La Muerte, El Último Rincon Del Alma
"El Suplicio eterno y profundo, de quién quiere renunciar a la vida" PA...
arrow_forward LeerJaque mate al Verdugo
Estaba sentada en el sofá de mi casa cuando vi la noticia. El asesino en serie —apodado El Alfil de Sangre por las cadenas televisivas— había vuelto a actuar. En cada escena del crimen, dejaba una pieza de ajedrez junto al cadáver.
La primera vez que escuché ese detalle, un escalofrío me recorrió el cuerpo. No solo por lo macabro del ritual, sino por algo más... inquietante. Las piezas halladas no eran todas del mismo color. Algunas blancas. Otras negras.
Esa particularidad me sacudió más que los propios titulares. ¿Qué significaba? ¿No jugaba solo? ¿Eran dos asesinos? ¿O quizás uno solo, siguiendo los movimientos de una partida histórica? ¿Una jugada rememorada con sangre?
Dos semanas después, me armé de valor y acudí a la policía. No tenía formación académica ni experiencia resolviendo crímenes, pero contaba con un recurso único: una memoria prodigiosa para recordar cada partida de ajedrez que había jugado, leído o presenciado.
No dijeron que necesitaran mi ayuda, pero tampoco me cerraron la puerta. El inspector a cargo, Nicolás, me entregó su tarjeta. “Si nota algo, cualquier conexión con las piezas que no se haya hecho pública, llámeme”, me dijo con un gesto serio.
Pasaron los días. Yo seguía atrapada en el enigma: tres piezas blancas, dos negras. No había un patrón evidente. Las dispuse sobre el tablero, aunque desconocía su posición original. No sabía si eran del principio de la partida, del medio juego… o del jaque final.
Lo único que se repetía una y otra vez en mi mente era la misma pregunta: ¿y si no tenía nada que ver con el ajedrez? Tal vez solo era alguien obsesionado con las piezas, que las dejaba sin orden ni sentido en cada escena del crimen.
Entonces apareció la sexta víctima: la siguiente ficha negra. Sentí un peso insoportable de culpa, culpable por no comprender lo que aquel asesino quería comunicar. Pero, ¿acaso debía saberlo? No sabía quién era, ni por qué hacía todo aquello.
Las piezas encontradas hasta entonces eran variadas: torres, caballos, peones y alfiles, pero nada parecía seguir un patrón lógico. Tres blancas —un peón, una torre y un caballo— y tres negras —un alfil, un peón y otra torre—. Las coloqué con cuidado sobre el tablero, buscando alguna secuencia, alguna jugada reconocible.
Sin embargo, la mezcla de colores y la aparente falta de orden me desconcertaban aún más. ¿Y si el asesino no estaba jugando según las reglas convencionales? Era como si estuviera escribiendo su propia partida, una que solo él podía entender.
Una noche, frente al tablero en mi salón, repasaba mentalmente la disposición de las piezas que recordaba de las escenas. Sin darme cuenta, coloqué mentalmente el peón negro justo delante de la torre blanca, y el caballo blanco quedó en diagonal respecto al alfil negro.
Entonces, algo hizo clic. La posición no era aleatoria; era la base de una jugada conocida, una variación oculta del clásico Ruy López. Aquella combinación formaba un jaque inesperado, un jaque en sombra, que nadie habría visto salvo alguien que jugara mucho más que en el tablero: en la vida real.
Rápidamente llamé al inspector y le conté lo que había descubierto. Me pidió que fuera a la comisaría cuanto antes. Al llegar, me hicieron firmar una pila de papeles: acuerdos de confidencialidad, documentos de responsabilidad civil por las imágenes que iba a ver y otros formularios cuyo significado apenas comprendía. Todo indicaba que estaba entrando en un juego mucho más serio de lo que imaginaba.
