Microrrelato

La Carpeta Azul

person Maria Galeano

La Carpeta Azul

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De niña, siempre buscaba a su padre entre la gente que rodeaba la cancha.
No era difícil encontrarlo. Generalmente estaba cerca de la línea de banda,
siguiendo cada jugada, celebrando sus goles y discutiendo con algún padre que
no parecía demasiado contento de ver a una niña jugando al fútbol.
Tenía cinco años cuando empezó a jugar.
Vivía con sus padres y sus dos hermanos en un pueblo pequeño, a poco más de
doscientos kilómetros de la capital. Era la hija del medio y la única niña, no
solamente de su equipo, sino de todo el torneo.
Su padre la llevaba a los entrenamientos y a los partidos de los fines de semana.
El resto de la familia también iba a verla, pero era con él con quien compartía las
conversaciones más largas después de cada encuentro.
Hablaban de aquel caño que había salido perfecto, del pase de taco que nadie
esperaba o de ese gol que había marcado con la pierna menos hábil.
A veces discutían sobre alguna jugada. Otras, simplemente volvían a vivir el
partido durante todo el camino a casa.
Pero no todas las conversaciones sobre fútbol eran tan agradables.
Durante los partidos, su padre solía enfrentarse a otros padres que parecían
molestos por una sola razón: que una niña estuviera jugando con sus hijos.
—¡No te dejes quitar la pelota por ella! ¿No ves que es una nena?
—¡Entrenador, saque a esa niña! ¡Este juego es para varones!
Su padre nunca se quedaba callado.
Ella, en cambio, había aprendido a escuchar aquellos comentarios de otra manera.
Había algo que los adultos parecían no advertir: nadie pedía que la sacaran
porque jugara mal.
Sabía defenderse sola. Lo demostraba en cada pelota que disputaba, en cada rival
que dejaba atrás, en cada jugada en la que no necesitaba pedir permiso para estar
allí.
Pero le gustaba que su padre la defendiera.
Porque dentro de la cancha sabía cuidarse sola.
Y fuera de ella, le gustaba sentir que alguien la cuidaba.
No recuerda exactamente cuándo dejaron de volver juntos de los partidos.
No hubo una última conversación que pudiera identificar, ni un día en particular
en el que todo cambiara.
Simplemente, en algún momento, empezó a regresar sola.
Su padre había comenzado a consumir drogas. Decía que había sido por las
compañías. Ella pensaba que había otras razones, aunque nunca llegaron a
discutirlo.
En realidad, tampoco le importaba demasiado quién tenía razón.
Quería que dejara de consumir.
Quería recuperar a su padre.
Pero las cosas empeoraron.
El hombre que antes la esperaba junto a la cancha comenzó a convertirse en
alguien a quien apenas reconocía. Los malos tratos llegaron a la casa. Primero las
palabras, las discusiones, el miedo. Después, también la violencia física contra su
madre.
Hasta que un día su madre decidió que no podían seguir viviendo así.
Lo denunció. Consiguió una orden de restricción. Se divorciaron.
La casa recuperó algo de tranquilidad, aunque nunca del todo.
Algunas madrugadas, cerca de las tres, él aparecía bajo los efectos de las drogas.
Gritaba, lanzaba piedras contra la casa y terminaba pasando la noche en una
comisaría.
Con el tiempo, también comenzó a relacionarse con una banda criminal de la
zona.
Ella seguía jugando al fútbol.
Seguía entrenando, compitiendo, haciendo caños, dando pases de taco y
marcando goles.
Pero había algo que ya no hacía.
Ya no comentaba los partidos con su padre.
A veces, durante un encuentro, miraba hacia afuera de la cancha.
Buscaba entre la gente.
Nunca lo encontraba.
Los años pasaron y el fútbol empezó a llevarla cada vez más lejos.
Un día recibió una llamada de uno de los clubes más importantes de la capital.
Querían que jugara con ellos.
Era la oportunidad que había esperado durante años. Tendría que mudarse, dejar
su pueblo y comenzar una nueva etapa como futbolista profesional.
Compartió la noticia con su madre y sus hermanos. Estaba feliz.
Pero en medio de aquella alegría miró el teléfono y pensó en su padre.
Quería llamarlo. Contarle que la habían elegido, que se iba a vivir a la capital, que todo aquello de lo que hablaban cuando regresaban juntos de los partidos estaba empezando a
suceder.
Quería contarle tantas cosas.
Pero no sabía dónde estaba.
Ni siquiera sabía cómo encontrarlo.
Después llegó la convocatoria a la selección nacional.
Más tarde, su primer contrato en el extranjero.
