Microrrelato

Una Aventura De Halloween

person Lucía Saldaña Ortega

Una Aventura De Halloween

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UNA AVENTURA DE HALLOWEEN

Era una noche oscura y tormentosa, una de esas en las que el viento parece arrastrar consigo los secretos más antiguos y las sombras se alargan de manera inexplicable. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales de las ventanas, mientras los relámpagos iluminaban fugazmente las calles desiertas. Era la noche perfecta para una aventura de Halloween, aunque ninguno de los que estaban a punto de vivirla podía imaginar hasta qué punto aquella velada se convertiría en una auténtica pesadilla.

Un grupo de amigos —Alex, Sofía, Mateo y Lucía— se había reunido en casa de Alex, donde llevaban toda la tarde preparando los últimos detalles para asistir a una fiesta en una mansión abandonada a las afueras de la ciudad. La antigua construcción llevaba décadas deshabitada y estaba rodeada de innumerables leyendas. Se decía que sus anteriores propietarios habían desaparecido en circunstancias misteriosas y que, desde entonces, se escuchaban voces, pasos y lamentos procedentes de su interior. Algunos vecinos aseguraban haber visto luces en sus ventanas durante las noches de tormenta, aunque nadie se había atrevido a comprobar qué ocurría realmente allí dentro.

A pesar de aquellos rumores, los cuatro amigos estaban emocionados. Para ellos, aquella fiesta prometía ser una experiencia inolvidable, una oportunidad de vivir una aventura diferente y poner a prueba su valentía. Mientras esperaban, intercambiaban historias de miedo, se gastaban bromas y discutían sobre los disfraces que llevarían. La llegada de Juan, que apareció poco después cargado con una enorme caja de disfraces y una energía contagiosa, terminó de animar al grupo. Entre risas, bromas y comentarios sobre lo que podrían encontrar en la mansión, se prepararon para salir. Ninguno sospechaba que, antes de que terminara la noche, aquellas risas se transformarían en gritos de auténtico terror.

Bajo la intensa lluvia, se dirigieron en coche hacia la mansión. Los limpiaparabrisas apenas conseguían despejar el agua del parabrisas y los faros iluminaban débilmente la carretera, flanqueada por árboles cuyas ramas se retorcían con el viento como si fueran manos esqueléticas que intentaran detenerlos. A medida que se alejaban de la ciudad, las luces de las viviendas desaparecieron y un silencio inquietante se apoderó del vehículo. De vez en cuando, un relámpago rasgaba el cielo y revelaba el paisaje desolado que se extendía a ambos lados del camino.

Finalmente, tras recorrer un último tramo de carretera, divisaron la mansión. Su silueta se alzaba imponente y lúgubre contra el cielo encapotado. Era un caserón enorme, de arquitectura antigua, con torres puntiagudas, balcones deteriorados y una fachada cubierta de enredaderas. Sus ventanas parecían vacías, como ojos sin alma que los observaran desde la oscuridad. El tejado estaba parcialmente hundido y la vegetación había invadido los jardines, donde los árboles se inclinaban sobre el camino de entrada. Al detener el coche, un relámpago iluminó la fachada y, durante un instante, a Alex le pareció distinguir una figura detrás de una de las ventanas del piso superior. Sin embargo, cuando volvió a mirar, no había nada.

Se acercaron a la puerta principal, que se encontraba entreabierta, y, al empujarla, un viento helado los recibió de inmediato. Un intenso olor a moho, humedad y abandono llenó el aire. El suelo de madera crujió bajo sus pies y el sonido resonó por todo el vestíbulo, como si la casa estuviera respondiendo a su llegada. Sofía dudó por un momento y miró a sus amigos con cierta preocupación. Aquello no se parecía en absoluto a una fiesta. Sin embargo, Alex, tratando de disimular su propia inquietud, sonrió y comentó: «¿Quién cree en fantasmas?». Los demás rieron nerviosamente y cruzaron el umbral. La puerta se cerró lentamente a sus espaldas, impulsada por una corriente de aire que ninguno supo explicar.

 

 

 

Con linternas en mano, comenzaron a explorar el interior. El vestíbulo era inmenso y estaba decorado con muebles cubiertos por sábanas blancas, cuadros torcidos y candelabros oxidados que colgaban del techo. Una gran escalera de madera conducía a la planta superior, mientras que varios pasillos oscuros se extendían hacia diferentes habitaciones. Las paredes estaban cubiertas de manchas de humedad y el papel pintado se desprendía en grandes tiras. A cada paso, el polvo se levantaba del suelo y flotaba en los haces de luz de sus linternas.

