El Último Latido Por María José Luque Fernández
Sonaba insistentemente ese zumbido sordo que emitía el monitor cardíaco al que esta...
arrow_forward Leer—Ha vuelto.
Elena estaba sentada en la cama, descalza, con el camisón por encima de las rodillas. Había dejado una zapatilla junto al radiador y la otra debajo de mi mesilla. Desde el hospital hacía eso: empezaba una cosa en un sitio y la terminaba en otro.
Miré el reloj.
Las cuatro y nueve.
—¿Quién?
Tardó en contestar. Podía olvidar dónde guardábamos los vasos y acordarse del teléfono de una compañera del instituto a la que llevaba veinte años sin ver. La neuróloga decía que no buscáramos lógica. Muy fácil decirlo desde una consulta.
—El hombre.
Encendí la lámpara.
—¿Qué hombre?
—El que entra.
Fui al pasillo. La puerta estaba cerrada, el pestillo echado y las llaves en el cuenco azul de Lisboa.
Abrí y asomé la cabeza al rellano. La luz seguía encendida. A esas horas la señora de enfrente tenía la tele puesta, bajita. Su puerta estaba cerrada.
Miré la cocina, el salón y la habitación pequeña.
Volví.
—No hay nadie.
—Ya no.
—¿Has soñado?
Me miró con esos ojos que tenía desde el hospital. Antes, cuando se enfadaba conmigo, yo sabía por qué. Pero ahora aquello era distinto.
—Llevaba zapatos.
—¿Quién?
—El hombre.
Me senté a su lado a tranquilizarla.
—Elena, estabas dormida.
—Los he oído.
—En esta casa son tan finas las paredes que se oye hasta cuando el de arriba mea.
—Hasta han chirriado.
—¿Los zapatos?
—Sí.
La abracé. Ella dejó los brazos inmóviles y caídos.
A la mañana siguiente compré un cerrojo y un paquete de yogures que no eran los que le gustaban. De los yogures protestó. Del cerrojo no.
Lo instalé para que durmiera tranquila.
Esa fue la excusa que le di.
Durante la rehabilitación, la neuróloga nos había hablado de falsos recuerdos, confusiones y cosas que podían aparecer después de un brutal golpe. Me pidió que apuntara cuándo sucedían, cuánto duraban, si Elena había dormido, si había comido.
Yo llevaba una libreta.
«No discutir de golpe». «Rutinas». «Medicación después del desayuno». «Que coma algo, aunque diga que no».
Elena la encontró junto al frutero.
—¿Por qué escribes instrucciones sobre mí?
—Eso que ves son cosas de la doctora.
Leyó un poco más.
—Parezco una lavadora.
—No escribas tonterías.
—Las has puesto tú.
Guardé la libreta.
El cerrojo solo podía abrirse desde el interior. Se lo enseñé después de comer, mientras ella intentaba sacar una pastilla del blíster con una sola mano.
—¿Ves? Si alguien quisiera entrar, no podría.
—Déjate y dame eso.
Le saqué la pastilla.
Elena pasó luego el dedo por el metal nuevo.
—¿Y si ya está dentro?
Sonrió.
Yo también, aunque no tenía gracia.
Aquella noche puse una silla bajo la manivela.
A las seis seguía allí.
Cinco días después encontré una taza sucia en el fregadero. La blanca, la de la grieta junto al asa. Elena llevaba años diciendo que cualquier mañana iba a quedarse con el asa en la mano.
—¿Has tomado café?
Estaba en el sofá con una manta sobre las piernas.
—No.
—Hay una taza.
—Pues será tuya.
Yo llevaba años bebiendo café en un vaso de cristal. Una manía, según ella. Un vaso no guarda el olor del detergente.
—Sabes que no uso taza y menos esa.
—Entonces la habrá usado él.
Esta vez ni siquiera hizo el gesto de sonreír.
Cogí la taza. Café solo. Elena lo tomaba con leche y sacarina.
—¿Cuándo?
—Mientras estabas comprando.
