Terror

El Espejo De Abisinia

person Nestor Gimenez

El Espejo De Abisinia

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El Espejo de Abisinia

 

I. El camino de los espectros

La niebla no era simplemente un fenómeno climático en los Cárpatos orientales; era un sudario húmedo, pesado y silencioso que se arrastraba desde las cumbres como un depredador ciego. Se tragaba los viejos caminos que llevaban al Castillo de Orlov, borrando los límites entre los senderos y el abismo. Era el invierno de 1780. El aire en los Balcanes vibraba con un frío que no pertenecía a este mundo, cargado con los susurros de viejas maldiciones y el hedor dulce de leyendas que brotaban de las grietas de unas rocas que palpitaban, rítmicas, como si estuvieran vivas bajo la piel de la tierra.

Un carruaje maltrecho, desprovisto de blasones o insignias que revelaran su origen, avanzaba dando tumbos sobre el terreno hostil. Sus ruedas, al hundirse en el barro encharcado, arrancaban a la noche un quejido metálico constante; un lamento rítmico que se trenzaba con los aullidos distantes de los lobos y el crujir agónico de la madera vieja, castigada por años de abandono. El cochero era una figura espectral, una silueta hundida entre harapos mugrientos. Una bufanda raída le cubría medio rostro, mientras que un sombrero de ala ancha apenas dejaba libre una hendija para espiar el camino. No había pronunciado palabra alguna desde la última posta; parecía un ser hueco, concentrado únicamente en azotar a los caballos con una saña mecánica, impulsado por una urgencia que rayaba en el pánico más absoluto.

En el interior se refugiaba Vladimir, un joven bibliotecario de Viena cuya existencia se había cimentado en la seguridad de la erudición silenciosa y el orden inmutable de los libros. El frío le traspasaba sus mejores ropas de lana, colándosele hasta la médula con una persistencia malévola. La luz del único farol exterior vacilaba con cada sacudida, proyectando destellos que revelaban un paisaje de pesadilla: las ramas retorcidas de los árboles se alzaban como dedos esqueléticos suplicando una clemencia que la noche no estaba dispuesta a conceder.

Vladimir apretaba contra su pecho un maletín de cuero que custodiaba el testamento de su tío abuelo, el Voivoda Mikołaj Zebrzydowski. El anciano había sido una figura mítica y temida; un hombre que pasó décadas en las regiones más remotas de África para regresar con una fortuna inexplicable y una mirada que, según decían, podía helar la sangre de los valientes que se atrevían a mirarlo. Vladimir era su único heredero, el último eslabón de un linaje desgastado por la ambición y la sombra. Mientras el carruaje ascendía, el joven sintió que no era solo la codicia lo que lo arrastraba hacia Orlov; era un magnetismo oscuro, una fuerza invisible y antigua que lo reclamaba desde las profundidades del castillo.


II. La llegada

Al llegar, los merlones del castillo emergieron de la bruma como esqueletos de piedra calcinada. Lejos de ser una simple ruina gótica, el Castillo de Orlov exhibía una arquitectura de influencias clasicistas que le conferían una entidad viva y señorial, la solidez de una fortaleza con pulso propio. Sus muros, escarpados como laderas infranqueables, estaban cubiertos por una hiedra de hojas renegridas que no parecía un adorno, sino una mortaja ceñida a sus contornos de roca.

Vladimir descendió del carruaje con las articulaciones entumecidas. Apenas sus pies tocaron el suelo y recuperó su equipaje, el cochero, sin mirarlo, restalló un latigazo seco al que le siguieron dos más, fustigando a los caballos con urgencia frenética. El carruaje se puso en marcha con un violento vaivén; raudamente, las ruedas lo lanzaron al camino hasta que la niebla lo devoró por completo. Solo permaneció el eco lejano de los cascos, dejando al pasajero envuelto en una inquietante soledad vacua.

Cuidando cada paso para esquivar el lodazal, Vladimir se dirigió hacia la entrada principal. El aire arrastraba un aroma adormecedor a musgo, piedra vieja y tierra húmeda. Al alcanzar el portal, tomó la pesada aldaba de bronce, fría como el hielo, y golpeó tres veces. El sonido retumbó en el valle. Casi de inmediato, el estrépito de un cerrojo liberó el portón de roble, que se abrió con un chirrido capaz de rasgar la noche.

Lo recibió József, el último sirviente que aún habitaba el castillo. El hombre, de espalda encorvada por el peso de los años, lo acogió como si lo hubiera aguardado durante décadas. Bajo la luz mortecina de un farol de aceite, lo inspeccionó de arriba abajo con una minuciosidad inquietante. Su mirada, mezcla de curiosidad e impertinencia, no dejaba nada al azar. Vladimir creyó percibir una advertencia muda en aquellos ojos hundidos en unos glóbulos oculares amarillentos como papiros. «Huye antes de que sea tarde». Sin embargo, el bibliotecario dudó de sus sentidos; se convenció de que no era más que el reflejo de su propio temor.