Al principio, se lo tomaron como parte de la aventura. Sin embargo, a medida que subían las escaleras, comenzaron a escuchar ruidos inquietantes. Un crujido procedente del piso superior los hizo detenerse. Después, un sonido de pasos lentos y pesados resonó en el pasillo, como si alguien caminara arrastrando los pies. Mateo enfocó su linterna hacia la oscuridad, pero no consiguió distinguir nada. Los pasos se detuvieron y, durante unos segundos, solo se escuchó la lluvia golpeando los cristales.

De repente, volvieron a oírse, esta vez más cerca. El sonido los condujo hasta una habitación situada al final del pasillo. La puerta estaba ligeramente abierta y, al iluminar el interior, descubrieron una figura sentada de espaldas en una silla, completamente inmóvil. Su silueta parecía corresponder a la de una persona vestida con ropas oscuras. Lucía se aferró al brazo de Sofía, mientras Juan avanzaba lentamente, intentando distinguir el rostro de aquella presencia. Alex empujó la puerta con cautela y todos entraron.

Pero allí no había nadie. La silla estaba vacía y no parecía que hubiera habido alguien sentado en ella. Frente a la silla, un enorme espejo antiguo reflejaba sus rostros pálidos y asustados. Sobre el cristal, escrito con una sustancia roja que parecía pintura fresca, había un inquietante mensaje: «No deberíais haber venido». Nadie se atrevió a hablar. Durante un instante, Mateo creyó ver que una sombra cruzaba el espejo, aunque, cuando volvió a mirar, solo estaban sus propios reflejos. Aquella fue la primera vez que todos sintieron que algo realmente extraño estaba sucediendo.

 

 

 

El grupo, ya bastante inquieto, trató de encontrar una explicación racional. Alex insistía en que probablemente se trataba de una broma organizada por los responsables de la fiesta, aunque no podía explicar cómo había desaparecido la figura ni quién había escrito el mensaje. Mateo, que observaba el espejo con detenimiento, notó un detalle que los demás habían pasado por alto: en el aire flotaba un olor intenso a pintura fresca. Aquello le hizo pensar que el mensaje había sido escrito recientemente.

Juan recordó entonces haber visto una puerta que conducía a un cuarto de pintura en el sótano. Quizá allí encontrarían alguna pista sobre lo que estaba ocurriendo. Decidieron bajar a investigar, aunque ninguno parecía especialmente entusiasmado con la idea. Descendieron por una escalera estrecha y húmeda, cuyos peldaños crujían bajo su peso. El sótano estaba completamente oscuro y la temperatura parecía mucho más baja que en el resto de la casa. Al iluminarlo, descubrieron estanterías llenas de herramientas oxidadas, muebles viejos y recipientes cubiertos de polvo.

En un rincón encontraron una lata de pintura roja abierta y un pincel todavía mojado, abandonado sobre una mesa. Junto a ellos había una pequeña nota doblada. Mateo la recogió cuidadosamente y la desplegó. En ella aparecía escrita una frase con una caligrafía irregular: «La verdad está en la habitación de los espejos». Los amigos intercambiaron miradas de desconcierto. ¿Quién había dejado aquella nota? ¿Y por qué parecía estar guiándolos hacia un lugar concreto de la mansión?

Mientras examinaban el sótano, descubrieron también un antiguo diario de tapas oscuras, deteriorado por la humedad. En la primera página aparecía una firma: «El Arquitecto». Sus anotaciones revelaban que se trataba del diseñador de la mansión, un hombre obsesionado con los mecanismos ocultos, las ilusiones ópticas y las trampas destinadas a confundir a quienes se adentraran en sus construcciones. Había diseñado habitaciones que alteraban la percepción del espacio y pasadizos secretos que conducían a lugares aparentemente imposibles.

Uno de sus proyectos más oscuros era un laberinto de espejos que distorsionaba la percepción y atrapaba a los visitantes en sus propios reflejos. Según el diario, aquella habitación había sido concebida para provocar una sensación de desorientación absoluta, hasta el punto de que quienes entraban en ella podían llegar a perder la noción de la realidad. Entre las páginas encontraron un mapa antiguo que indicaba la ubicación de la famosa habitación de los espejos. También había dibujos de pasadizos, mecanismos y puertas ocultas, acompañados de anotaciones que resultaban cada vez más inquietantes. Aunque no comprendían del todo el propósito de aquellas construcciones, empezaron a sospechar que la mansión escondía algo mucho más complejo de lo que habían imaginado.