Había bajado a por pan, detergente y sus yogures. Volví sin detergente.
—He tardado veinte minutos.
—Pues le ha sobrado tiempo.
—El cerrojo estaba pasado.
—Javier, yo estaba dentro.
Dejé la taza demasiado fuerte sobre la encimera.
Elena encogió un hombro.
—Perdona.
—Ya.
—No quería asustarte.
—No me has asustado.
Se subió la manta hasta la cintura y siguió mirando la televisión apagada.
Llamé a la neuróloga desde el coche. Me preguntó por la medicación, el sueño, si había habido agresividad, si Elena se desorientaba al salir.
Contesté a todo.
—¿Y qué hago cuando dice estas cosas?
—No discuta cada detalle. Anótelo. Ya lo trataremos aquí.
—¿Le sigo la corriente?
—No he dicho eso.
Adelantó la cita al jueves.
El miércoles compré una pequeña grabadora. Me pareció más útil que escribir «cuatro de la mañana: hombre con zapatos». No se lo dije a la doctora.
Tampoco utilicé el móvil. Elena algunas veces miraba mis llamadas. Antes del accidente no lo hacía. O no en mi presencia.
Escondí la grabadora detrás de una fotografía del décimo aniversario. Elena llevaba un vestido verde. Yo salía con una copa de cava. Carlos, detrás, levantaba dos dedos sobre mi cabeza.
Me quedé un rato mirando aquella foto.
La dejé donde estaba.
El jueves Elena no quiso ir a la consulta.
Estaba secando una taza con un paño.
—Estoy bien.
—No estás bien.
—Gracias.
—No le des la vuelta a lo que digo.
—Sí. Ese es el problema.
—Tienes pérdidas de memoria.
Dejó la taza.
—También tú.
—Yo no me caí por una escalera.
—No me caí.
—No empieces con esas cuestiones.
—Eso es lo que me dijiste tú.
—Y los médicos.
—Los médicos lo que dijeron fue que me golpeé la cabeza.
—Te encontraron al final de todas las escaleras.
—Tú me encontraste.
—Sí, fui yo.
Elena esperó. Yo recogí del suelo una miga que no hacía ninguna falta recoger.
—¿Qué? —dije.
—Nada.
Cogió el abrigo.
Todavía arrastraba un poco la pierna derecha cuando estaba agotada. Los días buenos apenas se notaba. Ese no.
—¿Dónde vas?
—A dar una vuelta.
—Voy contigo.
—No, quiero ir sola.
—Elena, espera.
—Puedo bajar sin ayuda una escalera.
No gritó. Casi habría preferido que gritara.
Cerró la puerta y dejó el cerrojo abierto.
Aquella tarde escuché las grabaciones.
Casi tres horas de nada: la tele, el grifo, un cajón que se cerró cuatro o cinco veces, Elena hablando con su madre y diciéndole que sí, que había comido. Era mentira. El plato seguía en la nevera.
A las doce y diecisiete se oyó la cerradura.
Volví atrás.
La puerta. Una voz muy baja.
—¿Está?
—No.
Pausé.
Otra vez.
No necesitaba oír más para saber quién era.
—Solo tengo un rato —dijo Carlos.
Después hubo tela contra el micrófono y la televisión tapó varias frases.
—¿Ha vuelto?
—Anoche.
—¿Y?
Elena tardó.
—La cocina.
—¿Qué más?
—Una mano. No sé.
—Elena, esto así…
—Otra vez no.
—No puedes seguir aquí.
—Y yo no voy a irme a tu casa.
Carlos dijo algo. Solo entendí «Laura» y «los niños».
—No voy a meterlos en esto —dijo Elena.
—Pues un hotel.
—¿Y mañana qué?
—Mañana ya veremos.
—Claro. Mañana ya veremos. Tú te vas a tu casa y ya veremos.
—No empieces conmigo.
—No he empezado.
Se oyó un pequeño golpe. Tal vez una taza, una silla.
—Mira, el domingo vuelvo. A las nueve. Si te quieres venir, te vienes.
