Suspenso

La Malva

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La Malva

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Por fin estoy dejando atrás este maldito sitio. Dicen que las vistas desde aquí son espectaculares, entre las asturianas y escarpadas montañas de Belmonte de Miranda y Pola de Somiedo. El Centro Polivalente de Rehabilitación de La Malva, inaugurado en 2006, se sitúa en la que fue una de las primeras centrales hidroeléctricas al norte de España y ahora no es más que un mohoso y tenebroso psiquiátrico donde constantemente se va la luz, encajonado entre rocosas cumbres con una caída de agua al vacío y a lo más hondo de un tenebroso, ancestral y profundo lago; las cataclísmicas tormentas eléctricas crean sombras nocturnas que me hacen sentir verdadero pavor, no me dejan dormir y rezo en mi cama porque pronto se haga de día. Es casi imposible escapar de un lugar como éste y necesito salir, todo ha sido un error y yo, por supuesto, no estoy loco; cada vez que lo digo en alto hay consecuencias: con todo el respeto por los amantes del sadomasoquismo, que a mí no me agrada, a mis treinta y pocos años de corta vida no me apetece dormir con cinturones y atado a la cama con varias correas para evitar que me fugue; igual que no me gusta, siempre teniendo en consideración a los participantes de las raves de música electrónica, que me pinchen droga en el culo y me tengan que limpiar la baba que cae encima de la tortilla francesa mientras escucho la Televisión del Principado de Asturias, la TPA, lo cual no hace sino acrecentar mi deseo de morirme ya.

Vivo con mi anciana madre en la minera villa de Mieres del Camín y soy yo quien cuida de ella. No trabajo porque estudio Filosofía en la universidad a distancia, eso siempre y cuando lo permitan los vecinos: sus ruidos constantes me distraen y me sacan de quicio y algunas veces, cuando me quejo, hasta me insultan y me dicen cosas a través de la pared. Desesperado, acudo en última instancia a la Policía Local para dar parte y los policías, hijos de antiguos mineros y viejos compañeros de clase, me aconsejan que me calme, que lo deje estar y que no denuncie. Me conocen desde siempre y, aunque nunca fuimos amigos, me invitan cordialmente a que no sea tan sensible ni me tome las cosas tan a pecho.

—¡Pero es que no me dejan estudiar en paz! —les grito, sintiéndome verdaderamente desprotegido. 

—Todo saldrá bien, tranquilo —obtengo por única respuesta mientras observo cómo a escondidas se ríen de mí; parece ser que con el tiempo nada ha cambiado. 

A los pocos días recibo una carta de la trabajadora social. Actualmente rehabilitado, el Centro de Servicios Sociales se sitúa en la vieja estación de ferrocarril de “El Vasco” donde antaño se cargaba el carbón que se conducía a los Altos Hornos de Bilbao. Se quiere entrevistar conmigo y preguntarme por mi familia y mi vida diaria. 

—¿Por qué? —me intereso en la cita.

—No es nada —responde—. Es sólo que el juzgado ha iniciado unas diligencias y quieren saber cómo estás. 

—¿Que cómo estoy? —pregunto intrigado. 

—Sí. Para saber si estás a gusto con tu vida o necesitas algunos apoyos. —Hace una pausa—: Para ver si te incapacitan.

Para ver si me incapacitan... Cae como una losa, debe ser una broma: siempre fui blanco de ellas y ahora regresan. No puedo articular palabra, quiero morirme del terror y lo único en lo que pienso es quién cuidará de mi madre llegado el momento.

—Pero, ¿qué es todo esto? —digo atemorizado—. ¿Quién...? ¿Quién ha iniciado el proceso?

—La Policía Local dio la voz de aviso y han mandado al juzgado un atestado. Parece ser que te vieron nervioso el otro día…

—¿Nervioso? Pero..., no puede ser, esto es completamente kafkiano. Sólo fui a interponer una denuncia por molestias y ruidos: ¡lo he intentado todo antes de ello! Los vecinos... 

—Tranquilo —me corta serena—. Aquí en el pueblo nos conocemos... Si me dejas redactar mi informe lo enviaré al juzgado y junto al atestado policial verán que todo ha sido un error, una mala interpretación; archivarán el proceso cuando descubran que no tiene ningún sentido incapacitarte: tienen demasiado trabajo para perder el tiempo en algo así, confía en mí. 

*****

Rafael Carlos hace fotocopias en la vieja oficina del juzgado e igualmente utiliza con pericia la querida y traicionera máquina del escáner para así recopilar la información y entregársela digitalmente al juez y que luego decida, última fase del proceso de incapacitación judicial. Rafael Carlos siempre está contento y después de tantos años pronto se jubila. Hay que estar un poco encima de él para que no se distraiga y a veces tiene días malos y ni siquiera viene al trabajo; no hay que excitarle en exceso porque su atención ya no se fija tan fácilmente. 

Se reciben los dos informes del proceso de incapacitación judicial y parece ser que está todo en orden: sólo ha sido un pequeño malentendido, un simple fallo de comunicación sin aparente mala intención. Le preguntan a Rafael Carlos si ya ha comprado la lotería de Navidad de la oficina y no se da cuenta cuando el viejo escáner se traga las hojas y no agarra todas, sólo algunas: únicamente el atestado inculpatorio de la Policía Local, atrás queda el informe de la trabajadora social aclarando el asunto. Está excitado con la lotería y a la hora de colocar los sellos de urgente no discrimina.

Al juzgado llega un juez nuevo, sustituto, siendo éste su primer destino. Arreglado y bien afeitado, con paso firme y decidido no corre riesgos ni se la juega: qué pensaría la cúpula del Poder Judicial si dejara a una persona con discapacidad desprotegida. Declara una medida cautelar de internamiento urgente, inaudita parte, sin previa audiencia del afectado dada la imperiosa urgencia y necesidad referida en el atestado de la Policía Local.

Y es entonces cuando me ingresan; aunque ahora mismo lo estoy dejando todo atrás.

—La cara está feliz —dicen los buceadores al rescatar mi cuerpo malva.

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