Cada noticia parecía más grande que la anterior.
Y, sin embargo, en algún rincón de su cabeza seguía existiendo la misma
pregunta.
¿Dónde estaría su padre?
A veces, casi sin darse cuenta, todavía lo buscaba entre la gente.
Al terminar su primera temporada en el extranjero, regresó de vacaciones a su
pueblo.
Un día, su madre y sus hermanos salieron para asistir a un evento. Ella prefirió
quedarse en casa.
Quizás fue la nostalgia de volver después de tanto tiempo. Quizás simplemente
necesitaba reencontrarse con las cosas que había dejado atrás.
Empezó a revisar un espacio de almacenamiento sobre el garaje.
Encontró objetos de sus hermanos, fotografías de sus abuelos y algunas camisetas
de los equipos en los que había jugado cuando era niña.
Hasta que vio una bolsa negra.
Tenía una cinta blanca pegada y, sobre ella, el nombre de su padre.
No la abrió.
La llevó hasta la sala y esperó a que regresara su madre.
Aquella espera le pareció interminable.
Cuando finalmente llegó, le mostró la bolsa.
Su madre se quedó inmóvil. Perdió el color del rostro.
Ella comenzó a hacer preguntas. De dónde había salido. Quién la había llevado.
Si realmente pertenecía a su padre. Qué había dentro.
Su madre no respondía.
Finalmente se sentó.
Sus hermanos salieron de la habitación.
Y entonces escuchó algo para lo que nadie la había preparado.
—Eso era de tu papá. Murió seis meses después de que te fuiste a la capital.
Hubo un silencio.
—No te lo dijimos porque no queríamos desestabilizarte en tu carrera.
Durante años había pensado en llamarlo. Había imaginado conversaciones,
encuentros y explicaciones que nunca llegaron.
Y ahora descubría que, mientras ella seguía buscándolo, él llevaba mucho tiempo
muerto.
Sintió rabia. Frustración. Impotencia.
Había demasiadas preguntas y ninguna respuesta parecía suficiente.
Pero señaló la bolsa.
—¿Y eso?
Su madre le explicó que la policía había encontrado a su padre muerto en la calle.
En un pueblo tan pequeño, los agentes lo conocían por los problemas que había
tenido y recordaban que alguna vez había vivido en aquella casa.
Por eso llevaron allí sus pertenencias.
—¿Qué tiene adentro?
—No sé. Nunca la abrí.
Su madre había sufrido demasiado a su lado. No había querido remover aquel
pasado.
La bolsa permaneció guardada durante años.
Hasta ese día.
No sabe de dónde sacó las fuerzas para abrirla.
Dentro encontró una billetera gastada, un boleto de lotería, una caja de cigarrillos
y varios pasajes de autobús.
Muchos pasajes.
Viajes de ida a la capital.
Viajes de regreso a su pueblo.
No entendía por qué los había guardado.
Siguió revisando.
En el fondo había una carpeta azul.
Tenía su nombre escrito a mano.
La letra era irregular, como trazada por una mano temblorosa.
La abrió.
Había fotografías.
Fotografías de ella jugando al fútbol.
En algunas aparecía corriendo detrás de una pelota. En otras, disputando una
jugada o celebrando un gol.
Todas estaban tomadas desde lejos.
Algunas eran borrosas. Otras estaban movidas. En varias apenas podía
distinguirse su figura.
Pero detrás de cada fotografía había algo escrito.
Una fecha. El partido. El resultado.
Y una pequeña descripción de las jugadas más importantes que había hecho aquel
día.
Un caño.
Un pase de taco.
Un gol con la pierna menos hábil.
Fue pasando las fotografías una por una.
Hasta que comenzó a mirar las fechas.
La primera correspondía a la época en que su padre había dejado de ir a verla.
La última era de poco antes de su viaje al extranjero.
Durante todos aquellos años, él había seguido sus partidos.
Había viajado hasta la capital.
Había estado allí, en algún lugar, lo suficientemente lejos para que ella no pudiera
verlo, pero lo suficientemente cerca para seguir anotando sus jugadas.
Ella había pasado años buscándolo entre la gente.
Y él había estado allí.
No sabía por qué nunca se había acercado. Tampoco podría preguntárselo.
Aquella carpeta no cambiaba lo que había sucedido en su casa. No borraba el
miedo, los malos tratos ni todo lo que su madre y sus hermanos habían vivido.
Tampoco le devolvía los años perdidos.
Pero le revelaba algo que jamás había imaginado.
Su padre había dejado de acompañarla a casa.
No había dejado de verla jugar.
Y después de tantos años, por primera vez, pudo volver a hablar de fútbol con él.
Solo que esta vez, las jugadas estaban escritas detrás de unas fotografías.
Y él ya no estaba para escucharlas.

Fin

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