La Historia De Simón El Carmelita
Les voy a contar una historia que me relató mi suegra de un suceso que le ocurrió a...
arrow_forward LeerLos que no saben mirar
Sago Hernández Lugo. Dicen que estoy loco. Lo sueltan así, despacito en las esquinas, o se quedan callados
cuando paso por la plaza de Ezequiel Montes, como si mi sombra fuera a contagiarles
una enfermedad mala. Me ven cargar costales llenos de pedaceria de cerro, con las manos
rajadas por el calor y el frio, y menean la cabeza. "El güero está mal de la tapa",
murmuran los que se pasan la vida entera sentados en una banca esperando a que se les
pase el tiempo sin dejar más huella que el polvo de sus zapatos.
No entienden. Jamas van a entender que lo que ellos llaman "piedras inutiles" son, en
realidad, los únicos testigos que quedan de este mundo. Creen que uno anda monte arriba
perdiendo el tiempo, buscando quién sabe qué fantasías, cuando la verdad es que el cerro
habla más claro que cualquier cristiano de por aqui. Pero claro, es más fácil tachar de loco
a quien ve más allá que admitir que ellos están ciegos.
La locura, dicen. Qué sabrán de locura los que se pasan la vida midiendo a los demás con
la misma vara chueca con la que miden su propia mediocridad. Para ellos, estar cuerdo es
agachar la cabeza, trabajar de sol a sol para llenar los bolsillos ajenos, callarse cuando te
roban y sonreírle al hijo de la chingada que te saluda en la calle después de habértela
jugado por la espalda. Si eso es la salud mental, entonces que me dejen bien loco, porque yo
prefiero mil veces la compañía de una geoda que guarda millones de años de silencio que la
falsa decencia de esta gente.
Porque las piedras no traicionan. Ahi te esperan, bajo el sol de Ocotitlán o en las brechas
ásperas de Cadereyta, con su red de cuarzos, con sus formas caprichosas que parecen
huellas de un tiempo en el que este mundo era otra cosa. Uno llega al taller con las costillas
doliendo de tanto cargar, con los dedos llenos de callos y raspaduras, pero con el alma
limpia después de caminar horas con el perro, oyendo el crujir de la tierra seca. Agarras la
pulidora, le metes lima, pruebas la dureza con la punta de acero, le pasas la flama del
soplete o mides el peso exacto en la báscula digital, buscando que secretos esconden. Y en
ese silencio del taller, rodeado de maderas de tepozán que termino tallando en forma de
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