—No lo digas así.
—¿Cómo quieres que lo diga? Llevo una semana entrando aquí como un gilipollas.
—Te llamé porque no sabía a quién llamar.
—Pues piensa qué quieres hacer.
Durante casi un minuto solo hubo zumbido.
Cuando volvió el sonido, Carlos debía de estar ya de pie.
—No me aprietes.
—Perdona.
—Ahí todavía me duele.
La puerta se cerró.
Me quité los auriculares.
Se me había tensado el cuerpo escuchando.
Mi hermano tenía llave.
Eso explicaba la cerradura.
El cerrojo era otra cosa.
Fui al pasillo. Allí seguía, brillante, absurdo. Lo había comprado yo. Lo había atornillado yo.
Elena podía abrirlo desde dentro.
La noche del viernes fingí dormir.
A las dos y veinte fue al baño. A las tres menos cuarto volvió a levantarse.
Oí el salón y después la puerta del balcón.
Esperé.
Una voz.
No distinguía qué decía.
Fui descalzo hasta el pasillo. Elena salía ya del salón.
—¿Qué haces?
—¿Con quién hablabas?
—Con nadie.
—Te he oído.
—Estaba cerrando.
—Has hablado.
—Pues sería conmigo misma.
—Elena.
—¿Qué?
—No me tomes por gilipollas.
Se quedó mirándome.
—No hace falta.
Pasó a mi lado.
A la mañana siguiente había dejado mi taza —mi vaso— en el fregadero y la suya encima de la mesa, a medias. Dormí poco y aquello me molestó más de lo que debía.
El sábado instalé una pequeña cámara sobre una estantería.
Le dije que era un sensor de temperatura.
Elena estaba pelando una mandarina.
—¿Desde cuándo te preocupa la temperatura?
—Desde que pagamos ciento ochenta euros de gas.
Separó un gajo.
—No tenemos gas.
—Ya sé que no tenemos gas.
—Ah.
Siguió con la mandarina.
Carlos llamó esa tarde.
Lo dejé sonar dos veces.
—¿Qué quieres?
—Hablar contigo.
—Pues habla.
—De esta forma no.
—Así es como has llamado.
Suspiró.
—Javi.
Hacía años que no me llamaba Javi.
—¿Qué?
—Déjala. Dale un poco de tregua.
Miré hacia el dormitorio.
—¿Qué te ha contado?
—Lo que le ha dado la gana.
—Te estás metiendo donde no te llaman.
—Puede ser.
—Pues déjalo.
Al otro lado se oyó una puerta y a uno de los pequeños llamándolo. Carlos tapó el teléfono y contestó algo.
—Mira —dijo al volver—. Laura no quiere que vayas por casa. Los críos preguntan por ti. Yo estoy hasta arriba y, encima, estoy con esto. No me apetece, ¿vale? Pero estoy.
—¿Con qué?
—No me hagas esto.
—¿El qué?
—Esto.
Colgó.
A los pocos segundos llegó un mensaje.
«Mañana a las 9 voy a buscarla. No montes nada».
Lo borré.
Elena pasó la tarde con ropa encima de la cama. Hacía montones que luego deshacía. Entre una cosa y otra puso una lavadora y se olvidó de tenderla. Cuando fui al baño, la máquina llevaba media hora parada, esperando.
Había una maleta abierta contra la pared.
—¿Te vas?
—Estoy recogiendo.
—Con una maleta.
—Sí, Javier. Es una maleta.
—¿Más fácil así?
Dobló una camiseta. La metió dentro y volvió a sacarla.
—Déjalo.
—Si quieres irte, dilo.
—¿Eso quieres?
—Quiero saber qué coño está pasando.
Elena se quedó con la camiseta en las manos.
—Pues ya somos dos.
La maleta quedó vacía.
A la mañana siguiente revisé la cámara antes incluso de ponerme las gafas.
Había un hueco de nueve minutos.
El vídeo empezaba a las seis y cincuenta y ocho. Carlos ya estaba en el salón.
