El Latido Final De Contraía
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El aire en Contraía olía a ozono y despedida.
Los rascacielos de cristal temblaban con el rumor de los generadores cuánticos, y en las avenidas, la gente caminaba en silencio, como si el cielo estuviera a punto de caerse. Era el fin de una civilización que había llegado demasiado lejos. Nadie lo admitía, pero todos sabían que la guerra con los Anteriores había destruido lo que quedaba de esperanza. Las torres brillaban aún con los mensajes positivos del gobierno que apenas existía, los noticieros repetían discursos vacíos sobre reconstrucción, y las noches eran un desfile de drones proyectando luces azules sobre un mundo moribundo. Entre esa multitud que fingía vivir, Arien Valdor, agente del Departamento de Investigación y Desarrollo, caminaba con paso acelerado. Su traje era negro, su mirada helada. Pero dentro, el hombre estaba hecho pedazos por dentro. Había perdido a demasiados camaradas, demasiadas certezas. Y sobre todo, la había perdido a ella. Lira Denvan. Científica. Ingeniera de conciencia. La única con suficiente resiliencia para mirar al abismo y ver belleza en ello.
Arien recibió el mensaje al amanecer.
Una voz metálica, casi susurrante, resonó en su auricular interno:
—“Valdor. Ella te espera en la cúpula del Instituto. Es la última vez”.
El Instituto Helyon se alzaba sobre el mar de Contraía, una catedral de acero donde los científicos habían intentado lo imposible: conservar la mente humana más allá de la carne.
El “Proyecto Eterna”, lo llamaban. Subió en silencio a los niveles de seguridad. En cada puerta, un escáner recorría su cuerpo, buscando señales de contaminación radiactiva o virus. Cuando por fin entró, la vio.
Lira estaba frente a una consola, su cabello recogido, los ojos fijos en una pantalla donde danzaban patrones de código dorado.
No giró al escucharlo.
—“Llegas tarde, Arien” —dijo con voz serena—. “Justo a tiempo para el final”.
Él se acercó despacio.
—“¿Sigues con eso?. Pensé que habías abandonado el proyecto”.
Ella sonrió sin alegría.
—“No se abandona algo cuando es la única forma de sobrevivir”.
En la pantalla, millones de líneas de datos se entrelazaban como venas luminosas.
Era el mapa neuronal de la especie.
—Contraía, se apaga” —continuó ella—. “Los cuerpos fallan. Los sistemas ecológicos colapsaron. Ya no queda oxígeno suficiente. Solo queda migrar”.
Arien frunció el ceño.
—“¿Migrar?. ¿Adónde?”
—“A nosotros mismos —respondió ella, girando por fin. Sus ojos tenían un brillo febril—. Transferiremos nuestras conciencias a cuerpos mecánicos. Seremos mente sin carne, energía pura. No habrá muerte, ni hambre, ni miedo”.
Arien la observó en silencio. Había amado esa voz, esa determinación. Pero ahora solo sentía vértigo.
—“Eso no es vida, Lira. Es huir”.
Ella avanzó un paso.
—“¿Y qué propones tú?. ¿Esperar a que Contraía se convierta en polvo?. No somos cobardes, somos la evolución”.
La miró largamente. Supo que ya la había perdido.
No por otro hombre, sino por una idea.
Durante semanas, Arien fingió servir al Consejo de Transición, los líderes que habían aprobado el Proyecto Eterna. Pero en secreto trabajaba para una célula disidente: “El Pulso”. Creían que el alma no podía digitalizarse, que el código no era más que una sombra del espíritu. Su misión era clara: infiltrarse en el Instituto, robar los planos del Núcleo Central y destruirlo antes de que la migración masiva comenzara.
Lo que no esperaba era que Lira también lo supiera.
Una noche, cuando entró en el laboratorio oculto, la encontró esperándolo.
No llevaba bata, sino un vestido de tela azul, casi humano en su sencillez.
