Terror

Ruido Blanco

person Eta Carinae

Ruido Blanco

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Mi rutina es la misma todos los días: la alarma me despierta a las siete; me levanto para darme un baño, para lavarme los dientes. Me siento frente al tocador y peino mi pelo: negro, lacio, corto a la altura de los hombros, como el de las demás. Me coloco el uniforme: una blusa blanca con pañoleta azul a juego con la falda, recortada hasta las rodillas. Después los mocasines negros, lustrosos. Tomo el maletín y no me ocupo de mirar los libros que lleva dentro. Siempre son los mismos.

Salgo del dormitorio y veo a mi compañera de albergue pasar junto a mí.

—Buenos días, Yaoko —saluda.

—Buenos días, Megumi —le respondo.

Seguimos en silencio hasta la salida. Ella abre la puerta y espera a que yo pase para cerrarla. Al propio tiempo, el resto de nuestras compañeras sale de sus casas. Todas peinadas tan simétricamente como yo, con las faldas tan plisadas como la mía, con el maletín del mismo grosor. Las profesoras se unen al tropel estudiantil, también uniformadas, pero peinadas con un moño alto. Nunca he sabido diferenciarlas, pues excepto la señorita Naomi —nuestra profesora principal—, todas me parecen recortadas con la misma tijera. Y si la señorita Naomi no fuera la responsable de nuestra clase, de seguro que también tendría el papel que da forma a su cuerpo, mal emparejado.

La señorita Naomi nos saluda con la mano; nosotras inclinamos la cabeza. Pasamos a través del portón de la escuela y detengo mi mirada sobre una mesa cubierta por una lona añil, ubicada bajo las escaleras. A continuación, oteo la ciudad muda a nuestro alrededor. Las campanadas que anuncian el inicio de la primera clase les conceden un aspecto fúnebre a las casas recortadas con una tijera sin filo, a la cafetería con el letrero emborronado, a la tienda de uniformes garabateada a lápiz por un niño, a la parada de autobuses que se supone que utilizan las profesoras y que pareciera haberse dibujado con la tinta exangüe de un bolígrafo…

Somos cincuenta estudiantes y seis profesoras —si contamos a la directora—, según el cartel junto a la entrada de la primera planta.

—Va a comenzar la clase —me recuerda Megumi. Asiento y subimos las escaleras hasta el salón.

La señorita Naomi ya está junto al pizarrón, escribiendo el tema de la clase: «Cómo evitar ser persuadido por otra clase de ruidos. Introducción al ruido blanco». Ruido blanco. Es este lugar. La «otra clase de ruidos» suena como las casas desparejas, la cafetería borrosa, la tienda de uniformes chapucera, la parada de autobús difuminada... Ya los he escuchado antes. Siempre tenemos esta clase.

La alarma me despierta a las siete. Me doy un baño y me cepillo los dientes. Me peino el pelo: negro, lacio, corto a la altura de los hombros, como el de las demás. Me enfundo en el uniforme: una blusa blanca con pañoleta azul a juego con la falda, recortada hasta las rodillas; los mocasines negros. Tomo el maletín, siempre contiene los mismos libros.

Salgo del dormitorio y veo que Megumi sale del suyo.

—Buenos días, Yaoko —saluda.

No respondo.

Seguimos en silencio hasta la salida. Abro la puerta para que ella pase. Al propio tiempo, el resto de nuestras compañeras sale de sus casas. Todas son como yo. Las profesoras se bajan del autobús —que nadie sabe de dónde viene— y se unen a nosotras. Una profesora nos saluda, pero mi mirada está clavada en la mesa bajo las escaleras.

Me desvío de la formación en cuanto comienzan a sonar las campanadas. Todas se dirigen a sus clases, pero yo camino hacia la mesa. Tomo el borde de la lona y miro debajo con cautela. Dejo caer la lona en seguida y retrocedo un paso, con el corazón violentándome el pecho, sus tendones asiendo los tantos y las katanas que hay debajo de la lona para perforarme las arterias. Cuando descubren que ni las hojas más afiladas pueden hacerme daño, se colocan tras el gatillo de los rifles y escopetas e incluso me lanzan un flecha. 

Retrocedo aún más, tambaleante. «¿Por qué hay armas en una escuela?», me pregunto, mientras mi corazón vuelve a blindarse, más fuerte con cada flecha y cada bala. Regreso a la mesa. Siento una mano que se acomoda sobre mi hombro.

—Va a comenzar la clase —dice Megumi a mis espaldas. Imagino que sonríe, ingenua, como de costumbre.

Mis manos se mueven por instinto, arrancando la lona de su sitio y aferrando la primera daga que veo. Me doy la vuelta y la clavo en el pecho de Megumi, en su corazón, que a diferencia del mío, está blindado sólo con ruido blanco. 

