Ecos En El Abismo
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El silencio del Observatorio Astronómico Kepler 9, enclavado entre montañas nevadas, fue roto por una sutil alarma; es como el murmullo de un lamento que resuena en el cosmos. La doctora Evelyn Monroe, una astrofísica con fama de ver patrones donde otros solo ven datos, fijó la mirada en la pantalla. Una señal extraña parpadeaba, oscilante, como si el mismísimo universo intentara hablar.
—“Esto no es radiación cósmica de fondo” —murmuró Monroe—. “Es... algo más estructurado. Es un mensaje”.
Horas después, cuando informó a las autoridades, la incredulidad en un comienzo fue palpable. Pero no tardaron en convencerse. Porque, antes de que la señal pudiera descifrarse del todo, el cielo se abrió. No como una tormenta, ni como una aurora boreal. Fue como si toda la realidad se desgarrara de una.
De aquella grieta descendieron los Phantoms.
Seres de contornos inestables, como si cada partícula de su cuerpo fluctuara entre dimensiones. Se desplazaban sin peso, con una fluidez espectral, y sus armas parecían no disparar proyectiles, sino arrancar trozos del mismo espacio. Las ciudades más pobladas fueron las primeras en caer: Nueva York, Shanghái, Estambul. Las defensas terrestres, limitadas por las leyes de la física, se mostraron impotentes ante enemigos que no parecían estar completamente "aquí". Pero que podían dañarlos en forma contundente.
El capitán Miguel Reyes, al mando de la unidad especial Hades, fue desplegado en el epicentro del caos. Veterano de guerras donde el enemigo era invisible en el campo de batalla, no necesitó muchas órdenes.
—“No estamos luchando contra tecnología. Esto es algo que nunca debimos ver”, —dijo por radio mientras descendía con su escuadrón en una ciudad ya condenada.
Al mismo tiempo, Evelyn Monroe buscaba respuestas. Se unió a Samantha "Sam" Blake, una joven hacker que había sido fichada por el Departamento de Seguridad Digital tras colapsar los servidores de la Agencia Espacial en una protesta solitaria. Su especialidad era encontrar patrones donde los algoritmos fallaban. Y efectivamente, los encontró.
—“No es lenguaje” —explicó Sam—. “Son pulsos psíquicos. Señales cerebrales, pero… en código”.
Aiden Pierce, psicólogo clínico y estudioso de fenómenos paranormales, fue llamado para interpretar lo imposible. Sus investigaciones sobre alucinaciones colectivas y estados alterados de conciencia le habían dado la fama de “esotérico”. Pero esta vez, estaba dispuesto a demostrar que sus estudios eran ciencia y no superstición.
—“Estas frecuencias activan regiones del cerebro asociadas al miedo ancestral”. —explicó—. “Son armas mentales. “Están invadiendo desde dentro”. Esa era la mejor forma de guerra… vencer el interior del enemigo para doblegarlo.
Mientras tanto, la guerra escalaba. El sargento Lucas Harper, segundo al mando de Hades, coordinaba los rescates civiles en zonas ocupadas por estas entidades. Su temple inquebrantable mantenía unido al escuadrón cuando todo se desmoronaba.
Pero la humanidad necesitaba más que valor. Necesitaba entender con quién se estaba luchando.
Evelyn y Sam trabajaron sin descanso. La señal original —aquella anomalía cósmica— comenzaba a revelar un patrón de advertencia. Fragmentos de información apuntaban a otra civilización, lejana en tiempo y espacio, que también había sido víctima de los Phantoms. Ellos no los habían creado: los habían liberado en esta dimensión. La abertura, dedujo Evelyn, era el resultado de una coincidencia cuántica: la intersección fugaz de dos realidades. Pero la advertencia era clara. Había una forma de cerrarlo. Una inversión de la señal psíquica original, amplificada por la misma tecnología con la que conecto con el portal, podía sellar la brecha.
Pero la operación sería suicida.
La central de control Phantom se encontraba en la zona roja: el núcleo de una ciudad completamente ocupada. Era como una ciudad fantasma donde los habitantes evitaban salir para no enfrentarse a los Phantoms. Si existía un epicentro desde donde mantenían su anclaje, era allí.
Reyes reunió al equipo.
—“Vamos a entrar. Vamos a cerrar esa maldita puerta”, —declaró—. “Si alguien tiene miedo, es el momento de hablar. Después ya no se puede”.