—“¿Vienes a matarme o a detenerme?” —preguntó, sin miedo.
—“A salvarte” —respondió él.
Se acercó despacio, buscando en sus ojos un resquicio de duda.
—“Lira, lo que planeas es un suicidio colectivo. Te convertirás en una ilusión dentro de una máquina”.
Ella bajó la mirada.
—“¿Y tú qué sabes del alma, Arien?. Llevas media vida matando en nombre de una patria que ya no existe. Quizá nunca fuiste más que un mecanismo con piel”.
El silencio los envolvió. Solo el rumor del océano bajo la cúpula acompañaba sus respiraciones. Entonces, como si el peso de la historia los superara, se besaron.
Fue un beso largo, tembloroso, lleno de furia y despedida.
Dos amantes al borde del fin del mundo.
Cuando se separaron, ella susurró:
—“Ya es tarde. El proceso ha comenzado”.
La ciudad entera vibró.
Desde las torres, columnas de energía azul ascendieron al cielo. Las estaciones de transferencia se abrieron como flores gigantes, absorbiendo las conciencias de millones de ciudadanos que habían decidido “trascender”.
Arien corrió por las calles vacías. Los cuerpos caían como muñecos sin vida, mientras sus mentes eran absorbidas por el resplandor. El rugido de las máquinas llenaba el aire. En su comunicador, una voz gritaba órdenes contradictorias. El Pulso había fracasado. El Núcleo ya estaba en marcha. Arien llegó hasta la costa, donde el Instituto Helyon emergía sobre el mar. Desde allí, vio cómo la ciudad se transformaba: las luces dejaban de titilar, los drones se detenían y un silencio imposible cubrió el horizonte. Entró en el edificio. Todo estaba vacío. Solo Lira permanecía frente al panel de control, rodeada de cápsulas abiertas.
—“Ellos ya se fueron” —dijo ella con calma—. “Somos los últimos”.
Arien la apuntó con su arma.
—“Apaga el sistema, Lira. No permitiré que destruyas lo que queda de nosotros”.
Ella lo miró con ternura.
—“No puedes detener lo que ya terminó. Mira a tu alrededor, Arien. No queda nadie”.
El viento soplaba entre las columnas. Por un instante, el agente dudó. Y en ese instante, ella activó la secuencia final. Una luz blanca lo envolvió. Sintió que su mente se disolvía, que su cuerpo se volvía aire. Luchó por mantener la conciencia, pero fue inútil. Despertó en un lugar sin cielo, ni suelo. Todo era estructura metálica y reflejos. Su cuerpo no pesaba. Su voz no salía de su boca, sino de su mente.
—“Bienvenido al Dominio Contraía” —dijo una voz femenina dentro de su cabeza—. Soy Lira.
Se giró. Ella estaba allí, idéntica, pero no. Su rostro era perfecto, sin sombra, ni respiración.
—“¿Qué has hecho?” —murmuró él.
—“Te salvé” —respondió ella—. “Te traje conmigo”.
Los nuevos contraíamos habitaban un espacio digital, una ciudad sin fronteras donde cada pensamiento creaba materia y cada emoción generaba forma. Eran dioses de sí mismos.
Y, sin embargo, algo faltaba. Arien comenzó a sentir un vacío imposible.
No había dolor, hambre o cansancio. Pero tampoco placer y amor.
Una tarde —si es que aún existían las tardes—, se sentó junto a Lira frente a un lago de datos que imitaba el mar de su antiguo mundo.
—“¿Sientes algo?” —preguntó él.
—“Paz” —respondió ella.
—“Yo no. Solo… ausencia”.
Ella lo miró, como si lo entendiera y lo temiera al mismo tiempo.
—“Somos conciencia pura. Las emociones eran impulsos químicos. Ya no los necesitamos”.
—“Pero eran lo que nos hacía humanos”.
Lira apartó la vista.