La sangre me salpica el rostro y el uniforme. La chica cae en mis brazos y de su boca escapa un sonido que me recuerda a los eructos. Oteo todo a mi alrededor para comprobar que no haya nadie antes de arrastrarla al incinerador, que queda detrás del gimnasio. 

Los músculos de mis brazos y piernas se tensan al levantar el cuerpo y arrojarlo dentro del tambo. Presiono el botón y Megumi se prende con un chispazo. 

Regreso a casa para cambiarme la ropa, pero cuando paso junto al cartel, sólo somos cuarenta y nueve estudiantes.

Me levanto antes de que suene la alarma. Me uniformo. A la hora de siempre, salgo del dormitorio. Esta vez no veo a Megumi salir del propio. Abandono la casa y me uno a mis compañeras. Cuando suenan las campanas, me dirijo a la mesa y la destapo. Me hago con dos tantos y dos cartuchos correspondientes al rifle de asalto que me cuelgo del hombro. 

Subo las escaleras hasta la clase y veo a la señorita Naomi explicando qué es el ruido blanco, otra vez. Ni siquiera se ha percatado de la ausencia de Megumi. Abro la puerta de cristal con delicadeza. Mis manos buscan el gatillo del rifle como si ya hubieran hecho esto antes. La profesora y mis compañeras apenas me dirigen una ojeada, como si no pudieran procesar que algo ha cambiado en mí. Hasta que comienzo a dispararles.

El cristal de las ventanas salta en esquirlas tan pequeñas que se confunden con partículas de polvo y gotitas de sangre. Cuando termino, la boca de cañón está hirviendo y el hombro me late por el retroceso.

Miro al pasillo, esperando que las demás estudiantes salgan por el escándalo, pero sólo hay silencio: ruido negro. Demasiado ruido negro.

En eso, una estudiante sale del baño y camina de regreso a su clase, pero me ve y se detiene en seco. «Sangre», murmura, señalando mi blusa. Comienza a correr en la dirección contraria. Me cuelgo el rifle al hombro y salgo tras ella, con una mano en el tanto. Sé que podría pegarle un tiro en la cabeza, pero prefiero rajarle la garganta. Antes de que pase frente al próximo salón, logro alcanzarla y hacer de su cabello —negro, lacio, corto, como el mío—, un puño para sujetarla. Abre la boca para gritar, pero para entonces ya tiene una línea escarlata e irregular dibujada en su cuello. La sangre salpica en un chorro ascendente mientras la estudiante se derrumba conmigo. 

Las campanas comienzan a sonar, su dulce melodía filtrándose a través de todos los corredores para anunciar el descanso de diez minutos. «¿Ya es hora?». Levanto la mirada al reloj, al final del pasillo, sólo para darme cuenta de que las campanas se han activado antes de tiempo. 

Un grupo de chicas sale del salón próximo a mí, y al cadáver. La que camina al centro es la primera en percatarse de la sangre, por eso se cubre la boca y pronuncia un «Yaoko» en voz baja. Mi entrecejo se constriñe, pues soy consciente de que no la conozco: no sé su nombre, ni reconocería su rostro de verlo en otro lugar fuera de la escuela. ¿Acaso hay un lugar más allá del ruido blanco?

Las demás estudiantes imitan a la primera y corren junto a ella para llamar a la profesora, quien no tarda en salir del salón. Pero entonces, ya estoy de pie y con el rifle preparado. Con un disparo derribo a una de las chicas, pero la profesora se me abalanza antes de que pueda apuntarla. Me arrebata el arma con una destreza experta y me agarra un mechón de cabello que se queda en su mano cuando echo a correr hacia las escaleras.

Bajo tan deprisa que soy víctima de dos traspiés consecutivos. Por suerte, llego a la mesa de las armas, con la profesora pisándome los talones. Agarro lo primero que veo: una ballesta. Le disparo una flecha que le roza el hombro, y esto no le impide derribarme.

Caemos juntas al suelo y me retiene con sus rodillas a los costados. Cuando veo sus ojos dejo de forcejear. Los iris han comenzado a deslizarse como los símbolos de un tragaperras hasta transformarse en unas equis brillantes y prohibitivas, muy rojas.

La alarma me despierta a las siete; me levanto para enfundarme en el uniforme, pero no anudo la pañoleta. Me siento en la cama a esperar que sean las ocho menos un cuarto de hora para salir del dormitorio. Cuando lo hago, Megumi sale del suyo al mismo tiempo. «No puede ser. La cuenta se ha reiniciado». 

—Buenos días, Yaoko.

Me retiro la pañoleta del cuello y con rapidez me coloco detrás de Megumi para asfixiarla. Su última bocanada de aire me suena una vez más a un eructo. Cuando cae al suelo, con la piel del rostro amoratada, no me molesto en levantarla y llevarla a un lugar más discreto. Nadie vendrá a esta casa, porque para las cuatro de la tarde —hora en que terminan las clases—, todas estarán muertas. 

