuviera asientos ni paredes, sino un espacio interminable.
 
Desde el fondo llegó un sonido.
 
Alguien estaba llorando.
 
Reconocí aquella voz.
 
Era la voz de mi hermano.
 
—No —murmuré.
 
El joven apretó mi brazo.
 
—No lo escuches.
 
Pero la voz volvió a llamarme.
 
—Ven.
 
Di un paso hacia el vehículo.
 
El joven me detuvo.
 
—Si entras, nadie volverá a encontrarte.
 
—¿Y si ya estoy muerto?
 
Por primera vez, su rostro cambió. Pareció entristecerse.
 
—Eso depende de cuál de los dos recuerdes.
 
La carretera comenzó a llenarse de imágenes. Vi el automóvil volcado. Vi mi cuerpo atrapado entre los asientos. Vi ambulancias que llegaban demasiado tarde. Vi personas reunidas alrededor del accidente. Vi a mi familia llorando.
 
Después vi otra escena.
 
Yo estaba sentado bajo el árbol, exactamente como ahora. El joven estaba a mi lado. El automóvil se encontraba intacto. La carretera estaba vacía.
 
En esa escena, yo sonreía.
 
Y no parecía estar vivo.
 
Cerré los ojos.
 
Pensé en mi casa. En mi familia. En todo lo que aún no había dicho. Pensé en mi hermano y comprendí que aquel rostro no había aparecido para llevarme, sino para recordarme que todavía tenía algo pendiente.
 
—Quiero volver —dije.
 
El joven soltó mi brazo.
 
—Entonces no mires atrás.
 
Escuché que el vehículo blanco arrancaba. El sonido se alejó lentamente. Después sentí un golpe en el pecho, como si alguien me hubiera empujado desde dentro.
 
Abrí los ojos.
 
Estaba dentro del automóvil.
 
El volante vibraba entre mis manos.
 
La carretera se extendía frente a mí. El reloj marcaba las 5:18.
 
Había pasado apenas un minuto.
 
El coche estaba detenido junto al muro de contención, pero no tenía ningún daño. Mi rodilla ya no dolía. La radio volvió a encenderse y la canción continuó exactamente donde se había interrumpido.
 
Miré por el espejo retrovisor.
 
El árbol estaba allí.
 
Pero el hombre había desaparecido.
 
También habían desaparecido el polvo, el vehículo blanco y cualquier señal del accidente.

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