Luz
Luz y la neblina. El frío del páramo no es solo una temperatura; es un peso que se...
arrow_forward LeerBella tenía un don. Desde muy pequeña había sentido la carga de esa responsabilidad. Un legado que la acompañaba desde el primer latido de su corazón, cuando su mundo se reducía al vientre materno.
Aunque su madre ya no estaba, la sentía tan cerca que casi podía abrazar su presencia. Aquella voz sin aristas se percibía como una melodía difícil de olvidar...
«Eres un ángel —le repetía—; un ángel muy especial, mi querida Bella. Ven, pequeña, mira el mundo que te rodea. Aprende a observar, a distinguir la verdad de la mentira (...).
»¿Ves cómo se retuerce? Sabe que todo esfuerzo es inútil, pero se niega a reconocerlo. Pronto llorará, nos implorará, maldecirá, gritará… pero al final, todos se derrumban. Y cuando eso suceda podrá liberarse de sus pecados. Uno a uno te los irá contando, Bella; entonces estará listo para marcharse de este mundo.
»El dolor purifica, los acerca a la luz. Tienes que aprender, querida; no apartes la mirada mientras te enseño dónde y cómo debes aplicar el bisturí. Aprende a separar la piel de la carne, a localizar los nervios, a desmembrar cada falange sin que se desmayen. Y, sobre todo, aprende a mostrarles lo que está por venir, para que comprendan.
»Ven, pequeña, ahora prueba tú, mi ángel... Muy bien, que no pierda demasiada sangre. Sutura con grapas y, si es necesario, aumenta la velocidad de perfusión a 66. Mantenlo despierto; dale tiempo para contarnos todos sus secretos (...).»
Sí, aquella cálida voz siempre la acompañaba cuando iniciaba una nueva búsqueda. Sentía cómo mamá se retorcía en su interior, los bocados de advertencia, el despliegue de sus alas al avistar un monstruo. Mamá podía oler la podredumbre del alma. Daba igual el disfraz que utilizaran o la perfección de sus máscaras: ella siempre captaba ese olor.
El coto de caza de Bella no era las cloacas del inframundo. Sabía que las almas corruptas que pudiera encontrar allí acabarían pagando con creces el camino elegido. El destino de sus moradores estaba decidido de antemano. Traficantes, proxenetas, pandilleros… no requerían de su talento ni de su tiempo.
Bella escogía sus manzanas en otros cestos, de entre fruta lustrosa y exquisita, donde la herrumbre arraigaba oculta tras el brillo de la apariencia. Sin duda, el barrio donde se hallaban ahora era lo que todos llamarían un buen vecindario. Allá donde miraba, el paisaje se repetía: calles amplias, limpias, seguras, de casas grandes y ajardinadas, donde era habitual ver gente, simplemente, disfrutando de su suerte. Un lugar para ver crecer feliz a una familia.
Una de esas casas era el destino de Bella. Llevaba un rato observándola. Era una mansión de doble planta y buhardilla, de estilo colonial, con un frontón extendido hacia delante que hacía las veces de porche cubierto. Una amplia escalinata de ocho peldaños conducía a la puerta principal, orlada por cuatro columnas blancas. Mientras aguardaba, podía escuchar a mamá, manteniéndola alerta, marcando los tiempos para no errar. Bella sabía quién vivía en aquella casa, y sabía también quién era la mujer que estaba en la puerta rebuscando en su bolso y en los bolsillos de su abrigo: era un Alma por purificar
Le bastaron tres pasos para salir de entre las sombras, y tras unos instantes decidió presentarse con su sonrisa infantil impresa en el rostro.
—Buenas tardes —dijo Bella desde el pie de la escalinata, con la voz justa para no parecer impaciente—. Creo que me estaban esperando. Vengo de la Agencia. Me llamo…
El Alma, tras un breve respingo, se giró sorprendida, recomponiendo el rostro
con una rapidez ensayada.
—Anna, ¿verdad? Perdona, querida, no te había oído llegar. —La miró de arriba abajo con una sonrisa que no alcanzó los ojos—. Qué puntual. Eso siempre dice mucho de una persona.
—El autobús ha llegado antes de lo previsto, No quería molestar, así que esperé un poco.
—Molestar… —repitió el Alma, como si la palabra le divirtiera—. No, no, en absoluto. En esta casa nos gusta la gente que sabe esperar. Además, así podrás conocer al abuelo antes de que lleguen los niños. No sé qué le pasa a este hombre, cada vez está más sordo.
El Alma volvió a hurgar en el bolso.
—Dejamos una llave escondida para estos casos, pero alguien la habrá cambiado de sitio. En esta casa todo el mundo toca lo que no debe. Por fortuna llevo una en el bolso. ¡Aquí está! —exclamó.
Tras abrir la puerta, Bella sintió cómo, desde lo alto de la escalinata, el Alma repasaba cada centímetro de su cuerpo.
—Vamos sube, Anna. Empieza a hacer frío.
