El Insecto De Lo Oculto
Fuera de esa casa, parecida a un ambiente victoriano. Como si fuese una construcción de ma...
arrow_forward LeerFuera de esa casa, de aspecto victoriano. Como si fuese una construcción de madera, el cemento se veía carcomido y desgastado.
La pintura negra sobre toda la casa ya se caía en cáscaras de pedazos deshechos. Y en la puerta, las bisagras en ella rechinaban. Esa casa estaba casi perdida, la veía muy rota, a punto de claudicar y ser derribada. Sin embargo, ahí vivía esta mujer, lo cual era algo extraño.
Sara Cornelia requería de mis servicios de construcción, los cuales, no es que me las dé de altivo o presumido pero, hizo bien en llamar a mi número para ser yo el creador de su nueva casa. Así como veía las cosas, no solo necesitaba un ajuste de remodelación en su cocina, si no en toda la casa. Pero bueno, eso lo vería más adelante y seguro la convencería, o eso creí.
Por fin, después de tanto tiempo esperar a escuchar el timbre de mi celular, ese día sonó. Había colocado cantidad de papelitos por las calles y los postes de avenidas, demostrando mis servicios y lo que ofrezco. Después de un año de espera, llegó Cornelia. No conocía a la tal Sara, y nunca había estado en esta parte del pueblo. El silencio se hacía presente, y la luz del día apenas tocaba el ambiente.
Siendo apenas las 5:30 de la mañana decidí alistarme y encaminarme a la casa de la dichosa señora. Siempre me gusta madrugar y dedicarle tiempo a mi construcción, nada debe salir mal, y es que así es como deben ser las cosas, ni más, ni menos. Apenas un pajarillo sonaba a lo lejos, y algunos motores de carros o motos en la esquina de la avenida principal. Después de un tiempo tocando aquel timbre sujeto en la puerta de un pedacito de metal a punto de romperse, la puerta comenzaba a abrirse.
Una a una, las llaves se iban abriendo con lentitud de aquella puerta que rechinaba. Se notaba que quien abría, le costaba, porque en cada cerradura se atoraba la llave. Seis cerraduras nos dividían a esa persona y a mi del otro lado aguardando. Había algo en todo eso que me ponía ligeramente los vellos del brazo en punta, pero quise hacer caso omiso y con mi mano trate de aplacar mis vellos, pensando que era estúpido el sentirme así, ya que no debe haber miedo ni cosa extraña que alguna vez me paralice.
Me relaje y esperaba a que la puerta por fin fuera abierta. Sara Cornelia salió. Me sobresalte y el corazón comenzó a palpitarme con fuerza y ahora los vellos de todo el cuerpo se me erizaron, mi respiración se acelero y los ojos casi se me salieron de las órbitas por aquella impresión.
Sara Cornelia ¡¿qué veían mis ojos?! Parecía demacrada, una piel café cobriza, no morena o negra como las pieles normales, era un color grisáceo como la de un muerto viviente. Sus ojos eran enormes, acechantes. De un color negro pardo, en sus cuencas solo había una pequeña línea de división blanca. Parecían unirse en una oscuridad que me tragaba e hipnotizaba. Su cuerpo era escuálido, pero con un bulto en la parte del estómago, que parecía a punto de desprenderse. Y las manos, aquellas dos manos parecían pinzas de cangrejo a punto de atrapar a su presa.
No tenía cabello, en cambio, sólo era una cabeza calva, la cual cubría con un paliacate. Llevaba una tela blanca alrededor de su cuerpo que la cubría por completo, mientras andaba con los pies descalzos por toda la casa.
Di un profundo respiro para tranquilizarme. La mujer, clavándome los ojos negros azabache en mis pupilas, comenzó a abrir la puerta con lentitud. Se quedó parada y yo, decidí presentarme cortésmente.
