Emilio Colina

Misterio

El Barman Y La Cocinera

person Emilio Colina

El Barman Y La Cocinera

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Policía de Montevideo, Comisaría de la 1.ª Sección

Lunes 8 de julio

8:00 a. m. – Occiso de identidad desconocida

 

Tras denuncia anónima, pericias realizadas constatan la existencia del cadáver de un masculino en las inmediaciones de Av. Miramontes y San Patricio.

Se trata de un sexagenario indigente, ocupante de dicha esquina desde hace años. En torno al cuerpo había cartones, mantas viejas y diversos enseres (botellas con licor y con orín, ollas, vasos, etc.). Se señala puntualmente el hallazgo de una boquilla antigua que sostenía un cigarrillo a medio consumir.

El cadáver presentaba graves lesiones craneales producidas por un objeto macizo, tal vez de metal o de piedra. Fue trasladado a la morgue forense para la autopsia.

Se remite la información a la División correspondiente.

 

10:00 a. m. – Denuncia por desaparición del ciudadano Éber Machado

Comparece el ciudadano Pedro Perrone, propietario del local gastronómico El Sol Rojo, sito en Puerto Sur 2024, para denunciar la desaparición de su empleado y encargado, Éber Machado, de quien desconoce el paradero desde la noche del viernes 5.

Declara que, de forma abrupta y fuera del protocolo, Machado cerró el local antes del horario habitual y se marchó junto a Yoselín Jafar, cocinera del establecimiento. El denunciante afirma haber llamado insistentemente al teléfono de Machado y visitado su domicilio sin obtener respuesta. Asimismo, contactó a los familiares directos en la ciudad de Paysandú, quienes aducen no tener noticias.

Descripción del desaparecido: Masculino, 1.80 metros de altura, delgado, cabello y ojos castaños. Veintiocho años de edad, soltero, residente en Montevideo. Sin actividades regulares conocidas fuera de su empleo.

 

Reporte policial

Martes 9 de julio – Informe N.º 1

Mediante orden judicial, se procedió al registro de la vivienda monoambiente del señor Éber Machado, en el edificio sito en la calle Cervantes 1958, apartamento 12.

No se observan señales de irrupción, lucha o violencia. El lugar se encuentra en condiciones normales y no se constatan faltantes ni indicios de mudanza o viaje.

Al revisar el ordenador del Sr. Machado, se halló un archivo de texto reciente en el escritorio, cuyo contenido se transcribe a continuación:

Anoche tuve un sueño muy extraño.
No porque soñara con Yoselín, eso es bastante frecuente. Lo extraño fue que no se trataba ni de un paseo romántico ni de un encuentro erótico, como suele suceder.
Este sucedía en el legendario cumpleaños de quince de Yoselín, asunto que había escondido profundamente en mi memoria.
Estaba sentado junto a varios compañeros del liceo. Desde nuestra mesa veía perfectamente a sus padres y algunos familiares. No podía dejar de observar al señor Jafar. Estaba inusualmente nervioso, sobre todo para alguien con un carácter tan adusto.
La fiesta transcurría tal y como la recordaba. Todo era esplendor. Habían gastado una fortuna.
Yoselín lucía como una princesa, reluciente en su vestido blanco.
Ella iba de un grupo a otro hasta que, pasada la medianoche, desapareció.
Eso me inquietó. Me acerqué al señor Jafar y le dije que hacía rato no la veía. Me clavó una mirada durísima. Sentí un frío en la espalda tal que casi me meo encima.
Ella está bien. Está cumpliendo con su destino —respondió.
En ese instante desperté.
Recordar sus palabras, las mismas que había pronunciado en aquella ocasión, todavía me hace estremecer.
Algo en mí hizo clic. Pienso que fue una especie de epifanía. No puede ser casualidad que la prosperidad de los Jafar se esfumara tan rápido como llegó. Poco después de «La fiesta del siglo», como la llamaron los diarios del lugar, terminaron vendiendo todo y mudándose a Montevideo a vivir como laburantes.
Creo que al fin sé lo que pasó esa noche y voy a intentar deshacer este entuerto.

