Taller

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Era otra tarde más en el taller, una tarde que pesaba más que cualquier otra.

En una de las mesas de un aula trabajaban los dos amigos. Sobre la mesa, dos sierras, dos martillos y dos soldadores. Por la ventana entraba un sol abrasador que iluminaba las caras de Pablo y Ramiro.

Hacía un mes no hablaban, pero esa tarde, el aserrín y los clavos parecían reconstruir esa amistad perdida.

Pasaron los minutos cuando de repente el calor se empezó a hacer sofocante para Ramiro, primero en las piernas, después los brazos y el pecho, por último, la boca. Se tiró al piso del taller, tal vez porque estaba frío o tal vez para intentar buscar ayuda en los cielos que la cara de Pablo le impedía ver.

Pablo estaba tranquilo, miraba a Ramiro con unos ojos inexpresivamente fijos, disfrutando del calor que él amaba y que para su amigo era una tortura.

En un momento el soldador cayó al piso, Ramiro lo quiso tomar, pero lo sorprendió un golpe de martillo en el medio de la frente.

El timbre sonó, Pablo devolvió todo al pañol, una sierra, un martillo, un soldador. Se fue a su casa, esta vez con su caja de herramientas un poco más pesada y no volvió a la escuela al día siguiente, ni al día siguiente del día siguiente.

Hoy un chico de primero se para en el piso frío pintado de rojo oscuro de esa aula. Sobre la mesa, la sierra, el martillo y el soldador. 

 

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