El Mensaje Que Vino De Lejos
Una noche del año 2009, regresaba de un viaje que había hecho a la costa; recuerdo ...
arrow_forward LeerUna noche del año 2009, regresaba de un viaje que había hecho a la costa; recuerdo que fueron alrededor de cuatro días de sol, mar y silencio. El camino de regreso se sentía interminable: el asfalto brillaba bajo la luz de los faros, y conforme avanzaba, el cansancio acumulado empezaba a pesarme en los párpados.
Cuando por fin llegué a casa, me recosté en mi estudio, agradecido por el silencio, listo para dejar atrás el ruido del camino y descansar. Pero justo en ese momento, el teléfono sonó. Era una de esas llamadas que uno siente, antes de contestar, que cambiará algo para siempre.
Al otro lado de la línea, la voz del velador del condominio donde tenía mi consultorio en aquel entonces sonaba inquieta:
—Doctor, desde el viernes por la tarde hay una muchacha sentada afuera, en la acera, bajo la lluvia y el sol. Dice que no se va a ir de aquí hasta que usted la atienda. Lleva ahí horas, doctor. No come, no se mueve casi… solo espera.
Le pregunté si se veía alterada, si parecía haber bebido o consumido algo, y me respondió con firmeza que no: estaba tranquila, pero con una determinación que le daba escalofríos. Se me hizo sumamente extraño, y al mismo tiempo, una punzada de inquietud me recorrió el pecho. Algo en su voz me dijo que no podía dejarla esperando más. Me subí al auto y conduje hasta allá, con el presentimiento de que lo que encontraría no sería una consulta común.
Al llegar, en cuanto me vio llegar, se puso de pie de inmediato. Se acercó y entró junto con el coche; el velador, que intentó interponerse, se quedó inmóvil, como si una fuerza silenciosa lo hubiera detenido. La pasé al interior del consultorio. Se sentó frente a mí, erguida, con las manos entrelazadas en su regazo, y la mirada fija en mis ojos. Sus ojos eran oscuros, profundos, y parecían ver algo más allá de mi figura.
—¿En qué te puedo ayudar? Me han dicho que llevas días esperándome.
Ella solo asintió lentamente con la cabeza, pero no pronunció una sola palabra. Me miraba fijamente, pero sus ojos se movían como un péndulo, de un lado a otro, siguiendo algo que yo no podía percibir en esa habitación vacía. Intenté abordarla de distintas formas: le ofrecí agua, le pedí que respirara despacio, que me dijera su nombre. Pero nada. Y poco a poco empecé a sentir una inquietud que no era mía: ¿qué urgencia tan grande la había mantenido ahí tantos días, bajo el sol y la lluvia, esperándome, si al llegar no tenía nada que decirme?
Entonces, entre nerviosa y con un tono cortante, como si algo dentro de ella la empujara, sacó de su bolso dos dibujos que ella misma había hecho con trazos rápidos y oscuros. El primero mostraba a una enfermera decapitada, con mucha sangre alrededor; el segundo era la figura de un hombre rodeado de sombras tan densas que parecían devorar sus bordes. Los tomé con cuidado, los observé con atención y le pedí con voz suave:
—Por favor, explícame uno por uno qué significan. Estoy aquí contigo. Nadie te va a hacer daño.
Con una voz muy bajita, casi un susurro que apenas llenaba el silencio de la habitación, me respondió:
—Ella es una enfermera que murió hace muchos años. La mataron cuando iba de regreso a casa, sola, por una calle oscura. Nadie supo quién fue. Pero yo la veo todo el tiempo, caminando detrás de la gente, solo observando. De hecho… está aquí sentada junto a mí ahora mismo.
Un escalofrío me recorrió la espalda, pero me mantuve en silencio, escuchando. Y al pasar al segundo dibujo, su respiración se aceleró, su nerviosismo creció de golpe:
—Él… él quiere decir algo. Lleva mucho tiempo intentando hablar, pero nadie lo escucha. Él también está aquí.
No pudo decir nada más; sus ojos vibraban y se movían cada vez más rápido, su rostro pálido reflejaba un terror tan genuino que yo también empecé a sentirlo en la piel, como si todo su cuerpo estuviera conectado a una presencia que yo aún no alcanzaba a percibir.
Hasta que al final, con un esfuerzo visible, me pidió:
—¿Me puedes dejar cinco minutos sola? Cierra la puerta por fuera. Y después regresas. No te vayas lejos.
Hice exactamente lo que me pidió. Salí un momento a hablar con el velador, que seguía ahí afuera alerta, bajo la luz tenue de la calle. Y al cabo de unos minutos, que se sintieron como horas, volví a entrar. Me senté todavía incrédulo, tratando de asimilar sus palabras, preguntándome si sería un sueño o si estaba perdiendo el juicio.
Y de repente, se fue la luz por completo. El silencio que siguió fue absoluto. Mi corazón empezó a latir con fuerza contra mis costillas; la oscuridad se sentía pesada, densa, como si la habitación se hubiera llenado de agua. Encendí de inmediato la linterna de mi celular, y justo en ese instante, como si esperara ese preciso momento, volvió la iluminación.