József lo invitó a recorrer las estancias con un gesto lánguido. Fue una procesión sombría por habitaciones carcomidas y salones poblados de retratos con ojos vacíos que parecían seguir su rastro. Las telarañas se tendían entre los marcos como puentes finos y bamboleantes, atrapando el polvo de siglos. El aire olía a encierro, a olvido y a un extraño aroma, metálico y dulce a la vez, que lo hizo estremecer de forma instintiva. Fue entonces cuando su curiosidad natural lo detuvo ante la gran biblioteca, atraído por una profusa y desordenada colección de volúmenes encuadernados en piel.

El Voivoda era célebre por su sabiduría prohibida, aunque esta siempre aparecía teñida por las habladurías pueblerinas que lo ligaban a las artes esotéricas más oscuras. Se susurraba sobre pactos de sangre sellados en el desierto y sesiones de nigromancia; incluso se decía que, por las noches, los gritos de agonía traspasaban los muros de piedra. Nadie en la región se atrevía a confirmar tales anomalías y, sobre todo, se evitaba mencionar, incluso en susurros, los últimos años de vida del Voivoda.


III. La cena de las verdades amargas

La cena de esa noche se sirvió en el Gran Comedor, una estancia vasta donde la humedad de los muros parecía haber devorado, con hambre lenta, el color de los antiguos frescos. La mesa, una pieza de roble negro lo suficientemente larga como para sentar a veinte comensales, solo tenía dos puestos preparados en extremos opuestos, como si Vladimir y el fantasma de su tío estuvieran a punto sellar un encuentro.

József sirvió un estofado espeso de carne de caza que desprendía un vapor denso y acre. El sirviente se movía con una cojera rítmica, un sonido seco sobre las losas, y cada vez que pasaba detrás de Vladimir, el joven sentía un soplo de aire álgido que le erizaba la nuca.

—El vino es de las bodegas bajas, señor —dijo József, rompiendo el espeso silencio con una voz aguardentosa—. El Voivoda decía que el tiempo en la oscuridad es lo único que le da carácter a la sangre de la uva.

Vladimir tomó un sorbo. El sabor era ferroso, punzante, casi desagradable al paladar.

—Mi tío... ¿estaba solo cuando ocurrió? —preguntó Vladimir, tratando de sostener la mirada del sirviente para reafirmar su propia autoridad.

József dejó la botella sobre la mesa con una lentitud calculada y se inclinó hacia él. La luz de las velas se hundió en sus ojos dejando unas huellas cóncavas.

—Nadie está solo en Orlov, joven amo. Las paredes tienen memoria y la memoria tiene hambre. Si me permite un consejo de alguien que ha visto las estaciones pasar sin que el sol toque su piel... no deshaga sus baúles.

Vladimir dejó los cubiertos sobre el plato; el sonido del metal contra la porcelana resonó con una nota aguda y discordante en el salón vacío.

—¿Me está amenazando, József?

—Le estoy advirtiendo —el sirviente bajó la voz a un susurro íntimo y truculento—. El Voivoda trajo algo de Abisinia que no cabe en este mundo. Al principio parece un regalo, una herencia de poder. Pero es un parásito. Se alimenta de la voluntad de quien lo posee. Si usted se queda tres noches más, el castillo dejará de ser una propiedad en sus papeles para convertirse en la piel que lo envuelve. Huya mañana, mientras todavía recuerda el color del cielo de Viena. Porque después de la tercera noche, sus ojos solo verán lo que estos muros de piedra quieren que vean.

József se retiró perdiéndose entre las sombras espesas antes de que Vladimir pudiera replicar,

dejándolo solo con el eco de sus palabras y un persistente regusto metálico en la boca que su mente cientificista, en un esfuerzo por mantener la cordura, atribuyó a la acidez del vino


IV. El relato del caos: Los diarios de Lalibela

Esa misma noche, incapaz de conciliar el sueño debido al frío y al desasosiego, Vladimir regresó a la biblioteca. Bajo la luz vacilante de un candelabro de plata del que colgaban estalactitas de vela derretida, abrió al azar un tomo forrado en piel de cabra: era el diario de la expedición del Voivoda a África en 1754. La caligrafía que recordaba de su ancestro, elegante y académica, ahora era errática, casi violenta, y a medida que avanzaba la lectura, los trazos en las páginas parecían querer perforar el papel.