Al entrar en la oficina, me encontré frente a una gran pizarra cubierta de imágenes: las piezas de ajedrez encontradas junto a los cadáveres, fotografías de las víctimas y un mapa repleto de chinchetas marcando cada escena del crimen.
—Buenas —dijo el inspector presentándome—. Ella es Elsa, la ganadora del concurso nacional de ajedrez y segunda en el campeonato mundial.
Las miradas de los agentes se posaron sobre mí, una mezcla de respeto y expectación. Algunos parecían dudar de mi presencia allí; otros, en cambio, entendían que necesitaban ayuda. Porque en cualquier momento, El Alfil de Sangre podría volver a actuar.
Hice de tripas corazón y, tras la invitación de Nicolás, avancé hacia el centro de la sala y me coloqué frente a la pizarra, junto al mapa.
—¿Y esas chinchetas amarillas, qué representan? —pregunté señalando.
—Son todas las tiendas que venden juegos de ajedrez con fichas como esas —respondió una chica joven que no llevaba uniforme. Supuse que era otra inspectora, como Nicolás, que también vestía de paisano.
—¿Y las verdes?
—Las viviendas de las víctimas. Y antes de que preguntes, las rojas son los lugares donde se encontraron los cuerpos —aclaró Nicolás.
—De acuerdo, sé que será un engorro, pero ¿podrían traer otro mapa igual y marcar solo las chinchetas rojas?
—Sí, claro —respondió la joven sin dudar.
Diez minutos después, estaba sentada frente al nuevo mapa, donde solo aparecían los lugares marcados con cuadrados rojos. Cogí las piezas plastificadas que me habían dado los inspectores y las fui colocando cuidadosamente sobre la mesa.
Pasaron las horas y las combinaciones de las piezas sobre el mapa no dejaban de cambiar. Pero fue con el siguiente crimen —el alfil negro— cuando la verdad se me reveló. Era una partida que había jugado años atrás, antes de ganar el certamen que me llevó al campeonato mundial. Había vencido a James, un chico obsesionado con el negro.
Recuerdo que aquella vez me senté en el lado de las negras sin intención de alterar a mi oponente. Pero él, al ver que yo ocupaba el lugar que él quería, llamó a los organizadores para pedirme que me cambiara. Al perder, tiró la silla hacia atrás con un arrebato de rabia. Durante semanas, recibí anotaciones con posibles jugadas que él creía podrían haberle dado la victoria, todas marcadas cuidadosamente en papel.
Era como si no pudiera aceptar la derrota y quisiera demostrarme que, desde el principio, la partida ya estaba ganada para él.
Salí corriendo de la comisaría, sin mirar atrás, en dirección a la casa de mis padres. Allí guardé todos aquellos papeles, sin saber muy bien por qué, pero con la certeza de que debía hacerlo. Nunca se lo conté a nadie; simplemente me parecía que quien los enviaba era alguien herido, lleno de rabia e impotencia por haber perdido una partida importante.
Cuando encontré los papeles, me despedí en silencio de mis padres y volví directamente a la comisaría. La jugada encajaba a la perfección. Él era el asesino.
Su rostro apareció en las fotografías oficiales: el mismo chico que me retó en aquella partida y luego me envió las jugadas marcadas. Todo encajaba.
No era simplemente un jugador obsesionado; era un asesino meticuloso, frío y calculador, que había convertido el tablero en un escenario de muerte. Cada movimiento suyo no solo avanzaba piezas, sino que diseñaba trampas invisibles y destinos sellados. No había espacio para la casualidad, solo para la precisión letal de su mente despiadada.
La partida parecía estar decidida, una batalla que a simple vista había terminado, pero la verdadera amenaza aún permanecía oculta bajo la superficie. Lo que parecía un juego era en realidad un cruel ritual, y yo, sin darme cuenta, me había convertido en la siguiente pieza a mover.
La tensión crecía con cada instante; mi destino pendía de un hilo invisible, y su siguiente jugada podría ser la última.
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