Microrrelato

El Faro

person Patricio Riquelme

El Faro

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EL FARO

 

Daniel recibió impasible su nueva destinación: encargado del faro de la isla San Andrés, desolada y fría porción de tierra situada casi en el fin del mundo, en uno de los tantos canales donde el continente se desperdiga en una miríada de pequeñas islas, muchas de ellas inhabitadas. Considerando el hostil lugar, no era un trabajo muy apetecible, pero él, egresado de la especialidad de Señalización Marítima en la Armada, había postulado a una destinación remota atraído por los beneficios económicos: la asignación por zona extrema y otras bonificaciones incrementarían su sueldo prácticamente en un cien por ciento, y no tendría ningún gasto, pues tendría casa y comida gratis en el mismo faro. Una vez al mes un patrullero de servicio general (PSG) de la Armada le haría llegar alimento fresco, y en el faro existía una abundante provisión de víveres secos y congelados de emergencia.

El período normal de esas destinaciones era de seis meses, pero él estaba dispuesto a solicitar en su momento una prórroga por seis meses más, ya que necesitaba juntar dinero para varias necesidades que hasta ese momento había tenido que postergar, y por ello le haría frente al aislamiento. Tenía 35 años y era soltero, por lo cual nadie extrañaría su presencia, salvo quizá un amor furtivo que dejaba en Santiago.

Después de ser notificado de su destinación, a primera hora de la mañana siguiente un PSG dejó a Daniel en la isla, donde corría un terrible viento que esparcía la lluvia de tal manera que apenas se podía ver. Aun así, en un esforzado examen visual a los alrededores, divisó borrosamente una casa en una colina cercana, cuyo frente daba hacia el faro, y se preguntó quién podría atreverse a vivir en ese inhóspito lugar. Un tripulante del PSG le dijo que esa casa estaba abandonada desde hacía muchos años, y que nadie sabía quien o quienes habían sido sus moradores. Algunos marinos viejos, conocedores del lugar, comentaban que la casa estaba embrujada. Otros decían que el dueño había enloquecido después de una tragedia familiar.  Como fuera, aparte de esa casa, ningún vestigio de vida humana había en toda la isla, y ni siquiera animales la moraban. El farero era su único habitante.

Daniel dedicó el resto de la mañana a inspeccionar el faro y la casa adosada a él, que constaba de una pequeña sala de estar, una cocina-comedor, y un mínimo dormitorio con un baño. El recinto tenía wifi, y en la sala de estar había un televisor y un radio receptor con pilas recargables. En la garita de observación del faro había un aparato de radio HF/VHF, por el cual debía enviar sus reportes a la Capitanía de Puerto, a las 8, 14 y 20 horas cada día. Siguiendo la rutina que debía cumplir, realizó las faenas de rigor, como el cuidado de la óptica de la lámpara del faro, la revisión de la lente Fresnel y el girofaro, el banco de baterías, y otros. Ráfagas de viento huracanado azotaban la torre a intervalos, haciendo cantar los tensores de hierro y generando un zumbido grave que parecía retumbar al interior del faro. Por su parte, las olas azotaban inclementemente los roqueríos que antecedían al faro. A ratos, Daniel pensaba si había sido acertado postular a ese destino. Pero en fin, era un hombre duro y aguantaría.

Al mediodía se preparó algo para almorzar, y después de comer envió a la capitanía su reporte de las 14 horas. Luego se entretuvo mirando hacia la casa de la colina, elucubrando fantasiosas historias sobre cómo habría sido su pasado, cuando tenía moradores; cuántos habrían sido éstos, cómo serían, en qué se ocupaban, y por qué se habrían marchado. ¿Sería cierto lo de la tragedia familiar? 

A media tarde, cuando ya la brumosa luz del atardecer agonizaba, poniendo fin al breve día austral, Daniel subió a verificar el estado de la lente y la fotocélula, para dejar todo a punto antes del encendido automático de la lámpara. Luego bajó y entró a su casa a descansar.

