Manchas En El Cielo.
Era la isla más marginada del planeta más solitario. Sucedian los tiempos tristes e...
arrow_forward Leer…AHORA ME TOCA A MÍ…
Tenía las manos sobre el volante, lo sujetaba con tanta fuerza y presión que parecía poder romperlo. En el coche siempre se sentía a salvo, lejos de miradas ajenas que pudieran incomodarla, pero hoy no lograba encontrar la paz que tanto ansiaba.
Encendió el cigarrillo con torpeza dándole una larga calada que inundó de humo nocivo sus pulmones, a la vez que intentaba que sus manos dejaran de temblar.
Por más que pisaba el acelerador, no se alejaba lo suficiente. Solo quería huir y que nadie la hubiese visto marchar y tenía claro que esta vez no volvería tan fácilmente.
El silencio se rompió con el sonido del teléfono. Miró la pantalla, era Javier, con la mano anuló la llamada. No hablaría con él bajo ningún concepto. Pero solo unos instantes después volvió a sonar saltando el contestador:
<<Clara, coge el maldito teléfono de una puta vez. Con esto ya no puedes huir. Llámame. Aquí ha pasado algo extraño y no es momento de excusas ni mentiras. Vuelve o dime dónde estás>>
Clara comenzó a gritar golpeando con sus manos el volante dando un volantazo teniendo que frenar en seco para no salirse de la carretera.
Respiró hondo tratando de recuperar el control. Asustada miró por el espejo retrovisor para ver si venía algún coche… Y entonces lo vio: el maletero estaba abierto. Intentó salir, pero el cinturón la frenó de golpe.
Aun temblando lo desabrochó, abrió la puerta, y un coche pasó a gran velocidad rozando la chapa.
El susto le sacudió el cuerpo entero. Todo empeoró cuando vio sus manos: estaban manchadas de sangre.
¿Sangre?
¿De dónde había salido esa sangre?
El coche no le había golpeado y su cuerpo parecía estar bien. No había lógica para lo que estaba viendo. Salió apresurada y fue directa al maletero. Respiró profundo al comprobar que todo estaba en orden.
Volvió al coche rápidamente, tenía que continuar con su huida. Cerró la puerta con urgencia, miró a ambos lados y aceleró continuando con su camino.
No soportaba ver la sangre en sus manos. No tenía donde limpiárselas así que usó su camiseta. Pero al mirarlas de nuevo estaban más manchadas.
Nerviosa descubrió que en su ropa también había sangre.
¿Cómo no la había visto antes?
Detuvo el coche para verse mejor. Entonces comenzó a gritar, llena de terror. Esa sangre no debía estar allí.
Miró su cuerpo con detalle observando algo que antes no había sido capaz de apreciar: Tenía grandes arañazos en sus brazos, su camiseta estaba rota por un lateral. Los nudillos le dolían y estaban hinchados.
Levantó su camiseta, se vio un morado en el vientre y fue cuando decidió mirarse en el espejo. Su cabello estaba alborotado, la pintura corrida en el rostro y varios arañazos más en su mejilla.
Ahora sí podía sentir el dolor. La opresión en su pecho. Abrió la guantera, sacó un bote de pastillas y se tomó dos de golpe para calmar sus nervios.
Solo quería huir. Y eso iba a hacer.
Arrancó el coche y comenzó a conducir sin dejar de llorar.
Algo fuerte habría tenido que ocurrir para tener esa cantidad de sangre. No podía concentrarse ni recordar nada; solo tenía la urgencia de huir.
El corazón ya le palpitaba con violencia. El habitáculo del coche parecía encogerse y ella menguaba con él. Las manos le sudaban y los mareos iban y venían. Encendió la radio, pero el ruido le alteró aún más. La apagó de inmediato, decidiendo que era mejor el silencio para pensar.
Pero su teléfono volvió a sonar, ella cortaba la llamada pero seguían insistiendo. Desesperada tiró el teléfono contra el asiento, revotó y cayó al suelo. Y entonces sonó otro mensaje en el contestador.
