Ruido Blanco
Mi rutina es la misma todos los días: la alarma me despierta a las siete; me levanto para ...
arrow_forward Leer
La Tanga Ensangrentada
La bestia se agitaba contra los alambres del potrero. Lloró todo el día y la noche siguiente, hasta que dejaron de importarle el gigantesco pozo de piedras y el campo de caña quemada. Le habían arrebatado la cría para preparar mamona.
Sus bramidos infundían tanto miedo que nadie quiso dejar vivo resquicio alguno de su alma; el muchacho comió la carne despacio, con yuca, maduro y ají, mirando a la res a los ojos para que no le bajara la maldición antes de hacer gelatina con lo que quedaba della.
Damián no dejó de pensar en los charcos hasta que pudo dormirse, arropado bajo gélidas sudoraciones.
Al amanecer ya estaba despierto. Se dio un baño de gato, tomó tinto. Madre lo notó ausente y, amor mediante, le preparó chocolate con dos ojos de res en el fondo; bien se sabe que el chocolate de ojo quita la maluquera. Hay que fregarlos con limón y vinagre, sobre todo por detrás, donde conecta el nervio óptico; antes arrancarse las pestañas con tijera (es difícil quitarlas todas), escalfar largo con clavos y canela, triturar en su jugo, colar, y ebullir con leche, azúcar y tableta amarga.
Damián era un angelito crespo y se lo engulló. Dejó la taza en el fregadero y se limpió la jeta con el dorso de la mano. Beso de despedida. «Voy a la fiesta, ma».
Vivían en una caja de latón que brillaba en la polvareda. Cerró la puerta, el metal devolvió su aliento de calor acumulado. El sol escupía sus últimas energías con color de salitre. Damián sacó de la basura de la casa una gaseosa a la mitad para quitarse el sabor de ojo, y en la deglución encontró una pestaña pegada a la encía. Siguió caminando.
El viejo del estanco le vendió un Starlite y no pudo evitar notar su ansiedad al encenderlo. Llovían gotas como latigazos. Su nariz prominente no dejaba que el cigarro se apagase, el cual revestido en gratitud notó la soledad tan incómoda que habló para hacer más ameno el viaje: amo correr bajo la lluvia, gritar durísimo, que todo está permitido bajo la lluvia, que todos somos la misma mierda y florecemos en la carretera. Después dijo que a quién no le gusta atormentar aunque sea un poco a su ser amado, que nuestro motivo es la incineración y que el amor es el más grande secreto.
Ya casi no quedaba aguardiente barato. Las botellas rotas cubrían el piso de ajedrez cuando Damián entró a la fiesta por la puerta principal. Lo recibió un olor tieso de marihuana y vómito, varias putas con caras amables de quince años lo miraron con escondido deseo maternal.
Se abrió paso sin perturbar el ecosistema apocalíptico: rayas de coca, sahumerios, un culto cuyos dogmas eran la jauría y la ultraviolencia. Se puso gafas oscuras —polarizar el alma— y se las quitó enseguida, pues detrás había horrores que prefería no ver.
Laura desplazaba su cuerpo indígena de piel escamosa por la casa buscando algún objeto de su infantil interés. La cabeza fija en aquellos sortilegios de platería, divertimentos de sus muertos, agarra una por una piezas de vasijas brillantes y las deja en lugares diversos. Portaba una belleza intimidante; su cuerpo parecía un manjar destinado a otro.
Damián terminó en una habitación buscando silencio. Apoyó los codos en las rodillas, posición acogedora, y se quedó un buen rato. Amargo despertar de la reflexión, sintió que no merecía esa cama y se tiró al piso. Casi no se sorprendió al encontrarse su propia mirada en el rostro de Laura.
—A veces me siento desechable y duermo con el gato debajo de la cama.