 

Testimonio del ciudadano José González, mozo de salón del Bar El Sol Rojo

El bar se abrió puntualmente, como cada viernes, a las 19:00 hs. Hacía un rato que algunos clientes esperaban en la puerta. La barra de bebidas y las tapas frescas estaban disponibles, como siempre. Se escuchaba la habitual actividad en la cocina, donde se preparaban los platos de la cena que se sirven a partir de las 22:00 hs.

Todo transcurría con normalidad. La gente entraba, tomaba unos tragos y consumía tapas. Lo hacían tanto en la barra como en las mesas del salón, que no es muy amplio pero sí cómodo y acogedor. Ahí es donde yo hago mi trabajo. El pequeño espacio al que llamamos escenario, donde se monta el show musical que acompaña a los comensales a partir de las 21:45, estaba a oscuras. Algunos de los asistentes se quedaron hasta la hora de la cena, otros se fueron un poco antes y otros irían llegando con el correr de las horas.

Pero aquella noche ocurrió algo distinto. Poco antes de la medianoche, Éber (que además del barman es el encargado) anunció que había surgido un inconveniente inesperado y que tendría que cerrar en breve. Pidió disculpas y exhortó amablemente a que abandonáramos el salón.

A las 24:00 en punto, sorprendidos, los empleados y los clientes estábamos afuera.

Una vez bajadas las cortinas metálicas y puestos los candados, Éber y Yoselín, la jefa de cocina, se alejaron hacia el este. Parecía que alguien los estuviera esperando en algún sitio. Doblaron a la derecha en la esquina y los perdimos de vista. El resto nos quedamos comentando sobre lo ocurrido hasta que cada uno siguió su camino. Yo me fui directo a mi casa. La verdad, estaba algo molesto porque los viernes son el mejor día de propinas.

¡Ah! Antes de irse, Éber retrocedió unos pasos y nos dijo en voz baja que, si aparecía un hombre mayor, vestido de forma elegante, preguntando por Yoselín, le dijéramos que no sabíamos nada. En eso fue insistente: nada de nada, ni aunque dijera ser su padre.

Fue lo último que le escuché decir. Al otro día el bar lo abrió el dueño.

No. Mientras estuvimos ahí nadie apareció.

No. No he vuelto a saber nada de ellos. Tampoco me contestan las llamadas.

 

Testimonio de la ciudadana Yoselín Jafar, cocinera del Bar El Sol Rojo

La noche del viernes comenzó como cualquier otra. Yo estaba en la cocina adelantando la producción del menú y las tapas ya estaban listas en la barra. Pero para mí era una noche especial: al otro día cumplía veintiún años. Éber me había dicho que me preparara, porque pasada la medianoche me iba a dar una sorpresa.

A eso de las 23:30 me avisó que en quince minutos cerraría el local. Me pidió que apagara los fuegos y guardara todo. Le pregunté si estaba loco; me respondió que un poco sí, pero que era por mi culpa. Dijo que en la siesta había tenido un sueño, una epifanía relacionada con mi fiesta de quince, que me acompañaría hasta la pensión y allí me explicaría.

No, la verdad es que no querría hablar de eso. Lo que me pasó en esa fiesta fue complicado y evito recordarlo. Lo que me decía Éber sonaba disparatado, sí, pero como es mi jefe y mi mejor amigo, le seguí la corriente. Después de todo, ¿Quién rechaza tener libre el día de su cumpleaños?

¿Que qué pasó después? Bueno, fuimos hasta la pieza de la pensión, nos preparé un té de tilo bien cargado y me acosté a dormir, como él lo sugirió. Me dijo que sería bueno que estuviera bien descansada para disfrutar del día libre; que cuando amaneciera me haría un gran desayuno y que luego saldríamos a disfrutar. Él se quedaría sentado junto a mí hasta que me durmiera. Quería estar seguro de que tuviera un sueño reparador.