Más intrigados que asustados, al menos por el momento, decidieron seguir las indicaciones del mapa. Mientras buscaban la entrada secreta, encontraron varias fotografías antiguas esparcidas por una habitación contigua. En ellas aparecían personas elegantemente vestidas, posando en los jardines y salones de la mansión. Todas parecían pertenecer a una época muy lejana, posiblemente a principios del siglo XX.

Una de las fotografías llamó especialmente la atención de Alex. En ella aparecía un joven vestido con ropa de los años veinte, cuyo rostro guardaba un parecido extraordinario con el suyo. Sus facciones, sus ojos e incluso la expresión de su mirada eran casi idénticos. Alex se quedó observándola, sorprendido por aquella semejanza. ¿Podría tratarse de un antepasado suyo? ¿Habría pertenecido su familia a los antiguos propietarios de la mansión? No encontró ninguna respuesta, pero una extraña sensación de familiaridad comenzó a recorrerle el cuerpo.

Poco después, siguiendo las indicaciones del mapa, descubrieron una estantería que parecía estar ligeramente separada de la pared. Juan examinó los libros y presionó algunos de ellos hasta que, de repente, se escuchó un mecanismo oculto. La estantería se desplazó lentamente, dejando al descubierto un pasadizo secreto. Una corriente de aire frío salió de su interior y apagó momentáneamente una de las linternas. El estrecho corredor se perdía en la oscuridad. Aunque dudaron durante unos instantes, la curiosidad pudo más que el miedo y decidieron seguir adelante.

El pasillo era angosto, oscuro y polvoriento. Las paredes de piedra estaban húmedas y el techo era tan bajo que, en algunos tramos, tenían que agacharse para avanzar. El silencio resultaba opresivo y únicamente se escuchaban sus pisadas y el goteo constante del agua. A medida que avanzaban, tuvieron la sensación de que el corredor se prolongaba mucho más de lo que debería, como si estuvieran recorriendo una distancia imposible dentro de la propia mansión.

Al fondo llegaron a una habitación en la que encontraron un proyector antiguo y varias películas almacenadas en cajas metálicas. El aparato estaba cubierto de polvo, pero parecía conservar todos sus mecanismos. Movidos por la curiosidad, decidieron encenderlo. Tras varios intentos, la máquina comenzó a funcionar y proyectó una serie de imágenes en blanco y negro sobre una pantalla situada al otro lado de la habitación.

Las imágenes mostraban una fiesta celebrada en aquella misma mansión. Los invitados aparecían vestidos con elegantes trajes de época, bailando, conversando y disfrutando de la celebración. Las escenas parecían normales, aunque había algo inquietante en la expresión de algunas personas, que miraban directamente hacia la cámara con rostros inexpresivos. De repente, la película comenzó a parpadear y la imagen se deformó. La pantalla quedó completamente oscura durante unos segundos y, cuando volvió a iluminarse, apareció un mensaje aterrador: «No miréis atrás».

Los cinco se quedaron paralizados. Una sensación helada recorrió sus cuerpos y, a pesar de la advertencia, se giraron lentamente. Entonces descubrieron que la habitación había cambiado por completo. Ya no estaban rodeados de objetos antiguos ni de paredes de piedra. Ahora se encontraban en una réplica exacta del cuarto de Alex, con los mismos muebles, las mismas cortinas y hasta los mismos objetos personales que él tenía en su casa. Todo parecía tan real que Alex sintió que estaba contemplando su propia habitación.

Antes de que pudieran comprender lo que sucedía, la puerta se cerró de golpe con un estruendo ensordecedor. Mateo corrió hacia ella e intentó abrirla, pero estaba completamente bloqueada. Entonces escucharon un crujido profundo. Las paredes comenzaron a moverse lentamente, estrechando el espacio que los separaba. Los muebles se desplazaron por sí solos y las luces de sus linternas empezaron a parpadear. Gritando de terror, corrieron desesperadamente hacia la puerta, golpeándola y buscando una salida. Sin embargo, la oscuridad los envolvió por completo y, uno tras otro, perdieron el conocimiento.