No sabía cómo había entrado.
Elena tenía unos papeles. No había sonido. Carlos señalaba algo; ella negaba. En un momento fue hacia la ventana y tropezó con la alfombra, la misma esquina que llevaba meses levantada y que yo siempre decía que había que arreglar.
Carlos la agarró del brazo.
Elena se soltó enseguida.
Él levantó las manos.
Siguieron hablando.
Después Elena lloró.
Carlos la abrazó.
Acerqué la imagen con los dedos hasta que la cara de mi hermano se convirtió en cuadrados.
Esperé.
La soltó.
Cuando salí al salón ya se había ido.
Elena estaba en el sofá con los papeles sobre las rodillas y una tostada intacta en el plato.
—Dámelos.
Puso una mano encima.
—¿Qué haces despierto?
—Los papeles.
—Son míos.
Se los quité.
Informe de urgencias. Fotografías. El moratón del antebrazo, la muñeca inflamada, una foto de la ceja que yo no recordaba haber visto. Traumatismo craneoencefálico, fractura de radio, contusiones.
En el origen de las lesiones: «Caída por escalera según refiere acompañante».
Lo leí dos veces.
—¿Quién ha impreso esto?
—Carlos.
—¿Para qué?
—Porque se lo pedí.
—Te caíste.
—Puede.
—¿Puede?
—No sé.
—Pues ayer sabías bastante.
Elena se levantó despacio. Apartó el plato para no tirarlo con la cadera.
—Recuerdo cosas.
—Ya estamos.
—No, Javier. No empieces.
—La doctora dijo que podías mezclar recuerdos.
—Por eso sigo aquí.
Bajé el papel.
—¿Qué?
—Porque no sabía si había pasado.
—¿Y por qué no te fuiste?
—Porque no sabía. Y porque no podía ni bajar sola.
—Carlos estaba ahí.
—Carlos quería que me fuera. No es lo mismo.
—Yo te cuidé.
—Sí.
—¿Y ahora?
—Ahora sé algunas cosas.
—¿Cuáles?
Se frotó la muñeca. Llevaba toda la mañana haciéndolo cuando creía que no la miraba.
—La cocina. La maleta. Que yo quería salir y tú no querías.
—Eso te lo ha metido Carlos.
—Carlos no estaba cuando cogí la maleta.
—No había ninguna maleta.
—Azul.
—No estaba junto al paragüero.
Elena paró de frotarse.
—No he dicho dónde estaba.
La tostadora saltó en la cocina. Ninguno de los dos se movió.
—Siempre dejas las maletas ahí —dije.
—No.
—Elena…
Miró la fotografía del aniversario y después la estantería.
—¿Me has grabado?
—¿Qué dices?
—¿Me has grabado?
—Estoy intentando saber qué pasa.
—No te he preguntado eso.
—Porque tú no me cuentas nada.
—Javier.
—¿Qué quieres que haga?
—Contestar.
Fui hacia la puerta de la cocina, más por moverme que por otra cosa.
—Sí.
Elena cerró los ojos un segundo.
—Vale.
Fue hacia la puerta.
Me puse delante.
—¿Te vas con Carlos?
—Me voy.
—¿Ahora?
—A casa de una amiga. Carlos me lleva.
—¿Qué amiga?
Se le escapó una risa. Fea, cansada.
—Claro.
—¿Claro qué?
—Nada. Aparta.
Intentó pasar.
Le sujeté el brazo derecho.
No fuerte.
Eso pensé.
—Suéltame.
La solté enseguida.
Elena dio un paso atrás y chocó con la pared.
Los dos miramos mi mano.
—Esto sí —dijo.
—¿Qué?
—Esto lo recuerdo.
—No te he hecho nada.
—No sé si me empujaste.
—Claro que no.
—No he dicho que lo hicieras.
—Pero lo estás dejando caer.
—Estoy diciendo que no sé.
Miró el reloj del pasillo.
—La otra vez me agarraste aquí. Yo tenía una maleta. Después… el rellano. No recuerdo más.