«14 de agosto. Hemos llegado a las iglesias excavadas en la roca de Lalibela. El calor es una mano invisible que aprieta el cuello hasta la asfixia, pero los monjes de túnicas amarillas me han conducido más abajo de lo que indican los mapas de los hombres. Susurran que existe una iglesia que no fue labrada por ángeles, sino por la Sombra de Dios».

A medida que Vladimir leía, el relato se tornaba febril y descarnado, despojado de toda lógica científica:

«Descendimos por un túnel que exhalaba un vaho de azufre y musgo podrido. Allí, en una cámara donde el aire parecía petrificado desde hacía milenios, encontré el Espejo de Abisinia. No era cristal, sino un fragmento de la noche original. El monje que me guiaba se desplomó de bruces tras pronunciar una última advertencia: “Es el ojo que nunca parpadea”. Cuando posé mi mano sobre la obsidiana, no encontré mi reflejo. Vi, en cambio, el destino de mi estirpe. Vi a un joven de ojos claros, en un castillo sitiado por la nieve, aguardando su herencia. Ese joven eres tú, Vladimir. No te busqué por afecto, sino por necesidad: la piedra requiere de una vasija joven para seguir latiendo en este mundo».

Vladimir cerró el libro de golpe. El estrépito resonó contra los altos estantes de madera noble, produciendo un eco que se arrastró por la estancia como un suspiro largo y hambriento. Unas gotas de sudor frío le surcaron la frente. El Voivoda no se había ido del todo; el joven sintió, un escalofrío que le recorrió la espalda, su ancestro aguardaba al otro lado del espejo, supo  que él no era un simple heredero, sino el nuevo anfitrión de una condena que se negaba a morir.


V. La máscara y la disolución

Vladimir encontró un baúl de cuero reforzado con listones de madera vetusta en un rincón olvidado de la biblioteca. Al forzar la cerradura herrumbrosa, una careta de ébano emergió de entre telas deshechas y amarillentas. No pudo resistirse; sus dedos, movidos por una curiosidad que ya no era suya, la tomaron con una mezcla de reverencia y espanto.

Era pesada, una pieza densa que parecía contener siglos de pecados y arcanos. Al sostenerla bajo la luz vacilante de las velas, las vetas de la madera negra comenzaron a ondular como brea líquida. En esa superficie oscura vio, con una nitidez aterradora, las facciones de los monjes de Lalibela; luego la de un József joven y altivo, y finalmente la del Voivoda Mikołaj, cuyo rostro se fundía con el suyo propio según oscilaba la llama de los candelabros.

Todas esas caras compartían una misma agonía: se deformaban en muecas que mutaban del horror a la soberbia del poder absoluto, para terminar en un gesto de incredulidad, hundiéndose en un vacío carente de toda moral y vida. Aterrado por lo que veía y sentía, Vladimir intentó desasirse del objeto que parecía estar succionando su calor vital.

—¡No! ¡Ese no soy yo! —bramó, sacudiendo las manos con violencia.

Pero la madera no cedía; la máscara se mantenía adherida a sus dedos con una succión invisible que emanaba el calor de una forja, como si el ébano intentara fundirse con su piel. Cuando finalmente logró arrojarla lejos de sí, el golpe de la madera contra el suelo retumbó como un disparo. Vladimir retrocedió jadeando, mirándose las manos vacías que aún hormigueaban; sintió un desgarro helado en el pecho. En ese instante supo que una parte esencial de su ser lo había abandonado: se había quedado tallado para siempre en la negrura insondable del ébano.


VI. La entrega de la voluntad

Vladimir intentó recuperar el control de su propio cuerpo, pero sus músculos se sentían extraños, ajenos. Permaneció inmóvil durante lo que parecieron siglos, hasta que sus pies, pesados como el plomo, lograron arrancarse del suelo. Se dirigió al espejo de obsidiana que presidía la estancia secreta tras la biblioteca. El zumbido de la piedra africana saturaba la habitación; era una frecuencia vibratoria que le trepanaba los oídos, reclamando su atención con la insistencia magnética de un abismo tenebroso pero atrayente.

En la negrura del espejo, el Voivoda emergió. Una mano de vapor negro y vetas vítreas atravesó la superficie líquida de la piedra, extendiéndose hacia él.

—Viena ha muerto, Vladimir —susurró una voz que no vibraba en el aire, sino que nacía directamente en su propia sangre—. Abisinia es el único refugio para aquellos que ansían reinar sobre el tiempo y el olvido.

Vladimir no opuso resistencia. El terror se había consumido, dejando tras de sí una ceniza de ambición y una claridad inhumana. Extendió su mano y la fundió con la del espectro. En ese instante, el frío de los Cárpatos y el calor ancestral de Lalibela colisionaron en su pecho hasta anularse por completo. El espejo, como un animal saciado, absorbió su último pensamiento humano.

