El Dije
Ya perdí la cuenta de cuántas veces pasé por esa barda sin fijarme. La de la...
arrow_forward LeerHabía regresado a mi país, después de muchos años de estar fuera, y no sabía por dónde empezar a darle vuelta a mi memoria; pero lo que les voy a contar no dejará que me olvide jamás de aquel hombre, y seguro que a los que me quieran oír no les será indiferente.
Llegué a mi pueblo como si aún fuera extranjera, a buscar a mi familia más cercana; empecé a preguntar por mi hermano a las pocas personas que encontré en las calles desiertas y ardientes, azotadas por el calor del trópico, y todos lo negaban.
El calor era espeso y húmedo, y lo sentía en mi cuerpo, que no me daba tregua para adaptarme a los cambios que estaba experimentando; me sentía cansada de andar y no sabía si desistir dando media vuelta, como la vez que, sin mirar atrás, me fui del pueblo para solo volver al cabo de muchos años.
Recordaba nuestra casa con tejado azul y hacia allí me encaminé, pero por más que la buscaba en la calle que recordaba, no la podía identificar.
Todo me parecía muy diferente a lo que recordaba; había casas nuevas donde antes había terrenos llenos de matorrales en los cuales nos escondíamos para jugar a ladrones y policías.
Caminando por las calles polvorientas, me sentí abrumada por la conciencia; quizá no debí ser tan ingrata, pero así lo había considerado correcto para engañar mis sentimientos y no volver atrás.
No estaba segura si había regresado a buscar recuerdos y viejos lugares de historias pasadas que tal vez me levantarían ampollas en el alma. Pienso que fueron hermosos tiempos cuando la inocencia no imaginaba la maldad, ni siquiera creía que pudiera existir.
Ya no estaban mis padres y mucho menos mis abuelos. Mis tíos con mis primos habían cambiado de ciudad en busca de una mejor oportunidad de trabajo. Ahora buscaba a mi hermano entre las nieblas de mi memoria.
Estaba parada en una esquina, mirando sin mirar, observando un punto lejano, y de pronto sentí que un hombre flaco y alto tenía su mirada fija en mí, y ya no tuve más dudas; una gran sonrisa iluminó su cara y lo vi con esa cara de marrulla que ponía cuando es pillado pillándome.
Nos abrazamos y no dijimos más hasta llegar a su casa. Parecía que nunca nos hubiéramos separado y empezó a contarme las venturas y desventuras de su camino. Hablamos y hablamos durante horas entre una taza de café y otra sin parar. Mi mente era un remolino de recuerdos contados por mi hermano y yo pescándolos, tratando de llenar con ellos los vacíos que tenía de mi larga ausencia. Así es que me di cuenta de que ya solo me quedaba un hermano, que el mayor hacía fechas sin cuenta había partido dejando solo su recuerdo sin dolientes.
Le pregunté por la montaña inclemente y lejana donde mi papá conseguía el sustento para la familia y me dijo:
—No queda mucho de lo que conociste; ahora eso es territorio de nadie. La guerrilla es señora y dueña del territorio.
—Supongo que estarás pendiente de ir a pasar la vista alguna vez; ya sabes, el ojo del amo engorda el marrano.
—Nada de eso pasa, ni loco que estuviera. Allá vive un hombrecito con su mujer y seis hijos —que dijo que tenía la última vez que nos vimos— y tres perros flacos que le ayudan a dar vuelta a las pocas ovejas, que es lo único que queda.
Me estremecí al pensar y recordar nuestros días de verano cuando se reunía todo el ganado en el potrero frente a la casa, para marcar a hierro caliente los animales nuevos, capar los terneros de engorde, separar las vacas sin cría y escoger cuáles estaban listos para la carnicería. Así se hacían las cuentas uno a uno y se iban apuntando en una libreta de pasta dura después de bañar y desparasitar el animal, que era liberado para subir a su potrero mientras nosotros, los muchachos, ayudábamos a arriarlo.
Le conté a mi hermano mis planes y me dijo:
—Si vas a subir a la montaña, lleva provisiones para los días que calculas estar por allí y, si te queda fácil, un par de bultos de comida para los perros.
—Para qué te digo nada más si haces lo que entiendes, pero debes saber que todo lo haces bajo tu responsabilidad, teniendo en cuenta lo que te he contado. No digas que no te advertí.
