Verte Llorar
Y aquel día al verte llorar, no te entendí, porque yo estaba lleno de felicidad ...
arrow_forward LeerNélida abre la canilla de la bañera hasta que el chorro sale parejo y caliente, aunque no se va a bañar. Cierra la puerta con traba, algo que no hacía antes, cuando había alguien más en la casa para golpear si hacía falta. Se sienta en la tapa del inodoro, con la bata puesta, y se queda esperando. El espejo se empaña de abajo hacia arriba, primero el borde inferior, después el resto, hasta que no queda ni un rectángulo limpio donde mirarse. Afuera, en el patio, el calefón hace un ruido parejo, como una respiración de metal.
Ahí, en el vapor, sigue estando Antonio.
No es una figura. Es la navaja golpeando tres veces contra el borde de la pileta, para sacarle la espuma, el mismo golpe seco de todas las mañanas de treinta y ocho años. Es un tarareo de tango sin letra, apenas el aire pasando entre los dientes. Es el crujido del banquito de madera donde él se sentaba a afeitarse siempre, porque decía que parado se cortaba.
—Dejé la factura de la luz arriba de la heladera —le dice Nélida, en voz baja, con la cara vuelta hacia el vapor y no hacia la puerta.
El tarareo sigue, dos compases más, y se corta donde siempre se corta.
—El sábado viene el técnico del gas, así que no uses la hornalla grande a la mañana.
Antes de que nazca el tarareo, siempre hay un olor: a jabón de afeitar, a loción barata, un olor que ninguna otra cosa en la casa tiene, ni siquiera guardado en la ropa del placard.
Nélida cierra los ojos para que le dure más.
Golpean la puerta. Nélida no se sobresalta: ya sabe que es Elsa.
—Nélida, llegó el gasista.
—Ya voy.
—Hace media hora que estás ahí adentro.
Nélida cierra la canilla. El vapor tarda en asentarse, y por un segundo más el espejo sigue opaco, sin nadie reflejado. Se ata bien la bata, abre la puerta, y ahí en el pasillo está Elsa con los brazos cruzados y un hombre de mameluco azul parado dos pasos atrás, con una carpeta bajo el brazo.
—Perdón, es que me quedé dormida ahí en la bañera —dice Nélida.
—Vino por lo que llamé yo la semana pasada —dice Elsa—. El olor ese que sentí en la cocina.
Nélida asiente, aunque nunca sintió ningún olor, ni siquiera el que ella misma inventa cada mañana en el vapor. Hace pasar al hombre hasta el calefón, en un rincón del patio de atrás, bajo un techo de chapa, con la pintura verde saltada en los bordes. Elsa se queda en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados, mirando cómo el hombre abre la carpeta sobre la mesada de afuera.
El hombre se agacha frente al calefón, un Orbis viejo, y saca una linterna chica para apuntar hacia la cámara de combustión. Adentro, en vez del gris parejo que debería tener, hay un hollín negro que le cubre las paredes de metal como una capa de fieltro.
—Esto está mal quemando hace rato —dice, sin darse vuelta—. El tiraje está tapado, seguro un nido de pájaro o mugre acumulada, y con el tiraje tapado el gas no se va para arriba, por el caño. Se queda acá abajo, en la casa.
—¿Y eso qué hace? —pregunta Elsa, desde la puerta de la cocina.
—Monóxido de carbono. No tiene olor, no tiene color, así que nadie lo nota hasta que ya hizo lo suyo. En dosis chiquitas y seguidas da dolor de cabeza, mareos, cansancio que uno le echa la culpa a cualquier otra cosa. En gente grande, o con el corazón medio flojo, puede dar hasta alucinaciones. Gente que jura que escucha a un familiar muerto en la casa, cosas así. Lo he visto.
Nélida mira el hollín en la cámara, sin decir nada. El hombre sigue hablando, ahora dirigido a las dos por igual, con la carpeta abierta sobre las rodillas.
—Esto se arregla con un repuesto, la pieza del tiraje y una limpieza general. Dos mil pesos, materiales y mano de obra. No se puede dejar así, señora, en serio se lo digo.
—¿Cuándo puede volver? —pregunta Elsa.
—El jueves que viene, a la mañana, si les queda bien.
—Nos queda bien a las dos —dice Elsa, y mira a Nélida, que asiente con la cabeza sin agregar nada.
El hombre arranca una hoja de la carpeta, con el presupuesto anotado a mano y un sello con su número de teléfono, y se la da a Nélida, porque está más cerca, mientras guarda la linterna y el resto de las herramientas en una bolsa de tela. Ella la dobla en cuatro, despacio, con el mismo cuidado que pondría en un papel mucho más pesado.
—Se lo dejo a usted, así no se pierde —dice el hombre.