“Clara, ¡cógeme el puto teléfono! Pienso encontrarte donde quiera que te escondas. Eres un jodido monstruo y, como no aparezcas, cuando te encuentre pienso matarte con mis propias manos. Tendría que haberlo hecho antes…”
“¡Maldito bastardo!” ―Gritó, con las venas de su cuello marcadas por la presión―. ”No volverás a verme jamás.”
Se miró en el espejo retrovisor y observó los rasguños de su mejilla.
“Ya no cabe duda… no podía ser otra cosa. Me has pegado, maldito cobarde. Toda esta sangre y los moratones son la prueba de tu maltrato. No consigo recordar nada, pero quizás me pude escapar y me estás buscando para terminar lo que empezaste. Tengo que mantener la calma… está en juego mi vida y no te la voy a entregar”.
Aceleró tomando curva tras curva, alejándose de su agresor, pero un miedo sin forma le invadió.
Sintió que no estaba sola y miró por el espejo el interior del coche, pero no había nadie.
Estaba entrando en pánico.
¿Por qué se sentía observada si estaba sola?
¿Sería Javier?
¿Estaría escondido en el coche y no había podido verlo?
A tantas preguntas solo encontró una respuesta: pánico.
Frenó en seco volviéndose para comprobar que Javier no estuviese allí. Al ver que no era así, arrancó y continuó su huida desesperada.
El cuentakilómetros marcaba 120. La velocidad hacía vibrar el coche.
De la nada, una respiración fría le rozó el cuello. El escalofrió la paralizó expulsando un grito de puro terror. Intentó controlar el coche, pero había pisado el acelerador por error y, al llegar a una curva, dio un giro brusco e inesperado.
Las ruedas chirrearon en el asfalto y, sin control alguno, el coche salió volando por un terraplén dando varias vueltas de campana antes de frenar contra un árbol.
En el silencio total de la noche solo se lograba escuchar las ruedas girando aun por la inercia. El coche quedó volcado de un lado y el cuerpo de Clara colgaba del cinturón de seguridad.
Pasó un tiempo que no supo medir, hasta que las ruedas dejaron de girar, dando paso al silencio que envolvió toda la noche.
No había rastro de vida a su alrededor. Solo una vegetación espesa que cubría gran parte del coche, ocultándolo. Siendo muy difícil que pudieran socorrerla. A esas horas de la madrugada, ese lugar era un desierto.
Las luces delanteras se habían mantenido encendidas y eso le otorgaba un poco de luz y la esperanza de que alguien llegase a ver su coche.
Los minutos pasaban de forma alarmante y Clara no lograba despertar. Solo lo hizo cuando el fuerte olor a gasolina llegó hasta ella.
Sus ojos se abrieron con gran dificultad. No veía con claridad, pero iba adaptándose poco a poco descubriendo la situación en la que se encontraba.
El coche estaba volcado sobre la ventana del acompañante. El cinturón le apretaba el pecho con un dolor insoportable.
No podía respirar. Intentó moverse, pero tenía atrapado el brazo derecho con la palanca de cambio y el sillón. En el brazo izquierdo tenía trozos de cristales clavados que sangraban abundantemente. Sacó fuerzas de flaqueza y con la mano ensangrentada soltó el cinturón de seguridad y su cuerpo golpeó fuertemente contra el frontal del coche. Se dio con el volante en la cara y su cuerpo quedó tirado sobre el suelo y el sillón.
Su brazo derecho aún permanecía enganchado dejándola en una posición muy incómoda. Intentó soltarse, pero la palanca se había doblado rajándole la piel y dejándole una herida sangrante.
Ya no se atrevía a moverlo por el dolor. Se acomodó en el asiento cerrando sus ojos, solo quería olvidar la situación tan crítica en la que se encontraba.
El silencio con los ojos cerrados era más aterrador. Solo escuchaba su respiración jadeante. Volvió abrirlos para que la luz artificial de los faros le dieran un poco de calma y una falsa sensación de seguridad.
Cuando por fin pudo pensar con claridad… llegó a la conclusión de que tenía muy pocas posibilidades de salir por ella misma del coche. Que alguien pudiera ayudarla era una posibilidad poco probable. Gritar era lo único que podía hacer.
