El Ascenso

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La mansión del Gobernador Friedrich se encontraba iluminada como si fuera de día. Cientos de lámparas colgaban de los altos techos, reflejándose en las copas de cristal y en los espejos de marcos dorados. La aristocracia vampírica había llegado desde distintos lugares de la provincia; vampiros antiguos, de sangre pura, vestidos con trajes oscuros y vestidos de seda, hablaban en voz baja mientras observaban con desprecio a quienes no pertenecían a sus antiguas familias.

Darius caminaba junto a Camille por uno de los salones principales. Vestía un traje negro, de cuello alto, y llevaba en una mano una copa de vino que no había probado. Sus ojos recorrían el lugar con calma, como si solo fuera un invitado más.

Friedrich se acercó acompañado por dos de sus guardias.

Friedrich miró a Camille de arriba abajo.

Friedrich soltó una pequeña risa y continuó caminando entre sus invitados. Darius lo siguió con la mirada hasta que desapareció al otro lado del salón.

Mientras tanto, en los antiguos subterráneos de la mansión, Michael permanecía encadenado a un muro. Las cadenas de plata le quemaban las muñecas y el brazalete que llevaba en uno de sus brazos le impedía transformarse. A su alrededor, los hombres lobos sobrevivientes de Barrio Italia permanecían encerrados en celdas de hierro.

Malkias estaba muerto. Conall estaba muerto. Terzo y los otros habían sido capturados o habían caído durante los ataques de los brujos y la policía. Los pocos que quedaban miraban a Michael con rabia y desesperación.

La puerta de las mazmorras se abrió lentamente. Elifet Saias entró acompañado por Baltazar y seis vampiros armados. Cada uno llevaba espadas y pistolas cargadas con balas de plata.

Baltazar se acercó a Michael.

Elifet sonrió mientras sacaba una pequeña bolsa de cuero. Dentro había varios anillos de luna.

El brujo murmuró unas palabras en creole y tomó el brazalete con ambas manos. El metal comenzó a calentarse hasta que la piel de Michael se quemó. Luego, con un movimiento brusco, Elifet lo desprendió de su brazo.

Michael cayó de rodillas. Sentía que algo volvía a despertar dentro de él. La maldición, que durante tanto tiempo había sido una prisión, recorría nuevamente sus huesos y sus músculos.

Los vampiros comenzaron a abrir las celdas.

Baltazar sonrió.

En el exterior de la mansión, Isobel, Adrien y Briccio observaban las ventanas iluminadas desde una calle oscura. Jean Busso había conseguido información sobre la fiesta y Briccio había preparado un pequeño hechizo para ocultarlos de los guardias.

Adrien apretaba con fuerza la venda que cubría el lugar donde antes había estado su mano.

Isobel cerró los ojos. Durante meses había pensado que Michael estaba muerto. Lo había visto caer al río Mapocho, atravesado por las balas de plata. Había llorado su pérdida y convertido su dolor en rabia. Pero ahora, por primera vez, sentía que él realmente estaba cerca.

No tuvieron que esperar mucho.

En el salón principal, Friedrich levantó su copa para brindar frente a todos sus invitados.

Los vampiros levantaron sus copas. Darius hizo lo mismo.

Entonces las puertas del salón se abrieron violentamente.

Baltazar apareció cubierto de sangre.

Un rugido atravesó la mansión.

Michael apareció en la entrada del salón, transformado en crinos. Su cuerpo era más alto que el de un hombre, cubierto de pelo oscuro, con enormes garras y ojos llenos de furia. Detrás de él entraron los otros hombres lobos, algunos todavía a medio transformar, otros completamente dominados por la rabia.

Los invitados gritaron y trataron de escapar. Las mesas fueron derribadas, las copas se rompieron contra el suelo y la sangre comenzó a mezclarse con el vino.

Friedrich retrocedió.

Los vampiros dispararon, pero los hombres lobos se abalanzaron sobre ellos antes de que pudieran recargar sus armas. Uno de los licántropos arrancó la cabeza de un guardia con sus garras. Otro lanzó a un vampiro contra una pared, rompiendo el mármol con el impacto.