"Qué tal, mi nombre es Luis Alcázar, su carpintero" dije con un tono serio y altivo, mientras levantaba la quijada, acercando mi mano hacia la mujer para poder estrecharla con esos dedos alargados cual pinza. La mujer no respondió a mi mano que le entregaba, y solo se dispuso a abrir más la puerta, dejándome entrar, mientras alargaba su mano y brazo esquelético dándome la bienvenida. De nuevo sentí un escalofrío al entrar a ese hogar, pero me forcé a no hacer caso, irguiéndome más, forzándome a sentir seguridad en mi mismo
Las paredes crujían, los muebles eran antiguos y habían candelabros en el techo. Las paredes se despellejaban de lo viejas que estaban, del mismo modo que el piso, y en las orillas, no dejaban de pasar pequeñas cucarachas, por esto permanecía un sonido constante en un volumen bajo pero audible, su andar de patitas por todo el lugar. Aquello era asqueroso, pero aún así mi calma era inamovible. Me volteé hacia la mujer, la cual en la puerta, permanecía con las manos hacia atrás y la mirada penetrante que aún no había apartado de mi desde que llegué.
"Y bueno, ¿dónde se encuentra su cocina?" La mujer se separó de la puerta y caminó en dirección al patio trasero. Se escabullía y recorría el pasillo con agilidad, como un insecto ágil deambulando. Me llevó hasta el lugar, donde la madera que utilizaría ya estaba esperandome. La mujer se detuvo y sólo señaló con su mano pinza, indicándome que empezará. Solo dije "Bien" disponiéndome a trabajar en la construcción, la mujer cerró la puerta y la vi alejarse, escabulléndose a una recámara contigua.
Hice caso omiso a aquella casa que se caía a pedazos, donde las paredes seguían crujiendo y me dispuse a cortar madera, construyendo los muebles de la cocina. Los insectos no dejaban de pasar por mis pies y por el suelo del jardín, donde el pasto también ya lucía deteriorado. Las cucarachas no dejaban de salir, pero a mi no me importo, solo quería terminar el trabajo, demostrar mis capacidades, cumplir y hacerlo perfecto.
Seguí sin descanso hasta el atardecer, matando algunas cucarachas en el suelo, aplastándolas con mi bota. La noche cayó, y la mujer se acercó, abrió la puerta del jardín. Y en ese momento su voz emitió sonido. Su voz era aguda y grave al mismo tiempo, provocandome de nuevo un sentimiento de intriga. "¿Desea agua?" respondí "Claro, gracias"
Ya dentro en la cocina, sirvió un vaso con agua de aspecto verde. Sin despegar sus ojos negros me miraba y yo, decidí hacer lo mismo. Esa mujer no me atormentaría, no despegue la mirada de ella, provocándole o tratando de demostrar que a mi no me intimidaría su aspecto. Y de nuevo abrió su voz.
-¿Tiene miedo?...
-¿De qué habla?- su pregunta fue confusa e inesperada
-No finja, es normal sentir miedo
-Pues yo no, y si me permite ya me retiro, mañana prosigo
Di un paso hacia atrás, en dirección a la puerta de entrada. Mi corazón palpitaba fuerte y mi piel estaba erizada, pero no iba a demostrar tal debilidad. Si, estaba fingiendo, pero sostuve mi paso firme sin dar vuelta. Estando a punto de abrir la perilla, aquella mujer tocó mi hombro y abrió de nuevo la boca, para de ella salir, una voz gutural como la de un demonio diciendo
“Sé vulnerable, conócete, no finjas más…está bien tener miedooooo" Y su cara se desfiguro. Su boca se abrió por completo en un grito y a pedazos se desvaneció, igual que las grietas de la pintura seca en las paredes, dejando solo su ropa blanca en el suelo, saliendo de ella el insecto cobrizo, dejándome con el tormento de su frase y el miedo que no volveré a ocultar jamás.
Paulina Pérez Altamirano (Cósmica Poeta)
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