Ariel Coronel

Microrrelato

Amigos Son Los Amigos

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Amigos Son Los Amigos

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Amigos son los amigos
Por: Ariel Coronel

 

Despertar del coma para Sergio no fue lo mejor que le pudo haber pasado. En cuanto estuvo más
estable, recibió la peor noticia. Su mujer y su hijo habían fallecido en el accidente
automovilístico.
La ciudad de Dolores se había conmocionado por la tragedia en la ruta. Una rueda de un camión
de nafta se había desprendido y salió disparada hacia el pavimento, impactando de lleno en la
trompa del Volkswagen Bora. El auto perdió el control, y terminó volcado en un campo, a unos
20 metros de la “autovía 2”. Un helicóptero del municipio trasladó a los ocupantes al hospital
Municipal San Roque, pero poco pudieron hacer los médicos del lugar.
Sergio quedó hospitalizado y en estado comatoso durante dos meses. Le habían amputado una
pierna y tenía la columna rota. Despertó de un sobresalto en la madrugada ante la corrida de los
médicos y enfermeras.
Los días que vinieron después, fueron su peor pesadilla. Los recuerdos de su familia, en especial
de su hijo. Hubo Psicólogos, sacerdotes, mordazas, sedación, calmantes, antidepresivos, y todo
lo que estuvo al alcance de los profesionales para convencer a Sergio de que tenía que seguir
viviendo.
- ¿Usted podría vivir así? - Les decía a los médicos.
La enfermera del turno mañana, se había encariñado mucho con el. Conocía su historia desde el
inicio, y lo había atendido durante los meses que estuvo en coma. Esther siempre decía que no
quería que despierte nunca para no tener que enterase de la pérdida de su familia. Ella le pasaba
dulcemente un paño húmedo por la frente los días de calor, y embebía un algodón en agua para
mojar sus labios. Acomodaba sus sabanas y apagaba la luz hasta el otro día.
Estaba conectado a aparatos que monitoreaban su día a día. No podía mover el cuerpo,
solamente su cabeza. No quería ver la televisión, ni escuchar radio. Solo mantenía alguna charla
con Esther, cuando le daba de comer o lo bañaba.
Sergio mandó a llamar a sus íntimos amigos. el gordo “Morsa”, “Tito” y Ricardo. Si bien sus
amistades fueron a visitarlo, nunca habían coincidido los tres el mismo día.
“Morsa” tenía una verdulería. “Tito” era taxista, y Ricardo, abogado.
Llegaron a la mañana y aguardaron en la sala de espera.
Los cuatro siempre fueron muy unidos, como hermanos. Compañeros de la escuela primaria y
secundaria, y de todo lo que vino después. Viajes, vacaciones, asados y bautismos. “Tito”, el
más sentimental, decía que, si un “soldado caía en el campo de batalla, había que levantarlo
entre todos”.