 

 

 

Cuando despertaron, estaban en la famosa habitación de los espejos. Se encontraban rodeados de innumerables superficies reflectantes que se extendían en todas direcciones, creando un laberinto aparentemente infinito. Los espejos deformaban sus cuerpos y rostros, alargando sus extremidades y distorsionando sus facciones hasta convertirlos en figuras grotescas. Algunos reflejos parecían moverse con retraso, mientras que otros permanecían inmóviles, incluso cuando ellos cambiaban de posición.

Sofía gritó al descubrir que su reflejo sonreía mientras ella permanecía completamente seria. Lucía intentó apartar la mirada, pero en cada espejo encontraba una versión distinta de sí misma, algunas de ellas con expresiones de profundo sufrimiento. Mateo y Juan comenzaron a buscar una salida, aunque todos los pasillos parecían conducir a nuevas habitaciones llenas de reflejos.

En uno de los espejos descubrieron un nuevo mensaje: «La verdad está en el reflejo». Alex se acercó lentamente al cristal y observó su imagen con atención. Fue entonces cuando se dio cuenta de que los reflejos no coincidían exactamente con la realidad. Detrás de su propia imagen, al fondo del espejo, había algo que no debería estar allí: una figura alta y oscura, inmóvil, que parecía observarlos desde el otro lado. Alex se giró rápidamente, pero no encontró a nadie. Al volver a mirar el espejo, la figura seguía allí, cada vez más cerca.

Movido por una mezcla de miedo y curiosidad, extendió la mano y tocó el cristal. Para su sorpresa, la superficie cedió ligeramente, como si fuera una fina cortina de agua. De pronto, el espejo reveló una puerta oculta que hasta entonces había permanecido invisible. Los amigos se miraron en silencio. Sabían que podían estar entrando en una nueva trampa, pero también comprendían que aquella era su única posibilidad de descubrir la verdad. Decididos, cruzaron la puerta y se adentraron en un nuevo pasillo.

Al final del corredor llegaron a una habitación completamente oscura, iluminada únicamente por una tenue luz que parecía proceder de algún lugar desconocido. En el centro, una figura alta y sombría los esperaba. Su presencia resultaba aterradora. Vestía ropas antiguas y su rostro, profundamente arrugado y consumido por el tiempo, parecía pertenecer a alguien que llevaba décadas muerto. Sus ojos hundidos reflejaban una tristeza profunda y una expresión de culpabilidad que resultaba difícil de interpretar.

«He estado esperándolos», dijo con una voz grave que resonó por toda la habitación.

La figura se presentó como el dueño de la casa. Sin embargo, antes de que pudieran formular ninguna pregunta, comenzó a revelar una verdad que cambiaría para siempre su percepción de lo que estaban viviendo. Les explicó que ellos no eran reales, sino sombras de personas que habían muerto en aquella misma casa muchos años atrás, durante una fiesta de Halloween que había terminado en tragedia.

El dueño confesó haber sido el causante del incendio que acabó con sus vidas. Su codicia y sus errores habían provocado una catástrofe que no había podido evitar. A pesar de conocer las consecuencias de sus actos, había tratado de ocultar la verdad y escapar de la responsabilidad. Finalmente, había realizado un pacto oscuro que mantenía las almas de las víctimas atrapadas en la mansión, condenándolas a repetir eternamente aquella noche maldita. Desde entonces, el tiempo parecía haberse detenido entre aquellas paredes, y cada Halloween la tragedia volvía a cobrar vida.

A través de un espejo encantado que apareció frente a ellos, el grupo pudo contemplar imágenes de su pasado. Vieron la fiesta, los invitados, las risas y la alegría que habían precedido a la desgracia. Después, las escenas cambiaron bruscamente. El caos se apoderó de los salones, el humo comenzó a extenderse por los pasillos y las llamas devoraron las cortinas y los muebles. Los invitados corrían desesperadamente en busca de una salida, mientras los gritos de terror llenaban el ambiente.

También vieron al dueño observando todo desde la distancia. Su rostro reflejaba el horror de quien comprende demasiado tarde las consecuencias de sus decisiones. Permanecía inmóvil, incapaz de detener lo que él mismo había provocado. Las llamas crecían sin control y el humo cubría cada rincón de la mansión. Los amigos contemplaron cómo el fuego los consumía, cómo sus figuras desaparecían entre las llamas y cómo, de repente, todo volvía a empezar, como si la tragedia estuviera condenada a repetirse eternamente.