Me di una ducha, me puse el camisón y me metí en la cama. Éber se acomodó en el único sillón que había en la pieza leyendo un libro que me había regalado cuando comencé a trabajar en El Sol Rojo. Es un libro antiguo, de esos que ya no se hacen; es grande, con tapas de cuero. El título es Haciendo cocidos con mondongo, si mal no recuerdo. Me pareció divertido que se enganchara con eso. En ese momento pensé que se dormiría antes que yo.

Al principio me costó dormirme. No porque él estuviera allí; le tengo absoluta confianza desde la época del liceo, pero había algo extraño.

Finalmente me dormí.

Tengo el recuerdo borroso de que, en plena noche, alguien golpeó la puerta. Escuché a Éber conversar en susurros durante un rato. Cuando cerró la puerta y volvió al sillón, me dormí profundamente. Fue un sueño reconfortante, sin las pesadillas que sufro desde mi infancia. Dormí a pata suelta. Al despertar, tarde por la mañana, él ya no estaba. Había sobre la mesa una nota escrita a mano en una hoja de cuaderno.

Sí, me llamó un poco la atención, pero entendí que pretendía tranquilizarme. Éber siempre se involucra en los problemas ajenos. Yo le digo, cariñosamente, «mi Quijote».

De hecho, para su cumpleaños, yo le quise hacer un regalo ingenioso. Quería retribuirle todas las consideraciones que me ha tenido desde que llegué de Paysandú. Entonces le di una espada que encontré en la feria de Tristán Narvaja. Pensé que era una imitación de una espada medieval, como de caballero andante. Pero él me corrigió diciendo que era algo mucho mejor de lo que yo pensaba. Resultó ser una reproducción de la Espada del Augurio, de unas aventuras que salían en la televisión. Después se la apoyó en la frente y, con voz solemne, dijo:

—Ojo de Thundera, hazme ver más allá de lo evidente.

Nunca entendí mucho esas cosas de nerd.

Ah, sí, la esquela decía: «Tu padre ya no te molestará más. Nos vemos mañana y te lo explico». Y no, ya le dije que no sé a qué se refiere.

No, no he sabido nada más de él hasta ahora. ¿Por qué, le pasó algo?

¿Cómo que está desaparecido?

 

Testimonio de la ciudadana Imilce Martínez, vecina de pensión

No me malinterprete, señor agente, no es que yo sea una chusma. Lo que pasa es que tengo el sueño liviano y las paredes de estas piezas son muy finitas. De obra seca, creo que le dicen.

Serían las tres de la mañana cuando escuché golpes en una puerta. Primero pensé que era la mía, que es de chapa, ¿vio?, así que, sorprendida, miré por el ventanuco. No vi a nadie.

Entonces escuché que de la pieza de Yoselín salía la voz de un hombre preguntando: «¿Quién es?». Después siguió murmurando, como si hablara con alguien, pero eso fue lo único que entendí con claridad.

Eso me preocupó un poco porque ella es una muchacha tranquila. Es dulce, trabajadora y no tiene novio, que yo sepa. Además, a esa hora ni siquiera tendría que haber estado en la pensión. Por eso quedé prestando atención, por si había algún grito o ruido extraño. Pero nada, además de los murmullos no pasó nada raro.

Pocos minutos después, un tipo se fue andando tranquilo, dejando la habitación en silencio y a oscuras.

Entonces me fui a dormir, porque en realidad no hubo ninguna situación de violencia o algo parecido, así que pensé que era cosa de una escapadita de amantes. Después ya no supe más nada, hasta que ustedes vinieron a molestarme.

 

Testimonio del ciudadano Alejandro Machado, hermano menor de Éber

No, no noté nada raro en mi hermano últimamente; bueno, nada fuera de su rareza habitual.

Sí, nos vemos bastante seguido, él me ha ayudado mucho desde que vine de Paysandú, pero no porque sea su hermano. Él es así con todos. Es laburador, atento y servicial, se preocupa por ayudar. En su tiempo libre se la pasa en librerías y le encantan los juegos de rol y las fantasías medievales. Éber es todo un friki, como se dice ahora.

Sí, conozco a Yoselín, por supuesto. Fuimos a la escuela y al liceo juntos.

