Emanuel Elias Sanchez

Terror

Sentate, Rubén

person Emanuel Elias Sanchez

Sentate, Rubén

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Fede manejó las cuatro horas. Tomás no maneja: nunca sacó el registro. Iba con una caja de zapatos sobre las rodillas y la mano derecha apretada contra la tapa, que ya no cerraba bien. En esa mano llevaba el anillo, igual al de Fede. Los habían comprado juntos en una feria de Once.

—Me llamó ella —dijo Tomás después de los puentes—. Directo al celular. Siete años sin una llamada.

—No vinieron al casamiento.

—Mandaron un sobre.

—Con plata y sin tarjeta.

Tomás se rio por la nariz, con un hipo al final.

—¿Qué te dijo?

—Que el sábado cumple noventa y dos. Que si iba.

—¿Ibas vos?

—Los dos. Eso lo agregó Marta después, por mensaje.

Pasaron por un pueblo donde una feria de plantas cortaba la plaza. Tomás bajó la ventanilla y la volvió a subir. Con la izquierda le apretó la rodilla a Fede, dos veces, y se quedó ahí. Fede apoyó la mano sobre la suya. Dejaron atrás los silos y el asfalto se terminó de golpe. El camino de tierra tenía los surcos de una camioneta que había pasado con barro.

—Va a estar Cacho —dijo Tomás—. El amigo de mi viejo. Viene todos los años. Se sienta al fondo de la mesa y no le habla nadie.

—¿Por qué viene?

—Mi mamá decía que la abuela lo obliga.

—¿Por qué lo obliga?

—Nunca pregunté.

Tomás abrió la caja y sacó una foto. La sostuvo un momento y la devolvió a su lugar. Fede alcanzó a ver a un hombre joven con campera de cuero, apoyado contra el capó de un auto, sin sonreír. Debajo estaba el recordatorio del velorio, con el nombre de Rubén y dos fechas.

El portón estaba recién pintado de verde, con las chorreaduras todavía a la vista en la parte baja. Osvaldo lo abrió antes de que Fede frenara. Levantó una mano para señalar el lugar, y Fede estacionó bajo el único paraíso, con el frente del auto hacia la casa, listo para salir.

Marta salió a la galería con un repasador en el hombro. Abrazó a Tomás largo, con la cara contra su cuello, y le dijo algo al oído que Fede no alcanzó a escuchar. A Fede le dio la mano.

—Pasá, pasá —dijo, y ya miraba a Tomás otra vez.

Osvaldo cerró el portón y saludó a Fede con un movimiento del mentón.

La abuela estaba al fondo de la galería, en un sillón de mimbre. Tenía una manta de crochet sobre las piernas y el bastón apoyado en el brazo. La radio seguía prendida en voz baja. En la mesa había una pava y un solo mate, con la bombilla apuntando hacia su sillón. Había visto entrar el auto. Cuando Fede bajó, sus ojos fueron hacia él, después hacia las llaves que llevaba en la mano, y volvieron a Tomás. No lo miró más.

—Mamá, llegaron —dijo Marta—. Vino el amigo de Tomás.

Lo señaló con la mano abierta, que se quedó en el aire.

—Marta, el mate —dijo la abuela.

—Ya va, mamá.

—Osvaldo, sacale la caja al chico.

Osvaldo le sacó la caja de zapatos a Tomás con cuidado y la dejó sobre la mesa de la galería. La abuela la miró y apoyó la palma sobre la tapa.

Tomás subió los tres escalones. La abuela lo miró de arriba abajo y le tocó una manga con dos dedos.

—Sentate, Rubén.

Fede oyó que Tomás respiraba antes de contestar.

—Abuela, soy Tomás.

—Marta, mirá lo flaco que está.

—Dejala, Tomás —dijo Marta—. Por favor.

Tomás miró a Fede. Fede tenía el bolso en una mano y las llaves en la otra. Tomás se sentó en la silla que había junto al sillón, y la abuela le acomodó el cuello de la campera. Osvaldo le sacó el bolso a Fede sin pedirlo y agarró el de Tomás.

—Tomás va en la pieza del fondo —dijo—. Vos, Fede, en el cuarto de la plancha. Hay un sillón cama, está armado.

—¿No es una pieza para los dos?

—La del fondo es chica.

Osvaldo entró rápido a la casa con un bolso en cada mano. Fede lo siguió por el pasillo, entre los cuadros, y vio por la puerta de la cocina una heladera Siam con el burlete despegado.

Osvaldo dejó el bolso de Tomás sobre la cama de una plaza, en la pieza del fondo. Fede vio la camisa: planchada, abierta sobre la colcha con las mangas hacia arriba. Era de una tela gruesa, de las que ya no se vendían. En la pared, sobre la cómoda, colgaba un retrato de Tomás con toga y birrete. El marco era más chico que el rectángulo de empapelado más vivo que lo rodeaba, donde otro había colgado durante años.

El cuarto de la plancha tenía una tabla plegada contra la pared y una Singer con funda de nylon. El sillón cama estaba armado con sábanas de una plaza y media que no llegaban a cubrir los pies del colchón. Sobre la almohada había una toalla azul, una sola. Dejó el bolso ahí, en el piso.