― ¡Auxilio! ¡Ayúdenme! Estoy aquí abajo. No puedo salir del coche y va a explotar en cualquier momento.
Gritó con todas sus fuerzas sin encontrar respuesta.
― ¡Ayuda! ¿Alguien puede oírme? Por favor, estoy aquí abajo, ayúdenme.
―No te va a oír nadie ―dijo una voz que parecía salir de la misma nada.
― ¿Quién hay ahí? Ayúdame por favor. Estoy atrapada.
Miró a su alrededor, buscando a la persona que le había hablado, pero no pudo ver a nadie.
― ¡Por favor! Si puedes oírme, ¡ayúdame! Estoy atrapada dentro del coche. ―Insistió, llorando con desesperación.
Gritó varias veces más hasta que el cansancio pudo con ella y el silencio ocupó el espacio. Pensó que quizás, por el pánico, había imaginado aquella voz. Había leído historias de experiencias sensoriales de ese tipo y no podía dejarse llevar por el miedo.
Pero ahora en la soledad más absoluta, escuchó como unos arbustos comenzaron a moverse de forma extraña. Siguió pidiendo ayuda.
― ¿Hay alguien ahí? Puedo oírte fuera, pero necesito ayuda, estoy herida.
No hubo respuestas.
―Ten compasión… no puedo moverme y me estoy desangrando.
Los arbustos volvieron a moverse bruscamente. Quién estuviera fuera, si no atendía a sus súplicas, no podía ser bueno.
Guardó silencio, esperando que no pudiese entrar en el coche para atacarla. Podría tratarse de un animal salvaje al acecho, atraído por el olor a sangre. Si entraba, estaba acabada.
Los arbustos dejaron de moverse, pero el corazón de Clara iba a toda velocidad.
Miraba de reojo a todos lados esperando ver llegar el peligro en cualquier momento. Volvió a intentar sacar el brazo de allí, pero cada vez la herida se hacía más profunda y la sangre salía con más fuerza.
Se detuvo para no desangrarse. Tomó un trozo de su camiseta y taponó la herida.
El sueño o el aletargamiento por la pérdida de sangre le estaba debilitando. No podía permitirse dormir: no sabía si volvería a despertar.
No supo cómo ni por qué, pero dejó de ver. Todo se volvió negro y su corazón se paró por puro pánico.
― ¡Dios! ¿Qué me está pasando? No puedo ver… —la mano que tenía libre se movía bruscamente buscando respuestas. Nada había cambiado, seguía dentro del coche, pero sus ojos ya no tenían visión.
Gritó como si su alma se escapase del cuerpo. Su respiración se aceleró incapaz de llenarle los pulmones. Justo cuando ya creyó enloquecer, la luz volvió a ella recuperando la vista de forma completa y repentina.
Estaba desesperada pensando que la muerte le acechaba. Recordó que el teléfono: si estaba en el coche podría salvarse, pero buscarlo era imposible.
― ¿Qué te ha traído a este lugar? ―Preguntó la voz, ahora dentro del coche.
Clara gritó enloquecida. Quería morirse en ese mismo instante. Miró a todos lados sin ser capaz de ver a nadie, cuando esa voz estaba allí.
― ¿Quién está aquí? No puedo verte.
―Tú solo contesta a mi pregunta. ―Insistió la voz. Clara solo podía gritar. Sentía que estaba perdiendo la cordura. Se estaba volviendo loca, allí no había nadie.
― ¡Contesta! ―ordenó la voz de manera tajante.
―Tuve un accidente cuando huía de mi novio. Él me hizo daño, me golpeó, quería matarme, por eso tratando de huir aceleré más de la cuenta y mi coche se salió de la curva. Pero… ¿quién eres? ¿Dónde estás? No puedo verte.
―Es mejor que no veas, sería peor para ti. Lo que debes hacer es dejar de mentir, tú sabes perfectamente donde estoy.
―No entiendo nada, no sé quién eres, ni puedo verte, ¿cómo voy a saber dónde estás?