Bella la siguió con una sonrisa. Debía mostrarse despreocupada, aunque escuchara ahora con más fuerza los susurros de mamá:
«Los ángeles no dan miedo. Deja que te vean así, ingenua, pequeña, dócil. Sé presa, no cazador, hasta que tengas a la bestia postrada. Y, sobre todo, no te confíes, mi pequeña. Presta atención a cada detalle y nunca dudes».
Una vez dentro, el Alma cerró la puerta con una rapidez que no pertenecía a una bienvenida. Bella oyó el chasquido de la cerradura.
—No te asustes. Costumbre. En los buenos barrios también conviene cuidar la seguridad.
—Claro
—Los niños han salido un momento con su padre. Volverán enseguida (una mentira). Como le dije a la Agencia, necesitamos una chica con experiencia, que sepa manejar a un par de chicos revoltosos. La anterior nos duró menos de lo que esperábamos (una risa forzada).
—Puedes dejar la mochila ahí —dijo el Alma, señalando el banco del recibidor—. No la vas a necesitar para ver la casa.
Bella bajó la mirada hacia la correa que le cruzaba el pecho.
—Prefiero llevarla conmigo.
Estas últimas palabras las pronunció con una cadencia distinta. Si el Alma no hubiera estado tan segura de su victoria, de que nada podía salir mal, quizá se hubiera dado cuenta de ello, y del velo de oscuridad que cubrió los ojos de Bella en esos instantes.
—Como quieras —respondió el Alma sin darle importancia, para seguidamente cambiar de tema—: La agencia nos dijo que es tu primera vez con ellos, pero tus referencias son excelentes. Espero que mis niños no te vuelvan loca. Cuando se lo proponen, son… insufribles.
—Estoy acostumbrada.
—Eso dicen todas al principio.
—Supongo que necesitan normas como todos los niños.
—Exacto —El Alma pareció complacida—. Los niños necesitan límites y al abuelo ya le cuesta hacerse con ellos, aunque él no lo admitiría jamás. Es un coronel de los de antes, de “ordeno y mando”. Y los militares no se jubilan nunca. Ten paciencia. Al abuelo le cuesta seguir el ritmo de los críos, y necesitamos a alguien como tú para cuando se los dejamos.
Los ojos de Bella, risueños, sus expresiones inocentes chocaban con su imagen: vestimenta rebelde, cabeza rapada, y el gran tatuaje que atravesaba su espalda, asomando por encima y por debajo de su breve camiseta. Parecían un par de alas negras.
El alma reparó en el tatuaje y ladeó la cabeza con una curiosidad demasiado lenta.
—Ven, Anna. Te enseñaré la casa antes de que lleguen los demás —dijo el Alma con tono despreocupado.
La llevó por habitaciones demasiado limpias, por pasillos donde todo parecía colocado para ser visto y no tocado.
—¿Dónde se habrá metido ese viejo gruñón?... ¡Ah!, seguro que está en el nuevo cuarto de juegos. Es una pequeña sorpresa. El abuelo lo preparó para que los niños tengan su rincón secreto. Serás la primera en verlo, tiene un montón de cositas con las que divertirse (una verdad).
Era una casa grande, con tres alturas y sótano. Todo impecablemente limpio y ordenado. Una tenue melodía de jazz flotaba en el aire. Cada habitación, cada rincón parecían una secuencia de fotografías de una revista de decoración. Y, como en las revistas, solo se echaba en falta una cosa: la vida.
—Es preciosa —dijo Bella.
—Lo intentamos. Una casa dice mucho de quienes viven en ella.
—¿Y qué dice esta?
La mujer se detuvo un segundo. Luego sonrió.
—Que aquí cuidamos los detalles.
—Los detalles son importantes.
—Muchísimo. —El Alma volvió a caminar—. La mayoría de la gente no los ve hasta que es tarde.
De vuelta a la planta baja, observó un sinfín de fotos familiares que tapizaban la pared de la escalera. En varias pudo distinguir al Alma junto al coronel. Una llamó su atención. El abuelo vestía de uniforme, como en muchas otras, pero el paisaje, el lugar, era muy diferente. Creyó distinguir algo, pero antes de que pudiera observarlo más detenidamente, el Alma tiró suavemente de su mano...
—Ya lo mirarás con calma. Ese fue uno de los destinos del abuelo en África. Seguro que te cuenta después lo bien que se lo pasó allí... Pero ven. Quiero enseñarte el sótano antes de que lleguen los niños.
La condujo hasta la cocina. Al fondo, una puerta estrecha daba paso a una escalera empinada que descendía hacia la penumbra. Desde abajo subía un frío húmedo, lento, casi respirado, como si la casa tuviera allí su verdadera boca.
Bella bajó tras ella.
Con cada peldaño, la luz de la cocina quedaba más lejos. La oscuridad se espesaba, pegándose a las paredes desnudas. El sótano era enorme. Tres pequeños ventanucos filtraban las últimas hebras de luz de la tarde, que parecían consumirse por instantes, pintando en tonos grises cada rincón de la estancia. No había muebles, solo un montón de cajas apiladas sin desembalar. Y en la trasera, un armario y una sucesión de estantes a medio vestir que ocupaban toda la trasera de la pared.