“Morsa” era el más “tránsfuga”. Él era un “desfachatado”, el de las bromas pesadas y chistes
desubicados
-Pueden entrar. -dijo Esther la enfermera.
-Les pido un favor, tienen solo media hora para quedarse, ya no se permite el ingreso de a tres, y
traten de no levantar la voz. – Les advirtió.
Entraron todos juntos. Sergio estaba dormitando, con una mascarilla de oxígeno, y la cabeza de
costado.
- ¡Que haces asesino!, -gritó “el gordo Morsa” parado en los pies de la cama, con una sonrisa y
los brazos abiertos.
Sergio abrió los ojos sobresaltado, e hizo señas para que le retiren la máscara.
-Muchachos, cuanto me alegro de verlos, gracias por venir. –Dijo un poco fatigado
- ¡No pasa nada, animal! - Dijo el gordo, revolviendo su pelo y despeinándolo todo.
Ricardo lo apartó del brazo un segundo y le habló en voz baja contra la ventana.
-Terminala con lo de “asesino”, “animal”, “monstruo”, o te sacamos afuera. - ¿No sabes que
está muy sensible? –¿Sos boludo?
-Lo digo cariñosamente Ricky, ya me conoces. El gordo miró para abajo y asentó con la cabeza
como un hijo lo hace, cuando su padre lo está retando.
-Cuanto me alegra que estén los tres juntos. -dijo Sergio. Como en los viejos tiempos.
Empezaron a recordar anécdotas de chicos, rieron un rato. La enfermera entró varias veces
haciéndolos bajar la voz. Sergio decía que Esther, era muy buena, un amor de persona. “Morsa”
dijo que la “veterana” estaba buena, y le preguntó a Sergio, si ya habían consumado el acto
sexual, debajo de las sabanas.
-Tito querido, como estás, contame de tu familia, de vos. ¿Cambiaste el taxi?
-Está jodida la calle, pero sí, lo cambié, estoy pagando uno nuevo. Contestó Tito.
-Vos siempre tan sentimental, dijiste cuando compraste el primer “taxímetro” que no lo ibas a
vender nunca, que lo amabas, lo que te costó deshacerte de esa “chatarra”, le dijo Sergio.
- ¿Y vos Ricky?, mi abogado, ¿siempre defendiendo “lacras apestosas”? -río Sergio.
-Sí, ahora para hablar conmigo hay que pedir “audiencia”. Conseguí entrar en tribunales en un
juzgado de primera línea. –Aduló Ricardo. Aparte, “ya no sé dónde guardar tanta plata”, y a las
tres de la tarde estoy en mi casa, o en la de ustedes, “tontos”.
-Ya me cansé de hablar con “cuenteros”, -dijo Sergio. –Quisiera hablar con “trabajadores” de
verdad. -Contame de vos “Morsa”, - ¿Cómo va tu verdulería?
- ¿Este holgazán?, - ¿Trabajador de verdad? -Dijeron todos.
-El gordo este, trae la verdura a la mañana del mercado, se la deja a la mujer y se va a pasear a
la calle con la camioneta. La señora atiende la verdulería todo el santo día -Dijo Tito.
-Mientras que ustedes duermen, yo estoy a las tres de la mañana en mercado central para
comprar mercadería, “vagos inmundos”. –dijo “Morsa”
Sergio comenzó a toser. Sonrió débil.

-Estoy un poco cansado. -Pónganme la mascarilla. - Mañana los quiero ver otra vez, a esta
misma hora, a los tres. –Dijo el enfermo.
Los amigos se despidieron y salieron a tomar un café en el comedor de la clínica.
-Me parte el alma verlo así. -dijo Tito.
-A mí también me hace mal todo esto, pobre Sergio. -exclamó Ricardo
-Vamos muchachos, dijo “Morsa”. - Va a salir de todo esto, lo vamos a ayudar. - ¿Somos sus
amigos, o no somos sus amigos?
A la mañana siguiente volvieron a visitarlo como había pedido Sergio.
-Muchachos, acérquense un momento. Necesito decirles algo a los tres.
Todos se acercaron a la punta de la cama.
-Necesito que me hagan un favor, por nuestra amistad, por nuestra hermandad.
-Si Sergito, lo que quieras, contanos qué pasa. - Dijeron Tito y Ricardo.
-Necesito que me ayuden a morir. - Dijo Sergio.
- ¿Vos te volviste loco?, ¿Qué estás diciendo? –Gritaron todos.
-Ustedes no entienden muchachos, no puedo seguir viviendo de esta manera, me falta una
pierna, tengo la columna rota, jamás voy a volver a caminar. Perdí a mi familia. ¡Perdí a mi
hijo! Gritó llorando. Solo les pido ese favor.
-Vos estás borracho, Sergio, ¿qué “carajo” nos estás pidiendo?
-Yo voy a hacer de cuenta que no dijiste nada. Esta noche juega River Plate, te voy a dejar el
canal puesto, para que veas el partido. - Dijo el gordo.
-No entendés nada “Morsa”, dejá esa tele ahí. -Vos siempre te tomaste todo a risa. Hace algo de
verdad y serio, una vez en tu vida. –Dijo Sergio.
El gordo se apartó de la cama y se sirvió un vaso de agua mineral de la mesa de luz.
-Para un poco, dijo Ricardo. - ¿Cómo vamos a matarte?,- Vos no estás bien de la cabeza.
-No, la verdad que no estoy bien. Pero vos te ves mejor que yo, ahí parado con tus dos piernas y
con tu mujer y tu hijo en tu casa. Contestó Sergio.
-Esto es una locura, dijo Tito. –¿Querés un calmante?, llamemos a la enfermera.
-Siempre fuiste un “cagón”, Tito. -El más sentimental de todos. Por eso todavía seguís arriba de
un taxi recorriendo Buenos Aires. Nunca te gustó tomar riesgos. -Salí de tu zona de confort de
una vez por todas.
-Yo me voy, dijo Tito. -El viernes vengo, espero que se te vayan esos “pajaritos de colores”
que tenés en la cabeza.
-Piénsenlo muchachos. No me dejen seguir sufriendo así, no puedo más.
-Qué carajo es todo esto de tu muerte, dijo Tito. -Haber contanos, ¿cómo te matamos? -Preferís
¿un tiro en la cabeza?, ¡Ya sé, te envenenamos!,- ¿O querés que te pongamos una almohada en
la cara? - ¿Vos querés que vayamos todos “presos”?