Tejieron una cueva en el rincón que se fue ensanchando a medida que se comprendían. Él presionó su vientre de sirena y recorrió unos pantanos oxidados que lo guiaron a la luz. Ahí abajo se podía ser libre. Bajaron por enredaderas laterales siguiendo la estela lunar, entre jardines fantásticos, hasta una hamaca donde dormía una sirena, con la espalda arqueada apuntalando un rostro que al roce de los cuerpos volvióse máquina de muecas, labios negros sulfurando vapores. Labios derretidos que no cesaban de versar incluso dormida:
—Nadie eligió nada de esto. No sabes hacer nada ni te importa intentarlo, pero yo igual actúo. Florecemos en el concreto. Te manipulo haciéndote pensar que eres cosas que jamás podrías. Hace muchos años tengo callos en las ñatas. Desde que aquellos murieron me quedé con la abuela. Conocí las lágrimas de ángeles y las respiré por un tobogán hasta llenarme el cerebro de escarcha, mis nervios hielo, desdese instante soy mi propia madre.
Como erizos que se abrazan, todo pupilas, la sensación de apuñalar un conejo blanco muchas veces hasta revolver el azul con el rojo.
No recordaba nada de la noche anterior, ni de la anterior. Bajó la mirada y descubrió unos piecitos recorriéndole la pantorrilla. Los cadáveres aquí sobran.
Tardó en darse cuenta: la mujer ya no respondía. Salió della con dificultad, como si la carne hubiese sellado en derrededor. La acostó. Esperó una respiración que nunca llegó. Solo silencio húmedo y un peso repentinamente tibio bajándole por el muslo. Se miró las manos. No entendía, y aquella ignorancia pesaba más que cualquier culpa. Laura estaba pálida. En los ojos ya no había pupilas sino un blanco majestuoso surcado por venas verdosas. Dentre las costillas algo blanco y protuberante, con tenazas rojas, escapó a gran velocidad.
De Laura quedó únicamente la tanga ensangrentada. Damián la guardó en el bolsillo de la chaqueta, creyendo que sería su posesión más valiosa durante mucho tiempo. Saltó por el balcón y echó a andar hacia el castillo de zinc al que casi nunca volvía.
Tuviste la oportunidad de cambiar este desenlace. No es verdad.
La calle estaba fría. Pateaba piedras envuelto en su estupidez involuntaria, y mantuvo silencio el tiempo suficiente para entender que no estaba solo. Pasó volando un rafagazo de asqueroso verde que desapareció carretera adentro, no alcanzó a suspirar pues pasadas un par de cuadras el verde regresó montado en una serpiente metálica que reptó hasta frenar encima de él. De la moto bajaron dos entidades anormalmente largas, sin quitarse los cascos.
—Mirá a este sapo hijueputa —dijo el primer tombo, y al levantarse el yelmo apareció un hombre mestizo que emulaba a los caimanes recién despertados.
Damián ignoró y siguió caminando. El bolillazo en las bolas lo puso de rodillas; el roce contra el andén fue una precipitación en abismos desconocidos. Le pisotearon el abdomen hasta que el cuerpo vomitó sangre. Al final, por puro aburrimiento, el verdugo lo limpió: celular, billetera, y una tanga con sangre fresca.
—Nos salió hasta travesti este bobo marica. Decime ya de quién es esta puta tanga o te lleno de huecos, malparido.
—Tombos…
—Hablá duro, pendejo.
—Tombos hijueputas.
El lagarto sacó la pistola con frialdad cotidiana, pero el otro se lo impidió. Retrocedió. El segundo se acercó al pecador y se quitó el casco: un cráneo de vaca, grisáceo y áspero, con cuencas vacías e insoportablemente grandes que reflejaban sueños eternos, y una sonrisa pintada en la mandíbula, la más amplia posible, haciendo eco del temblor de sus tejidos. El ser se arrodilló junto al mártir, le tocó la cabeza con un beso y reclamó su alma.
A la mañana siguiente una anciana paseaba al perro por el parque y encontró el cuerpo de Damián, desojado. Se detuvo a contemplarlo: le recordaba las cáscaras de mandarina y los cuerpos vacíos de las chicharras. Tantos años en el limbo le forjaron costumbre en la muerte. Registró la chaqueta buscando identificación o algún billete que ya no serviría, y encontró una tanga ensangrentada, muy parecida a la que le compró a su nieta Laura cuando cumplió la quincena.
Patrocina a este escritor