―Sigues mintiendo de forma miserable y te mereces morir aquí tirada como el jodido monstruo que eres.
― ¡Márchate! ―Gritó Clara, llena de terror―. Esto es imposible. Aquí no hay nadie conmigo. Esa voz la tengo en mi cabeza por el estado en el que me encuentro.
Ya estaba perdiendo la poca cordura que le quedaba cuando la voz volvió a aparecer.
―Monstruo, vas a pagar todo lo que has hecho.
―Pero… qué locura me estás diciendo, si yo lo único que he hecho ha sido huir del maltrato de mi novio. ¿De eso también soy culpable?
―Quiero que sepas que a mí no me vas a poder mentir. No pienso alejarme nunca de ti. Me vas a decir la verdad ahora mismo o apretaré tu cuello hasta que dejes de respirar.
―¡Déjame! No sé quién eres y aquí no hay nadie, tú no existes, solo estás en mi cabeza por el trauma.
―Estoy detrás de ti.
Escuchar esa respuesta le hizo estremecer y se giró para comprobarlo pero detrás de ella solo había amasijos del coche accidentado. No había nadie, pero la voz con un suave murmullo le rozaba el cuello como prueba de algo intangible.
―¡Márchate! No me toques, déjame en paz. —Le dijo ahora sí llegando a sentirla algo más.
―No, no pienso marcharme a ningún sitio. Voy a presenciar en primera fila como mueres dentro de este coche y nada me va a hacer tan feliz.
Clara gritaba amedrentada pidiendo auxilio. No paró de gritar hasta que sintió como una presión imposible apretaba su cuello cortándole la respiración.
Se estaba quedando sin fuerzas y no podía luchar contra algo que ni veía. Intentó quitar esa presión de su cuello, pero allí no había nada que ella pudiera apartar, ni tocar. Cuando ya estaba a punto de darle la mano a la muerte y dejarse ir, la presión fue desapareciendo, dejando paso a la respiración otra vez.
―Respira, aprovéchate y toma aire porque no sé hasta cuándo te voy a dejar que lo hagas.
―Pero ¿qué te he hecho yo? Sal de mi cabeza y déjame tranquila.
―Eso mismo te supliqué a ti y ni me escuchaste. Ahora te toca pagar todo lo que me has hecho.
Clara estaba aterrada porque había sentido la muerte muy cerca.
―Sabes, las personas tan mentirosas como tú, llegan a tal punto de locura que cuando la vida no les va como quieren, empiezan a creerse sus propias mentiras. Eso es justo lo que te está sucediendo. No me he querido ir porque voy a hacerte pagar todo el daño.
―Yo no he hecho daño a nadie, ¿me entiendes? Me lo han hecho a mí. Me maltrataban, mira las marcas, mira mi cara, tendrías que estar ayudándome seas quien seas. Lo justo sería sacarme de aquí. ¿No crees que ya he sufrido suficiente?
―Eres el ser más inhumano y monstruoso que he tenido la mala suerte de cruzarme en mi vida. Vas a pagarlo todo aunque sea lo último que haga.
Tras esa amenaza el teléfono comenzó a sonar en mitad del silencio callando la voz que no dejaba de torturarla. Se dejó guiar por el sonido y por suerte encontró el teléfono. Era su amiga Andrea quién le estaba llamando y una sensación de esperanza le hizo descolgar el teléfono.
―Andrea, por favor, ayúdame. He tenido un accidente de tráfico. Estoy tirada en un barranco y, hay alguien en el interior de mi coche que quiere matarme. Parece la voz de una mujer, pero no puedo verla. Llama a la policía. Estoy en la carretera de la Puebla de la Sierra, al fondo de un barranco. Diles que vengan rápido. No sé cuánto aguantaré.
―Clara, ¿qué me estás contando? Por favor, tranquilízate, respira y dime cómo te encuentras. ¿Puedes salir del coche tú sola? ―Preguntó su amiga muy asombrada.
―Andrea, estás loca. ¿No me has escuchado? Que he tenido un jodido accidente. Me estoy desangrando y en el coche hay alguien que no puedo ver, pero que está intentando matarme, llama de una puta vez a la policía.
