Microrrelato

He Leído El Grimorio

person Diego Arancibia Berenguer

He Leído El Grimorio

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Amparo de mis recuerdos y Remedios me cautivan para seguir adelante. Pero el aire o el viento, ¡a ellos no les debo nada! Les debo la muerte de gangrena a todos aquellos que intervinieron en mis ventrículos. ¡Maldita asunción de las nubes en agua! Todo sería más fácil si el aluvión no nos arrebatara el agua, si las sublimaciones no fueran del néctar natural claro sino de mi cuerpo inerte. 

Hoy aterrizó en mi penumbroso y odioso mundo del cual no he de gozar ni el más mínimo segundo. Dispongo mi cuerpo a conocer las aristas de la vida misma, quizá recorrer praderas y saltar cumbres borrascosas. Aquellas praderas convertidas en ingeniería y cumbres que no son cumbres son acantilados letales. ¡Me quieren matar y no hacen nada! Nadie se preocupa por las pobres circunstancias en las que desarrollamos nuestra libertad individual. Resguardame Amparo por que tu eres todopoderosa, que me cuide la Norma y Eduviges de las injurias de la vida, y la remota Asunción el día que muera por vez primera. 

No se como pasó pero pasó, que mis ojos se llenaran de humores y brotara del seno de mi alma la claustrofóbica y martirizante rémora negra: mis lágrimas. Ensangrentadas aquellas lágrimas, lloran los cortes de un día que recuerdo débilmente, solo vive en mi memoria y ha marcado la tumba en la que hoy bailan tango el Diablo con Lilith, y sus hijos recorren mi cuerpo con lujuria… Y debo de admitir que he pecado, he pecado de recurrir a la alquimia más arcaica y radicada en nuestro rol divino de intervención. Pero eso ya lo saben porque conocen mi vida. 

Y ahí uno, yace muerto en la cocina con su boca hecha un mar de la remota y fantasmagórica nube negra que sale de entre mis labios podridos, aquellos labios con los que había gritado mis últimas palabras antes de morir, y son estas las palabras después de la muerte. Antes de concebirme en vida misma a mi y a Dios cristo en mi cuerpo, salieron todos los humores podridos de mi profana fisionomía mortal para brindarle puerto a la deidad Paimon, quien cautivaba el mundo de los vivos como si fuera el de los muertos. He ahí mi cuerpo que yació muerto sin la autorización de mi Dios y regente en vida y muerte, y he de estar ahí para servir, me vea –reconozca– o no. 

–Dicta su sentencia – el grito que me desbocó antes de renovar el féretro en el que nacía aquel joven –y a la vez antigüo– motivo al que todos nos remontamos al leer cualquier texto sagrado: sea la aclamada biblia –que nos dice que somos algo–, el torah – que nos dice que no valemos nada– o su hermano el corán –que balbucea de lo mismo pero con otros nombres y lugares, igual de falsos–. Aquí Satán es el único que recuerda algo próximo a la libertad individual plena, y eso es lo que yo quiero, y lo que iré a obtener. 

Me reduje a mi posición humana más personal, la posición fetal, sentía como en mi estómago y entre las llagas de mi boca se escuchaban todas aquellas presencias espirituales que habitan nuestros cuerpos mientras nosotros no nos damos cuenta, mientras estamos lo suficientemente embobados en nuestros desvaríos para fijar la mirada a nuestras enfermedades; y con todos ellos he de portar yo, y los veía a todos recorrer y danzar mi cocina: onryōs; djinnes; espectros; domovoies; ninfas o hasta druidas; incubos y sucubos; poltergeists; demonios; doncellas espectrales; sacrificados; residuos; aparecidos; o clásicos fantasmas –que de clásico no tienen anda–. 

Me cautivaba aquella perturbadora voz que venía propiamente de mi interior, y era abrasadora, me invitaba a cruzar aquella vida de la que no quería ser parte, ya que puedo hablar de mi cuerpo por que ya lo he visto muerto, me distingo desde el foco espectral y la lejanía de la muerte, mi cuerpo se está convirtiendo en algo mientras yo no veía por los ojos, ni oía con los oídos, solo que seguía siendo igual de perturbadora la manera en la que el sentido humano me seguía perturbando aún en la muerte, pero no estaba muerto. Tendía la mano a los muebles de una habitación fúnebre, me aferraba de las cortinas, lanzaba jarrones de mediados de siglo y sillones a las ventanas intentando escapar, pero el cuerpo mío – o la apariencia espectral – no podía interactuar en los ámbitos humanos, mi cuerpo y mi carne le pertenecen al reino de los vivos, y hoy ya abandoné ese plano con éxito. 