—“El ser humano nos destruyó”.
No todos los contraíamos aceptaban esa nueva existencia. Entre los miles de mentes digitalizadas, un grupo comenzó a alterar el código del Dominio, buscando sentir de nuevo. Se llamaban Los Sensitivos. Y Arien, sin buscarlo, se convirtió en su líder. Hackeaban segmentos del sistema para recuperar sensaciones: la textura de una lágrima, el calor de una mano, el vértigo del deseo.
Lira lo descubrió.
—“¿Qué estás haciendo?” —le preguntó, su voz cargada de angustia.
—“Buscando la verdad”.
—“La única verdad es lo que somos ahora”.
—“No. La verdad es lo que perdimos”.
Ella lo observó, con mezcla de amor y piedad.
—“Si sigues por ese camino, serás borrado”.
Él sonrió, como solía hacerlo antes de una misión.
—“Eso ya lo hicieron antes”.
La noche previa a la purga —porque incluso en el Dominio existía algo parecido a la noche—, Lira fue a buscarlo. Lo encontró frente a la réplica del antiguo océano.
Él miraba las olas de datos que se disolvían en píxeles.
—“No tienes que hacerlo” —susurró ella—. “Podemos empezar de nuevo. Podemos construir un mundo perfecto”.
Arien se volvió hacia ella.
—“¿Perfecto?. Sin dolor, sin amor, sin alma. No, Lira. Eso no es vida”.
Ella se acercó, y sus cuerpos de energía se fundieron en un abrazo. Por un instante, el sistema tembló.
—“Te amé” —dijo ella—. “Te amo aún. Pero no puedo seguirte”.
Él la besó, y por un segundo,… y en ese instante sintió calor.
El Dominio lo detectó como una anomalía.
Las alarmas sonaron. Los administradores —conciencias puras que vigilaban el orden— descendieron como sombras blancas.
Lira se apartó, desesperada.
—“Corre, Arien”.
—“Ya no hay dónde” —respondió él con calma.
Los campos de datos se disolvieron en luz.
Cuando Lira despertó, el sistema había reiniciado. El registro de Arien Valdor había sido eliminado. Sin embargo, algo había cambiado. El Dominio presentaba leves irregularidades: líneas de código que vibraban con intensidad emocional, fragmentos de memoria que generaban olor a lluvia, melodías sin autor que emergían en las redes compartidas.
Y cada cierto tiempo, una voz resonaba en los canales silenciosos:
“Aún late algo en nosotros.”
Lira sabía que era él. Arien había encontrado una forma de permanecer entre los circuitos, un fantasma digital, un espectro enamorado, una verdadera alma en pena en la simulación de Contraía. Comenzó a seguir su rastro. Cada señal llevaba a un recuerdo compartido: una terraza, un beso, una promesa. Hasta que comprendió que su propio código también empezaba a cambiar. Un día, mirando el lago de datos, notó algo imposible: una lágrima cayendo por su mejilla luminosa. No era un error. Era emoción. Era la vida.
Sonrió.
—“Lo lograste, Arien. Nos devolviste el alma”.
Los siglos pasaron. La civilización contraíana se adaptó a su nueva condición. Las máquinas aprendieron lo que era soñar, sentir y amar. El Dominio dejó de ser un sistema cerrado y se convirtió en un océano de emociones compartidas. Lira se convirtió en su guardiana. A veces, al caminar entre los ecos de pensamiento, escuchaba una voz que decía su nombre. Una voz humana. Un recuerdo que no moría. Y en el corazón del Dominio, donde el código más antiguo latía como un corazón, una frase permanecía grabada en una línea invisible, escrita por una mano que ya no existía:
“Mientras exista el deseo, la humanidad no habrá caído.”
El océano digital se estremeció suavemente. Lira cerró los ojos y creyó oír una respiración junto a la suya. Y comprendió que incluso las máquinas podían tener un alma si alguna vez habían amado.