El Mensaje Que Vino De Lejos
Una noche del año 2009, regresaba de un viaje que había hecho a la costa; recuerdo ...
arrow_forward LeerLocura, traición y muerte
La leyenda del tesoro oculto en las entrañas de la Peña de Bernal llevaba años circulando por el pueblo, pero las restricciones eran claras: los guardias vigilaban los accesos y estaba estrictamente prohibido subir de noche por los riscos. Sin embargo, para Juan, Marcos y Sebastián, la advertencia solo era un estorbo frente a la promesa de riqueza.
Aprovechando la medianoche y la oscuridad cerrada que cubría el monolito, se adentraron a escondidas por veredas poco transitadas, esquivando la caseta de vigilancia con el corazón latiendo a prisa. La subida fue pesada, empinada y traicionera, arañándose las manos contra la piedra fría y la maleza.
Contra todo pronóstico, mientras bordeaban una zona de sombras profundas que la luz de la luna apenas rozaba, Sebastián detuvo a los demás. Frente a ellos, oculta tras unos matorrales espesos, se abría la boca negruzca de una cueva. El aire que salía de su interior era extrañamente denso, con un olor a tierra vieja y mineral frío.
Sin pensarlo dos veces, perdiendo el sentido común ante la fiebre del oro, los tres encendieron sus lámparas y decidieron meterse a las entrañas de la Peña.
El haz de luz de las lámparas temblaba contra las paredes húmedas mientras avanzaban por el túnel angosto. Al fondo, un resplandor intermitente, dorado y pulsante, iluminaba la oscuridad. Los tres sentían el corazón en la garganta, convencidos de que por fin habían dado con el mítico tesoro.
Pero al llegar al fondo de la cavidad, el brillo no venía de montones de monedas de oro ni de joyas antiguas.
Allí, prisionero bajo una estructura de piedra y energía extraña, había un ser de otro mundo, un extraterrestre con una piel translúcida que destellaba luz propia. No era un tesoro material; era un viajero cósmico atrapado junto a su nave. Al verle, los tres amigos reaccionaron de forma distinta: Sebastián quiso destruirlo, Marcos vio la oportunidad de obtener fama y dinero, y Juan sintió compasión.
La primera de las tragedias se cumplió con la muerte. Sebastián, dominado por el terror, tomó una pesada barra de hierro que encontró en la entrada y se abalanzó furioso para golpear a la criatura. Pero al acercarse con el metal, ignoraba que la tecnología de la nave funcionaba con un campo magnético descomunal. En un parpadeo, un tirón invisible lo absorbió con violencia; el magnetismo lo jaló de golpe y lo dejó prensado y sin vida entre la pesada barra y el fuselaje de la nave, encontrando una muerte instantánea y fulminante.
Al ver morir a su amigo de esa forma tan horrorosa, Marcos sintió pánico, pero la traición pudo más. En lugar de reflexionar, su mente oscura maquinó un plan para salvarse y culpar a los demás. Corrió despavorido pendiente abajo por la Peña de Bernal hasta llegar con las autoridades. Llevó a la policía de vuelta a la cueva, pero mintió descaradamente, echándole toda la culpa a Juan: aseguró que habían discutido por ambición y que Juan había asesinado brutalmente a Sebastián a golpes con una barra de hierro.
Sin embargo, cuando los policías entraron a la cueva guiados por Marcos, la sorpresa fue aterradora: la nave y el extraterrestre habían desaparecido por completo sin dejar rastro. Lo único que encontraron en el suelo frío fue el cuerpo sin vida de Sebastián, con las marcas imposibles de aquel impacto magnético. No había rastro de Juan ni de pelea humana alguna.
Al verse descubierto en su mentira, acorralado por las sospechas de los oficiales y consumido por la culpa de haber traicionado a sus amigos, la locura se apoderó por completo de Marcos. Incapaz de procesar el horror de lo que había visto y la falsedad de sus actos, su mente se quebró para siempre. Desde ese día, Marcos no volvió a hablar con coherencia; quedó sumido en un delirio permanente, balbuceando sobre hombres de las estrellas y luces en el cielo, riendo y llorando sin sentido por los rincones del pueblo, perdiendo la razón para siempre.
Mientras tanto, Juan, quien había permanecido fiel a su compasión y a su sentido común, ayudó pacientemente a liberar al ser sin usar armas de metal. Al verse libre, la criatura emitió un brillo cálido y pacífico, y antes de ascender silenciosamente hacia el cielo estrellado, tocó suavemente la frente de Juan.
Juan bajó de la montaña transformado, con una sabiduría inmensa en el alma, sabiendo que la verdadera riqueza está en la empatía, mientras que el egoísmo, la traición, la muerte y la locura marcaron el trágico destino de quienes solo buscaban apropiarse de lo desconocido.
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