 

 

 

La figura los guio entonces hacia aquel momento final que tanto había tratado de ocultar. «Es hora de recordar cómo murieron», anunció con su voz grave y profunda. Antes de que pudieran reaccionar, un intenso destello de luz iluminó la habitación y los transportó al pasado. De pronto, se encontraron de nuevo en la mansión, durante aquella antigua fiesta de Halloween que, ahora lo sabían, sería su última celebración.

Todo parecía exactamente igual que en las imágenes del espejo. Los invitados conversaban, la música sonaba y las luces iluminaban los salones. Sin embargo, los cinco amigos conocían el desenlace y estaban decididos a evitar la tragedia. Intentaron advertir a los presentes, buscaron posibles salidas y trataron de descubrir el origen del incendio antes de que se produjera. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, los acontecimientos comenzaron a desarrollarse exactamente como los recordaban.

Un grito desgarrador rompió la tranquilidad de la fiesta. Poco después, el humo empezó a extenderse por los pasillos y las primeras llamas aparecieron en una de las habitaciones. El pánico se apoderó de los invitados. Los amigos corrieron desesperadamente, intentando cambiar el curso de los acontecimientos, pero cada puerta que abrían parecía conducirlos de nuevo al mismo lugar. Los pasillos se transformaban, las salidas desaparecían y las habitaciones quedaban envueltas en una oscuridad que ni siquiera sus linternas podían atravesar.

La desesperación se hizo insoportable cuando comprendieron que estaban atrapados en un ciclo del que no podían escapar. Por mucho que lucharan, por muchas decisiones que intentaran cambiar, el grito, el incendio y la tragedia se repetían una y otra vez. La mansión parecía tener voluntad propia, obligándolos a revivir cada instante de aquella noche hasta el último detalle. Sus recuerdos se mezclaban con el presente y el pasado, haciendo imposible distinguir entre lo que había sucedido y lo que estaban experimentando.

Al final, atrapados en la mansión ardiente, entendieron que estaban destinados a recordar y revivir aquella noche una y otra vez. El calor de las llamas se volvió insoportable y el humo comenzó a cubrirlo todo. Se buscaron entre la oscuridad, aferrándose unos a otros mientras escuchaban cómo la estructura de la casa crujía y se derrumbaba a su alrededor. Cuando la oscuridad los envolvió una vez más, el silencio sustituyó al estruendo del incendio.

De repente, regresaron a la sala original de la mansión, aquella en la que todo había comenzado. Estaban solos. El dueño había desaparecido y no quedaba rastro de la figura que les había revelado la verdad. Durante unos instantes, permanecieron inmóviles, intentando comprender lo que acababan de experimentar. Sin embargo, algo había cambiado definitivamente. Sus cuerpos parecían cada vez más transparentes y sus manos comenzaban a desvanecerse lentamente, como si estuvieran hechos de una niebla que el viento podía dispersar.

Sin palabras, comprendieron que ya no pertenecían al mundo de los vivos. Sus recuerdos, sus miedos y aquella última aventura de Halloween eran todo lo que les quedaba. Se miraron por última vez, incapaces de pronunciar una despedida, mientras sus figuras se volvían cada vez más débiles hasta desaparecer por completo. La mansión quedó vacía, como si nunca hubiera habido nadie en su interior.

La tormenta se disipó poco a poco y las nubes comenzaron a retirarse, dejando paso a una luna pálida que iluminaba la fachada del viejo caserón. El viento dejó de soplar y la lluvia cesó, sumiendo los alrededores en un silencio profundo. Desde el exterior, la mansión parecía nuevamente una construcción abandonada, inmóvil y olvidada por el tiempo. Sin embargo, en sus habitaciones oscuras, los espejos continuaban reflejando figuras que no deberían existir, y en algún lugar de sus interminables pasillos parecía escucharse todavía el eco lejano de unas pisadas.

Nadie sabía lo que había sucedido aquella noche. Nadie encontraría a los amigos ni podría explicar su desaparición. Con el paso de los días, la mansión volvería a quedar envuelta en sus antiguas leyendas, esperando pacientemente la llegada de una nueva noche de Halloween. Y cuando la luna volviera a iluminar sus ventanas vacías, quizá alguien se atrevería a cruzar de nuevo su puerta principal, atraído por los misterios que escondían sus muros.

Entonces, desde lo más profundo de la casa, una voz susurró entre las sombras, rompiendo el silencio de la noche:

«La noche de Halloween volverá… y la casa estará lista».

 

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