Terror

Al Pie De La Escalera

person Ella Grazi

Al Pie De La Escalera

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Estoy tirado al pie de la escalera. Mi cuerpo aterrizó aquí después de volar desde lo alto, aunque ya no recuerdo el momento exacto de la caída. Solo el resultado.

Quedé como un muñeco arrojado por un nene enojado. Mis brazos abiertos, inútiles, como alas rotas, las palmas hacia arriba, como un cristo caído de la cruz.

Mi cabeza quedó entre el último escalón y la pared. Con el mentón contra el pecho, mirando con tristeza algo que ya no tiene explicación. Y mis piernas quebradas como las de un títere abandonado, con un hueso puntiagudo señalando en la misma dirección que mi mirada, como si incluso roto supiera hacia dónde ir.

Estos ojos, hoy cubiertos de tristeza, en otros tiempos regalaron indiferencia como flechas de hielo que atravesaban almas sin piedad. Temprano supe cómo era el mundo: no da nada, no suelta, hay que arrancar con las manos. La ternura, la piedad, la misericordia son un lujo muy costoso, y su ausencia en mi vida fue un regalo: endureció mis puños.

Pero un día esas flechas ardieron en una mirada llena de vida. Ella entró en mí como entra la luz en un cuarto que nunca conoció las ventanas.

Las apuestas estaban en mi contra y eso, lejos de amedrentarme, me encendía. Era lo único que sabía hacer: sobrevivir a pesar de todo.

Nuestra vida juntos despertó en mí una intensidad que me asustaba. Y cuando alguien puso en mis brazos a mi primer hijo, sentí, por primera vez en mi vida, que tenía algo realmente propio, algo por lo que valía la pena luchar. Lo tenía todo. Y no me di cuenta de que las cosas, como llegan, también se pueden perder.

Mis puños hacían saltar las cosas en las mesas de negociación y mi voz hacía temblar los vidrios. No importaba si era respeto o miedo, esta era mi guerra y tenía una fortaleza que proteger.

Ella no entendía el mundo y estaba bien. El mundo era rojo fuego, ella era blancura, una blancura que a veces me costaba entender. Aun así cedí a sus ruegos y prometí la distancia que me pedía de mis negocios. El viaje fue como un pacto de reinicio. La oportunidad para lavar la sangre de mis manos.

Manejaba hacia el sur. Villa La Angostura. Una casa perfecta. Puedo escuchar sus voces, los chicos peleando por algo, ella riéndose mientras me compartía sus planes para esos días. El sol cayendo sobre la ruta.

El teléfono. El sonido entró rompiendo el resplandor de la tarde. Oigo mi voz que suena ajena en ese espacio, como la de un ser desconocido que congela todo a su paso. Los chicos se asustaron. Ella se giró para calmarlos, buscando un juguete caído.

Solo sentí que el mundo empezó a girar despacio, como una nave que pierde la atmósfera. Los objetos flotaron. Sus brazos flotaron. El cinturón que no abroché bien la dejó libre y sus brazos abiertos, batientes, la llevaron a través del parabrisas mientras todo seguía girando.

No hubo gritos. Solo las cosas que nos pertenecían suspendidas en el aire.

Después el golpe. Después el silencio. Después el viento, que era lo único que quedaba.

Perdí toda noción del tiempo. Manos sin rostro me llevaban y me traían. No podía resistirme a nada.

Apenas y de reojo vi la cabeza aplastada de uno de mis hijos.

Al otro lo llevaban en una ambulancia distinta a la mía, con vida todavía, y yo quería gritar que me soltaran, que me dejaran ir con él, que yo tenía que estar ahí.

Murió poco después, solo, mientras yo seguía en el sanatorio.

Cuando me dieron el alta, un viejo amigo me llevó al departamento que había sido de mis padres, vacío desde hacía años. Ambos lo estábamos.

Los buitres me despojaron como carroña. No me importó.

Solo quería arrodillarme ante sus tumbas y llorar hasta secarme.

Entre sueños, quizás. O quizás no. Ella avanzó hasta mí como siempre, llevaba a mis hijos de la mano, mirándome con esa calma que nunca entendí.

El guardia me despertó para decirme que tenía que irme.

Una noche, después de deambular sin rumbo, llegué al departamento. Con el palier a oscuras, abrí la puerta con dificultad y me tiré en el sillón con la ropa puesta, como hacía cada noche.

Una de esas noches un perfume suave y familiar me despertó. Supe que era ella. Me quedé quieto en la oscuridad, sin respirar, como si cualquier movimiento pudiera espantarla. Después su voz, apenas un susurro desde un rincón. Lloré acurrucado en ese rincón hasta que amaneció.

Recorrí las habitaciones buscándola: sabía que había vuelto. Ella estaba ahí, una sombra suave, con los niños de cada mano. Esas primeras veces su presencia fue un consuelo y así volvió cada noche.

Yo me fui rompiendo. La culpa es una cosa extraña: no llega de golpe, se instala como agua estancada que lo pudre lentamente por dentro. La esperaba con las manos blandas y suplicantes. Ella me escuchaba y me observaba, los tres lo hacían.

El perfume que la acompañaba comenzó a agriarse y su figura se volvió rígida, distante. A veces avanzaba hacia mí casi amenazadoramente, sorprendiéndome, para luego desvanecerse. Algo mecánico se sumó a sus movimientos y su seriedad comenzó a preocuparme. Yo solo buscaba su perdón y mis palabras, cargadas de dolor, no parecían conmoverlos.

Algo en ella empezaba a parecerse a un juicio.

Al atardecer del día de su cumpleaños, volví del cementerio con el ánimo destrozado. En la oscuridad del palier me llegó el perfume, dulce, casi repugnante, luego agrio como si alguien hubiera dejado una bolsa con basura cerca. Abrí los ojos para ganarle a la penumbra.

Y desde la oscuridad avanzaron hacia mí los tres juntos.

Los vi. Vi a mis hijos. Los vi de verdad. Arrastraban sus piernitas rotas, uno sin una zapatilla, con pedazos de ropa sucia y algo que había sido un juguete apretado en una mano. Las mejillas sin color, la piel pegada al hueso.

El otro tenía por rostro una superficie cóncava y supurante, con un pequeño pedazo de boca apenas identificable por algunos dientes.

Y ella. Descalza. Con la ropa que llevaba ese día. La remera arrancada, manchada de algo oscuro que podía ser barro o sangre o las dos cosas. Su cuero cabelludo colgaba a un costado como un trapo. Donde alguna vez brillaron sus ojos y su sonrisa, solo había huecos.

Me miró desde esos huecos.

Yo retrocedí. Por primera vez en mi vida retrocedí ante algo. Extendí las manos, no para abrazarlos sino para detenerlos, para pedirles que se detuvieran, que me dieran un segundo, que me escucharan.

No venían a escucharme. Avanzaban desarticuladamente, como si alguien hubiera cortado sus hilos. Sus rostros ya casi rozaban el mío, invadiéndome con su olor a muerte, mientras mis brazos abiertos como alas inútiles me dejaban caer. Y así terminé al pie de la escalera, donde estoy ahora. Donde los sigo viendo.

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