Sí, claro que me gustaba. Le gustaba a todo el mundo. Era preciosa, pero se vino abajo anímicamente cuando su familia se declaró en quiebra. El señor Jafar nunca se recuperó de ese golpe; se volvió un borracho violento y cínico. Especialmente cruel con Yoselín, a la que echó cuando cumplió los dieciocho años.

Pero para mi hermano la cosa era diferente. Siempre estuvo secretamente enamorado de ella; le escribía poemas y le hacía dibujos. Su plan era declararse en la fiesta de quince.

Aquella fiesta fue inolvidable, pero por lo malo. Pasada la medianoche, Yoselín desapareció. La encontraron al otro día en su dormitorio, con el vestido blanco todo desgarrado. El misterio nunca se aclaró, pero corrió el rumor de que la habían visto a los besos cerca del tajamar con un tipo veterano y elegante, el gerente del Countrybank local. Poco después lo trasladaron a la sucursal de Paso de los Toros. Raro, ¿no?

Mi hermano nunca llegó a meterse en esos rumores porque abandonó la fiesta apenas comenzó el alboroto. Creo que salió a buscarla.

Un par de días después se vino definitivamente a Montevideo. Ya tenía previsto estudiar acá, aunque una vez me confesó que, si Yoselín aceptaba ser su novia, pensaba quedarse en Paysandú. Pero como todo salió mal, se vino.

No, nunca volvimos a hablar del tema. Ahora que ustedes me preguntan, hago suposiciones.

Tampoco tengo idea de dónde pueda estar. Esto no es propio de él y me preocupa muchísimo. ¿Tienen alguna pista?

 

Reporte policial

Martes 9 de julio – Informe N.º 2

Según diversos testimonios, el señor Omar Jafar, padre de Yoselín Jafar, podría haber estado vinculado a los hechos investigados, por lo que se dispuso su ubicación.

Una vez localizado el susodicho, no fue posible tomarle declaración debido a su estado de salud.

El señor Jafar padece una afección pulmonar crónica que le provoca crisis respiratorias severas, especialmente en esta época del año. Según consta en los registros médicos del hospital donde fue hallado internado, permanece allí desde antes de la noche en cuestión, bajo tratamiento y observación permanente.

No existen elementos que permitan relacionarlo con los hechos investigados.

 

Policía de Paysandú, Comisaría de la 3.ª Sección

Jueves 11 de julio

Detención del ciudadano Éber Machado

En el día de la fecha, entre las 7:00 y las 7:15 horas, un móvil policial interceptó a un individuo mientras deambulaba por la banquina de la ruta nacional en dirección sur-norte. Rápidamente fue identificado como Éber Machado.

Al constatar que había una alerta por desaparición emitida en la capital, se procedió a su resguardo y a reportarlo a las autoridades correspondientes.

El sujeto presentaba un cuadro de agotamiento severo y deshidratación leve, sin lesiones o traumas físicos. Vestimenta sucia y raída, barba de varios días. Declaró recordar haber salido a pie del apartamento de una amiga en Montevideo la madrugada del sábado 6. El diagnóstico médico y su aspecto sugieren que caminó durante días desde la capital hasta el departamento de Paysandú.

Tras tomar una ducha, una ingesta y tener unas horas de descanso, se le tomó la declaración adjunta.

 

Declaración del ciudadano Éber Machado

Ahora que lo pienso, creo que todo comenzó hace varios años.

Recuerdo perfectamente aquella noche, cuando la orquesta hizo silencio y comenzaron los fuegos artificiales. Después apareció ella.

Entró acompañada por sus madrinas, hermosa como nunca la había visto. Todas eran bonitas, pero ninguna como Yoselín. Aquello se parecía más a un concurso de belleza que a un cumpleaños y ella era la reina.

Yo la conocía hacía poco más de un año. Era compañera de mi hermano menor y la había visto por primera vez una tarde en casa. Enseguida me gustó, era hermosa.

Pero también era inteligente, amable y segura de sí misma. Entonces me enamoré.

Siempre busqué la oportunidad de declararme, y pensé que esa noche sería la indicada.

