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1984. Moscú. El frío era un idioma propio, un murmullo que se colaba por las ventanas del Instituto de Ciencias, se posaba en los hombros de los científicos que trabajaban hasta el amanecer. Allí, entre pilas de papel perforado y monitores de fósforo verde, el Dr. Alexei Korolev pasaba noches enteras escribiend...