Me prestó su jeep y me ayudó a hacerle una revisión total de sus niveles de agua y aceite. Cerrando el capó con mucha maña y fuerza me dijo:
—Vete tranquila, que desde aquí fumaré unos tabaquitos pidiéndole a la divinidad su protección.
Así que, sabiendo todo eso, no me asusté lo más mínimo y decidí volver a la tierra de mi infancia y estar por varios días en el campo.
Hoy lo pienso: si no tenía miedo, no sabría decir si por temeraria o por irresponsable; lo único que sabía era que me había vuelto muy fuerte después de estar tantos años sola afrontando mil batallas para sobrevivir, inventándome la vida.
Con todo listo y las compras de suministros hechas, sobre todo el alimento para los perros, nos tomamos un último café para que, al amanecer, mi cuerpo estuviera listo y de muy buen ánimo.
Casi no conseguí dormir esperando la madrugada. Salí de la cama y, cuando miré hacia la puerta, mi hermano estaba con un pocillo de café hirviendo que me reconfortó el alma.
Todo fue muy rápido y sencillo; tenía todo previsto y me afané para salir con un abrazo y un “nos vemos”. Miré atrás para ver cómo mi hermano agitaba su mano y me sentí muy tranquila al emprender el viaje.
¿Qué si esperaba encontrar a alguien en ese camino desierto? No te lo puedo asegurar ni te lo quiero afirmar, porque lo que me pasó es difícil de contar; sin embargo, es algo que no quiero olvidar ni siquiera ahora que mi cabeza es una nube oscura de pensamientos que, de vez en cuando, se ilumina con los recuerdos de ese viaje.
Iba con mis pensamientos existenciales al amanecer, observando el paisaje yermo y sin pausa, por un camino infame lleno de huecos y con las huellas de un invierno inclemente que amenazaba lluvia y más lluvia.
Intentaba recordar el camino que recorrí muchos años atrás y no tenía claridad en lo que veía; todo me parecía tan desolado y lleno de neblina que mi cuerpo se estremecía a cada curva del camino, como si el jeep tuviera miedo de no saber qué nos encontraríamos en la próxima curva.
Ya sabes, la memoria es una creación de nuestra mente revuelta con una amalgama de sensaciones de nuestros recuerdos. Tal vez estaba yendo por el camino equivocado o tal vez mi mente me estaba jugando una mala pasada; pero no era lo que veía como lo recordaba.
Todo estaba en silencio; solo se escuchaba el ruido del jeep al hacer un esfuerzo para remontar la montaña, que se ponía hosca y resbaladiza, como si no quisiera ser transitada por un extraño. No divisaba alma viviente en el camino; todo estaba desierto y sin ruidos. Qué extraño me parecía todo.
Las casas que quedaron y aún estaban en pie se veían abandonadas; eran los restos de lo que una vez fueron humildes casas de bahareque y otras de tablas con tejado en barro, y muchas con tejado en zinc, donde una vez vivieron familias con muchos miembros, incluyendo los mayores que nunca abandonaban porque estos eran los jefes del hogar, y cuando sus hijos conseguían una pareja, eran acogidos por sus padres.
Recordaba que las casas tenían un olor peculiar entre el humo que despedían sus cocinas, el olor a ocre de las gruesas ruanas de sus habitantes para protegerse del frío y la humedad del ambiente. Todo lo sentía en mi memoria y lo recreaba en mi mente mientras el jeep avanzaba perezosamente tratando de esquivar los canalones que se formaban por las riadas de agua que escurrían por el camino en el tiempo de lluvias.
En un momento empecé a sentir el viento frío sobre mi cara; había abierto la ventanilla para aspirar aire fresco y que se despertaran mis sentidos para estar muy alerta. Un aguilucho pasó muy bajo y dio un rodeo que me alegró el corazón; sabía que estos pájaros buscan el sustento dando caza a pequeños roedores.
Continué subiendo y recordando el camino; calculé que estaría muy próxima a una quebrada que en los inviernos crecía arrastrando piedras grandes que hacían de su paso toda una verdadera odisea.
Empecé a oír el rumor de su corriente, lo que me indicaba su cercanía, y tuve el deseo de volver a beber de sus frescas aguas. Y fue así que, al dar una curva en el camino, apareció majestuosa y al mismo tiempo furiosa, llevando un volumen de agua considerable. Así que paré el jeep, bajé con esfuerzo y agucé mis sentidos; veía en su otra orilla un bulto, y por más que fruncí los ojos no conseguía distinguir de qué se trataba.