La fiesta era tremenda y la noche avanzaba entre bailes y festejos. Mariachis, alternando con una orquesta tropical de moda, mesas repletas de entremeses, una enorme parrilla rebosante de carnes, achuras y chorizos caseros. La torta era más propia de un casamiento que de una quinceañera. Había refrescos para los gurises y alcohol para los adultos, sin restricciones.

Toda la ciudad comentaba aquel festejo desmesurado. Sobre todo porque hasta no hacía mucho los Jafar estaban prácticamente fundidos y, de pronto, un golpe de suerte con las cosechas y el ganado los había convertido en gente próspera. Parecía que querían alardear de ello.

Yo esperaba pacientemente el momento oportuno para acercarme y confesarle mi interés.

Pero pasada la medianoche, durante uno de esos momentos de calma que se dan en las fiestas, noté su ausencia. Comencé a preguntar por ella, pero hacía rato que nadie la veía, así que decidí buscarla.

Después de recorrer los rincones del salón y las mesas que estaban afuera, me pareció ver movimientos debajo de la vieja acacia, que está a unos veinte metros, cerca del tajamar, donde la algarabía de la fiesta no llegaba.

Me dirigí hasta allí y lo que vi me partió al medio.

No estaba sola.

Había un hombre mayor con ella, muy elegante. La abrazaba y la manoseaba mientras ella apenas podía apartarlo.

Sentí una confusa mezcla de asco y de rabia.

Pensé en avisarle al padre. Tal vez había que socorrerla.

Corrí a buscarlo. Pero cuando me acerqué me miró con una expresión tan gélida que todavía me hace estremecer.

—¿Qué querés?

Le pregunté si sabía dónde estaba Yoselín.

Volvió a mirar hacia la mesa y, sin dejar de cortar el asado que tenía en el plato, respondió:

—Yoselín está bien. Está cumpliendo su destino.

Fue tan cortante que no me dejó continuar. Me pareció que él sabía lo que estaba pasando. Aún peor, ¿acaso lo consentía?

Entonces me fui de la fiesta y un par de días después me mudé a Montevideo, a terminar mis estudios.

El asunto es que nunca más la volví a ver hasta que una tarde, hace como dos años, se apareció por el boliche.

Estábamos haciendo entrevistas para una cocinera y ella había sido citada por el dueño. Yo me enteré recién cuando la tuve enfrente. Enseguida sentí una alegría inmensa al verla. No se me cruzó ni por un momento el recuerdo de aquella última noche. Le dije al dueño que la conocía y que podía confiar en ella, que la tomara nomás. Así fue que empezamos una nueva etapa en nuestra relación, una de amistad. De sincera amistad.

¿Qué tiene que ver todo esto con mi situación actual? Bueno… la cuestión es que mi amor por ella resurgió desde lo más profundo. Tal vez más inquietante y demandante, pero ella no parece pensar en mí como en un hombre. Soy «el amigo» y nada más. Me quiere mucho, pero no de la forma que yo necesito. Y me he sentido un poco estresado por la situación.

No podía seguir así, necesitaba definir la situación para seguir adelante, fuera por sí o por no. Decidí encontrar la manera más amigable de confesárselo, así que de a poco imaginé un plan.

El sábado pasado ella cumplió veintiún años. Me pareció una oportunidad como para tener un gesto seductor. Pensé en darle el día libre, pero como trabajamos de noche, tendría que ser a partir de las veinticuatro del viernes para el sábado. Pensé que galantemente la llevaría a su cuarto y la dejaría dormir, para luego despertarla con un fenomenal desayuno y sacarla de paseo por la rambla y allí hablarle de mi amor, con un ramo de flores en la mano.

Todo estuvo bastante bien hasta que se durmió. Yo estaba sentado a su lado, leyendo un libro que ella tenía por ahí, muy antiguo, de esos con tapa de cuero que se llamaba algo así como Haciendo contratos con Mandinga. Me llamó mucho la atención este asunto. ¿Por qué tendría ella un libro así? Me lo puse a leer y me causó gran impresión. Al final, yo también me dormí.

