Terror

X27

person Kai Cepeda

X27

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X27 

Era una noche sombría, iluminada por una enorme luna llena que parecía vigilarlo todo desde lo alto del cielo. El clima era cálido, el viento apenas soplaba y las calles permanecían tranquilas. Sin embargo, había algo extraño en el ambiente, una sensación difícil de explicar, como si aquella noche estuviera anunciando una tragedia.

En las afueras de Milwaukee, Wisconsin, Estados Unidos, oculto entre los árboles de un bosque y protegido por enormes muros de concreto, se encontraba un laboratorio que no aparecía en ningún registro público.

Desde el exterior, parecía una instalación científica abandonada. No había carteles, ventanas ni señales que indicaran su verdadera función. Pero, detrás de sus puertas blindadas, se llevaban a cabo experimentos que ningún ser humano debería haber permitido.

No investigaban enfermedades.

No buscaban curas.

Experimentaban con seres humanos.

Personas desaparecidas, individuos sin familia y sujetos cuyos nombres habían sido reemplazados por números. Todos eran tratados como objetos. Para los científicos, no eran personas: eran resultados potenciales, errores que podían corregirse o vidas que podían sacrificarse en nombre del progreso.

Y entre todos aquellos sujetos había uno que llevaba demasiado tiempo sobreviviendo.

Su nombre era Lukas Peterson.

O, como figuraba en las páginas de un viejo cuaderno de investigación:

SUJETO X27.

Aquella noche, Lukas recibiría su última dosis.

Al menos, eso era lo que creían sus creadores.

 

—Preparen al sujeto —ordenó uno de los científicos mientras revisaba los documentos sobre una mesa metálica.

Lukas permanecía inmóvil en una camilla, con los brazos sujetos y la mirada perdida en el techo. Llevaba semanas sometido a pruebas que ni siquiera comprendía. Había aprendido a no preguntar, a no gritar y a no esperar respuestas.

Cada vez que intentaba recordar cuánto tiempo llevaba encerrado, algo parecía bloquear sus pensamientos.

Solo recordaba fragmentos.

Una habitación blanca.

Voces detrás de un cristal.

El sonido de una puerta cerrándose.

Y un hombre que siempre le decía lo mismo:

—Todo esto es necesario, Lukas. Algún día comprenderás que estamos haciendo algo extraordinario.

Pero Lukas ya no creía en aquellas palabras.

Hacía mucho tiempo que había dejado de creer en ellas.

El científico encargado del procedimiento se acercó con una bandeja metálica. Sobre ella descansaba un recipiente de vidrio que contenía una sustancia oscura, espesa y de apariencia desagradable.

En la etiqueta podía leerse:

COMPUESTO EXPERIMENTAL X27 — DOSIS FINAL.

La fórmula contenía una combinación de sustancias tóxicas y compuestos experimentales cuya verdadera interacción nadie había conseguido comprender por completo.

Sin embargo, el equipo había decidido continuar.

Los resultados anteriores habían sido insuficientes. Algunos sujetos no habían sobrevivido. Otros habían presentado alteraciones físicas que los investigadores consideraron inútiles.

Lukas era su última oportunidad.

—¿Está listo? —preguntó uno de los asistentes.

El responsable del experimento observó el recipiente y después miró al muchacho.

—Hace mucho que está listo.

La dosis fue administrada.

Durante unos segundos no ocurrió absolutamente nada.

Lukas permaneció tendido sobre la camilla. Su respiración era tranquila. Sus ojos seguían fijos en el techo y sus dedos apenas se movían.

Los científicos intercambiaron miradas.

Uno de ellos anotó la hora.

Otro revisó los monitores.

Y el encargado, después de esperar unos minutos, cerró el cuaderno con evidente decepción.

—Otra prueba fallida. Manténganlo bajo observación durante la noche.

Apagaron parte de las luces, abandonaron la habitación y dejaron a Lukas solo.

Las puertas se cerraron.

Los pasos se alejaron por el pasillo.

Y el silencio regresó al laboratorio.

Entonces, el monitor cardíaco emitió un pitido.

Después otro.

Y otro más.

Lukas abrió los ojos.