Me acuclillé para tomar un gran sorbo de agua fresca, y en esas me estaba saboreando cuando, de repente, sentí una mano férrea que me agarró del hombro; no sé de dónde salió, llegó tan sigilosamente que no lo había oído. Mi sorpresa fue grande y mi corazón saltó de tal forma al intentar ponerme en pie que mis piernas temblaban sin control.
Era un hombre viejo y descarnado; lo miré de frente y pude sentir su mano temblorosa por más que agarrara mi hombro con la fuerza que sus años le daban. Sus ojos eran opacos y sin brillo, su piel cetrina y muy arrugada, y desde su boca desdentada, con olor a tabaco y alcohol, me dijo sin pensarlo más:
—¿De dónde has salido, pequeño demonio, que vienes a incomodar mi silencio?
Quise responderle, pero mi boca se llenó de saliva de modo que mi lengua trabó las palabras sin que pudiera contestar. Intenté sonreírle para apaciguar sus palabras y solo me salió una mueca incómoda que hizo que el hombre soltara una carcajada sonora.
Como he dicho, era un hombrecillo muy magro y bastante enjuto, al que parecía que la ropa que traía le quedara grande; tenía una barba escasa sin arreglar y, por debajo de su antiguo sombrero de fieltro, se asomaba un pelo lacio, entrecano y grasiento.
Vestía un viejo pantalón de drill con muchos remiendos, amarrado con un cinturón hecho de cuerda. Traía una ruana corta que dejaba ver una peinilla en una funda de cuero. Calzaba unas botas de caucho bastante desgastadas que parecía que le quedaban grandes.
En los pocos minutos que tuve para observarlo a vuelo de pájaro, me di cuenta de que estaba más asustado que yo. Más adelante supe, por lo que me contaron, que a cambio de su ojo avizor la guerrilla lo dejaba estar en lo que consideraban su región y solo estaba vigilando el territorio.
—Quédese donde está y no haga ningún movimiento que me pueda incomodar —me dijo, mirándome de arriba abajo.
—Tranquilo, no he venido a incomodar a nadie; solo estoy de camino a la montaña. Voy de paso a ver qué queda de lo que fue una vez mi papá. —Por aquí no pasa nadie que yo no conozca y no esté autorizado; así que mejor sígame y hablamos.
Observé que el hombre estaba rodeado por lo menos de media docena de perros, casi todos de porte mediano y de una mezcla de razas indefinidas que les habían caído por suerte, al ser hijos del azar callejero.
Para congraciarme con el hombre le dije que en el jeep tenía alimento para perros y que le dejaría un bulto para sus compañeros, a lo que me contestó con un gruñido fuerte que más parecía un rugido de animal de selva. Al principio no supe cómo interpretar su exclamación: si era una negación de su parte o una aceptación.
Empezamos a caminar por un sendero embarrado y resbaladizo, lleno de malezas que íbamos apartando a nuestro paso. No me atrevía a hacerle más preguntas por temor de que, con otro gruñido, alterara su comportamiento. En mi cabeza se formaba un nudo de incertidumbre y me sentía un poco intimidada sin saber cuál era su intención, pero me fui sosegando en la medida que mi respiración se fue acompasando con el difícil camino, que a cada paso se hacía más inclinado y me costaba mantener el ritmo de aquel hombre enseñado a trajinar por esas trochas perdidas de Dios.
Pasaron los minutos, llenos de sudor que se me escurría por la cara a pesar del vaho que, debido al clima, me salía y formaba nubes a mi frente como si estuviera fumando un cigarrillo mentolado.
Me di cuenta de que pronto llegaríamos a un punto importante porque los perros pasaron al frente a una velocidad que parecía que alguien los persiguiera; como almas que lleva el diablo.
Según calculé, había pasado media hora en el más absoluto silencio, donde solo se escuchaba el ruido de las ramas al partirse y el ruido que hacían algunas rocas al rodar. En ese silencio podía escuchar mi corazón, que se esforzaba por seguirle el paso al hombre que iba delante; mi respiración era cada vez más ahogada porque no estaba acostumbrada a esa altura.