-Escuchen, dijo Sergio -Solo tienen que inyectar en el suero esta ampolla. Hizo señas de un
frasquito de vidrio que estaba en una mesita con otros medicamentos. Mi muerte se va a
provocar por un paro cardiaco, o durmiendo, algo muy predecible en mi cuadro. No dejará
ningún rastro. Es todo.
- ¡Vos te volviste loco de verdad! -No somos asesinos.
-Ni lo sueñes, no voy a hacer algo así.
-Nos vamos afuera, a tomar un poco de aire. -dijeron.
-Sergio es nuestro amigo, jamás haríamos lo que nos está pidiendo, dijo Tito llorando.
-Acordate cuando me dio la “guita” para abrir la verdulería, yo estaba sin un peso. - Dijo el
gordo “Morsa” con lágrimas en los ojos. Ricardo los abrazó a los dos.
Al rato volvieron a entrar a la habitación. Sergio abrió grandes los ojos y dijo: - ¿Y muchachos,
ya está, lo pensaron?
-Si lo pensamos, dijo Ricardo. -Vas a salir de acá cuando te pongas bien, y con la plata que
tenés, te vamos a llevar a Italia, como vos querías.
-Sergio cerró sus ojos decepcionado.
-Tranquilo amigo, descansá un poco. Dijeron los tres.
Ustedes saben que tengo el dinero de la venta de la casona de mis padres en Belgrano y los
departamentos de la costa en un plazo fijo hace años. La empresa aseguradora me pagó una
indemnización millonaria por el accidente, la muerte de mi familia y mi invalidez.
-A donde querés llegar con todo esto. –dijo Ricardo.
Tengo más de 55 millones de dólares guardados en un lugar. Si hacemos el “pacto”, ese dinero
es de ustedes, o, mejor dicho, del que lo haga. -Dijo Sergio a sus amigos.
-Sos un “hijo de puta”. - Gritó Tito.
- ¿Ves?, Dijo Sergio. -Siempre fuiste un “cagón” vos también. No te das cuenta de que podés
tirar a la “mierda” ese taxi, y vivir como un “rey” con Betina para el reto de tu vida. Exclamó
Sergio.
-Y vos, “Morsa”. -Salí de esa verdulería “rasposa” y ponete tu agencia de viajes, esa que
soñaste y “rompiste las bolas” toda tu vida.
-Ricardo, sé que tenés algunas deudas y la hipoteca de tu casa, pensalo, no seas boludo.
-Ahora pónganme la mascarilla, y váyanse, estoy cansado.
Los tres se fueron al bar de la esquina. Revolvieron el café en silencio, con el único sonido de la
cucharita golpeando la cerámica de la taza. Nadie mencionó una palabra.
-Son 55 “palos”. Dijo el gordo.
-Yo sabía que alguno iba a saltar. Sos un “hijo de puta” “Morsa”, dijo Tito. - ¿Estás pensando
en la “plata”?
- ¿Qué, vos no? -Son como 27 “palos” para cada uno.
-Conmigo no cuenten, dijo Ricardo.

