Thriller

El Último Latido Por María José Luque Fernández

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El Último Latido Por María José Luque Fernández

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Sonaba insistentemente ese zumbido sordo que emitía el monitor cardíaco al que estaba enchufado Mateo, el hermano gemelo de Daniel;  se metía en su cabeza martilleándole: bip, bip, bip. 

Una maraña de tubos y cables lo mantenía con vida tras el accidente que ocurrió hace ya cinco largos días. Ese respirador obligaba a sus pulmones a realizar algo que ya no eran capaces de hacer por sí mismos.

Un coche, una lluvia torrencial y el hecho de esconder eternamente el fraude cometido en los negocios que conjuntamente llevaban los dos hermanos en su empresa familiar; millones de pesos habían sido desviados, desapareciendo en cuentas que solo uno de ellos conocía y que sabía iba a ser denunciado.

Daniel conocía perfectamente a su hermano Mateo, sabía que algo iba mal, ese silencio helado que cortaba la respiración, y que solo era roto por el chirriar de los limpiaparabrisas que apenas podían con el agua de la lluvia, les acompañaba en el viaje de regreso al hotel. 

Fue muy rápido, apareció un camión en la curva y perdió el control en un segundo. Tuvo que tomar una decisión importante; su mente calculó rápidamente y decidió girar a la derecha para que el golpe alcanzará a Mateo al impactar el camión sobre el lado izquierdo del vehículo. 

Un impacto brutal…

El sonido del metal deformándose acompañó los restantes minutos de la noche. Para cuando despertó, sangraba en la frente y tenía un agudo zumbido en el oído derecho. Mateo estaba irreconocible, el diagnóstico: “daño cerebral irreversible, sin recuperación posible”

Daniel respiró desahogadamente, estaba esperando esa noticia y ahora mientras firmaba los papeles para que Mateo fuera desconectado del soporte vital, planeaba cómo gastar aquellos millones robados, aunque sus ojos estuvieran llorosos y su rostro reflejara pesar por tan intensa pérdida. Mateo ya no podría denunciar su fraude; a medianoche sería desenchufado. 

Regresó Daniel a su apartamento, un ático lujosamente amueblado, pues necesitaba cambiarse de ropa y nada más cerrar la puerta empezó a sonar un pitido: bip…

Se quedó inmovil mirando hacia el pasillo, pero allí no había nadie y nada fuera de lo normal en el resto del apartamento sin embargo, seguía escuchando ese bip que le desagradaba enormemente. Pareció entender que el sonido estaba dentro de su cabeza como la noche del accidente, en el oído derecho, llevándose la mano hacia él. 

—No —Se dijo mientras abría nerviosamente la botella de whisky sin poder evitar que tintineara contra el borde del vaso. Temblaba y no podía evitar tener miedo; el whisky acabó derramándose sobre la encimera. 

No podía cerrar la mano y comenzó a sentir el entumecimiento de las yemas de los dedos, subiendo despacio hacia el antebrazo mientras el pitido no paraba de sonar, cada vez más fuerte.

Daniel se sintió mal y decidió asomarse al espejo del baño, encendió la luz y decididamente no le gusto lo que vió reflejado en él: era el rostro de Mateo, hinchado y cubierto de hematomas, con cortes de cristal en ojos y boca. 

Daniel retrocedió. —No eres real.

El reflejo sonrió mientras le dijo: —Elegiste la derecha.

La voz parecía llegar desde sus adentros y poesía la calma de Mateo.

—Siempre fuiste bueno calculando pérdidas y ganancias.

Daniel tuvo que agarrarse al lavabo .—Cállate.

—Solo hiciste una cuenta.

—Cállate.

—Tu vida por la mía.

Daniel intentó salir del baño, pero su pierna derecha no respondió y cayó de rodillas golpeándose contra las baldosas hecho que le hizo gritar pero no hubo sonido alguno, la mitad derecha de su cuerpo se había quedado inmovilizada. 

Se le comenzó a nublar la vista mientras el impertinente pitido aumentaba: bip, bip, bip y la respiración se volvía más agitada.

Miró como pudo el reloj y vió la hora: 23:59 minutos. «Un minuto y Mateo estará muerto, y todo se habrá acabado», fue su pensamiento, tal vez el último sin él saberlo.

Y el ritmo del bip se fue tornando más lento y, mientras Daniel intentaba arrastrarse hasta la puerta, fue dejando de respirar. En la oscuridad, al otro lado de la puerta, las luces parpadearon y una sombra se comenzó a extender  sobre las baldosas, cubriendo su cuerpo poco a poco.

La temperatura del baño descendió de golpe mientras se cerraba la grieta y se apagaba el sonido. 

Imágenes repetitivas en su cerebro: una curva, lluvia torrencial, un volante y un instante detenido en el tiempo mientras a kilómetros de distancia, la enfermera desconectaba el respirador de Mateo y se hizo el silencio dejando de latir el corazón de ambos hermanos gemelos en el mismo momento.

@María José Luque Fernández

 

 

 

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