―Tranquilízate, joder, ¿cómo voy a llamar a la policía si tienes un puto cadáver en el maletero? Lo único que tienes que hacer es salir de ahí tan rápido como puedas, no pierdas más tiempo.
― ¿Qué dices Andrea? ¿De qué cadáver estás hablando? Me estás asustando. ¡Joder! Tú solo llama a la policía.
―Clara, que la has matado. Hace dos horas me llamaste contándome que le has dado un tiro en la cabeza a Estela y la llevas en el maletero.
Clara entró en pánico y comenzó a gritar, no podía ser verdad. Andrea no sabía ni quien era Estela. ¿Cómo podía estar mintiéndome así en un momento como éste?
―Deja de gritar y hazme caso, márchate de ahí… Me estás asustando mucho.
― ¿Pero quién es Estela?
―No me lo puedo creer. Clara, has tenido que recibir un golpe en la cabeza y por eso no recuerdas nada.
—¿Dime qué pasa?
—Clara, te lo advertí, pero tú no quisiste hacerme caso. Estela no tenía la culpa de que Javier te abandonase, pero tú no podías quedarte quieta, te comían los celos y tú… Clara, Estela es la nueva pareja de Javier. Hace dos horas me llamaste para decirme que tuviste una pelea con ella muy fuerte y le habías pegado un tiro en la cabeza. Me afirmaste que llevabas su cuerpo en el maletero y que la ibas a enterrar en el bosque más solitario. Eso es lo último que sé de ti, y como no me llamabas me asusté y te llamé yo. Por favor, sal de ese puto coche.
Sin poder terminar la conversación el teléfono móvil se le cayó de la mano.
La vida de sus ojos se esfumó en un instante.
Aterrada volvió a mirar al maletero que seguía cerrado, pero las imágenes de lo ocurrido le comenzaron a llegar a la cabeza torturándola. La pistola, Estela, todo era verdad. Se vio cerrando el maletero con el cuerpo de Estela sin vida en el interior: por eso lo cerró tan rápido, de ahí la sangre en su ropa y cuerpo, los arañazos no fueron en defensa propia.
― ¡Dios! ¿Qué está pasando? ―Gritó Clara fuera de sí.
―Yo te lo voy a explicar. Como un vulgar ladrón te colaste en mi casa, me atacaste a traición y tras hacerme suplicar mil veces por mi vida, sin importarte, me pegaste un tiro certero en la cabeza que me mató en el mismo instante. Sin escrúpulos me metiste en el maletero de tu coche con la intención de esconderme de por vida y hacer sufrir a mis seres queridos, pero… AHORA ME TOCA A MÍ y aquí estamos, tú y yo, y la muerte de mi lado.
― ¡No me mates! ¡Por favor! Te lo suplico. No sabía lo que estaba haciendo. Estaba cegada por los celos que no supe controlar. Debía estar en un estado de enajenación mental. Nunca quise matarte. No me hagas daño y sal de mi cabeza, ¡por favor, te lo pido!
―No ando en tu cabeza, no tengo que salir de ella porque estoy justo detrás de ti, ya te lo dije antes. ―Intentó moverse y huir, pero ahora esa presión la sentía en sus brazos y piernas sin poder moverse. ―Pero tranquila, no voy a matarte. Voy a hacer algo aún peor, atormentarte el resto de tu miserable vida. ―Clara intentó gritar, pero tampoco le salía la voz. ―No te esfuerces, tengo el control completo sobre ti. A partir de ahora hablarás solo cuando yo te de permiso. Te haré daño una y otra vez hasta que llegues a sentir todo el dolor que yo sentí al verte apuntando a mi cara con esa maldita pistola con la que me robaste la vida sin rastro de compasión en tus ojos. ¡Uy! Ya estoy sintiendo como la locura empieza a alcanzarte, también el terror, la angustia, el dolor, pero quiero que sepas que eso no va a ser nada con lo que te queda por vivir. Ahora vas a notar un peso tremendo sobre tus pies, piernas y brazos. Sí, eso que estás sintiendo soy yo: mira a la ventana y podrás verme.