—¿Lo ves? —preguntó el Alma, con un brillo diferente en los ojos.
Bella miró alrededor.
—¿El cuarto de juegos?
—Sí. El abuelo lo preparó él mismo. Está muy orgulloso.
El Alma señaló una de las puertas del armario.
—Se entra por ahí. El panel del fondo se desliza hacia la izquierda. Desde fuera no se ve nada. Esa es la gracia.
—Un escondite —dijo Bella.
—Un refugio —corrigió ella—. A los niños les encantan los lugares secretos.
—¿Y si quieren salir?
La sonrisa del Alma se tensó apenas.
—Entonces aprenden a esperar.
Bella sostuvo la mirada unos segundos.
—Entiendo.
—Venga, pasa. Los niños se van a llevar una buena sorpresa. Creo que acabo de oír el timbre. Voy a buscarlos. No tardo nada (Otra mentira)
Mientras avanzaba hacia la puerta, Bella percibía la excitación contenida del Alma, el martilleo de su corazón, las prisas por empezar a jugar.
El ratoncito estaba a punto de caer en la trampa...
Bella cruzó el umbral. Si alguien hubiera podido verle el rostro en aquel instante, quizá habría distinguido algo parecido a una sonrisa. No le costó deslizar el pesado fondo del armario ni encontrar el interruptor.
Pero no encendió la luz. La oscuridad era su amiga, y decidió abrazarla…
«Un..., dos..., tres..., cuatro…», contó el Alma extrañada. Ningún ruido, ningún gritito, ninguna señal del abuelo. Algo no iba bien, pero el Alma no entendía qué. La Agencia, hasta ahora, nunca había fallado, y el Coronel tampoco. Durante los últimos diez años todo había salido según lo previsto. Por cada cumpleaños, el abuelo recibía su “nuevo regalo”. Siempre en la misma dirección. Siempre para jugar en el mismo cuarto. Un cuarto que cada año él preparaba personalmente con un nuevo atrezo, y con la ilusión de sorprender al Alma, su compañera de travesuras. Ella sólo tenía que guiar a la chica hasta la habitación, y el Coronel se hacía cargo de recibirlas como se merecían. Con una sola descarga eléctrica solía ser suficiente.
Pero hoy algo había cambiado.
En la creciente oscuridad del sótano, un miedo inexplicable empezó a asfixiar al Alma, un temor que la erizó la piel. Percibía una presencia que no entendía, una presencia densa y fría que le impedía moverse. Quiso dar un paso atrás, pensar unos instantes, pero sus manos se movieron solas hacia el interruptor. Lo sintió frío bajo sus dedos y lo pulsó. Y tras un clic… LUZ.
Un fogonazo la cegó por unos instantes, y cuando la visión volvió, lo vio. ¡Qué coño era aquello! No podía ser… El Coronel estaba allí, tendido sobre la camilla. O lo que quedaba de él. Sus ojos ya no podían mirar, pero aun así pareció reconocerla....
Aquello iba mucho más allá de sus oscuras fantasías. Aún se movía... Su rostro, deshecho por una noche interminable, se volvió hacia ella y emitió algo parecido a un grito, un sonido gutural que la atravesó, rasgándole cada una de las células. Creía conocer los límites del horror, del dolor, del placer, pero ante aquello el Alma supo que era un simple aprendiz.
Antes de poder comprender, una aguja la penetró la carne del cuello, un pinchazo que de inmediato le nubló la mente. Las piernas le fallaban; intentó mantenerse de pie, salir de la habitación, aunque apenas consiguió dar un par de pasos. Al caer, pudo verla. Vio su cuerpo menudo, su sonrisa artificial, la jeringuilla en la mano, sus ojos vacíos. Incluso le pareció ver un par de alas negras extendiéndose como dos sombras que lo ocupaban todo, envolviéndola en un frío y aterrador abrazo…Sí, el Alma reconoció al ángel de la muerte y supo que esta vez jugarían con ella.
Bella cerró despacio la puerta insonorizada del inframundo. Olía a desesperación, a dolor, a vida. El débil crujir del suelo que pisaba, el dulce olor de la sangre, la excitaban. Se ciñó sobre su desnudo y lampiño cuerpo, el delantal de trabajo y esbozó algo parecido a una sonrisa ante la belleza del escenario que se ofrecía. En una sola noche había sacado todos los secretos del Coronel, y en verdad eran muchos. El Alma también hablaría, todos lo hacían, pero antes tenía que purificarla. Y esta Alma merecía días, tal vez de una semana, de su atención y habilidad.
—El dolor purifica... limpia los pecados —susurró Bella al oído del Alma, mientras la voz de mamá volvía a guiarla: «Muy bien, mi ángel, que no pierda demasiada sangre. Dale tiempo para contarnos todos sus secretos… y para expiar sus culpas. Muéstrale el camino. Muéstrale el sufrimiento...».
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