La Malva
Por fin estoy dejando atrás este maldito sitio. Dicen que las vistas desde aquí son...
arrow_forward LeerMe siento muy contenta viviendo con mis hermanas. Estamos todas juntas, bien ordenadas y expuestas en la vitrina de cristal de unos grandes almacenes con luz cálida en su interior y aroma a cítricos y a productos de limpieza. Nos tienen guardadas en una cajita de cartón pequeña junto a más primas de diferentes tamaños y calibres y un variopinto poder de destrucción: unas sirven para tirar al blanco, otras para la caza y otras, pues sabe Dios... No he salido nunca de esta sección pero a principios de año tengo la suerte de que me elijan cuando al mostrador se acerca una señora de más de cincuenta, con la piel áspera y el pelo corto y con mechas rubias descuidadas de tanto como parece que le da el sol; tiene constitución fuerte y las manos también, semblante serio y las cosas muy claras: no sé si es capricho o necesidad pero La Geroma llega a nuestras vidas y decide que nos tenemos que ir.
Nos conduce en su coche grande que huele a tierra mojada y tiene barro pegado en las ruedas a la cordobesa finca de Pizarranga, junto a su hermana, al interior de la provincia y en plena Sierra Morena; desde el principio supe que llegado el momento tendría que cumplir con mi destino y eso hace que esté fogosa y nerviosa aunque algo en mí me dice que, a la hora de la verdad, no seré capaz de ejecutarlo.
La finca a la que vamos es de monte bajo y olivar y se accede a ella por una carretera comarcal llena de curvas estrechas, serpenteantes, entre cerros de olivos que cada vez se hacen más altos, con casas de piedra derruidas de linajes extintos y olvidados hace años coronando sus puntas vacías y solas. Junto al olivar van apareciendo manchas de arbustos y matas bajas como las jaras, el tomillo, el espliego y romero donde conejos y liebres se esconden agazapados del ataque aéreo del halcón primilla o de cualquier otro depredador fiero; los zorzales silban entre aceitunas y las encinas y quejigos se empluman de blanco con la llegada en banda del vuelo de la paloma torcaz. Los perdices cantan en celo y los machos pelean en una antigua danza territorial.
Al lagar se entra mediante una pista forestal de tierra amarilla y seca: primero se sube y, a mano izquierda, tras la cancela de color verde se baja a la casa antigua de pizarra donde corre cerca un cristalino y pequeño arroyo que huele a manzanilla, regaliz y zarza y a sus lados crecen montañas de grandes rocas que tocan el cielo y sus negras nubes, quedando atrás el corral que tiene pavos y la zahúrda, con algún cerdo.
La Geroma y su hermana, de unos sesenta y que siempre vivieron ahí, nos acomodan y esparcen lejos de la lumbre para evitar desafortunados accidentes de fatal y mortal desenlace; la poca luz de la mañana, silenciosa, acentúa discreta mi tez dorada y hace que eleve mi autoestima y confianza. El interior huele a chorizo y morcilla ahumada que cuelga del techo y me siento verdaderamente feliz con la nueva experiencia.
Desde el primer día me asusto mucho al escuchar los gritos dañinos e hirientes que vienen de fuera, de la cancela verde, de hombres con tufo a petróleo y gasolina que habitan lagares más profundos y que no bajan porque la verja está cerrada con candado y entonces la hermana de La Geroma pierde los nervios, horrorizada, cuando les dicen desde arriba que son bolleras, lesbianas y mariconas.
Acostumbrada a la ciudad y a sus grandes almacenes siento cierta angustia y claustrofobia en un espacio tan reducido y la presión interior hace que a veces sienta miedo de poder estallar por accidente en cualquier momento.
Las hermanas no paran de trabajar gestionando la finca, vendiendo pavos y cerdos, recogiendo aceitunas que caen de los fardos por la tierra escarpada y administrando el coto de caza con la apertura de la nueva y otoñal veda; incluso piensan en alquilar la casa como Turismo Rural y así poder disfrutar de vacaciones y ver el mar por primer vez en sus vidas.
—¡Tortilleras! —se oye de lejos desde un Land Rover.
Salvo por esos momentos de miedo y violencia donde la hermana de La Geroma puede de veras desequilibrarse, salvo por ellos, aquí me siento profundamente cálida aunque pronto intuyo que mi agradable estancia no durará mucho pues la rabia de La Geroma va en aumento y sé que pronto necesitará nuestra ayuda porque los depredadores andan cerca.
La casa entera está forrada en su interior de madera de cedro: el suelo, las paredes y el techo; incluso existe un viejo armero a nuestro lado que huele a una mezcla de azufre, salitre y carbón que hacen la pólvora y que contiene un pequeño arsenal que está formado por un revolver de marca Colt, usado seguramente en la Guerra Civil española, una escopeta de caza paralela que se amartilla y a la que sólo funciona el cañón izquierdo, de mayor alcance, y para mi goce, sorpresa y satisfacción, un moderno y joven rifle de dos piezas del calibre 22. Me siento en éxtasis, es la horma de nuestro zapato, mi destino está cada vez más cerca y deseo cumplir con creces mi misión.
Cae la noche en Pizarranga, un coche sube bajo la lluvia pero no frena; las hermanas, a la luz de la lumbre, cenan cocido de verduras sin nada nuevo que contarse.
Nunca jamás me sentí tan bien como en aquella casa entre aromas de monte que en la ciudad no conocía; incluso el día de mi despedida, con sabor a hierro, cuando asustados volaron los pájaros, conejo y liebre se agazaparon, y los gritos de aquellos hombres de gasolina por fin cesaron y atravesé en un silbo la verja de color verde con su candado y una cabeza sin pensamientos después de que la hermana de La Geroma, sin punto de apoyo, acertara de lleno entre dos cejas tras cargarme en su rifle certero, calibre 22.
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