Entonces, en determinado momento de la noche, sentí ganas de ir al baño. Cuando volví, la vi en la cama, boca arriba. La sábana apenas le cubría el pubis y su pequeño camisón dejaba en evidencia que no traía ropa interior. Sus firmes senos lucían tentadores y su pelo, alborotado por toda la almohada, hacía pensar en descontrol. Me sentí inundado por una emoción sofocante. Me acerqué lentamente, me recosté junto a ella y, como caricias, comencé a besar sus hombros.

En los primeros instantes ella aceptó el trato. Se dibujó una sutil sonrisa en su rostro y emitió un suave gemido. Yo estaba listo. Apoyé mi mano suavemente sobre la curva de su cadera, porque quería ir despacio, llevándola por el sendero más sutil, como un mago que demora con gracia el momento de mostrar el prodigio.

De pronto, golpearon en la puerta.

Me alarmé y me paré de un salto. Pensé en que si ella se despertaba en ese momento y veía la escena en la que estábamos, todo se arruinaría. ¿Cómo se lo explico? Estaba tan perturbado y confundido conmigo mismo que ni pensé en lo raro de la situación. ¿Por qué alguien llegaría a esa hora?

Me acerqué a la puerta y pregunté «¿Quién es?», mientras miraba por el ventanuco.

Cuando vi quién estaba del otro lado casi me desmayé. Era el señor Jafar, con la misma furia de aquella noche.

—Sabés quién soy, ¿verdad? —me dijo.

—Sí... pero ¿Qué quiere, qué hace usted acá?

—Vine a impedir que hagas algo de lo que te arrepentirías toda la vida. No podés tocar lo que no te pertenece.

—¿Qué es lo que no me pertenece? —le dije.

—Yoselín. Ella es mi propiedad. Y mientras yo no pueda cumplir el contrato, jamás nadie la tocará. ¿Te acordás de aquella maldita noche, vago de mierda? Cuando Yoselín vio que los estabas mirando se puso como loca y le dio una patada en la canilla y un rodillazo en las bolas al pobre de Posadas. El señor Posadas nunca me lo perdonó. El Gran Maestro tampoco y por eso fui condenado. Perdí todo lo que había logrado en la vida por no cumplir. ¿Por no cumplir? ¡Mierda! Yo sí cumplí, yo la entregué a la Yoselín. Fuiste vos el pendejo que me cagó la vida. Así que ahora te exijo que me devuelvas lo que es mío.

Con determinación, impedí que entrara a la pieza. Inclusive lo amenacé con una espada de juguete que me regaló Yoselín, pero que parece de verdad. Hasta se me dio por pronunciar una frase que recién había leído en ese raro libro de Yoselín. Le dije:

Invoco la cruz con este facón afilado,
y rompo los lazos con el malvado.

Eso pareció sorprenderle. Creo que se dio cuenta de que sería inútil cualquier amenaza y se fue. Yo me dejé caer en el sillón totalmente confundido. Sentía vergüenza, sentía enojo, sentía frustración y miedo, todo a la vez.

La besé en la frente y me fui.

Al poco de salir, veo bajo el farol de la esquina a un veterano alto y elegante, de traje y corbata. Fumaba un cigarro con boquilla y miraba tranquilo la luna.

Cuando lo tuve más cerca, mi castigado estado de ánimo pareció colapsar. O mis ojos me engañaban o tenía justo frente a mí al Señor Posadas, aquel gerente general de la sucursal de Paysandú del Countrybank. Estaba igual.

Toda la frustración contenida en estos años se desbocó. Vi una baldosa floja, la agarré y salí corriendo hacia ese ser maligno. Sentí toda la fuerza de la justicia divina entre mis manos. El pacto siniestro del que Yoselín era víctima se pulverizaría. Yo haría cancelar cualquier sucia trama que no incluyera el amor genuino que siento por ella.

Y ese es mi último recuerdo. Me estaba abalanzando sobre el tipo, mientras él me miraba con fijeza y se sonreía de costado.

Después, nada más, hasta que desperté en esta comisaría.

Y le aseguro que es horrible no poder recordar lo que pasó, porque la incertidumbre es lo peor de todo.

Porque todavía no sé si la salvé, o si tendré que hacerlo otra vez.

 

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