Apis Melífera

Cuento

Visitas Al Psiquiatra

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Visitas Al Psiquiatra

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El Espectro estaba enfurecido, no se lo podía detener y destruía todo a su paso. Gritaba, se comía las uñas y, desde la sala de espera del consultorio, se escuchaban sus gritos. Yo estaba a su lado, preocupada porque no quería tomar sus pastillas, no dormía ni quería comer. El Espectro desataba toda su ira y sus furias en aquel cuerpo débil en el que había reencarnado. Estaba espasmódico y catatónico; sus ojos desorbitados. Nada lo consolaba. 

Era su tercera consulta al psiquiatra, aunque no mejoraba: parecía que se estaba volviendo cada vez más loco. Apenas ingresamos al consultorio, empezó a gritar. Entré con él, por las dudas de que se descompensara. 

—¿Sabe usted que en este mismo momento alguien está muriendo? ¡Y no me diga lo contrario! La guerra… ¿Sabe cuántos niños está matando? —se sentó en el diván. 

—Lucero, por favor, vamos a hablar calmados…

El psiquiatra se atrevía a llamarlo por su antiguo nombre, el que le había dado Dios.

—¿Sabe cuántos niños están muriendo de hambre en las guerras? —se levantó, sobresaltado.

—Lo sé, Lucero—le respondió el psiquiatra.

—¡No, no lo sabe! ¡No lo sabe porque no es usted quien lleva la cuenta de las atrocidades! ¡Yo sí! —se desesperó—. ¡Yo sí! —gritó—. En mi reino —recordó, con la mirada perdida—se enciende una vela roja por cada mentira, una blanca por envidia, una verde por tortura y… cuando es muerte… se enciende una vela negra, y todos los demonios celebramos… —luego se volvió al médico—. ¿Qué celebramos?

—Pero, Espectro… usted ostenta toda la sabiduría del mundo: es fuerte, es autosuficiente… Ya lo dice el dicho: “el diablo sabe más por viejo que por diablo”. 

—Entonces, soy un viejo choto…—suspiró.

   El médico repitió el refrán popular, como hurgándole las vísceras a cada sílaba y buscando en él una salvación:

—¡Lo sé! —comprendió el demonio—. Y ese es el gran problema: S-A-B-E-R. ¡Maldita sea! —exclamó, casi perdiendo la voz en el grito.

    El médico intentó guiar la conversación hacia otros espacios, igual de incómodos:

—¿Qué puede contarme acerca de su nacimiento y de sus padres? ¿Cómo se llevaba con ellos? 

El Espectro no le volvió la vista, decidió, en cambio, divagar en sus propias incertidumbres:

—¿Usted sabe cuántas muertes produce la guerra? ¿Cuándo dolor causa el haber perdido a un hijo? ¿Sabe cuánta gente actualmente mata para poder comer? ¿Sabe cuánta gente traiciona por dinero? ¡Cuántas enfermedades, cuánta miseria! ¡Usted no podría entenderlo nunca! —sus ojos adoptaron un color verde esmeralda, como los de Majunia, su serpiente, y sacó su lengua bífida, como para tomar aire—. Lo peor es que yo llevo las cifras. ¡Yo soy el que contabiliza todo esto! —levantó sus brazos huesudos. 

El médico ni se inmutó, ante la amenaza. Anotaba en su libreta, como un escriba poseído por algún don milagroso. Yo me acerqué al pequeño dispensador de agua, serví un vaso y se lo acerqué al Espectro, casi como inmolándome.

—Tengo más de dos mil años… y sí… creo que ese es mi castigo —sorbió un poco de agua: saber más por viejo que por diablo. Saber…y mi experiencia solo me ha confirmado una cosa: la humanidad es cruel, es violenta y ha destruido el mundo. ¡Niña! —se giró hacía mí, luego de dejarse derrumbar en el diván—. No confiés en nadie, el amor no es tan importante… y, a veces, es mejor dormir ocho horas de corrido que ser feliz —luego, se volvió al médico—. Hace mucho que no duermo, doctor. No puedo conciliar el sueño.

El psiquiatra dejó su anotador a un lado y tomó el recetario. 

—¿Tiene obra social? 

—Él no, póngalas a mi nombre, por favor —le pedí.

Dio un vistazo al calendario y, luego, imperturbable, nos dijo:

—Vamos a aumentar la dosis del clonazepam y voy a recetarle un neuroléptico depot, que se administra por vía intravenosa.

El Espectro abrió los ojos verdes, vulnerable:

—¿Me… me… me van a pinchar?

—Lo lamento —se disculpó—. Y vamos a probar con otro antidepresivo y un inhibidor. Dos cápsulas antes de irse a dormir. Lejos de las comidas.

—¿Seguimos con la reboxetina? —pregunté.

El psiquiatra revisó los prospectos en su computadora y, luego, concluyó:

—Lo vamos a suspender. Puede ser que eso le esté causando el insomnio —sacó su sello, firmó y me entregó las recetas—. Nos veremos en una semana, para comparar los avances. Qué tengas una buena semana, Lucero.

El Espectro se levantó adolorido, como si hubiera estado vomitando por horas. 

—Soy un ser condenado —suspiró—. Muchas gracias, niña, por acompañarme.

Salimos del consultorio dando una imagen humillante: yo, como podía, ayudando a caminar al demonio. 

Fuimos a la farmacia, compramos los medicamentos y el inyectable. Al momento de pincharlo, el diablo armó un escándalo bárbaro: se puso a hablar en lenguas muertas y hasta amenazó con llevarse el alma de la pobre enfermera. Después, terminó pidiéndole disculpas.

Sobándose el músculo herido, caminó como pudo al estacionamiento, nos subimos al auto y, cuando pudo volver a hablar, me dijo:

—¿Sabés qué? —hizo un silencio incómodo, como rumiando bien sus palabras—. Estoy pensando en devolverte tu alma. Nunca nadie se había preocupado tanto por mí. Realmente estoy agradecido.

Yo lo miré y largué la carcajada.

—Lo aprecio, Espectro, pero… fuiste vos el que me dijo que no confiara en nadie. 

La droga de los medicamentos comenzó a hacer efecto al instante y el demonio se relajó tanto que bostezó y se quedó dormitando hasta que llegamos a la casa. 

Por fin tendríamos una noche tranquila.

 

María Sofía Abarca 

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