La lluvia caía sobre Ñuñoa con una violencia extraña, como si el cielo quisiera limpiar la sangre que había quedado en la mansión de Friedrich.
Desde la terraza del antiguo edificio municipal, Darius observaba las calles vacías. A esa hora, los humanos dormían sin saber que su ciudad había cambiado de dueño. Creían que el gobernador Friedrich había muerto en un atentado, una tragedia ocurrida durante una fiesta privada. Los diarios hablarían de un ataque, de una disputa entre grupos desconocidos, de cuerpos que nunca serían encontrados.
Pero las criaturas de la noche conocían la verdad.
Friedrich estaba muerto.
Y Darius era ahora el nuevo gobernador de la provincia.
Baltazar esperaba detrás de él, junto a otros vampiros armados. Todos mantenían la cabeza inclinada.
—Los sobrevivientes de la fiesta han aceptado su autoridad, mi señor —dijo Baltazar—. Algunos han partido hacia el norte. Otros han jurado lealtad.
Darius no se volvió.
—Los que han partido regresarán cuando comprendan que no existe un lugar donde puedan esconderse.
—¿Y los hombres lobos?
Darius sonrió apenas.
—Los hombres lobos ya no son una facción. Son armas.
En los subterráneos de la antigua mansión de Friedrich, los pocos licántropos que habían sobrevivido a la masacre permanecían encerrados en celdas de hierro. Algunos estaban heridos, otros permanecían inmóviles, con la mirada perdida. Todos llevaban los anillos de luna forjados por Elifet Saias.
Los anillos no podían quitarse.
La plata se adhería a la carne y el hechizo se alimentaba de la rabia de quien lo llevaba. Cada vez que un vampiro se acercaba, el odio despertaba en los hombres lobos. Cada vez que intentaban transformarse, el dolor los consumía.
Darius había descubierto que no necesitaba destruirlos a todos.
Solo debía mantenerlos con vida.
—Prepárenlos —dijo—. Pronto necesitaremos perros de batalla.
Baltazar levantó la vista.
—¿Contra quién, mi señor?
Darius se volvió lentamente. Sus ojos brillaban con una luz roja en la oscuridad.
—Contra las brujas.
Isobel se encontraba sentada junto a una ventana rota, observando cómo la lluvia golpeaba los techos de una vieja casa abandonada en los límites de la comuna. Michael dormía sobre un colchón cubierto con mantas. Su respiración era débil, pero irregular, como la de una bestia que luchaba contra algo dentro de sí misma.
El anillo de luna seguía en su mano.
Briccio había intentado cortarlo con herramientas de hierro, fuego y sal. Jean Busso había preparado un hechizo para debilitarlo. Adrien había tratado de arrancarlo con la fuerza de su única mano.
Nada había funcionado.
Cada intento solo provocaba más dolor.
Michael abrió los ojos de golpe y se incorporó. Sus uñas comenzaron a alargarse y sus dientes se transformaron en colmillos.
—No se acerquen —dijo.
Isobel avanzó hacia él.
—Michael, mírame. Soy yo.
El hombre lobo respiraba con dificultad. Una vena oscura recorría su cuello y se perdía bajo la camisa. El anillo brillaba con una luz pálida.
—Puedo escucharlo —dijo—. Escucho a los otros.
Adrien se acercó lentamente.
—¿A los sobrevivientes?
Michael asintió.
—Están encerrados. Darius los tiene. No sé dónde, pero los siento. Cuando uno grita, el anillo se calienta.
Briccio observó el objeto con preocupación.
—Elifet conectó los anillos entre sí. No son simples objetos oscuros. Funcionan como una cadena. Cada hombre lobo lleva una parte del hechizo.
—Entonces debemos encontrar a Elifet —dijo Isobel.
Jean negó con la cabeza.
—Ha desaparecido. Su casa estaba abandonada, su grimorio no estaba y sus símbolos fueron borrados. Alguien se aseguró de que no dejara rastros.
