El Dije

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Ya perdí la cuenta de cuántas veces pasé por esa barda sin fijarme. La de la calle Díaz Ordaz, la del diablo pintado con spray rojo, cuernos chuecos, los brazos bien abiertos y una cola que se enrosca hasta abajo.

Uno de tantos grafitis que afean la ciudad. Hasta que un domingo de agosto, con ese calor que hace temblar el aire sobre el pavimento, juraría que el brazo del diablo se movió.Nomás un poquito, como si estirara el cuerpo.

Me reí de mí mismo. Es el calor, pensé, y seguí caminando al taller.

Soy joyero, el oficio que heredé de mi abuelo. Él siempre decía que la plata se porta distinto según de quién la agarre. Lo decía medio en broma, pero había algo de cierto en ello. El problema era que el abuelo soltaba cosas que no eran broma y a uno le llevaba años distinguir cuáles eran ciertas y cuáles no.

Esa noche soñé con la barda. En el sueño, el diablo ya no estaba pintado; estaba parado enfrente de mí con la misma pose tiesa del grafiti y detrás de él había una larga fila de gente que conocía bien: la tía Carmen que murió cuando yo tenía nueve años, el tío Refugio que se ahogó en la presa y el abuelo con las manos todavía manchadas de pulir plata, como siempre las tuvo.

Nadie decía nada, ni ellos ni el diablo.Nomás me veían hasta que desperté sobresaltado, lleno de sudor y con la boca seca.

Al otro día volvía a pasar por la barda y sentí que algo me oprimía el pecho.Ya no era el diablo lo que me daba miedo. Era la sensación de que alguien se me había metido en la cabeza.

Empecé a escuchar voces, la de mi tía Carmen mientras estaba en la cocina. Me decía que la tierra se iba a mover pronto, que lo sentía en los huesos aunque ya llevaba más de veinte años sin ellos. Me susurraba que tenía que cuidarme y que la única manera era hacer algo de plata con esa figura de la pared, algo que pudiera cargar conmigo.

Le pregunté bien quedito, para no sonar más loco de lo que ya me sentía, que por qué tenía que ser de plata.

Porque la plata se acuerda, me contestó. Se acuerda de las manos que la tocaron.

No sé si de verdad era mi tía. Quizás era el abuelo hablando con su voz, o si nomás era mi cabeza que andaba inventando voces conocidas porque necesitaba creer que alguien todavía cuidaba de mí aunque fuera en el más allá.

Agarré la libreta y comencé a dibujar. Primero ahí para sacar el molde, ya después directo sobre la lámina, calcando de memoria los cuernos chuecos, los brazos abiertos, la cola enroscada.

Estuve tres noches seguidas en el taller sin dormir. Fundí, laminé, corté con la sierra de calar hasta que los dedos se me cortaron de tanto filo. Recuerdo estar hablando solo explicándole al tío Refugio por qué el ángulo de la cola tenía que ir más cerrado para que no se me fuera a partir al soldar.

Terminé el dije ya bien entrada la noche del tercer día. Salió chiquito, del tamaño de una moneda de diez pesos, con el diablo grabado en relieve con los brazos abiertos como pidiendo algo. Lo pulí y pulí hasta que brilló bien bonito y me lo colgué al cuello con un cordón de cuero de color negro.

Esa noche no soñé con nadie. Dormí a pierna suelta, como no dormía desde hacía semanas.

El temblor llegó dos días después.

No fue de los grandes, solo se cayeron algunos trastes y se abrió más una grieta que ya traía el techo del taller, pero fue muy real y los noticieros no hablaron de otra cosa más que del temblor en todo el día.

Cuando sentí que el piso se movía bajo mis pies, cerré la mano sobre el dije y me quedé esperando, sin saber bien qué esperar.

No pasó nada, ni para bien ni para mal.La tierra tembló, se calmó y la vida siguió su curso rutinario como siempre. 

Ya no he vuelto a escuchar a mi tía Carmen, ni al tío Refugio ni al abuelo. El dije sigue en mi cuello colgando del cordón de cuero negro, ya un poco oscuro por las orillas, como se ponen la plata y los pensamientos por el tiempo.

Ayer volví a pasar por la barda grafiteada. El diablo sigue ahí rojo, torpe, con los brazos bien abiertos.

Pero le falta la cola.

Me quedé observándolo un buen rato esperando a que se moviera. 

Nada se movió, nada pasó.

El trazo se corta justo donde antes se enroscaba hacia abajo, como si alguien hubiera borrado esa parte con una lija. Al principio pensé que quizás había sido el sol, que la pintura se despintó ahí nomás, pero no. Solo la cola desapareció.

Bajé la vista al piso, no sé por qué, y ahí estaba. Pintada sobre el concreto con el mismo rojo, enroscándose bajo mis pies como si acabara de arrastrarse ahí y se hubiera quedado quieta solo porque yo llegué.

No sé cuánto tiempo me quedé como tonto mirándola, sin atreverme siquiera a pisarla.

Regresé corriendo al taller, con el dije brincándome sobre el pecho por lo rápido que iba. Cerré la cortina de un golpe y me quedé viendo la lámina donde grabé al diablo, buscando desesperadamente si también aquí faltaba algo.No le faltaba nada. Todo está completo, el molde está intacto con su cola y todo, tal cual y como lo dejé la última vez. 

Entonces, ¿por qué en la pared ya no está?

Esa noche no he querido ni dormir. Tengo la libreta enfrente de mí en la mesa de dormir y el dije apretado en el puño, esperando a oír la voz de la tía Carmen, del abuelo o del tío Refugio, esperando que me digan qué hacer.

Pero ni una voz, nadie dice nada.

Solo pienso en la cola pintada en el piso, apuntando hacia acá, hacia el taller, como si ya supiera para dónde caminar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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