Una noche interminable
Juan Mediavilla
Tras un grotesco encuentro, un hombre huye con una marca maldita hacia un bosque sin fin donde la locura amenaza con devorar su realidad.
Un año más en el mismo campamento.
Solo pensar en aquellas cabañas húmedas, las caminatas interminables y los discursos de Miguel, nuestro consejero, bastaba para arruinarme el verano. Por eso, antes de subir al autobús, pasé por la antigua librería del pueblo buscando algo que hiciera menos insoportables las noches.
Había leído casi todos los libros de terror de sus estantes. Historias de casas encantadas, monstruos de cementerio y asesinos que siempre cometían la estupidez de explicar sus planes antes de matar a alguien. Necesitaba algo nuevo. Una historia capaz de borrar las sonrisas alrededor de la fogata.
Pero la librería seguía igual que el año anterior.
Polvo.
Papel amarillento.
Libros que olían a humedad y olvido.
—Pura basura —murmuré—. Nunca traen nada nuevo.
—No deberías pedir demasiado.
La voz surgió al otro lado del estante.
Me sobresalté.
A través del espacio dejado por un grueso volumen apareció el rostro de un anciano. Tenía la piel arrugada, unos ojos demasiado claros y una sonrisa que no parecía caberle en la cara.
—Busco algo para contar esta noche —expliqué—. Algo realmente aterrador.
El hombre retiró otro libro y asomó la cabeza.
—¿Por qué quieres asustarlos?
—Porque los cuentos del campamento son aburridos. Todos terminamos riéndonos. Quiero ver a los chicos temblar y a Miguel suplicando que dejemos la historia para otro día.
El anciano siguió observándome.
Su sonrisa desapareció.
—Tengo lo que buscas.
Rodeó el estante y regresó con un libro de pasta color guinda. No tenía título ni nombre de autor. La cubierta estaba cuarteada y las esquinas parecían quemadas.
Al acercármelo, percibí un olor desagradable.
No era humedad.
Era algo más denso, parecido al cuero mojado.
—Este libro no asusta —dijo el viejo—. Abre puertas.
Solté una risa.
—Eso suena bien.
—No estás escuchando.
Sus dedos se cerraron sobre la cubierta.
Tenía las uñas negras.
—Debes leerlo en orden. Una historia cada noche. Nunca adelantes una página y jamás interrumpas una lectura después de haber comenzado.
—¿Y qué pasa en la tercera noche?
El anciano volvió a sonreír.
—En la tercera noche, la historia deja de estar dentro del libro.
Debí marcharme.
Debí dejar aquel objeto en sus manos y subir al autobús sin nada.
En lugar de hacerlo, se lo quité.
—¿Cuánto cuesta?
—No se vende.
—Entonces, ¿me lo regala?
—No. Te lo entrego.
Caminé hasta la caja sin comprender la diferencia.
La muchacha que atendía la librería palideció al ver el libro.
—¿Dónde encontraste eso?
Señalé el estante.
—Un anciano me lo dio.
La joven miró hacia el lugar indicado.
No había nadie.
—Aquí no trabaja ningún anciano.
Pensé que intentaba continuar con la broma.
Dejé cinco dólares sobre el mostrador y salí antes de que cambiara de opinión.
Mientras caminaba hacia el autobús, escuché una carcajada detrás de mí. Me volví.
La puerta de la librería estaba cerrada.
El anciano sonreía desde el interior del escaparate.
Apoyó un dedo sobre sus labios.
Luego señaló el libro.
Damián reservó el asiento junto al suyo para mí. Era mi mejor amigo desde la infancia y mi cómplice en todas las bromas que habían conseguido convertirnos en los primeros nombres de la lista negra de Miguel.
—¿Qué escondes? —preguntó al verme abrazar la mochila.
—El motivo por el que este campamento será inolvidable.
Le mostré el libro.
Damián arrugó la nariz.
—Parece hecho con piel de muerto.
—Mejor todavía.
—¿De dónde lo sacaste?
—Un viejo me lo regaló.
Quise contarle la advertencia, pero en ese momento el autobús se detuvo y tres muchachas subieron. Johanna, Tamy y Ann.
Ann fue la última en entrar.
Tenía el cabello oscuro, una sonrisa tímida y unos ojos que parecían guardar su propia luz. Damián me golpeó con el codo.
—Los dioses están de nuestro lado.