Nélida no lo deja en la mesada de la cocina, donde Elsa después va a limpiar y lo va a ver. Se lo guarda en el bolsillo del piloto que tiene colgado en la percha de la cocina, el que usa para regar las plantas. Ahí se queda, doblado en cuatro, mientras el hombre cierra la bolsa y se despide.
* * *
El martes a la mañana, con Elsa todavía en camisón, Nélida espera a que salga al patio a colgar ropa para llamar al gasista desde el teléfono de la cocina, con la voz muy baja y la mano tapando el tubo cada vez que pasa un auto por la calle. Le dice que esta semana anda corta de plata, que si puede pasar la visita para el mes que viene. El hombre le dice que bueno, que él entiende, que lo llame cuando pueda, y que mientras tanto ventile bien el baño y la cocina cuando use el calefón.
Nélida corta, y va hasta la alacena baja. En una vieja lata de dulce de batata vacía guarda unos billetes doblados: los dos mil pesos, contados esa misma tarde y separados de la plata de la comida, debajo de las facturas viejas que junta sin ningún motivo desde que murió Antonio.
Los días pasan sin que nada cambie en la casa, salvo el ritual. Ahora se repite dos veces por día: a la mañana, cuando Elsa sale a hacer las compras, y a la tarde, cuando Elsa se acuesta a dormir la siesta con la puerta de su cuarto cerrada.
Un jueves, justo el que el gasista no vino porque Nélida lo canceló, pasa algo que no había pasado nunca en los cuatro meses anteriores. En el vapor, la navaja golpea contra la pileta no tres veces sino cuatro, un golpe más al final, más suave que los otros, como si la mano todavía estuviera probando el filo. Nélida se queda quieta, con la respiración cortada, esperando ahí a ver si se repite.
Se repite. Cuatro golpes parejos, todas las veces, desde ese jueves en adelante.
A Nélida esto no la asusta. Al contrario: esa noche duerme mejor que en meses, sin el peso en el pecho que la despierta siempre a la misma hora. Le parece, sin decírselo a nadie, ni siquiera a Elsa, que Antonio se está acomodando mejor a estar ahí, que encuentra su lugar en la casa con más comodidad cada semana, como quien vuelve a un trabajo después de las vacaciones y tarda unos días en agarrar el ritmo otra vez.
En la cocina, mientras pelan papas para el almuerzo, Elsa se lleva la mano a la sien.
—Me agarra siempre a esta hora —dice—. Un dolor como de banda, acá, en la frente.
—Tomate algo —dice Nélida.
—Ya me tomo. Debe ser la presión, o la edad. A esta edad una ya no sabe si es una cosa o es otra.
Nélida sigue pelando papas. No dice que ella, a la misma edad, no tiene ningún dolor de cabeza.
* * *
Un viernes a la tarde, con la casa en calma, Elsa marca el número del gasista desde su propio celular, sentada en el patio, con la ropa recién colgada goteando todavía sobre el piso de baldosas. Le pregunta por qué no vino el jueves que quedaron, si se olvidó o si pasó algo.
—Su hermana me llamó por teléfono para cancelar hace como dos semanas —dice el hombre, un poco sorprendido—. Me dijo que andaban cortas de plata. Le expliqué igual que era mejor no dejarlo pasar, por el tema del monóxido, con lo que le conté ese día, lo de las alucinaciones y todo eso.
Elsa se queda con el teléfono pegado a la oreja un momento después de que el hombre corta, mientras la explicación completa se le acomoda en la cabeza con un peso distinto al que tuvo la primera vez, ese día, en el patio. Mira hacia la ventana del baño, donde el vidrio esmerilado tiene una luz prendida adentro. El vapor se nota incluso desde afuera, empañando el borde del vidrio, a esa hora de la siesta en que nadie, en esta casa, se baña.
Va hasta la puerta y golpea.
—Nélida.
Nada.
—Nélida, abrí.
Adentro, el agua sigue corriendo. Elsa prueba el picaporte: está con traba. Golpea de nuevo, más fuerte todavía, con el puño cerrado, y recién ahí se corta el ruido de la ducha. Pasan unos segundos. Se abre la traba.
Nélida aparece en el marco de la puerta, con la bata puesta, el pelo sin mojar —no se estaba bañando, nunca se estuvo bañando— y la cara todavía vuelta a medias hacia adentro, hacia el vapor que sigue ahí, espeso, sin ningún reflejo en el espejo. Tiene una mano apoyada en el marco, como si necesitara sostenerse para terminar de volver.
Elsa tiene en la mano un papel doblado en cuatro, ablandado en los pliegues de tanto manosearlo: lo encontró en el bolsillo del piloto, cuando fue a buscar la pinza de la ropa que siempre deja ahí colgada.