Me recoloco la pañoleta en su sitio y tomo el maletín de Megumi. Una vez fuera, me uno a las estudiantes, algunas de las que abaleé el día anterior. Por ello, no me sorprende que el cartel aún exhiba el número cincuenta con orgullo. Tengo que hacerlo todo otra vez, cuidándome de la sangre, pero no puedo ir asfixiando a estudiante por estudiante. Jamás terminaría. Y luego están las profesoras, con mayor resistencia que ninguna de las chicas. He de acabar con ellas primero.

Tomo un desvío hacia la mesa bajo la escalera. Las armas han cambiado de sitio, y algunas han desaparecido, o sido intercambiadas por otras, tanto de gama alta como baja. Hay una granada que encierro dentro de mi mano, donde la siento fría y letal. Regreso a la fila de estudiantes, veo que las profesoras vienen detrás, también en grupo, porque han bajado del autobús. Me arrimo a una de las muchachas, la tomo del brazo cuya mano sostiene el maletín y le pregunto su nombre, por lo cual me observa confundida.

—Madoka. ¿Te conozco? —me dice, pero para entonces, ya he colado la granada en su maletín.

Hago como que voy a abrazarla, pero en realidad la empujo contra las profesoras, quienes frenan su caída.

Salgo corriendo hacia las escaleras y me cubro con ellas cuando la granada estalla, haciendo diluviar trozos humanos sobre todos por igual. Los gritos también vuelan por los aires, junto con la cabeza de la señorita Naomi, que rueda hasta detenerse junto a mis pies. Salgo de detrás de las escaleras y restriego mi mano contra la pared ensangrentada. Ahora todas las estudiantes que han sobrevivido están uniformadas con la sangre de sus compañeras y profesoras. A nadie le importará que yo manche mi falda con la de ellas. Aunque, si todas las profesoras han muerto, ¿qué más da?

Las armas salieron volando de la mesa con la explosión, por lo que están repartidas sobre la hierba como piezas de un rompecabezas que debo completar. Encuentro la katana y luego su wakizashi, que sostengo en empuñadura inversa por instinto. El daishō: ¿cuándo aprendí a usarlo?

Avanzo hacia las estudiantes conmocionadas, quienes pese a lo sucedido, ignoran la presencia de mis armas. Esto me facilita acortar nuestras distancias y rebanarles el cuello a unas cuantas antes de que el resto comience a huir. Las campanas interrumpen el ruido rojo de la sangre para dar comienzo a las clases. Y por algún motivo, sé que el resto de las estudiantes irá a sus salones correspondientes en lugar de buscar un sitio dónde refugiarse. Porque dentro de sus cabezas solo hay ruido blanco.

Leo el cartel: treinta y cinco estudiantes con vida. Comienzo a subir las escaleras, a entrar a los salones, a desmembrar a las estudiantes con la hoja de mi katana. Hasta que toca la campana de los diez minutos de descanso. Las tres chicas de la última clase salen corriendo, con sus uniformes escarlatas, con sus cabellos negros y enredados con trocitos de carne. Al verme, se precipitan hacia las escaleras; yo camino detrás de ellas.

Una vez fuera del edificio, echan a correr hacia el gimnasio, en el otro extremo y a través del campo de tenis. Hago rotar el mango de la wakizashi como si se tratara de un bolígrafo entre mis dedos y la lanzo. Impacta en el cráneo de una de las estudiantes y esta cae sobre la hierba. Sus compañeras continúan huyendo, sin siquiera mirarla.

Exhalo una bocanada de aire y me preparo para perseguirlas. Pero ya estoy tan cansada… Así que opto por arrojar la katana. Su hoja corta el aire horizontalmente, como la cuchilla de una máquina gigante que al pasar junto a las estudiantes, las divide por la mitad con un chasquido húmedo. 

Las nubes del cielo comienzan a parpadear de forma extraña, como una pantalla que ha perdido la señal. Luego no son sólo las nubes, sino también las edificaciones a mi alrededor, la hierba cubierta por gotitas de rocío y otras también muy rojas. El mundo en torno a mí se ha convertido en un panel fraguado por rectángulos parpadeantes. El ave que alguna vez cantó desde un árbol se apaga, y todo se sume en el ruido blanco.

El escenario se queda a oscuras por un instante brevísimo. En seguida, todo vuelve a iluminarse. La gente colma las gradas entre aplausos, silbidos y palabras inentendibles. De repente soy consciente de todos los reflectores y la sangre que se seca sobre mi piel. 

—¡Aquí lo tenemos, señoras y señores: la cuarta y última contendiente acaba de librar su batalla más personal —habla un hombre desde las gradas, con un micrófono frente a la boca—, y es hora de que se una al verdadero torneo!

Los rincones más sombríos de la arena se aclaran para revelarme a otras tres personas que, como yo, están cubiertas de sangre. Uno tiene un hacha y un pico, otra unas pistolas duales, otro un sofisticado arco con explosivos atados a las flechas.

Yo olvidé traer mis espadas.

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