Sonreí, imaginando a Ann aferrada a mi brazo mientras yo leía una historia aterradora.
Miguel se levantó en la parte delantera del autobús y comenzó a dar las instrucciones de siempre. No correr cerca del lago. No salir de las cabañas después de medianoche. No internarse en el bosque sin un consejero.
Después nos miró.
—Y nada de bromas pesadas.
Todos rieron.
Nosotros también.
Nadie imaginaba que, tres noches después, Miguel estaría suplicando que lo mataran.
PRIMERA NOCHE
Los ojos serán abiertos
El campamento se encontraba en medio de un bosque tan espeso que durante la tarde parecía estar anocheciendo. Las cabañas rodeaban una explanada con una vieja fogata en el centro. Más allá comenzaban los árboles, juntos y silenciosos, como una multitud esperando algo.
Esa primera noche nos reunimos catorce personas alrededor del fuego.
Tres chicas.
Diez muchachos.
Miguel.
Exactamente como decía la primera página del libro.
Al principio pensé que se trataba de una coincidencia. Después recordé que ni siquiera había abierto el libro antes de llegar.
Esperé mi turno y me senté junto a Ann.
—Será mejor que te acerques —le dije—. Esta historia no es para cobardes.
Ella rio, pero movió su tronco un poco más cerca del mío.
Abrí el libro.
Las páginas estaban amarillentas. La tinta parecía reciente.
Comencé a leer:
La primera noche, catorce personas se reunirán alrededor del fuego.
Tres serán muchachas. Diez creerán ser valientes. El último fingirá no tener miedo porque los adultos siempre temen más que los niños.
Reirán.
La puerta se abrirá mientras ríen.
Levanté la mirada.
Nadie hablaba.
Miguel sonrió.
—Buen comienzo.
Continué:
Detrás de ellos, las sombras abandonarán los árboles. No tendrán rostro porque todavía no han aprendido a usar los suyos.
El miedo les dará forma.
Sus secretos les darán hambre.
Una ráfaga agitó las llamas.
Los árboles crujieron.
Por un instante, creí ver algo desplazándose entre los troncos. Una sombra más oscura que la noche, demasiado alta para pertenecer a una persona.
Me obligué a seguir leyendo.
Cuando el viento pronuncie tu nombre, no respondas.
Cuando sientas una respiración detrás de ti, no te vuelvas.
Corre.
No mires atrás.
El viento cruzó la explanada.
La fogata se inclinó en una sola dirección.
Entonces escuché mi nombre.
—Dani…
No provenía de ninguno de los presentes.
Surgió del bosque.
Bajo.
Alargado.
Como si alguien estuviera aprendiendo a pronunciarlo.
Cerré el libro de golpe.
—¿Eso es todo? —preguntó Miguel—. He escuchado historias más aterradoras en la escuela dominical.
Algunos rieron.
Cuando levanté la mirada hacia él, no tenía rostro.
Donde debían estar sus ojos, la nariz y la boca solo había piel lisa.
Retrocedí y caí del tronco.
Ann se acercó para ayudarme.
Su brazo estaba podrido.
La carne colgaba en tiras húmedas y entre los huesos se movían pequeños insectos blancos.
Grité.
Me cubrí los ojos y volví a mirar.
Todos parecían normales.
—¿Qué te pasa? —preguntó Damián.
No pude responder.
Detrás de ellos, las sombras eran demasiado delgadas. Se alargaban sobre la tierra, separadas de los cuerpos que debían proyectarlas. Algunas se arrastraban lentamente hacia los árboles.
El viento volvió a soplar.
—Corre, Dani.
Nadie más pareció escucharlo.
—¿No lo oyen?
Las risas terminaron.
Ann me tomó del brazo.
—¿Oír qué?
Miré hacia el bosque.
Algo se encontraba detrás de los arbustos. No podía distinguir su cuerpo, pero percibía su respiración. Un jadeo profundo y húmedo que se confundía con el crujido de las ramas.
—El viento —susurré—. Me está diciendo que corra.
Miguel cerró la reunión. Todos regresaron a las cabañas convencidos de que había intentado asustarlos.
Damián no se rio.
Me siguió hasta nuestra habitación y cerró la puerta.
—¿Qué viste?
Le conté lo de los rostros, las manos y las sombras.
Después le entregué el libro.
Damián lo abrió.
Todas las páginas contenían el mismo texto.
Corre.
No mires atrás.