Se disponía a ver algo en la televisión, cuando a través de la ventana le pareció divisar afuera una sombra en movimiento. Sabía que no había más habitantes en la isla y tampoco animales, por lo cual atribuyó ese movimiento a alguna rama o algo similar arrastrado por el fuerte viento. Sin preocuparse más, se encargó de enviar su reporte de las 20 horas, y luego se preparó algo de cenar. Una vez saciado su apetito vio algo más de televisión y al poco rato se retiró al dormitorio, donde una hora después lo atrapó un profundo sueño. Afuera, el viento rugía enfurecido, y hacía que la fuerte lluvia golpeara implacablemente las blancas paredes del faro y de la casa.     

A las 8 AM del día siguiente envió su primer reporte del día, y enseguida desayunó. Mientras realizaba la rutina de inspección y mantenimiento de la mañana, no pudo evitar una vez más mirar hacia la casa de la colina, que ya estaba ejerciendo sobre él una especie de atracción magnética. En sus divagaciones, imaginó que ahí había vivido un matrimonio que había comprado la isla al Estado por un mínimo precio, para escapar del bullicio de la ciudad, pero que tiempo después, por exigencia de su joven hija que no soportaba seguir viviendo en ese remoto paraje, la familia había decidido emigrar a un lugar más civilizado.

Se asomó al balcón del faro para tener una mejor visión hacia la casa. El día estaba bastante despejado y el viento había dado una tregua, así que, apoyado en la baranda y usando los binoculares de servicio, pudo observar con total nitidez la fachada de la solitaria casa. Era de dos pisos. La puerta de entrada daba a un porche en altura, con dos escalones y rodeado de una barandilla. En el segundo piso había dos ventanas con sus cortinas cerradas. Se dedicó a revisar minuciosamente todos los detalles de la construcción, y de pronto se le ocurrió la idea de bajar e ir hasta la casa para verla de cerca, aprovechando el relativo buen tiempo.

La casa, de madera desgastada por la sal, había sido blanca, y la ya descolorida pintura dejaba ver ciertas extrañas marcas en algunas tablas, como si hubieran sido golpeadas por algún objeto con filo. Dos marcas similares se apreciaban también en el dintel de la puerta. El techo era de tejuelas de madera negra, ya bastante deterioradas y de un deslavado tono grisáceo. Arrimada a la casa se encontraba lo que debió ser una pequeña bodega, con algunas herramientas desparramadas por el suelo. Sobre una mesa de tosca madera había algo muy intrigante: un hacha clavada sobre ella, semi oxidada y con unas manchas oscuras en su filo. Seguramente, pensó, alguien la había dejado así después de haberla usado para algún menester. Poco más allá había restos de unos rústicos asientos de madera con sus patas enterradas en el suelo, guarnecidos por las fantasmagóricas y grises figuras de unos grandes árboles inclinados por el viento.

 Miró hacia el segundo piso, el cual lucía tal cual lo había visto desde el faro. Las dos ventanas debían corresponder a los dormitorios, y sus cerradas cortinas estaban ya desteñidas por el paso del tiempo y el escaso sol.

Subió los dos escalones del porche y se acercó a la puerta. Asió la manilla y la removió, pero la puerta estaba herméticamente cerrada. Miró por las ventanas del primer piso, que no tenían cortinas, y sólo divisó adentro algunos antiguos muebles cubiertos de polvo, al igual que el piso.

Entre esa casa y el faro, y al parecer en el resto de la pequeña isla, el terreno estaba cubierto por una alta y verdosa hierba, producto de las lluvias que azotaban continuamente el lugar.

Emprendió el camino de regreso al faro, pensando en lo interesante que sería poder ingresar a la casa y recorrer su interior, examinar sus rincones y vestigios, y tratar de reconstruir historias de su pasado. Mientras caminaba entre la hierba, sintió la extraña sensación de que alguien lo observaba. Instintivamente se giró para mirar a la casa, pero nada extraño había, salvo quizá un ligero movimiento de una de las cortinas, que él no percibió. 

Al mediodía almorzó y enseguida envió su reporte de las 14 horas. Después de una breve siesta y de realizar todas las verificaciones previas al encendido del faro, se asomó nuevamente al balcón. Las anaranjadas sombras del atardecer todavía permitían divisar la casa, y no pudo resistir la tentación de tomar los binoculares para observarla una vez más. Pero algo lo sobresaltó.