Hubo un largo silencio. Nadie se echó atrás.
El descenso a la ciudad no fue el descenso al infierno; en realidad fue como entrar en otro mundo. Las estructuras flotaban suspendidas en el aire. La gravedad era errática. Las calles vibraban con una música grave. ¿De dónde salía esa música? ¿Venía de un aparato de sonido o de los mismos Phamtoms?, se cuestionaba uno de los miembros del escuadrón Hades. Todo era extraño, como si una conciencia alienígena cantara en sueños.
—“Esto no es solo una invasión física”. —Susurró Aiden—. “Es una superposición de realidades. Ahora estamos... entre planos”.
Mientras Harper y Reyes lideraban el asalto contra las entidades Phantoms, Evelyn y Sam lograban ingresar a la torre de control. Sus servidores no tenían cables, ni ventiladores, ni sistemas lógicos. Eran cristales que flotaban y emitían pulsos. Una interfaz mental.
—“Tengo que sincronizar mi mente con esta cosa” —anunció Sam, sudando—. “Si no salgo... destrúyelo todo”.
Evelyn la observó con una mezcla de respeto y temor; jamás había visto una cosa así. La hacker colocó sus manos sobre el cristal y gritó. Dé dolor. Era lo que sentía mientras se empezaba a conectar. Sus pupilas se dilataron. Sangre brotó de su nariz; era el esfuerzo mental.
—“¡Ya casi está!” —gimió—. “Solo falta la señal de inversión”.
Entonces, los Phantoms llegaron.
Reyes y Harper contuvieron la intromisión lo mejor que pudieron. Armas de rayos etéreos, preparadas para enfrentarse a estos seres, cruzaban el aire. El suelo temblaba. Harper fue alcanzado por un disparo directo al abdomen. Cayó, pero no soltó su arma.
—“¡No te atrevas a morir!” —Gritó Reyes, mientras lo arrastraba hacia una cobertura—. ¡Aguanta!.
Aiden llegó a tiempo. Con un anestésico, la dosis logró calmar el dolor, pero mantuvo consciente al sargento.
—“Necesito que repitas mi voz” —le dijo suavemente—. "Estoy aquí. Este cuerpo es mío. No hay fantasmas dentro. ¡Vamos, Harper!”.
Mientras tanto, Evelyn consiguió que la señal inversa se emitiera. Un haz de energía atravesó la estructura. Los Phantoms comenzaron a vibrar, a fragmentarse, como si la conexión que los anclaba a esta dimensión comenzara a fallar.
Pero algo no funcionaba. El proceso necesitaba una fuente de energía mayor.
—¡No tenemos suficiente carga! —Gritó Evelyn—. ¡Necesitamos una explosión, ahora!
Reyes miró el núcleo de energía que estaba presente en el lugar. Luego, a sus compañeros. Y lo supo.
—“Pueden salir de aquí. Yo haré lo necesario”.
Evelyn quiso detenerlo, pero él ya había comenzado a cargar la energía manualmente.
—“Diles que fue rápido” —dijo con una sonrisa triste—. “Que no dolió”.
Y activó la sobrecarga.
El estallido fue como una sinfonía apagada. Una onda de luz blanca cubrió la ciudad. Y el portal… se cerró.
Los Phantoms colapsaron. Sus cuerpos se deshicieron como sombras al amanecer… La amenaza terminó. Las ciudades quedaron en ruinas, pero la humanidad sobrevivió.
Evelyn regresó al observatorio, donde seguían resonando anomalías menores. Sabía que los ecos del abismo no habían cesado del todo. Sam se convirtió en jefa de un nuevo departamento, "el de Defensa Interdimensional". Y Aiden publicó su tratado sobre trauma psíquico y entidades transdimensionales, logrando el respeto y el prestigio que tanto anhelaba.
Harper, en silla de ruedas, fue ascendido a coronel. Su testimonio ante la ONU ayudó a la creación de una coalición planetaria de defensa multidimensional.
Y Reyes...
Su nombre fue inscrito en una placa de acero, la primera del departamento de defensa interdimensional que decoraba el lobby de esta oficina; esta dice: "Aquel que miró al abismo decidió cerrarlo, aunque le costara todo."
El mundo cambió. Pero gracias a ellos, siguió girando de manera normal.
Y en los pasillos del nuevo departamento, hay un lema grabado en el muro:
“Donde hay sombras, aún puede haber luz. Y donde se escucha una voz… aún hay esperanza”.