Lo revisó de principio a fin. Los títulos cambiaban, pero las palabras eran idénticas.
Primera noche.
Segunda noche.
Tercera noche.
Corre.
No mires atrás.
—Quémalo —dijo.
No discutí.
Arrancamos las páginas, las trituramos y las arrojamos dentro de un cubo metálico. Damián encendió un fósforo.
El papel ardió con dificultad.
Las llamas eran negras.
Durante unos segundos, se escucharon gemidos dentro del cubo. Pensamos que el aire escapaba entre las páginas, pero uno de aquellos sonidos parecía la voz de una niña.
Cuando el fuego terminó, solo quedaron cenizas.
Nos acostamos al amanecer.
Antes de cerrar los ojos, escuché algo bajo mi cama.
Respiraba.
No miré.
SEGUNDA NOCHE
Las sombras aprenderán sus nombres
Durante el día todo pareció normal.
El sol dispersó parte del miedo y las actividades del campamento nos mantuvieron ocupados. Nadamos, caminamos cerca del lago y competimos en equipos. Los demás habían olvidado mi caída junto a la fogata.
Yo no.
Cada vez que miraba las sombras de mis compañeros, tenía la sensación de que se movían un instante después que ellos.
Intenté concentrarme en Ann.
Pasamos casi toda la tarde juntos y, durante una caminata, terminamos besándonos detrás de una cabaña. Durante unos segundos olvidé el libro, el anciano y la voz del viento.
Cuando abrí los ojos, vi una figura entre los árboles.
Era muy alta, estaba inclinada hacia nosotros. Parpadeé y desapareció.
No le dije nada a Ann.
Al anochecer, nos reunimos en el comedor. Las lámparas de aceite colgaban de las paredes y la chimenea mantenía el lugar cálido, pero yo no lograba dejar de temblar.
Miguel anunció que continuaríamos con los cuentos.
Damián me miró.
—No queda nada que leer.
Quise creerle.
Al llegar a la explanada, vimos a Miguel sentado frente al fuego.
Sostenía el libro guinda entre las manos.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Nuestro amigo Dani me ha cedido el honor de continuar la historia —dijo.
—¿Dónde lo encontraste?
—En mi cabaña. Había una nota.
Damián se puso de pie.
—Lo quemamos.
Algunos se rieron.
Miguel abrió el libro.
—Está en blanco.
Me acerqué.
Las páginas, efectivamente, parecían vacías.
—No leas nada —le advertí.
—No hay nada que leer.
Ann le quitó el libro.
Al tocarlo, aparecieron palabras en la primera página.
Las letras surgieron una por una, como arañadas desde el otro lado del papel.
Ella comenzó a leer antes de que pudiera detenerla.
La segunda noche volverán a reunirse.
Dos conocerán el miedo.
Los demás aún creerán estar escuchando una historia.
La fogata se debilitó.
Damián trató de arrebatarle el libro, pero uno de los chicos lo tomó primero.
Las letras continuaban apareciendo.
Las sombras ya aprendieron sus nombres.
Ahora aprenderán sus rostros.
El muchacho terminó la frase.
Un grito atravesó la explanada.
Ann señalaba detrás de nosotros.
Las sombras de todos se habían desprendido de nuestros pies. Se deslizaban por la tierra como agua negra, uniéndose en el centro de la explanada.
Formaron una figura alta y torcida.
No tenía rasgos.
Solo una cavidad en el lugar donde debía estar la boca.
La silueta se abalanzó sobre nosotros.
Un frío insoportable atravesó mi cuerpo. Durante un segundo vi lugares que nunca había conocido: una habitación cubierta de sangre, una cama con dos cuerpos abiertos, un pasillo blanco y hombres encerrados detrás de puertas de hierro.
Después, la sombra desapareció.
Miramos nuestros pies.
Ya no proyectábamos nada.
La fogata se apagó.
El bosque quedó en completa oscuridad.
—Corran —susurró el viento.
Esta vez todos lo escucharon.
La gente salió de las cabañas al oír los gritos. Los consejeros intentaron reunirnos, pero una neblina espesa descendió entre los árboles y cubrió el campamento.
Algo comenzó a caminar dentro de ella.
No podíamos verlo.
Solo escuchábamos sus pasos.
Cada uno hacía temblar el suelo.
La criatura rodeó la explanada mientras olfateaba. Su respiración era profunda, húmeda y hambrienta. Por momentos, la neblina revelaba una parte de su cuerpo.