Cuando salió, Marta lo llamó desde la cocina.

—Fede, ¿me hacés un favor? La plegable está detrás de la puerta del comedor. Ponela al fondo de la mesa.

Era de caño y lona verde, con el respaldo gastado. La llevó hasta el extremo de la mesa larga y la apoyó donde el mosaico se veía más claro. Las cuatro patas cayeron en cuatro círculos pálidos, y la silla quedó firme con un chasquido chico.

—Ahora esto —dijo Marta, y le puso en la mano un rallador y una bolsa de limones—.

Solo la cáscara, sin lo blanco. A mí ya se me cansa la muñeca.

Ralló cuatro limones sobre un plato. El olor se le quedó en los dedos.

—Las copas, si podés. Están en el trinchante. Vos sos prolijo.

Eran de vidrio grueso, con un filo verde. Las lavó de a una y las secó con el repasador. Contó a los que se iban a sentar: la abuela, Tomás, Marta, Osvaldo, él. Le sobraba una copa. La dejó en el extremo, delante de la silla plegable.

Antes del almuerzo fue al baño. En la jabonera, junto a un jabón de tocador gastado de un lado, estaba el anillo de Tomás. Lo miró un rato. No lo tocó.

Desde la ventana del comedor vio el patio. Osvaldo había prendido la parrilla y le alcanzaba a Tomás el cuchillo grande, con el mango hacia adelante. Tomás llevaba puesta la camisa gruesa, abrochada hasta el cuello. En el dedo tenía una banda de piel más blanca. Cortó una tira de asado con el filo torcido y los pedazos salieron gruesos, desparejos.

Marta aplaudió. La abuela, desde la galería, levantó el bastón y lo bajó.

* * *

La mesa era larga, con un mantel de hule de frutillas. La abuela ocupó la cabecera. Tomás quedó a su derecha y Marta a su izquierda. Osvaldo se sentó junto a Tomás, y a Fede le señalaron la silla junto a Marta. Los platos de Tomás y de la abuela tenían un filo dorado. Los demás eran blancos, de loza sin marca. Al fondo, delante de la silla plegable, esperaban otro plato blanco y la copa de vidrio verde.

Fede se paró cuando Osvaldo trajo la fuente de la parrilla.

—Dejá, Fede —dijo Marta—. Vos sentate, sos visita.

Marta le pidió la jarra de agua y después el pan. La fuente dio la vuelta por la mesa. A Fede le tocó una costilla flaca del borde y una cucharada de ensalada. Tomás se sirvió último. La abuela le cambió el pedazo por uno más grande y se lo cortó en cuadrados con el borde del tenedor. Tomás transpiraba bajo el cuello abrochado y no se lo desabrochó.

Marta se levantó a acomodarle una servilleta en el cuello, y él alzó el mentón.

—Feliz cumpleaños, doña —dijo Fede.

—Rubén, agradecele al señor —dijo la abuela, sin mirarlo.

—Gracias —dijo Tomás al plato.

—Osvaldo, ¿la del lote de atrás la sembraron? —dijo la abuela.

—El martes, doña.

—¿A cuánto está la tonelada?

—Doscientos noventa.

—El año pasado estaba a trescientos diez, y vos me dijiste que iba a subir.

Osvaldo se limpió la boca con la servilleta y no contestó.

Al cortar la costilla, el anillo de Fede rozó el plato con un ruido corto y metálico. Tomás, del otro lado de la mesa, no alzó los ojos.

—Está bueno el asado, Osvaldo —dijo Fede.

—Lo cortó Rubén —dijo Osvaldo.

La abuela le sirvió vino de damajuana a Tomás con su propia mano. Le preguntó si se acordaba del Fito.

—El perro —dijo Tomás—. Tenía una mancha en un ojo.

—¿En cuál?

—En el izquierdo.

—¿La Zanella?

—Roja. Se la vendí a Osvaldo.

—A mí, sí —dijo Osvaldo, con los ojos en el plato.

Las respuestas de Tomás llegaban enseguida y en el orden de las cartas de la caja de zapatos. Fede las conocía: Tomás se las había leído una noche de invierno, con el mate frío entre los dos. Después de la Zanella vinieron el baile de la cooperativa y una cuenta sin pagar en el almacén. La abuela asentía a cada cosa. Marta movía los labios con cada respuesta, un segundo antes que él. Tomás pasó el pulgar por el mango del cuchillo, de la base a la hoja, una sola vez. Marta se tapó la boca con el repasador.

—Esa noche te dije que te quedaras —dijo la abuela—. Salías a las once.

—Mamá —dijo Marta.

—Me dijiste que me sentara —dijo Tomás.

—No me hiciste caso.

—Ahora sí.

La abuela sonrió con la boca cerrada. Osvaldo dejó el cuchillo sobre el plato sin que se oyera.

—Tomás —dijo Fede—, ¿me pasás la sal?

Tomás giró la cabeza. Marta dejó el tenedor.

