Microrrelato

Calcetines

person Diego Arancibia Berenguer

Calcetines

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Entraba con paso lento a la cocina de la casa en la que llevaba viviendo casi quince años; mi prima reía al teléfono, enrollando el cable del fijo en su dedo anular, y con la mano izquierda sostenía aquel electrodoméstico (creo que a este punto ya está tan inserto en nuestras vidas que podemos considerarlo un electrodoméstico, más doméstico que cualquier persona que nunca haya lavado una mancha de salsa en el lavamanos con un jabón popeye lleno de grasa) de baquelita roja. Miraba la colorida loza blanca en aquellos gabinetes que ella misma había elegido, pero los miraba con una extrañeza que pareciera que había visto a un fantasma o a mi propia presencia entrando a aquella habitación. Pero su inquietud no me aquietaba, no me causaba ningún remordimiento ni confusiones; solo eran confusas las palabras que esbozaba intermitentemente. No quiero verte mañana, mañana no es un día en el cual esté disponible. Una pausa, ¿qué era aquello que le tomaría tanto tiempo a mi prima? Ni cinco minutos ni cinco minutos, ya te he dicho que necesito tener mis tiempos claros. Justo cuando reposaba aquellas palabras en el micrófono de aquel teléfono, el calendario que estaba justo pegado a un lado del teléfono coordinó nuestras dos miradas, por un segundo (o aquellos cinco minutos) dejó de jugar con el cableado del teléfono que le recordaba a una época en la que claramente hoy no vivía. El calendario, en su impronta clásica, no tenía ninguna anotación, solo un montón de cruces y tachas en los días que ya habían pasado. X X X X X X X X X… todos los días pasaban volando, y luego arrancaba el pliego del calendario con rabia desmedida, y dejaba justo los retazos de las frases motivacionales que traía el calendario: JUNIO: no de     para hoy lo        des hacer maña     . No quiero verte ni hoy mañana prima, tengo que hacer un montón de cosas… tan solo vieras mi calendario. Si yo fuera la prima, vería aquel calendario y pescaría un cuchillo y se lo enterraría en el pecho. ¿Acaso aquello que la ocupa es tan secreto que no puede quedar grabado en aquel calendario? Pues en efecto, no puedo verte querida, así de simple, y cortó. 

No me dirigió ni la mirada ni una palabra, solo tomó su cartera y de ella sacó un cigarro, un Pall Mall rosado o de aquellos tabacos que fumaban las mujeres como ella. Sacaba su encendedor tipo Zippo (que definitivamente no era un Zippo; se lo compró a una vieja canuta, ella dice que se lo compró a un anciano joyero, pero no le creo del todo) y prendió su cigarro con una vulgar elegancia. Miraba el calendario con una mezcla de indecisión y fastidio, parecía cuestionarse la razón misma de su orden –aparentemente– maniático, pero su vida tenía poco y nada de orden. El cenicero de la mesa de centro parecía casi una pieza decorativa, o todos esos ceniceros vintage alargados no guardaban ninguna ceniza, estaban nuevos, más nuevos que en los años sesenta, cuando fueron fabricados. En la cajetilla de sus cigarros aparecía un retrato encantador de lo que ella iba a terminar siendo a estos trotes: una lengua casi gangrenada en su completitud, estaba negra desde la raíz de la misma hasta las papilas gustativas. Probablemente esa mujer u hombre del cartón lo hubieran invitado a comerse una cazuela y no hubiera sentido el abrazador sabor de una silueta materna cruzando la humareda que se formaba en la cocina antes de que tuviéramos extractor. 

Y el calendario parecía haber dejado de ser una queja o un remordimiento, aún así botaba las cenizas por ahí, por el piso, en las mesas de café de madera antigua o en aquella piedra que ella llamaba “velador”. Más que un velador, parecía un meteoro, solo que sin su magistral estela, la estela eran los fuegos invisibles de las cenizas que tiraba ella en aquel cuerpo celeste que un día (hace millones de años o tan solo cinco minutos) había estrellado nuestro planeta. El planeta no es mío, pero sí parece ser suyo, porque trata su vida con una liviandad que no es humana. 