Michael avanzó entre el caos. No miraba a los otros invitados. Solo veía a Friedrich.

El gobernador trató de escapar por una escalera, pero Michael saltó sobre él y lo derribó. Friedrich intentó defenderse con un cuchillo de plata, logrando cortar el pecho del hombre lobo.

Michael rugió de dolor, tomó al gobernador por el cuello y lo levantó frente a todos.

Friedrich trató de responder, pero Michael hundió sus garras en su pecho. El gobernador cayó al suelo, ahogándose en su propia sangre. Michael se inclinó sobre él y, con un último golpe, le atravesó el corazón.

La aristocracia vampírica quedó en silencio por un instante.

Entonces Darius dejó caer su copa.

Las puertas laterales se abrieron. Decenas de vampiros entraron al salón, liderados por Baltazar. Eran las huestes de Darius, armadas con espadas de plata, ballestas y pistolas.

Los hombres lobos se dieron vuelta, sorprendidos.

El hechizo de Elifet todavía actuaba sobre los anillos. La libertad que habían recibido era solo parte de la trampa. Rodeados por vampiros, los licántropos comenzaron a perder el control. Algunos atacaron sin distinguir amigos de enemigos. Otros cayeron de rodillas, retorciéndose de dolor.

Las huestes de Darius avanzaron sin piedad.

Baltazar disparó contra uno de los lobos. Una bala de plata le atravesó la cabeza. Otro vampiro hundió su espada en el pecho de un crinos. Uno a uno, los hombres lobos comenzaron a caer.

Michael trató de luchar, pero estaba herido y exhausto. Tres vampiros lo rodearon. Uno le disparó en la pierna y Michael cayó al suelo.

Isobel entró al salón en medio de la confusión.

Briccio lanzó un hechizo contra los candelabros. Las cadenas que los sostenían se rompieron y enormes lámparas cayeron sobre los vampiros de Darius. Adrien se abalanzó sobre Baltazar, golpeándolo con el brazo que aún conservaba. No podía vencerlo solo, pero logró distraerlo el tiempo suficiente.

Isobel llegó hasta Michael. Se arrodilló junto a él mientras las balas de plata silbaban cerca de sus cuerpos.

Michael la miró. Por un instante, detrás de la bestia, ella reconoció al hombre que amaba.

Briccio llegó junto a ellos.

Adrien tomó a Michael por uno de los brazos e Isobel por el otro. Entre los tres lograron sacarlo por un corredor secundario, mientras la batalla continuaba en el salón.

Darius observó cómo escapaban. Camille se acercó a su lado.

Darius negó lentamente.

Friedrich yacía muerto en el centro del salón. Los vampiros antiguos, cubiertos de sangre y aterrados, miraban a Darius. Nadie se atrevía a desafiarlo. Las huestes de los hombres lobos habían sido destruidas y la tragedia que el rey no podría ignorar había ocurrido frente a toda la aristocracia.

Darius caminó hasta el cuerpo del gobernador. Se inclinó, tomó la cadena que llevaba alrededor de su cuello y la dejó caer sobre el suelo.

Luego se volvió hacia los sobrevivientes.

Nadie respondió.

Darius levantó la mirada, dejando que sus ojos recorrieran el salón destruido.

Camille sonrió. Baltazar se inclinó frente a él. Uno a uno, los vampiros que quedaban hicieron lo mismo.

Darius observó por última vez los cuerpos de los hombres lobos caídos y dijo:

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{# No condicionado a la ausencia de afinidad, a diferencia de short_story.html. Esto no es descubrimiento: son los hermanos del libro que el lector ya tiene abierto, y la afinidad los excluye A PROPOSITO (clave_contenedor en utils/affinity.py:vecinos) porque dos obras del mismo libro comparten personajes y escenario por construccion. Los dos bloques contestan preguntas distintas -- "seguir en este libro" y "que otra cosa se parece a esto" -- asi que no compiten y pueden convivir. #}

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