Una de las cortinas del segundo piso estaba descorrida. Pero eso no podía ser, pensó, si ayer y hoy temprano las dos estaban cerradas, y en la casa no había nadie. Con el enigma revoloteando en su cabeza, envió su reporte de las 20 horas y luego bajó a su casa a cenar y ver televisión, para olvidarse algo de su obsesión por la casa. Nuevamente el viento hizo moverse algún objeto afuera, pues otra vez observó un pequeño movimiento a través de la ventana.

Al día siguiente, después de transmitir su informe de las 8 y desayunar, no pudo dejar de pensar en el misterio de la ventana. Una vez realizados los trabajos de rutina, desde lo alto del faro contempló nuevamente la casa con los binoculares, y su sorpresa fue grande. Ahora las dos cortinas estaban cerradas otra vez. Pensó que su visión anterior había sido un desvarío: las dos cortinas siempre habían estado cerradas, y era imposible que alguien hubiera descorrido alguna.

Por la tarde, después de las verificaciones de rigor para el encendido de la lámpara, se apostó en el balcón del faro, y su obsesión con la casa lo impulsó a darle una nueva ojeada con el binocular. No pudo evitar dar un respingo. Nuevamente una de las cortinas estaba descorrida. Observó repetidamente, para estar seguro de que no era un desvarío. No, no lo era, la cortina estaba abierta, no cabía duda. Se quedó pegado en el prismático con la mirada fija en esa ventana. De pronto vio algo que hizo que el cabello de la nuca se le erizara. Una silueta humana apareció en esa ventana.

Titubeo por unos segundos y miró una vez más, pero la silueta ya no estaba, y más aún, la cortina se había cerrado de nuevo. La tensión se apoderó de él, y algo parecido al miedo lo invadió. Pensó en olvidarse del asunto y bajar a ver televisión para distraerse, discurriendo que tal vez su obsesión con la casa lo hacía ver visiones. La enfocó nuevamente, pero esta vez no sólo el cabello de la nuca se le erizó, y sintió que un escalofrío lo estremecía. La puerta de la casa estaba abierta, y la semi oscuridad permitía ver una silueta que salía de ella y comenzaba a bajar por los escalones del porche. Enfocó bien, ajustando el binocular. No eran visiones.  La silueta bajó del porche y comenzó a descender lentamente la colina, como en dirección al faro.  Daniel no podía saber cuáles eran las intenciones de quien fuera esa silueta, así que instintivamente pensó en buscar un lugar seguro donde protegerse, y bajó a su casa para encerrarse en ella. Pero enseguida resolvió que la altura del faro le daba mayor seguridad, y por lo tanto subió hasta la garita de observación. Abajo, la puerta de entrada al faro estaba provista de una fuerte cerradura. Estando arriba, a través de una ventana de la garita enfocó otra vez el binocular hacia la casa y el terreno frente a ella. Ya no se veía la silueta, pero en cambio percibió que la hierba se movía, como si algo fuera avanzando entre ella, algo que no podía ver, como si la hierba tuviera vida propia. Sin soltar el prismático siguió observando un rato, y de pronto se percató de que la hierba ya no se movía. Minutos después y en el máximo de su tensión, oyó un fuerte y sordo golpe abajo, en la entrada del faro, y segundos después percibió algo que parecía subir por la escalera. No eran pasos, no, era como una especie de susurro, como un jadeo o algo parecido, que ascendía lentamente. Él permanecía escrutando hacia el frente del faro, dando la espalda a la puerta de la sala.

El jadeo llegó hasta la entrada de la garita y pareció disminuir su intensidad, pero sin cesar por completo. Daniel volteó rápidamente, aún con el binocular entre las manos y el corazón escapándose de su pecho. Entonces lo vio. Portaba un hacha en sus manos.

Después de que la capitanía de puerto no recibiera los reportes de Andrés de las 20 horas y de las 8 del día siguiente, y que éste no respondiera la radio ni el celular, se declaró el faro en estado de incomunicación y se ordenó el zarpe de una unidad a verificar la situación.

La cerradura de acceso al faro aparecía destrozada por algún objeto pesado y cortante. Subieron rápidamente la escalera. Andrés se hallaba tendido en el suelo, con el binocular en sus manos y los ojos muy abiertos. Parecía haber sufrido un infarto.

 

                                               Autor: Patricio Riquelme Pino

                                               +56995940348 - priquelmep@yahoo.es

 

 

   

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