Me quedé sentado en la cocina intentando leer las ofertas de trabajo en el diario (o más bien LinkedIn, pero a ella le gustaba más que llamara el diario a todo aquel medio de comunicación, ya sea la tele, las noticias, la radio, pero el diario no se llamaba diario; el diario debía ser nombrado por quien lo publicaba porque, según ella, así se hacía antes). No podía evitar escuchar los murmullos que me tentaban a prestar atención y dejar de lado todo lo que estuviera haciendo en el momento exacto. Cancioncitas de un minuto; consejos de maquillaje; historias que cuenta una mujer gringa desde su auto, que en sí la historia parecía ser más interesante de lo que podría llegar a ser, porque casi fue presa por pegarle a un hombre que maltrataba a un animal. Y hasta ahí quedó la narrativa, parecía estar buscando la continuación de ella, pero no logró encontrar el rumbo de aquella historia de salvación, quizá simplemente murió la señora. Había recetas, videos de marchas y protestas, el mismísimo señor presidente, o cómo evadir impuestos de manera “legal”. En ese video se quedó particularmente un tiempo largo –pudieron ser treinta segundos o aquellos cinco minutos de interacción social–, pero desechó la dopamina. A pesar de ese rechazo, permaneció bastante tiempo mirando aquella pantalla, por lo menos hasta que su cigarro terminó de consumirse sin dar ni una sola calada. Pero el último video, el último video fue distinto para ella. La estructura cínica en la que una mujer (joven) relataba sus hábitos llamó mi atención, por el enfoque que le daba a su vida.

«¿Cada cuánto cambias tus calzones? ¿Has visto los alrededores de tu morada y dicho “esto es un chiquero”? Esa era mi triste y lamentable realidad hace un par de meses, hasta que me encontré con este pequeño. Me habla de todo aquello que necesito en mi día, me recuerda las pastillas que debo tomar, las enmiendas que debo hacer en mi casa, todas las cosas que debo comprar, mis tareas, etc. Es perfecto, se los digo de manera genuina, si tienen una platita por ahí guardada que les sobre cómprense este aparato, les cambiará la vida». 

Y así fue que se levantó del sofá verde de terciopelo, era muy excéntrica su decoración, pero era linda en su apartado filosófico, por decirlo así, me llamaba –al menos a mí– a pensar. Pero luego recordé que el decorador o decoradora no fue ella, sino una artista al que le arrendamos este apartamento, todo era más lógico. Pero ilógicos fueron los movimientos de mi prima, que se levantó y dejó el cigarrillo por ahí tirado, que cayó en una planta, cayó hoja por hoja dejando rastro de su paso hasta llegar a la tierra en la cual se recostaba con otras colillas que había dejado ella misma. El olor de aquella casa era pestilente, pero ya me había acostumbrado. De todos esos quince años que estuve viviendo allí, me costó tan solo cinco minutos de compartir espacio con ella para obviar su presencia. Muévete, dijo justo a mi lado, supongo que quería que me moviera de la silla o algo, entonces me levanté e intenté tomar mi computador. Solo tú, idiota, el computador lo necesito. Y no me volvió a mirar, tampoco dije nada, fuí a mi pieza simplemente a terminar con aquellas tareas que realmente ocupaban mi día más de cinco minutos. No estaba de humor para discutir con ella ni con nadie, discutir con ella siempre era caso perdido, pero perdido estuvo su criterio desde que entró a aquel dispositivo. Por lo general no conectaba con electrodomésticos más modernos (exceptuando su teléfono celular, que parecía ser una extensión de sus patrones dactilares), así que sería propensa a perderse en la internet. Necesito tu tarjeta, primo. No tengo plata pa’ tus weas. No le importó, tampoco quería discutir. Simplemente tómala y vete, está en aquel velador. Pero ya se había ido, se fue tan rápido que le sobraron cinco minutos para comprar y esperar el paquete.