 

Al principio, sintió un dolor insoportable que parecía recorrerle todo el cuerpo. Intentó incorporarse, pero sus músculos se contrajeron violentamente. Las correas de la camilla comenzaron a tensarse mientras él luchaba por respirar.

Su garganta emitió un sonido extraño, una mezcla de gemido y gruñido que apenas parecía humano.

—N-no…

Su voz se quebró.

Intentó llamar a alguien, pero las palabras no salieron como esperaba.

El dolor aumentó.

Y entonces, algo dentro de él cambió.

Su piel comenzó a perder el color, tornándose de un gris enfermizo que se extendía lentamente por su rostro, sus manos y su cuello. Sus uñas se oscurecieron y sus dedos se alargaron ligeramente, mientras una fuerza desconocida recorría sus extremidades.

Su cabello, antes de un color castaño apagado, adquirió un tono verde intenso, casi antinatural.

Pero lo más inquietante fueron sus ojos.

El color desapareció de sus iris.

La oscuridad se extendió hasta cubrirlos por completo, convirtiéndolos en dos pozos negros en los que la luz parecía desaparecer.

Lukas dejó de gritar.

Su respiración se volvió lenta.

Demasiado lenta.

Miró sus manos durante varios segundos, como si pertenecieran a otra persona. Después, giró la cabeza hacia el cristal que separaba la habitación del pasillo.

Su reflejo lo observaba desde el otro lado.

Piel gris.

Cabello verde.

Ojos completamente negros.

Lukas se acercó al cristal y apoyó una mano contra él.

—¿Qué… me hicieron?

No hubo respuesta.

Solo su reflejo.

Y, por primera vez desde que había llegado al laboratorio, sonrió.

No porque estuviera feliz,

Los científicos habían pasado meses intentando convertirlo en algo distinto de un ser humano.

Aquella noche, finalmente lo habían conseguido.

O eso era lo que Lukas pensaba.

 

A varios pasillos de distancia, los investigadores continuaban con sus actividades habituales.

Las pantallas mostraban datos aparentemente normales. Las luces blancas iluminaban los laboratorios y los sistemas de ventilación producían un zumbido constante.

Nadie había recibido una alerta.

Nadie había notado que las correas de la camilla estaban rotas.

Nadie había comprobado que la habitación del sujeto X27 se encontraba vacía.

Y nadie se había dado cuenta de que algo estaba caminando por los pasillos.

Lukas avanzaba lentamente.

No llevaba zapatos. Sus pies descalzos apenas producían ruido sobre el suelo frío.

Al llegar a una intersección, una de las cámaras de seguridad giró hacia él.

Durante una fracción de segundo, la imagen mostró su rostro.

Después, la pantalla se llenó de interferencias.

La cámara dejó de funcionar.

Unos metros más adelante, las luces comenzaron a parpadear.

Primero una.

Después dos.

Luego todas las del pasillo.

Lukas se detuvo y levantó la cabeza.

Por un instante, las luces revelaron su silueta.

Cuando volvieron a apagarse, ya no estaba allí.

En la sala de vigilancia, un guardia frunció el ceño al observar las pantallas.

—¿Qué demonios está pasando?

Cambió de cámara.

La imagen estaba distorsionada.

Cambió otra vez.

Nada.

—Central, necesito una revisión del sistema de seguridad del sector B.

Solo recibió estática como respuesta.

El guardia se levantó de su silla.

Entonces escuchó un golpe detrás de él.

Se volvió.

No había nadie.

Volvió a mirar las pantallas.

En una de ellas apareció una figura al final de un corredor. Era alta, delgada y permanecía completamente inmóvil.

El guardia se acercó al monitor.

—¿Quién está ahí?

La figura levantó lentamente la cabeza.

Dos ojos negros miraron directamente a la cámara.

La pantalla se apagó.

Y, detrás del guardia, una voz susurró:

—¿Me estás buscando?

El hombre se quedó paralizado.

No necesitó darse la vuelta para comprender que no estaba solo.

 

Lukas continuó recorriendo el laboratorio hasta detenerse frente a una puerta de seguridad.

Conocía aquella habitación.

La había visto demasiadas veces.

Era el despacho del hombre que había dirigido sus pruebas, el científico que siempre aparecía con una carpeta bajo el brazo y una expresión de falsa amabilidad.