—Rubén, se te enfría la carne —dijo la abuela.

Tomás volvió la cabeza hacia el plato y cortó. La sal quedó donde estaba. Fede la buscó en el trinchante y volvió a sentarse. Se oían los cubiertos y, afuera, la bomba de agua, que arrancó y se apagó.

—¿Cacho no viene este año? —dijo Fede.

Osvaldo dejó de masticar.

—En marzo —dijo.

—Las copas las lavaba él —dijo Marta, y miró sus propios cubiertos.

Los dedos todavía le olían a limón. La abuela apoyó los cubiertos en el borde del plato, uno junto al otro. Giró la cara hacia Fede, pero su mirada lo pasó de largo y se detuvo en la silla plegable del fondo.

—Rubén —dijo—, ¿quién manejaba esa noche?

Osvaldo puso las dos manos sobre el mantel. Tomás, con el cuchillo todavía en la mano, miró a la abuela y a la silla vacía, y después a Fede, de frente, sin apuro.

—Cacho —dijo.

La abuela cerró los ojos. Marta se levantó y le tomó el brazo para ayudarla a ponerse de pie con el bastón.

* * *

La abuela se acostó hasta el brindis. Marta cerró la puerta de la pieza de su madre con las dos manos, porque el picaporte estaba suelto y hacía ruido. La casa quedó con el zumbido de la heladera y el de una mosca contra el vidrio.

Fede fue al baño. Sacó el anillo de la jabonera y lo apretó en el puño. Abrió la puerta de la pieza del fondo.

Tomás estaba acostado sobre la cama de una plaza, con la camisa puesta y sin haberse sacado los zapatos, todavía atados. Tenía los ojos abiertos y una carta desplegada sobre el pecho. Fede se sentó en el borde, junto a sus pies. Le desató un zapato y lo dejó en el piso.

—Vamos.

—Un rato más.

—Me miraste.

Tomás miró el techo.

—Un rato más —dijo.

Fede le abrió la mano derecha con las dos manos y le puso el anillo en la palma. Tomás cerró los dedos. Se quedó un momento así, con el puño sobre el pecho. Metió el puño debajo de la almohada y lo sacó vacío.

Fede salió al pasillo y cerró la puerta.

En la cocina, Marta lavaba los platos con agua fría. Los apoyaba en el escurridor de a uno.

—A la abuela se le mezclan los nombres —dijo Fede.

Marta cerró la canilla sin darse vuelta. Se secó las manos en el repasador, dedo por dedo.

Abrió la Siam y le mostró un lemon pie sobre un plato de loza, con el merengue tostado y un cuchillo largo al lado.

—A las seis lo sacás y lo llevás a la mesa. Un rato antes, para que se ablande.

—¿Yo?

Marta le puso la mano en el antebrazo, un instante. Cerró la heladera.

Fede salió al patio. Osvaldo, sentado en el escalón de la galería, afilaba el cuchillo del asado contra una piedra y no levantó la cabeza cuando Fede pasó. El auto seguía bajo el paraíso, con hojas secas sobre el capó. Metió la mano en el bolsillo y tocó las llaves con el pulgar. Miró el portón verde, cerrado con el pasador nomás, y el camino de tierra que se perdía entre los eucaliptos, hacia la ruta.

* * *

A las seis Fede sacó el lemon pie de la heladera y lo llevó a la mesa con las dos manos. El sol entraba por la ventana del comedor y daba en el merengue, donde se veían en línea las hebras de la cáscara que él había rallado.

La abuela estaba en la cabecera, con una blusa limpia y el pelo peinado hacia atrás. Tomás, a su derecha, con la camisa abrochada hasta el cuello. Osvaldo se paró con una botella de sidra y llenó las seis copas de vidrio verde, la del fondo también. Dejó la botella junto a Tomás. Marta quedó detrás de la abuela.

Fede puso la torta en el centro y se quedó de pie detrás de la silla de Osvaldo, con el cuchillo largo. La copa del fondo estaba llena hasta el borde.

La abuela levantó la copa con las dos manos.

—Por Rubén, que volvió.

—Salud, má —dijo Tomás.

Osvaldo levantó la copa un segundo tarde. Bebieron, Tomás con la cabeza echada atrás. La abuela apoyó la copa y se volvió hacia Fede. Lo miró de los zapatos a la frente y se detuvo en el cuchillo.

—Cacho, sentate.

Fede miró a Tomás. Tomás miraba la torta.

Las llaves del auto le pesaban en el bolsillo, todavía tibias. Dejó el cuchillo junto a la torta y caminó hasta el extremo de la mesa. Corrió la silla plegable hacia atrás. Se sentó. Las patas cayeron en las cuatro marcas y la silla no se movió.

Marta cortó una porción y la puso delante de él, en el plato blanco, con la cuchara de postre a la derecha. Osvaldo dijo algo sobre la soja y el precio de la tonelada. Tomás se rio con la garganta, sin el hipo del final, y la abuela le apoyó la mano en el brazo.

Fede tomó la copa llena. El anillo golpeó dos veces contra el vidrio y nadie levantó la vista.

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