Un brazo demasiado largo.
Unas uñas que arañaban la tierra.
La curva de un cuerno.
Jamás se mostraba por completo.
—Huele sus miedos —dijo el viento.
Jorge comenzó a llorar.
La neblina se abrió.
Una lengua oscura apareció entre los árboles, se enrolló alrededor de su cintura y lo arrastró hacia la oscuridad.
Solo alcanzamos a escuchar su grito.
Después, algo estalló.
Una lluvia tibia cayó sobre nosotros.
Damián se tocó el rostro.
Tenía sangre en los dedos.
Entonces todos corrimos.
El bosque se llenó de gritos. Algunos se dirigieron a las cabañas; otros hacia el lago. Las ramas nos arañaban mientras aquella cosa avanzaba entre los árboles sin apresurarse.
No necesitaba correr.
Nuestras sombras la guiaban.
Me escondí junto a Damián y Ann dentro de una pequeña bodega. Otras cuatro personas entraron detrás de nosotros. Cerramos la puerta y permanecimos en silencio.
Durante varios minutos no se escuchó nada.
Después, alguien arañó la madera.
Tres golpes.
Pausa.
Otros tres.
Ann se cubrió la boca.
—No mires atrás —dijo una voz junto a mi oído.
Sentí una respiración en la nuca.
Algo estaba dentro de la bodega.
No me volví.
Un muchacho lo hizo.
Su grito duró apenas un segundo.
Cuando finalmente nos atrevimos a mirar, solo encontramos su ropa en el suelo.
Dentro de ella se movía algo.
La puerta se abrió sola.
Salimos corriendo.
Nos separamos en el bosque.
No volví a ver a Ann.
TERCERA NOCHE
Ya es demasiado tarde, el amanecer no llegó. La oscuridad se debilitó por unas horas, pero el sol permaneció oculto detrás de la neblina. El campamento entero olía a madera quemada y carne.
Encontramos cuerpos entre los árboles, algunos estaban completos, otros habían sido reducidos a formas que no parecían humanas.
Nadie sabía cuántos seguían vivos.
Al caer la tercera noche, ocho personas nos refugiamos en el comedor. Las ventanas estaban cubiertas con mesas y los muebles bloqueaban las puertas.
El libro estaba sobre el suelo, nadie recordaba haberlo llevado.
Steven, uno de los muchachos mayores, me lo arrojó al pecho.
—Tú empezaste esto.
No respondí.
—Haz que se detenga.
Miguel lo apartó antes de que me golpeara.
—El libro debe contener una forma de terminarlo.
Abrí la tercera parte.
Las demás páginas estaban en blanco.
Solo había un título:
El que lee será la puerta.
Debajo apareció el texto.
La tercera noche no habrá escondites.
La criatura ya vive dentro de cada uno.
Conoce los lugares donde ocultaron su vergüenza.
Conoce las cosas que desearon hacer cuando nadie estaba mirando.
Sentí que todos me observaban.
Continué.
Ahora comenzará a cazarlos.
No por lo que hicieron.
Por lo que alguna vez imaginaron.
Un estruendo sacudió el edificio.
Desde la ventana vimos una cabaña envuelta en llamas. Cinco personas salieron corriendo de su interior. El fuego cubría sus cuerpos, pero ninguno caía.
Corrían en círculos.
Gritaban nuestros nombres.
La criatura apareció detrás de ellos.
Esta vez la vimos casi por completo.
Era enorme y caminaba inclinada, con los brazos rozando el suelo. Su cuerpo parecía cubierto de pelo quemado. Dos cuernos torcidos surgían de su cabeza y, donde debían estar los ojos, solo había piel.
Su boca ocupaba casi todo el rostro.
Se abrió.
Los gritos de las víctimas cesaron al mismo tiempo.
La criatura comenzó a alimentarse.
Nos apartamos de la ventana.
El comedor tembló.
Las tablas del suelo se partieron y varias manos huesudas surgieron entre las grietas. Nos sujetaron por los tobillos. Sus uñas se hundieron en la carne como trampas de metal.
El techo comenzó a derrumbarse.
La neblina entró por las ventanas rotas.
Entre ella apareció la criatura.
Miguel gritó.
Steven intentó liberarse y la fuerza con la que tiró hizo que la piel de su pierna se desprendiera. Los demás luchaban, pero cuanto más se movían, más profundamente se clavaban las uñas.