Ella me clavó la mirada a los ojos y me dijo con una serenidad que me heló la sangre:
—Sé que no me crees lo que te cuento. Sé que piensas que estoy enferma o que imagino cosas. Pero te voy a demostrar que no miento.
Yo, por dentro, seguía dudando. Hasta que añadió, sin saber absolutamente nada de mi historia personal, con una voz que no era suya, pero que salía de ella con claridad:
—A tu lado está parado tu hermano… el que se fue hace poco. Te abraza por la espalda cuando crees que estás solo. Y te dice que no llores más, que él está bien.
¿Cómo podía saberlo? Ni siquiera yo se lo había contado a nadie en ese lugar. Y para terminar de dejarme sin aliento, empezó a describirlo con todo detalle: cómo vestía, cómo sonreía, aquella cicatriz en su muñeca que solo nosotros conocíamos… tal cual era él en vida. Al ver mi cara de asombro, esbozó una media sonrisa y me dijo muy suave:
—No tengas miedo… él siempre está junto a ti, cuidándote. Solo que ahora lo ves diferente.
Sentí como si me hubieran echado un balde de agua helada de golpe; todo mi cuerpo se estremeció. Me miró a los ojos y preguntó:
—¿Ahora sí me crees?
Yo solo pude contestar, con la voz quebrada: —Sí… te creo.
Y ella respondió de inmediato, con esa misma seriedad:
—Pero no estoy aquí por eso. Eso era solo para que escucharas.
Me explicó entonces que un amigo en común —que se dedicaba a terapias alternativas, más cercanas a lo chamánico— había sido quien la envió conmigo, porque ya no sabía qué más hacer con ella. Nadie le creía. Y me contó algo que me heló la sangre por completo: ese mismo fin de semana, mi amigo se había ido también a la playa y se había llevado a su asistente, que se llamaba igual que yo: Edgar.
—¿Quién es Edgar? —preguntó de repente, como si alguien más le susurrara al oído.
—Soy yo —le respondí, confundido.
—No —dijo ella con firmeza—, ese otro Edgar… trabaja con un amigo muy cercano a ti. Está de viaje con él.
—Ah, sí —le dije—, sé de quién hablas. Trabaja con mi amigo.
—Pues él también está aquí con nosotros —me dijo, señalando el espacio vacío a mi lado.
—No puede ser —le respondí—, está de viaje con mi amigo. Lo vi antes de irme a la costa.
—Estaba de viaje, sí —me corrigió ella con voz muy suave pero segura—, pero murió hoy al mediodía. Se ahogó en el mar. Estaba tranquilo, no sufrió. Y solo quiere que le digas a tu amigo que no se sienta culpable: fue un accidente, porque se metió al agua sin saber nadar. Nadie pudo evitarlo.
Apenas terminó de decirme eso, se levantó de golpe, bajó las escaleras a toda velocidad, salió a la calle y echó a correr bajo la luz de las farolas hasta perderse en la oscuridad de la noche. Me quedé ahí, solo, confundido y estremecido. Cerré el consultorio con el velador y regresé a casa, porque al día siguiente tenía que viajar a la Ciudad de México. No dormí esa noche. Cada sombra, cada silencio, me recordaba sus palabras.
Y fue precisamente en ese trayecto, cuando cruzaba por los primeros pueblos de la autopista, cuando recibí la llamada de mi amigo. Su voz se quebraba al otro lado de la línea, como si estuviera sosteniendo un llanto desde hacía horas:
—Amigo, ¿me puedes atender? Estoy destrozado. No sé cómo decirte esto.
Le dije que sí, que respirara despacio, que estaba aquí. Y ahí, con el corazón roto, me confesó entre sollozos:
—Ayer en la playa ocurrió un accidente… Falleció Edgar, mi asistente… se ahogó. Se metió al agua solo y no sabía nadar. Es mi culpa, debí cuidarlo mejor.
Me orillé en el coche de inmediato, me detuve en el arcén, y en ese instante todo cobró un sentido terrible y asombroso: cada palabra, cada detalle, cada nombre, cada hora que aquella muchacha había esperado afuera… todo lo que me había dicho la noche anterior… era la verdad. Palabra por palabra.
Hasta el día de hoy no tengo una explicación lógica para lo que sucedió esa noche. No puedo explicar cómo lo supo, ni por qué me eligió a mí como mensajero. Solo sé que ella percibía cosas que el resto de las personas no alcanzamos a ver; y suele pasar que, al no tener cabida en lo que solemos llamar "real", lo diferente se tacha de locura sin detenerse a comprender, sin preguntar, sin escuchar.
Tiempo después pregunté por ella, pues nunca volvió a la consulta. Lo único que pude saber es que la encontraron escondida bajo una banca en una iglesia del centro de Cuernavaca, Morelos, abrazada a sus dibujos, sin comer ni hablar. Y que posteriormente fue trasladada e internada en un hospital psiquiátrico de la Ciudad de México.
A veces, las personas que acuden a nosotros traen consigo vivencias que no entendemos de entrada. Pero quizá no nos corresponde explicarlas todas. Quizá solo nos corresponde escucharlas.
Porque a veces, lo que parece locura para unos, es la única forma que tiene el mundo invisible de hablar con nosotros.
"Esta historia está basada en hechos reales."
Por: Psic. Edgar Enrique Ricalde Márquez
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