El hombre que le había prometido que todo terminaría pronto.

El hombre que había firmado la autorización para administrarle la última dosis.

Lukas apoyó la mano sobre el panel electrónico.

La pantalla parpadeó.

El mecanismo emitió un chasquido.

La puerta se abrió.

Dentro, el doctor estaba sentado frente a su escritorio, revisando los resultados de otros experimentos. A su lado había una taza de café y varias carpetas.

—No, no… esto no tiene sentido —murmuraba mientras escribía unas notas—. La reacción debería haber sido completamente diferente.

Suspiró, se quitó las gafas y se frotó los ojos.

Entonces escuchó otro suspiro.

Lento.

Profundo.

Procedente de la entrada.

El doctor levantó la cabeza.

—¿Hay alguien ahí?

No recibió respuesta.

Se puso las gafas y miró hacia la puerta.

La habitación parecía vacía.

—¿Seguridad?

Silencio.

Volvió a sus documentos.

Entonces escuchó una voz detrás de él.

Una voz ronca, quebrada y extrañamente familiar.

—Doctor…

El hombre dejó de escribir.

Su mano quedó suspendida sobre el papel.

Había algo en aquella voz que le provocó un escalofrío. Era imposible, pero conocía aquel tono. Había escuchado aquella voz durante semanas, suplicando que detuvieran las pruebas.

Se levantó lentamente.

—¿Quién está ahí?

Una respiración sonó a su espalda.

Y después, un susurro.

—Mírame.

El doctor se volvió.

Y el mundo pareció detenerse.

Frente a él estaba Lukas Peterson.

O lo que quedaba de Lukas Peterson.

Su piel gris contrastaba con el cabello verde que caía desordenadamente sobre su frente. Sus ojos eran completamente negros y su rostro tenía una expresión imposible de interpretar.

El científico retrocedió hasta chocar contra el escritorio.

—No… no puede ser.

Lukas ladeó la cabeza.

—¿No puede ser qué?

El doctor abrió la boca, pero no consiguió pronunciar una palabra.

Lukas dio un paso hacia él.

—¿No puede ser que siga vivo?

Otro paso.

—¿No puede ser que haya sobrevivido a tus pruebas?

El científico comenzó a temblar.

—Lukas, escúchame. Podemos arreglarlo. Podemos ayudarte…

La criatura soltó una risa baja y áspera.

—¿Ayudarme?

Miró sus propias manos y después volvió a mirar al hombre.

—¿Así me ayudaste tú?

El doctor intentó alcanzar el teléfono.

Lukas se movió antes de que pudiera hacerlo.

En un instante, cruzó la habitación y lo sujetó con una fuerza que el científico jamás habría imaginado posible. El teléfono cayó al suelo.

—¡Lukas, por favor! ¡Yo no quería que esto ocurriera!

Por primera vez, el rostro de la criatura cambió.

Durante un breve instante, detrás de aquellos ojos negros pareció asomar algo que todavía pertenecía al muchacho que había sido.

Dolor.

Confusión.

Y una pregunta que llevaba demasiado tiempo esperando una respuesta.

—¿Entonces por qué lo hiciste?

El doctor intentó responder.

No pudo.

Lukas lo miró durante unos segundos más.

—Yo confiaba en ti.

La frase salió casi como un susurro.

Después, su expresión se endureció.

Lo que ocurrió a continuación fue rápido. El científico no consiguió liberarse de aquella fuerza inhumana. La criatura lo derribó y, cuando el despacho quedó en silencio, ya no hubo posibilidad de que el hombre pidiera ayuda.

Lukas se inclinó sobre él.

Su mandíbula se abrió más de lo normal, revelando una hilera de dientes largos, puntiagudos y afilados.

Y entonces lo devoró.

No hubo triunfo en su rostro.

Ni satisfacción.

Solo una quietud espantosa.

Cuando terminó, se incorporó lentamente y observó el despacho. Las carpetas estaban desparramadas por el suelo. Una lámpara parpadeaba sobre el escritorio y el teléfono seguía conectado, aunque nadie respondía al otro lado.

Lukas caminó hasta el cuaderno de investigación.