Mientras me disolvía en las voces no lograba tragar aquellas materias que se acumulaban en mi boca, ¿será que debe quedar ahí aferradas para la llegada de mi deidad? Lo único que sé con certeza es que mi cuerpo será entregado, y todo aquel sufrimiento que me aquejaba iba a terminar. Y he ahí la última cucharada del caldo de muerte que había preparado, ya masticaba en automático –como si de una prensa se tratase– los trozos de vidrio que había recogido del suelo, y retroalimentar a mi cerebro con estímulos inacabados de sabores que nunca había esperado sentir, era un plato que hubiera comido todos los días. Fue la segunda cucharada la que me aqueja, ya que cargada de miedo fue a partir a mi boca, y la remota presencia impulsó mi mano con fuerza hasta el fondo de mi tracto digestivo acabó por corromper mis nervios, y fue ahí donde conectamos. La primera fue suave y con cariño, no era capaz de mirar lo que me echaba a la boca, era aséptico y libre de cualquier patógeno que quisiera heredar el dominio de mi deidad. 

El reposo me mantenía fúnebre y evasivo ante el nutritivo bajón de medianoche que me había preparado, un ritual de mediados de siglo (del siglo V a.C) para calmar las pasiones que inundaban mis voces viscerales. Tardé en disponerme a rezarle a mi deidad antes del juicio, antes de pararme frente al plato de comida que comería como unas lentejas hirviendo en invierno. Solo que hirviente estaba mi sangre para poder congeniar con aquella que era mi madre, mi padre y la concepción de la vida eterna. – No te culpes por lo que demoras– me reiteraba al oído mío que funcionaba y recibía el mensaje de amor y cuidado del general Paimon. Cada vez que escuchaba su cacofónico nombre se me erizaba la piel, y normal era que cuando la gente del siglo (V a.C) escuchara su melodioso nombramiento fueran a sentir temor, si cargó con el peso de ser el segundo regente de mi inferno.

Era demás la prisa que tenía por destruirme finalmente, acumulaba todos los pedazos de vidrio que pudiera en mis manos, y con mis manos chorreantes de sangre estaba moliendo los dando golpetazos al piso. Me repetía que ya era innecesario, que Paimon (he ahí el erizado de pelo) al incorporarse en mi cuerpo iría a recomponerme desde cero, o desde el piso más bajo del infierno. Rompía los vidrios en el suelo con las patas de la silla por mi miedo a condenar a mi Paimon a habitar un cuerpo imperfecto, un cuerpo dañado por los errores de un mortal como yo, por lo que he de ser precavido. 

Lancé la silla con odio y rencor mientras el sudor chorreaba desde mi cuero cabelludo, he de decir que no me molestaba porque despedía a mi cuerpo en un tiempo corto, y aunque haya sido vergonzoso todo lo pasado no era relevante, mi llegada fue tiempo y las discusiones no valieron para nada la pena. No quiero recordar lo engorroso que fue levantar aquella silla, nunca me había sentido tan débil, parecía que aquella estuviera clavada directamente al suelo, no quiero admitir que estaba clavada y menos que yo lo hice, pero fue una medida de precaución. Miraba la luna llena chorreante de sangre por la ventana que difuminaba el abismo en el cual vivía mi divinidad, y ahí se me esclareció la vista, he de romper la ventana y consumir el paso entre él y yo. 

Llegué apresurado a mi hogar después de aquella fiesta de infierno, o más bien ensueño porque era el infierno donde quería descansar. Aquel ridículo desliz entre mis pares me hizo cerrar la idea de seguir las reglas dictada por mi divinidad Paimon, y por fin era el día oportuno. Subí las escaleras del metro lo mas rapido posible para llegar a mi casa a tiempo, no quería perderme el hilo de ideas que llevaba desarrollando durante la tarde; el plan estaba hecho, solo había que determinar la forma para su función explícita.

No sabía como responder a las acusaciones así que me fuí, me fuí entre el sonido del portazo y mis pasos corriendo por la avenida, –aún no soy libre y no lo sois ninguno de vosotros ilusos– fueron mis balbuceos luego de tal insulto suyo. 

– Nunca llegas a nada, siempre estás tan embobado en tus penurias y en tus discusiones o meditaciones personales que no nos das ni un mísero minuto de tu amargada vida a nosotros. Quizá podríamos hacer de tu vida algo menos mísero.

Llegué con las manos vacías a la casa de mi hermana el día de su natalicio, el día que también era el mío por coincidencia, solo que mi luna era en sagitario y la suya en cáncer: ella vivirá y yo no. Y mi cuerpo ya no estaba en aquella habitación llena de sus amigos y la gente que debía conocer pero no conocía. La emoción de ver a mi hermana me abordada antes de tocar la puerta, pero era la indecisión de respetar las horas rituales las que acababan con mis ganas. 

Recorrí las calles buscando el número de la casa a la que debía llegar y debía conocer, pero con todo respeto: no conocía, no había puesto un pie en su morada desde que se mudó, ni menos cruzarme frente sus ojos. Fue que me crucé ante sus ojos el día que todo fue y va a ser por siempre, el día del natalicio nuestro la costumbre de hacernos regalos de dudosa procedencia era habitual, este año le regalé yo una crema y ella el grimorio. Fue ella la que salvó mi vida, ¿pero por las razones escritas?


*   *   *

 

He de preguntarme, hoy muerto; hoy que no se donde mi cuerpo esté, pero seguro estoy de que lo habita mi deidad: ¿Porqué Paimon requeriría de un cuerpo mortal? ¿No es todopoderoso omnipresente omnipotente? ¿Será que no leí el Grimorio?

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