—Te caíste.
—Puede.
—Pues ya está.
—Para ti siempre está todo «ya está».
Fue al dormitorio y volvió con la maleta vacía.
—¿Eso es todo?
—De momento.
—Te vas sin ropa.
—Carlos tiene una bolsa en el coche.
—O sea que lo teníais preparado.
—Llevamos una semana intentando prepararlo y yo llevo una semana echándome atrás. ¿Te vale?
Sonó el timbre.
Elena apretó la manilla de la maleta.
Tres golpes después.
Carlos.
—Abre —dijo.
—No.
—Javier, no.
—Solo quiero hablar.
—Pues habla después.
Carlos llamó otra vez.
—Javi. Abre.
Elena fue hacia el cerrojo.
La agarré por la cintura.
—Espera.
—Suéltame.
—Un momento.
—Que me sueltes.
Me dio un codazo. Abrí los brazos.
Elena descorrió el cerrojo.
Carlos entró antes de que la puerta estuviera completamente abierta. Traía las llaves del coche en una mano y una bolsa de deporte en la otra.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Venga.
—Tú no le das órdenes —dije.
Carlos dejó la bolsa en el suelo.
—No empieces.
—Es mi mujer.
—Pues habla con ella. A mí déjame.
—Estás en mi casa.
—Ya lo sé.
—Pues fuera.
Carlos se pasó una mano por la cara.
—He dejado a Laura con los pequeños por esto. No puedo estar viniendo todos los días, Javi. Si hoy no se viene, yo no vuelvo a entrar aquí. Se acabó.
—¿La estás amenazando?
—Joder.
Elena cogió la maleta.
—Vámonos.
Me puse delante de la puerta.
Carlos me apartó con una mano en el pecho.
—No la líes más.
Luego recuerdo cosas sueltas.
Las llaves cayendo.
Su mano en mi hombro.
Yo queriendo quitármelo de encima.
Carlos dio dos pasos hacia atrás y golpeó el mueble de la entrada con el lateral de la cabeza.
El golpe fue pequeño.
Se quedó sentado en el suelo.
—Carlos.
Elena dejó caer la maleta.
Él abrió la boca.
No salió nada.
Había una línea de sangre detrás de la oreja.
—Llama al 112.
Saqué el móvil.
Carlos respiraba.
Creo.
—Ha sido un accidente.
—Javier, llama.
—Me ha empujado.
—¡Que llames!
Marqué el uno y el uno.
Me quedé mirando la pantalla.
Faltaba el dos.
—Dame el teléfono.
—Espera.
—¿Qué vas a esperar?
Carlos hizo un ruido raro, pequeño.
Elena se agachó junto a él.
—Está respirando mal.
—Se recuperará.
—Dame el puto teléfono.
Se levantó hacia mí.
Levanté la mano.
Elena se paró.
Yo también.
Carlos dejó de hacer ruido.
Ella metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó su móvil.
Yo pensaba que lo había dejado en el dormitorio.
—Emergencias. Mi cuñado se ha golpeado en la cabeza.
Dio la dirección.
La mujer del 112 empezó a preguntar. Elena contestó dos veces que sí y una que no. Se arrodilló, puso el teléfono en el suelo con el altavoz y acercó la cara a la de Carlos.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—Ahora no.
—Lo sabías desde el principio.
—Javier, ahora no.
La mujer del 112 preguntó si Carlos seguía respirando. Elena mantuvo los dedos en su cuello.
—No —contestó Elena al teléfono.
La sirena se oyó al final de la calle.
La puerta de enfrente se abrió.
La vecina asomó la cabeza con una bata amarilla y una bolsa de basura. Miró a Elena en el suelo, a Carlos, la maleta junto a la pared.
Después me miró a mí.
—¿Qué ha pasado?
Nadie contestó.
La mujer dejó la bolsa de basura junto a su puerta.
—¿Necesitáis ayuda?
—Sí —dijo Elena.
—No —dije yo.
La vecina entró.
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