Clara se giró y pudo ver su cuerpo reflejado en el cristal y frente a ella estaba Estela a un palmo de su cuerpo y comenzó a explicarle que sería su vida a partir de ahora:
—Mis manos te rodearán el cuello cortándole la respiración para luego devolvérsela. Como hago ahora, me subiré sobre tus pies para no dejarte moverlos, ni dar un solo paso. Cuando me apetezca arquearé las rodillas para golpearte el estómago y generarte un dolor profundo que los médicos no comprenderán. Cuando me canse de estrangularte una y otra vez, mis manos soltarán tu cuello para arrancarte los pelos uno a uno y destrozaré tu piel con pellizcos. Desgarré tu cuerpo muy lentamente hasta que solo desees morir>>
Esa imagen de la ventana, grábala en tu cabeza porque eso es lo último que vas a ver. Voy a posar una de mis manos en tus ojos dejándote ciega el resto de tu vida. Solo las quitaré para que veas mi cara pegada a la tuya cada vez que los abras y, cuando te vuelva a dejar ciega, te torturaré con mi voz día y noche.
Y lo mejor es que solo tú vas a saber el verdadero motivo de tu ceguera, de tus dolores y de la locura de mi voz que te torturará. Los médicos te harán miles de pruebas pero con ninguna encontrarán tu dolencia ni la cura que necesitas.
Todos pensarán que estás loca, pero tú sabrás que soy yo. Dormirás lo justo para no morir, y cargarás conmigo el resto de tu miserable vida. Acabaré destrozando tu espalda, tu cuerpo por el peso del mío fallecido y lleno de tu culpa. Voy a volverte loca e impediré que te quites la vida.
Te juro que cuando llegue tu muerte natural: que espero que tarde muchos años, porque te haré sufrir cada uno de ellos. Ese día te estaré esperando para vernos frente a frente.
Clara estaba paralizada. Muerta en vida. Mientras miraba la imagen de esa mujer tan pegada a ella, sintió como una mano se posó sobre sus ojos. Eso fue lo último que pudo ver porque todo desapareció. No había luz, ni sombra, la única imagen que quedó en sus retinas fue la de Estela tan pegada a ella que no podía quitarse el olor a muerte.
Escuchó como el móvil hacía una llamada:
―112, ¿cuál es su emergencia?
Esa voz respondió.
―He tenido un accidente en la carretera Puebla de la Sierra Madrid, a la altura del kilómetro 120. Caí por un terraplén y no puedo moverme. Además, he matado a una persona y llevo su cuerpo escondido en el maletero.
―¿Cómo? ¿Señora a quién ha matado?
—Es Estela Prado, la novia de mi antigua pareja. Le he pegado un tiro en la cabeza sin compasión por celos enfermizos que sentía por ella. Iba a enterrar su cuerpo para que nadie la volviese a encontrar, pero he sufrido un accidente y no pude esconder su cuerpo. Vengan rápido, por favor, y sáquenme de aquí que no quiero morir.
La mujer que atendía la llamada sintió un escalofrío profundo al escuchar la declaración que le acababan de hacer y tuvo que respirar profundamente antes de poder contestar.
—Entendido, ya tengo su ubicación y la ayuda está en camino, no cuelgue si me necesita.
La voz no dijo nada más, solo colgó el teléfono.
― ¿Ya escuchaste? Saldremos de aquí muy rápido y lo mejor de todo, tú saldrás con vida para que yo pueda destrozártela. En escasos diez minutos nos habrán encontrado y nos sacarán sin la mínima dificultad. A ti te curarán y después irás de cabeza a una celda. Mi cuerpo lo enterrarán, lo llorarán, me despedirán con tanto amor como me lo merezco, pero después tú y yo pasaremos mucho tiempo juntas en una celda.
Sí, te van a detener por asesina, por matarme sin una sola razón. Mi cuerpo descansará en paz, pero mi espíritu se quedará a tu lado toda tu vida. Hoy tu karma te atrapó, monstruo indeseable…
“AHORA EMPIEZA MI JUEGO Y EL TUYO TERMINÓ”
FIN
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