-Entonces, si no participan, los 55 “millones” son para mí. Sentenció Morsa”.
- ¿Acaso no era tu mejor amigo, ese que te puso la verdulería?
-Muchachos, pensemos, Sergio no soportaría vivir postrado, lo conocemos, murió su familia, no
tiene más nada. Esto sería un acto de amor incondicional hacía nuestro amigo de toda la vida.
Los amigos estamos para ayudar. Lo digo porque lo quiero. – Dijo el gordo “Morsa”.
-Eso se llama eutanasia, está prohibido en este país, yo no me voy a meter en lios. Dijo Ricardo.
-Tito miraba la taza de café vacía. –Necesito hablar esto con mi mujer.
- ¿Estás loco? ¡Esto lo decidimos nosotros tres! Somos sus amigos, nadie más lo tiene que
saber. - ¿Está claro? Gritó el gordo.
Ricardo prendió un cigarrillo, dio un pequeño golpe en la mesa. -Terminemos con esta
pesadilla, -dijo.
–Esto nos va a perseguir toda nuestra vida, vamos a tener que llevar esta carga siempre.
Los tres decidieron que lo harían solo para terminar con el sufrimiento de su amigo. Y porque
era un acto de amor que solo los amigos pueden realizar en este caso.
Volvieron a la habitación de la clínica.
-Díganme que tengo amigos de fierro y no tres “huevones cagones”, Entren y cierren la puerta.
Dijo Sergio.
-Lo hacemos. -Dijeron
-No hay tiempo que perder, agarren la ampolla y con esa jeringa pinchen la sonda. Por
curiosidad, ¿Quién lo va a hacer?
- ¡Los tres! - dijo Tito.
-Sabía que en el fondo tenían “huevos”, denme un abrazo.
- ¡Espera, ¡Dijo Ricardo! - ¿Cómo nos reunimos con el dinero?
- Ricky, siempre fuiste el más inteligente de los cuatro vos, el hombre de negocios, abogado,
pero también frío y calculador! No te preocupes por la plata, la tengo bien guardada.
-No lo vamos a hacer hasta que nos digas donde está el dinero. Dijo “Morsa”.
- ¡Opa! Parece que empezamos a darle valor a los billetes, lo entiendo, son las reglas del juego.
Dijo Sergio pensativo. - Pero hace más de treinta años que somos amigos, si yo les digo ahora
donde está la guita, puede que no cumplan con el pacto. Nos conocemos.
-Dejate de joder y terminemos con esto de una vez, dijo el gordo.
-Hagamos una cosa, dijo Ricardo. - Te inyectamos la mitad de la dosis y nos decís donde está el
dinero, y después de hacerlo, introducimos la otra mitad.
-Me parece lógico, dijo Sergio. Agarren la ampolla antes que vengan a retirar los medicamentos.
Morsa tomó una jeringa descartable, Ricardo agitó el frasquito, y Tito cerró la puerta con traba.
Los tres se quedaron parados en línea recta, mirando a Sergio, con la jeringa cargada. Tito se
secó las lágrimas, Ricardo preguntó si estaban seguros, el gordo “Morsa” dijo que ojalá Dios
pudiera perdonarnos algún día.

-Muchachos, ustedes son los mejores amigos que alguien pudo tener en la vida. Saben que ya no
tengo nada, y que no voy a vivir de esta manera, Quiero reunirme con mi familia, donde quieran
que estén. El dinero los va a salvar, me voy sabiendo que van a ser felices, o por lo menos,
cumplir sus sueños.
- ¡Basta, Sergio ¡Dijo Tito! Me estás matando, si seguís hablando no lo vamos a poder hacer.
Decinos donde está la plata. Terminemos esto rápido.
-Pinchá la manguera del suero Ricardo, y acércate. –Dijo Sergio
Ricardo introdujo suavemente la aguja en la goma. Dejó entrar el líquido hasta la mitad, como
habían pactado.
Tito se dio vuelta de un salto, empezó a toser y vomitó cerca de la puerta del baño.
Ricardo acercó su oído a la boca de Sergio.
- ¿Recordás el campo que compré en Cardales? –Le dijo Sergio a Ricardo.
-Caminas cuarenta metros….
El picaporte de la puerta de la habitación empezó a moverse. Alguien quería entrar del otro lado,
empezaron a golpear.
-Se pudrió todo, vamos a ir todos presos. -dijo Tito.
La puerta se abrió de una patada. Entraron Esther y personal de seguridad de la clínica.
Sergio cerró los ojos fingiendo estar dormido. Ricardo, Tito y “Morsa”, pidieron permiso para
salir, y disculpas por el horario pasado de visitas. La enfermera le dijo a la autoridad, que los
lleve a la salida de la clínica y que nunca más los deje entrar en ningún horario.
Esther la enfermera, retó a Sergio, acomodó su almohada y preguntó que era esa jeringa que
estaba pinchada en la sonda.
Sergio nervioso dijo que el doctor “Zanetti” estaba poniendo un analgésico y salió corriendo
ante un llamado de una emergencia, dejando la inyección ahí para cuando vuelva.
Esther movió su cabeza, y dijo que estos médicos “viven en el aire”, y presionó el líquido que
faltaba introducir en la sonda de goma hasta el fondo.
Pasó un paño húmedo por la frente y embebió un algodón con agua para sus labios. Acomodó
sus sabanas y con un beso en la frente, se retiró de la habitación.
Sergio cerró sus ojos con una leve sonrisa en su rostro.

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