Miraba el reloj de pared sentada en la sala de estar, y cada cierto tiempo miraba su celular para asegurarse que la hora real se condiga con la hora análoga. Recaía en sus técnicas de deslizamiento entre imágenes que me costaba comprender, pero esta vez duró menos, ya que había llegado su paquete. Recíbelo, gritaba desde esquina a esquina de nuestro micrométrico departamento, y me costó cinco pasos llegar a la puerta, a ella le hubiera costado cuatro, pero igualmente no quería discutir. Recibí y firmé aquel paquete que dejé encima del incendiado asteroide, y ella lo abrió sin siquiera ver si tenía abrefácil –que tenía– o no. Era algo así como un animal, como un babuino abriendo un plátano por debajo, siendo que es más fácil hacerlo desde arriba, y partiéndolo a la mitad de la frustración, al igual que ella hacía con unas tijeras de cocina y su cigarro en la mano. Terminó por abrir la caja de la que salió un dispositivo blanco y redondo. El cual flotaba y se disponía en medio de la habitación. Desnúdese. Y ella, claro, se terminó por desnudar; su cuerpo quedó expuesto a aquel aparato, el cual ninguno de los dos entendía muy bien. Tienes que hacer lo mismo, así lo dice la mujer del video. No me quedó de otra que desnudarme también. Debes quitarte los calcetines, o si no, no funciona. El dispositivo funcionó igual, funcionó porque de repente todos los muebles de nuestra habitación se transformaron en blancas piezas minimalistas y vacías, y a su vez iban desapareciendo uno a uno: la lámpara, el sofá verde, el alto cenicero, la planta-cenicero, el asteroide y, por último, yo; por último desaparecía yo en frente de mi prima, la que yo supuse que no me vería.

Intenté salir de la cínica habitación, pero no pude, las puertas se habían sellado y yo estaba allí encerrado con mi prima, solos. Ella solo podía ver un par de calcetines perfectamente dispuestos en el suelo, uno junto al otro. El izquierdo tenía un gran agujero en el dedo gordo, y ella podía ver a través de él que no había ningún rastro de carne. Ahora pasaron cinco incómodos minutos que a mí se me hicieron fugaces, pero a ella se le hicieron eternos, intentaba buscar algún estímulo entre las paredes, entre las esquinas de la habitación, manoseaba el objeto que ella misma había comprado y no terminaba de entender, hasta que todo terminó, al menos para mí. 

Sentí como mi cuerpo se había desligado de mi ser, pero no en un sentido metafísico, sino que no podía mover ninguna parte de mi carne, que si bien no podía verse, estaba ahí. Yo sabía que estaba allí porque, de la desesperación, mi prima se había anclado a llorar a los calcetines que estaban –aparentemente– en soledad con ella. Suéltale ya. Y me soltó instantáneamente; podía sentir cómo el calor que su cuerpo emanaba desaparecía entre el vacío frío de aquella estancia. Tómalo y déjalo en un lugar que no nos estorbe. Y tomó los calcetines, me tomó como si todo el peso de mi cuerpo, de mi materia y mi memoria se hubiera reducido a aquel par de abrigos para los pies más débiles. Me dejó en la mesa, junto al computador que esperaba abierto y sobre el cenicero que permanecía ahí como pieza de decoración. Se acercó a la pared donde estaba el calendario y lo arrancó con una fuerza con la que hubiera podido demoler la pared entera, y en aquella fuerza canalizada colgó un cuadro blanco y triste con un mantra aún más triste.

 

¡No dejes

para mañana

lo que puedes

hacer hoy!

 

Finalmente, se acercó al objeto que seguía flotando en la sala; no distinguía sus conversaciones porque parecían estar en un idioma más antiguo que los sesenta, y entre aquellas palabras, mi prima cayó al suelo, cayó al desolado suelo de aquella alba habitación. Ni una sola respiración volvió a cruzar aquella habitación; el objeto parecía haber desaparecido y mis calcetines seguían tendidos, reposando mi cuerpo sobre la mesa, y mi prima no volvió a retomar el vuelo, dejó caer una lágrima y su mente se fue a negro. Su piel se volvió lentamente un blanco más blanco que el de la habitación clínica en la cual reposará su cuerpo por la eternidad de sus calendarios, que, por más vacíos que estén, nunca nadie llegará por cinco minutos.

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