En la primera página aparecía su fotografía de identificación.

Debajo, escrito con letras negras, estaba su nombre.

LUKAS PETERSON.

La criatura pasó una mano sobre la fotografía.

Después arrancó la página.

La arrugó entre sus dedos y la dejó caer.

Ya no quería recordar al muchacho que había entrado en aquel laboratorio.

Ese muchacho había confiado en las personas equivocadas.

Ese muchacho había suplicado.

Ese muchacho había esperado que alguien lo salvara.

Pero el muchacho había desaparecido.

En su lugar estaba X27.

Y X27 ya no tenía intención de obedecer.

 

A las 3:17 de la madrugada, todas las alarmas del laboratorio se activaron al mismo tiempo.

Las puertas de seguridad se bloquearon.

Las luces de emergencia comenzaron a girar, tiñendo los pasillos de rojo.

Una voz automática anunció una brecha de contención, repitiendo el mensaje una y otra vez mientras los investigadores abandonaban sus puestos.

Pero era demasiado tarde.

Los sistemas de vigilancia estaban fuera de servicio. Las comunicaciones fallaban y las puertas que debían protegerlos se habían convertido en trampas.

Los científicos corrieron hacia las salidas.

Algunos llegaron a los ascensores.

Otros intentaron refugiarse en las salas de observación.

Ninguno comprendía qué estaba ocurriendo.

Hasta que escucharon una voz por los altavoces.

—Buenas noches, doctores.

Todo quedó en silencio.

La voz volvió a sonar, esta vez acompañada por una risa distorsionada.

—¿Me recuerdan?

En una de las salas, un investigador comenzó a negar con la cabeza.

—No… no es posible.

Los altavoces emitieron un chirrido.

Y después, una última frase.

—Yo sí los recuerdo a ustedes.

Las luces se apagaron.

Durante los siguientes minutos, el laboratorio quedó sumido en una oscuridad absoluta.

A la mañana siguiente, las autoridades encontraron las puertas abiertas, los sistemas destruidos y los pasillos vacíos.

No había señales de Lukas Peterson.

Tampoco del doctor responsable del experimento.

Los registros informáticos estaban dañados. Las grabaciones de seguridad habían desaparecido y los documentos relacionados con el proyecto X27 fueron retirados antes de que los investigadores externos pudieran examinarlos.

Oficialmente, el laboratorio había sufrido un accidente eléctrico.

No hubo comunicados sobre los experimentos.

No hubo declaraciones sobre los sujetos desaparecidos.

Y, por supuesto, nadie mencionó a Lukas.

El caso fue archivado.

Pero, varias semanas después, comenzaron a circular rumores sobre una figura extraña que aparecía en las carreteras cercanas a Milwaukee durante las noches de luna llena.

Los pocos testigos que se atrevían a hablar describían una silueta delgada, una piel grisácea y un cabello de un verde imposible.

Todos coincidían en algo más.

Sus ojos eran completamente negros.

Y siempre parecía estar buscando a alguien.

Algunos afirmaban haberlo visto junto a edificios abandonados. Otros decían que aparecía en los reflejos de las ventanas, inmóvil, observando desde el otro lado del cristal.

Hubo quienes aseguraron haber escuchado una voz detrás de ellos cuando caminaban solos por la noche.

Una voz que susurraba:

—Mírame.

Nadie consiguió demostrar que aquellas historias fueran ciertas.

Hasta que, una madrugada, un estudiante encontró una página húmeda junto a una carretera.

Era un fragmento de un cuaderno de investigación.

En la parte superior, todavía podía leerse el número del experimento.

X27.

Debajo, alguien había escrito una frase con una letra irregular, como si la mano que sostenía el lápiz hubiera olvidado cómo escribir.

«Ellos me crearon.

Ellos me encerraron.

Ellos me convirtieron en esto.

Ahora quieren olvidar que existo.

Pero yo recuerdo cada rostro.

Y algún día, todos ellos volverán a mirarme».

Al final de la página había una última anotación.

No era un número de expediente.

No era una fecha.

Era un nombre escrito varias veces, cada vez con más fuerza.

Lukas.

Lukas.

Lukas.

Y debajo, en letras enormes:

X27 SIGUE VIVO.

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