Al alba, József entró en la biblioteca con el paso silencioso de las sombras. Encontró al bibliotecario de pie frente al ventanal, observando la tormenta con una calma sobrenatural. Supo de inmediato que no era el joven que había recibido por primera vez. Ante él se alzaba un hombre de espalda recta, cuya mirada poseía la profundidad impenetrable y el brillo cruel de la obsidiana pulida.

—Prepare el gran salón, József —ordenó Vladimir.

El timbre de su voz, metálico, autoritario y carente de toda emoción vianesa, hizo que un escalofrío de reconocimiento recorriera al sirviente; era la voz exacta, el mismo tono de mando del difunto Voivoda.

—Tenemos mucho trabajo por delante.

József sonrió, revelando sus dientes amarillentos y gastados en un gesto de absoluta sumisión que rayaba en la adoración.

—Sí, mi amo. El linaje debe continuar.


VII. Epílogo: El Señor de Orlov

Habían pasado tres lunas desde que la última luz de Viena se extinguiera definitivamente en los ojos de Vladimir. El invierno, lejos de retirarse, se había encistado alrededor del Castillo de Orlov, creando un manto que detenía el tiempo bajo una nieve perpetua, teñida por la ceniza grisácea que emanaba de las chimeneas que nunca, ni siquiera durante el día, se apagaban.

Una mañana de gris plomizo, el pesado portón de roble se abrió, no ante un carruaje de lujo, sino ante una procesión silenciosa y harapienta. Los campesinos de las aldeas bajas, aquellos que antes se santiguaban con terror al oír el nombre de Zebrzydowski, descendían por la ladera con la frente hundida en el pecho, guardando un respetuoso silencio reverencial.

No traían quejas ni peticiones de justicia contra las leyes del feudo; portaban el «Tributo de la Existencia».

Vladimir los esperaba en lo alto de la escalinata principal, envuelto en una capa de piel tan oscura que parecía succionar la poca luz del día. A su lado, József permanecía inmóvil, sosteniendo la careta de ébano abisinio sobre un cojín de seda negra, como quien custodia una reliquia sagrada que no debe ser tocada por manos impuras.

Los aldeanos se detuvieron a una distancia prudencial, la sombra del castillo parecía querer devorarlos. El primero en adelantarse fue el anciano de la aldea, cuyas manos temblaban no por el rigor del clima, sino por la atmósfera densa y siniestra que emanaba del joven amo. Depositó a los pies de Vladimir un saco de grano, una pequeña ánfora de cerámica sellada con cera y un odre del que aún goteaba sangre de cordero, que al caer humeaba sobre la nieve.

—Para que el cielo no se cierre —susurró el anciano con voz quebrada, sin atreverse a levantar la vista del suelo—. Para que el viento de sal no devore nuestras casas. Para que nos sea permitido... continuar bajo vuestra benevolencia.

Vladimir no respondió con palabras de consuelo ni de tiranía ordinaria. Observó las ofrendas con indiferencia, casi divina, que helaba el aire a su alrededor. Los campesinos no estaban pagando diezmos o impuestos feudales; estaban comprando el derecho a sobrevivir una estación más. Entendían, con ese instinto primario de los que viven pegados a la tierra y al miedo, que el nuevo señor de Orlov ya no se nutría solo de los alimentos guardados en la despensa, el granero o la bodega del castillo, sino de la subordinación absoluta de las almas y el miedo de sus súbditos.

Vladimir hizo un leve gesto con la mano, una concesión imperceptible que József tradujo con un asentimiento. La procesión comenzó a retirarse de espaldas, sin dejar de mirar al suelo, sintiendo en la nuca la presión insoportable de aquella mirada nueva. Cuando al último aldeano se perdió ascendiendo la loma, Vladimir se volvió hacia su sirviente. Sus ojos, ahora del color de la obsidiana pulida, no reflejaban nada que perteneciera al mundo de los vivos.

—Diles que, por esta única vez, aceptaré esta miseria —dijo Vladimir con una voz que parecía emerger de las profundidades de la tierra africana—. Pero el espejo tiene sed de algo más profundo que la sangre de cordero. Necesitaré ofrendas de otra naturaleza para la próxima estación.

József asintió con una sonrisa que ya no era de servidumbre, sino de complicidad eterna en el mal. El ciclo se había cerrado con una perfección aterradora. La humanidad de Vladimir se había disuelto en el ébano, y en su lugar, un fragmento de la noche eterna de Abisinia gobernaba ahora, con puño de sombra, en el corazón de los Cárpatos.

 

 

 

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