—Darius —dijo Adrien.
—Tal vez —respondió Jean—. Pero Elifet no es un hombre fácil de controlar. Si desapareció, puede estar muerto o puede estar escondiéndose de alguien peor.
Michael bajó la mirada hacia su mano.
—Si Elifet es el único que puede quitar estos anillos, Darius no permitirá que lo encontremos.
Isobel se arrodilló frente a él.
—Lo encontraremos.
Michael la miró con tristeza.
—Y si no lo hacemos, terminaré como los otros. Voy a atacar a quien esté cerca. Voy a convertirme en uno de sus perros.
Isobel tomó su mano, sin importar el calor que salía del anillo.
—No. Darius ya te arrebató demasiado. No va a convertirte en su arma.
Un golpe seco se escuchó en la puerta.
Todos se pusieron de pie.
Adrien tomó una barra de hierro. Jean levantó una mano, preparando un hechizo. Briccio apagó las velas con un movimiento rápido, dejando la casa sumida en oscuridad.
La puerta se abrió lentamente.
Una mujer entró cubierta por un abrigo largo y empapado. Su cabello oscuro caía sobre su rostro y llevaba una pequeña maleta de cuero en una mano.
—No vine a pelear —dijo.
Isobel la reconoció de inmediato.
—Catlien.
La regente de Plaza Egaña se quitó el abrigo. Su rostro parecía más cansado que la última vez que la habían visto.
—Darius ha comenzado a buscar a los miembros de mi aquelarre —dijo—. Algunos han desaparecido. Otros han aceptado su protección por miedo.
Adrien apretó la barra de hierro.
—Las brujas ayudaron a destruir a mi manada.
—Y ahora Darius quiere destruirnos a todos —respondió Catlien—. No vine a pedir perdón. Vine a advertirles.
Jean se acercó.
—¿Qué sabes?
Catlien abrió la maleta. Dentro había mapas, fotografías antiguas y documentos escritos en distintos idiomas.
—Friedrich no era solo gobernador de una provincia. Formaba parte de una red más antigua. Gobernadores, regentes y consejeros que controlan territorios en distintos países. Darius no quiere Ñuñoa. Ñuñoa solo era el primer paso.
Briccio miró los documentos.
Había nombres de ciudades: Buenos Aires, Ciudad de México, Nueva Orleans, Lisboa, Praga, Estambul.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—El Pacto de Sangre —dijo Catlien—. Una alianza creada hace siglos por vampiros que dividieron el mundo en territorios. Cada ciudad importante tiene un gobernador, aunque los humanos jamás lo sepan.
Isobel miró a Michael.
—¿Y Darius?
Catlien guardó silencio por unos segundos.
—Darius quiere desafiar el orden. Quiere reunir un ejército y tomar el control de más de una provincia. Las brujas serán sometidas o eliminadas. Los hombres lobos serán usados como tropas.
Michael cerró los puños. El anillo volvió a brillar.
—Entonces no se trata solo de nosotros.
—No —respondió Catlien—. Si Darius logra consolidar su poder, la guerra no se quedará en Ñuñoa.
Afuera, la lluvia comenzó a disminuir.
Por primera vez desde la muerte de Friedrich, Isobel entendió que no estaban luchando solo por salvar a Michael. Lo que ocurría en las calles de su comuna era el inicio de algo mucho más grande.
En la terraza del edificio municipal, Darius observaba el amanecer ocultarse detrás de las nubes.
Baltazar se acercó con una carta sellada.
—Ha llegado un mensaje desde Estambul, mi señor.
Darius rompió el sello y leyó unas pocas líneas. Luego guardó la carta dentro de su abrigo.
—¿Buenas noticias? —preguntó Baltazar.
Darius miró hacia la ciudad.
—El Pacto ha comenzado a preocuparse.
Sonrió.
—Eso significa que estamos haciendo las cosas bien.
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