La enorme lengua del monstruo cruzó el comedor.
Rozó nuestros pies, entonces todo explotó.
Madera, sangre, huesos oscuridad.
Desperté bajo los escombros.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Sentía la cara cubierta de sangre y un dolor insoportable en todo el cuerpo.
Cerca de mí yacía Steven.
Tiré de su cabello para despertarlo.
Su cabeza se desprendió.
Quise gritar, pero escuché otra voz.
—Ayúdame…
Era Miguel.
Se encontraba enterrado bajo una parte del techo.
—No puedo ver mi cuerpo —lloraba—. Dani, no siento mi cuerpo.
Intenté arrastrarme hacia él.
No podía mover las piernas.
—Todos están muertos —susurró—. Estoy sosteniendo una cabeza.
Su voz se apagó.
—¿Por qué leíste el libro?
Lo llamé varias veces.
No respondió.
Me liberé de los escombros usando los brazos. Al volverme, descubrí que me faltaban ambos pies.
La sangre brotaba de los muñones, pero apenas sentía dolor.
Marcela, una de las consejeras, apareció entre la neblina. Tenía el rostro cubierto de ceniza.
Nos abrazamos.
No quedaba nadie más a la vista.
La noche seguía inmóvil sobre nosotros.
—¿Cuánto falta para que amanezca?
Marcela miró su reloj.
—Cuatro horas.
Por primera vez desde que comenzó todo sentí esperanza.
Solo debíamos sobrevivir cuatro horas.
Entonces escuchamos un llanto detrás de una pared derrumbada.
Marcela fue a investigar.
El viento abrió las páginas del libro, que descansaba intacto entre los cadáveres.
No mires atrás, Dani.
Cerré los ojos.
Un dolor agudo atravesó mi cabeza.
Cuando volví a abrirlos, me encontraba otra vez frente a la fogata de la primera noche.
Todos estaban vivos.
Yo leía.
Las sombras se arrastraban desde el bosque y entraban en nuestros cuerpos mientras nos reíamos.
—Observa lo que no viste —susurró alguien detrás de mí.
El escenario cambió.
Me encontré frente a la criatura.
Me olfateó.
Abrió la boca e introdujo su lengua en la mía. La sentí atravesar mi garganta y descender por mi pecho. Mi cuerpo se elevó como un animal ensartado.
Miré hacia abajo.
El campamento había desaparecido.
Solo había un río de sangre y fuego.
La criatura me partió por la mitad.
Caí dentro de un pozo sin fondo mientras los gritos de mis compañeros resonaban a mi alrededor.
—Despierta, Dani.
Abrí los ojos.
Damián y Marcela estaban frente a mí.
Seguía entre los escombros.
—Ya falta poco para el amanecer —murmuré.
Marcela comenzó a llorar.
—Está anocheciendo.
Negué con la cabeza.
—No puede ser.
—Permaneciste inmóvil catorce horas —explicó Damián—. Creímos que habías muerto.
Miré el cielo.
La cuarta noche comenzaba.
Damián me contó que había corrido hacia una cabaña cercana al lago con otros muchachos. Permanecieron ocultos durante varios minutos, hasta que unas manos rojas aparecieron de la oscuridad y aplastaron la cabeza de uno de ellos.
Después, las sombras entraron.
Él no recordaba nada más.
—Esta noche moriremos —dijo—. El libro prometió tres noches, pero nos mintió.
—Quizá nunca fueron tres noches.
El viento volvió a soplar.
—Va por ti.
Me llevé las manos a la cara.
Mis dedos no encontraron ojos, nariz ni boca.
No tenía rostro.
Intenté gritar y caí al suelo.
Cuando volví a ver, estaba solo en medio del bosque. Algo respiraba detrás de mí.
No miré.
Unas manos sujetaron mis piernas.
El fuego ascendió por mi cuerpo.
Después no recuerdo nada.
PERTURBADOR
Desperté en un hospital.
Habían pasado varios días.
Según las noticias, un incendio había destruido el campamento. Los bomberos encontraron veinte cuerpos carbonizados, cinco personas con quemaduras graves cerca del río y otros cadáveres dispersos por el camino.
Yo fui el único sobreviviente.
La policía afirmó que alguien había colocado drogas en la cena. Aquello explicaba las alucinaciones, la imposibilidad de escapar y las muertes.
No encontraron al responsable, yo no podía hablar, tampoco moverme.
