Operación Medina
Operación Medina ...
arrow_forward LeerLa sombra bajo los platanales
Autor: Rufino Espinosa Fonseca
A sus doce años, Rufino conocía de memoria el lenguaje del monte. Sabía que cuando el viento baja rasante desde las cumbres de San Cayetano y huela a copal quemado con plumas de zopilote, no hay que mirar hacia arriba. En este rincón sumergido entre las sierras de Chiapas, la noche no pertenece a los hombres, sino a aquellos que entregaron su aliento a las profundidades de la selva a cambio de poder. Rufino era un niño, de tobillos fuertes y ojos desorbitadamente atentos, acostumbrado a recorrer los senderos oscuros para llevar la leche del ganado de su tío antes del amanecer. Aquella noche de octubre, la niebla descendía tan espesa que parecía cuajada. El muchacho caminaba ajustando el morral de yute sobre su hombro, apretando el paso junto al riachuelo que divide las milpas de la vieja hacienda abandonada. Fue un llanto lo que lo detuvo. No era el chillido seco de una lechuza ni el lamento de un ternero atrapado entre las zarzas. Era un gemido humano, ahogado y desgarrador, que provenía del terreno de Doña Lupita, la anciana que vivía al final del pueblo y a quien todos atribuían el arte de curar el empacho con hierbas y oraciones. Escudriñando entre las enormes hojas de los platanales, Rufino se agazapó tras el tronco húmedo de un jobo. El frío de la tierra le calaba las rodillas, pero el terror le impidió moverse cuando vio la hoguera. No era un fuego común; sus llamas no lanzaban chispa alguna y despedían una luz verdosa, enfermiza, que hacía bailar las sombras del platanal como seres con vida propia. Alrededor del fuego no estaba solo Doña Lupita. Junto a ella aguardaban otras dos mujeres del pueblo: la tía Martha, conocida por su devoción al santísimo en la iglesia local, y Jacinta, la joven partera que apenas tres días atrás había ayudado a nacer al primogénito del alcalde. Las tres vestían prendas oscuras, manchadas de barro y ceniza. En el centro del círculo, sobre una batea de madera de cedro, reposaba un bulto envuelto en lienzos blancos. El llanto tenue venía de allí. Era un recién nacido. Rufino sintió que la sangre se le congelaba en las venas. Intentó retroceder, pero sus pies parecían haber echado raíces en la tierra húmeda. Desde su escondite, observó cómo Doña Lupita desenterraba una vasija de barro oculta entre las raíces del árbol más grande. De su interior extrajo una navaja de piedra negra, tan pulida que reflejaba el fulgor verde de las llamas. La luna está en su punto, hermanas dijo Lupita. Su voz ya no era la de la anciana frágil que caminaba apoyada en su bastón por el parque de San Cayetano, sino un silbido cavernoso que erizaba la piel. La promesa que le dimos al dueño del cerro se cumple hoy. Sangre inocente a cambio de que la peste no toque nuestras cosechas ni nuestras casas por siete años más. Es el hijo de mi propia prima, lupita murmuró Jacinta, con la voz temblorosa, pero sin dar un solo paso atrás. Le prometí a la Virgen protectora de San Cayetano que cuidaría de esta criatura. Se lo arranqué del vientre diciendo que había nacido muerto... Prometiste al pueblo la prosperidad, Jacinta interrumpió la tía Martha, fijando sus ojos desorbitados en la joven partera. La virgen no limpia nuestras deudas con la tierra. Si flaqueas ahora, el dueño del cerro vendrá por tus propios hijos. La traición se paga con la piel. El misterio de las desapariciones de niños en San Cayetano, que durante años el cura atribuyó a los pumas o a las crecidas del río durante la temporada de lluvias, se desvelaba ante los ojos aterrorizados del muchacho. No eran fieras del monte; eran las mismas mujeres que de día ofrecían pan, curaban fiebres y rezaban rosarios en la nave central de la parroquia. Rufino contuvo el aliento cuando Doña Lupita comenzó a pronunciar palabras en una lengua antigua y olvidada, un dialecto que rasgaba el aire como el roce de dos piedras secas. La anciana desabrochó su vestido de manta. Ante el asombro del muchacho, Lupita comenzó a desprenderse de las articulaciones de sus piernas con una tranquilidad espeluznante. El sonido de las coyunturas al romperse resonó entre los árboles como la quiebra de ramas secas. Se quitó la piel de las extremidades inferiores como quien se retira un calcetín viejo, dejándola doblada a un costado sobre las hojas secas. Instantes después, la tía Martha hizo lo propio, quitándose la piel de sus brazos y torso hasta quedar reducida a una estructura sanguinolenta y grotesca que, sin embargo, se mantenía erguida. Las dos mujeres convertidas en sombras chinescas comenzaron a dar brincos rítmicos alrededor de la batea de madera, transformando sus voces en graznidos de aves de rapiña. Jacinta sostuvo la navaja de obsidiana. Pero el miedo a la condena eterna o el remordimiento por la sangre de su propia estirpe quebró su