No dice nada todavía. Se queda mirando la cara de Nélida, la humedad que le brilla en la frente, el modo en que sus ojos tardan un segundo de más en enfocar a quien tiene enfrente, como si todavía estuviera terminando una conversación con otra persona.
Elsa mira el papel en su propia mano, todavía tibio del bolsillo, después otra vez la cara de Nélida, y no necesita preguntar desde cuándo lo sabe.
Elsa no dice nada. No pregunta por qué, ni hace la cuenta en voz alta del jueves cancelado, ni menciona la palabra alucinación ni la palabra monóxido, palabras que las dos, ahora, tienen igual de presentes. Da media vuelta despacio y entra al baño, rozando a Nélida en el marco de la puerta. Deja el papel doblado sobre la mesada, entre el jabón y el vaso de los cepillos, donde el vapor ya empezó a mojarle una esquina.
Después se va a su pieza, atravesando el pasillo con los brazos cruzados sobre el pecho, y cierra la puerta, no de un golpe, despacio, como quien no quiere que el ruido cuente como algo.
Nélida se queda con la puerta del baño abierta de par en par y el agua todavía corriendo, sin cerrarla, sin cerrar la canilla tampoco. Mira el papel doblado sobre la mesada, la esquina ya oscurecida por la humedad, las letras del gasista corriéndose apenas en el borde. El vapor sale ahora hacia el pasillo, en una nube baja que se estira hacia la cocina, tibia contra los tobillos descalzos.
Escucha la navaja, los cuatro golpes parejos contra la pileta. Escucha el tarareo, el mismo tango sin letra de siempre, tan puntual como todas las mañanas de estos cuatro meses. Debajo de eso, mezclada, por primera vez, hay otra cosa: una voz de mujer, más joven que la de Elsa ahora, cantando bajito una canción de cuna que Nélida no escuchaba desde que las dos eran chicas, en la casa de los padres, con la cama de una compartiendo la pared con la cama de la otra. Es la voz de Elsa a los ocho, a los nueve años, cantándose a sí misma para dormirse cuando les apagaban la luz.
Elsa está en su pieza, en silencio. Nélida lo sabe porque no se oyen pasos, ni la radio, ni nada.
No sabe si es el gas que ya llegó también hasta ella, de otra manera, distinta a como llega a Nélida, o si es una voz que siempre estuvo guardada en algún lugar de la casa, esperando el momento justo para salir. Se queda parada en el pasillo, con la bata mojada en los hombros, sin ganas de nombrar ninguna de las dos cosas.
No lo dice en voz alta. Vuelve al baño, cierra la puerta, pone la traba.
* * *
Esa noche, sin golpear, Elsa entra un momento al cuarto de Nélida, que finge estar dormida de costado, de cara a la pared. Deja en la mesa de luz un vaso de agua y un comprimido para el dolor de cabeza, de los que ella misma toma a la tarde. No dice para qué es, ni para quién. Apaga el velador antes de salir, despacio, como hacía siempre la madre de las dos cuando alguna se hacía la dormida para no tener que hablar.
A la mañana, el comprimido sigue en la mesa de luz, sin tocar, y el vaso de agua, lleno. Nélida se levanta, se lava la cara en la pileta de su cuarto, sin mirarse mucho, y va hasta la cocina. Encuentra la lata de dulce de batata en el medio de la mesa, no en la alacena donde la guarda ella. Ya no están los billetes que ella dejó en la lata: ahora hay un sobre nuevo, cerrado con dos vueltas de cinta, con el presupuesto del gasista guardado adentro también, la letra de Elsa en la solapa, redonda, apretada contra el papel: «Llamalo vos. El jueves que puedas».
Nélida rompe la cinta con la uña, abre el sobre y cuenta la plata igual, billete por billete, despacio, aunque ya sabe que está completa. Saca también el presupuesto y lo relee entero, otra vez, el hollín, el tiraje, el monóxido, los dos mil pesos. Después deja todo otra vez ahí: la plata, el papel, el sobre vacío al lado.
Elsa no está en la cocina. Se escucha el agua fría de la ducha corriendo, en el otro baño, el chico, el que nunca usa nadie porque el calefón de ese no anda hace años.
Nélida agarra el sobre vacío, lo dobla despacio en cuatro, y se lo guarda otra vez en el bolsillo del piloto, colgado siempre en la misma percha, al lado de la pinza de la ropa. Dobla también el presupuesto y lo deja en el mismo bolsillo, junto al sobre. Deja los billetes ahí sobre la mesa, para el jueves que decida llamar, o para el que decida no llamar nunca. Se queda un momento mirando la puerta del baño grande, cerrada, sin nadie adentro todavía, la luz apagada y el espejo, seguro, limpio del otro lado.
Después llena la bañera.
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