Permanecía en una silla de ruedas, con las piernas vendadas y las manos inútiles. Los médicos decían que estaba despierto, pero atrapado dentro de mi propio cuerpo.
Mi padre me llevó a casa.
Una tarde colocó el libro sobre mis piernas.
—Pensé que querías recuperarlo —dijo—. Era lo único que sostenías cuando te encontraron.
Quise gritar.
El libro había regresado.
Mi madre creyó que mi reacción era una señal de mejoría. Lo tomó entre sus manos.
—Parece que solo tiene una página escrita.
Intenté mover un dedo.
Fue todo lo que conseguí.
Ella leyó:
Esta mañana el niño aprenderá a no temer la oscuridad.
Su sombra volverá a teñirse de negro.
Los dos corazones que tanto ama pagarán el precio por mantener abierta la puerta.
—Qué verso tan extraño —comentó.
Me besó en la frente, apagó la lámpara y salió.
No sé en qué momento me dormí. Desde el incendio, ya no sabía distinguir los sueños de la vigilia.
Desperté sofocado, una huella de sangre cubría el techo. Había arañazos en las paredes y las cabezas de mis padres colgaban sobre la cama.
El grito que salió de mi garganta fue el primero desde que abandoné el hospital.
Me incorporé.
Los cuerpos descuartizados de mis padres estaban tendidos junto a mí. Sus corazones permanecían entre mis manos.
No podía soltarlos, parecían unidos a mi piel.
La habitación estaba pintada de rojo.
La policía llegó pocos minutos después. Encontró un machete, dos cuchillos y mis huellas por toda la casa, incluso en el techo.
Sobre mi cama habían escrito:
AL FIN SERÉ LIBRE.
La letra era mía.
Nadie creyó que un muchacho sin pies y casi paralizado hubiera podido cometer aquella masacre.
Pero tampoco encontraron a nadie más.
Me llevaron a una institución psiquiátrica.
Durante años escuché siempre la misma pregunta:
—¿Por qué lo hiciste?
Siempre respondí:
—Yo no lo hice.
Era la única verdad que nadie deseaba escuchar.
Los médicos escribieron libros sobre mí. Los periodistas reconstruyeron mi infancia. Dijeron que odiaba a mis padres, que resentía los campamentos a los que me enviaban para no tener que cuidarme y que había asesinado a mis compañeros durante un episodio psicótico.
Quizá tenían razón.
Tal vez nunca hubo una criatura, tal vez el anciano tampoco existió. Pero el libro regresó una última vez.
Apareció sobre mi cama en el manicomio.
Las páginas estaban llenas con mi letra.
Querías asustarlos, Dani.
Querías verlos temblar.
Querías castigar a tu padre por abandonarte cada verano.
Querías que tu madre sufriera por no escucharte.
Yo no puse nada dentro de ti.
Solo abrí la puerta.
Una carcajada resonó dentro de mi cabeza.
Me cubrí los oídos.
—¡Ya basta!
El cuarto desapareció.
Me encontraba en medio de un fuego interminable. Las sombras de mis compañeros me rodeaban. Todos tenían mi rostro.
La criatura surgió frente a mí ya no parecía un monstruo. Parecía un hombre anciano con una chaqueta de lana rojiza.
Sonreía.
—Eres mi creación perfecta.
Introdujo una mano en mi pecho.
No sentí dolor.
Solo un alivio inmenso.
Los recuerdos regresaron convertidos en imágenes confusas: mis manos sosteniendo el machete, el comedor cubierto de gasolina, las cabañas ardiendo, mis padres gritando, la sangre sobre las paredes.
No sabía si eran recuerdos.
O si el libro quería que creyera que lo eran.
Cuando volví a abrir los ojos, la puerta de mi habitación estaba abierta.
Crucé el pasillo del manicomio caminando sobre unas piernas que ya no tenía.
Los guardias yacían despedazados junto a las paredes. Las luces parpadeaban sobre un río de sangre.
Nadie intentó detenerme. Al llegar a la salida, el viento rozó mi rostro. Escuché la voz del anciano dentro de mí o quizá era mi propia voz.
—No importa cuánto corras. No importa dónde te escondas. Estoy observándote mientras lees. Puedo oler tu miedo desde aquí.
Me detuve frente a la puerta. Por primera vez, miré hacia atrás, no había ninguna criatura siguiéndome, solo mi sombra. Era alta, tenía cuernos y sonreía.
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