determinación en el último segundo. ¡No puedo! chilló Jacinta, dejando caer la navaja sobre la hierba. ¡Es la sangre de mi sangre! ¡Prefiero que el monte me trague antes que entregar a este niño! El silencio cayó de golpe sobre el platanal, más denso que la niebla. Doña Lupita se detuvo en seco. Sus ojos, vacíos de cuencas humanas, se fijaron en la partera. Traidora siseó Lupita. Sabías las reglas cuando bebiste la leche de la serpiente con nosotras. Ninguna promesa al señor del monte se rompe sin castigo. Antes de que Jacinta pudiera correr o gritar, la figura desollada de la tía Martha se abalanzó sobre ella con una velocidad sobrehumana. Con garras que parecían haberse endurecido en las brasas, le sujetó el rostro mientras Doña Lupita recogía del suelo una puñada de ceniza negra y se la embutía a la fuerza en la garganta. Los espasmos de Jacinta duraron apenas unos segundos. Su cuerpo cayó pesadamente sobre la batea, volcando al recién nacido, que rodó sobre la hierba llorando con más fuerza. La piel despojada de las dos brujas comenzó a convulsionar en el suelo, atrayendo la luz verde hacia sus contornos hasta transformar a las ancianas en enormes lechuzas de plumaje negro y gris, con rostros deformes que conservaban rasgos vagamente humanos. Rufino sintió que el corazón le martillaba el pecho con tal fuerza que temió que los entes lo escucharan. Apretó la mandíbula hasta sentir el sabor metálico de la sangre en la boca. Las dos criaturas emplumadas revolotearon sobre el cuerpo inerte de Jacinta, rasgando su carne para sellar la traición antes de que el primer rayo de sol asomara por el horizonte de Chiapas. Sabían que el pacto se había alterado: la traidora reemplazaría la ofrenda del niño, pero la sed del cerro exigía que nada ni nadie fuera testigo de la noche. En ese momento, el morral de yute de Rufino rozó la rama baja de un arbusto de espinas. El leve chasquido cortó el aire de la madrugada. Las dos lechuzas gigantes giraron sus cabezas de forma antinatural, completando un giro de ciento ochenta grados. Cuatro ojos amarillos y encendidos se clavaron en la oscuridad del tronco de jobo donde el niño intentaba invisibilizarse. Hay un aliento vivo entre las hojas... graznó la que alguna vez fue la tía Martha. El pánico disolvió la parálisis de Rufino. El muchacho dio media vuelta y echó a correr a ciegas entre las milpas, sintiendo cómo los abrojos y las espinas le desgarraban la camisa y los brazos. Detrás de él, el pesado batir de alas gigantescas comenzó a hendir la niebla. El aire se volvió frío como el hielo y un hedor a azufre y carne podrida invadió sus pulmones. ¡Corre, Rufino! parecía decir el viento, o tal vez era el eco de los lamentos de Jacinta que aún flotaba en el ambiente. El niño no miró hacia atrás. Sabía, por las historias de los ancianos junto al fogón, que si miraba a la lechuza a los ojos mientras volaba, su sombra quedaría atrapada para siempre en el monte. Tropezó con una raíz, rodó por la tierra húmeda, pero se levantó al instante ignorando el dolor punzante en su tobillo. A lo lejos, las luces del campanario de la iglesia de San Cayetano comenzaban a perfilarse entre la penumbra previa al alba. Si lograba cruzar el umbral de madera bendecida antes de que las brujas lo alcanzaran, la protección del templo impediría que entraran. El chasquido de los picos se escuchaba a apenas unos metros de su cabeza. Sintió el viento producido por las garras rasgando el aire por encima de su nuca. Con un último esfuerzo sobrehumano, desprovisto de aliento y con los pulmones ardiéndole como brasas, Rufino se arrojó contra la pesada puerta lateral de la iglesia, empujándola con todo el peso de su cuerpo. Cayó de bruces sobre el suelo de losas frías del templo justo cuando la primera campanada del alba resonó en el campanario. Fuera, un chillido horrendo, de dolor y rabia pura, atravesó la niebla de San Cayetano. El primer rayo de luz tocó las copas de los árboles, desintegrando la magia negra que sostenía el vuelo de los entes. Rufino quedó tendido sobre la piedra, temblando incontrolablemente, abrazado a su morral. Horas más tarde, los vecinos encontraron el cuerpo de Jacinta cerca del arroyo, afirmando que había sido atacada por un jaguar de la sierra. Del recién nacido no se encontró rastro alguno, aunque algunos juran que en las noches de luna llena se escucha un llanto suave entre los platanales. Rufino nunca volvió a hablar del asunto con nadie en el pueblo. Sabía que Doña Lupita y la tía Martha seguían caminando entre ellos de día, repartiendo pan a la salida de la misa, saludando a su madre en la plaza y sonriéndole al muchacho cada vez que cruzaban miradas. Una sonrisa helada, cargada de un mensaje silencioso: la traición se castiga con la muerte, pero el silencio es lo único que mantiene a raya a las sombras de San Cayetano.
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