Finalmente llegamos donde había un pequeño claro y donde estaba un rancho de hojalata con techo de cartón piedra; desde lejos me pareció diminuto. El hombre, sin mediar palabra, sacó una llave que abría el candado de una cadena colocada en algo que podríamos llamar puerta.
Fue la primera vez que me miró de arriba abajo; con un gesto de cabeza me mandó a seguir. Todo era muy oscuro y, con gran esfuerzo, conseguí que mis ojos se acostumbraran a la penumbra.
En un rincón distinguí un fogón de leña casi apagado, sobre el cual pendía un gran caldero donde se asomaban unas patas largas y peludas que, en mi confusión, no supe distinguir si se trataban de cabrito o de ternero. El fogón tenía un tubo de cemento que hacía las veces de buitrón al exterior. El hombre no dejaba de observarme mientras yo observaba el cambuche, que me parecía lleno de olores que dejan los rastros de la miseria. En el otro extremo había un camastrón de madera, no muy grande, tendido con una manta de lana de colores.
Me fui sosegando y empecé a calmar mis inquietudes al ver la sonrisa desdentada de aquel personaje, donde le asomaban algunos dientes recubiertos de oro. No sé si sonreía para asustarme o para calmarme; pensé que por fin podía descansar un poco. Me mostró dos bancos con una mesa de madera rústica. Allí me fui a sentar y tomé la decisión de aparentar calma y confianza, aunque me sentía muy inquieta por no saber cuáles eran sus intenciones al traerme hasta ese inhóspito lugar.
Se acercó al fogón y empezó a soplar el rescoldo; avivó la llama con unas ramitas secas que le colocó. Puso una olleta negra de tiste a calentar y sacó dos pocillos de pedernal bastante desconchados donde me sirvió lo que, en un principio, pensé en rechazar, pero mi instinto me hizo aceptar: era un café recalentado. La verdad que no estaba tan mal y me calentó las manos, que estaban muy frías no solo por el clima, sino por el sudor helado que me escurría de ellas.
Nos miramos como reconociéndonos y me dijo muy entre dientes:
—Me llaman Gilberto, los que llaman por el nombre; los otros me llaman Gilberto come perros.
Mi estómago se encogió y, sin quererlo, instintivamente miré hacia el caldero que hervía y donde asomaban las patas peludas. Ahora empezaba a entender un poco el apodo que le daban y el contenido del caldero.
Haciendo de tripas corazón le contesté con el mayor aplomo que permitía mi voz:
—Soy Raquel, la hija de Misael Duarte; no sé si lo recuerda.
Se pasó la mano por toda la cara, acariciándose sus mejillas cubiertas de una barba corta y dispareja, y me contestó:
—¿Cómo no lo voy a recordar? Tengo todo el tiempo del mundo para contarle qué pasó con él y qué pasó conmigo.
Los perros se habían quedado afuera del cambuche y el silencio reinaba sin que pudiera aclarar mis pensamientos. La quietud era aterradora; no pensaba más que en aquel bulto que había visto al otro lado de la quebrada. Parece que Gilberto adivinó mis pensamientos y me dijo:
—Por aquí no pasa nadie sin permiso de mis amigos, y si se atreve, ya vio lo que le pasa, ¿no?
Me sentí muy incómoda con su afirmación y quise interrogarlo más al respecto, pero preferí callar y, con voz socarrona como quien no quiere la cosa, decirle:
—Nunca había escuchado a mi papá hablar de usted, y tampoco sabía que existiera un guardián de la montaña con tanto amor por los perros.
¡Dio una carcajada tan sonora que hizo retumbar las paredes de zinc y que la sangre se me helara; no sabía qué le había causado tanta gracia! Lo miré con mucho espanto y traté de volver a hablar de los perros que le acompañaban, y le dije:
—No entiendo cómo puede mantener tantos perros dándoles de comer en estos parajes tan desalmados.
—Es simple: no se crea, aquí hay mucha caza; solo es estar atentos a lo que caiga. Nos alimentamos bien cuando cazamos y, cuando no hay, no pasamos hambre en ningún momento. Los perros hacen el resto. Se encargan de los intrusos y yo de ellos. —En el jeep ya le dije que tengo una bolsa de alimento para sus perros; en algún momento puede volver por ella. —Quiere decir mejor: ¿volvamos, no?
Mi instinto me dio una fuerte señal para no contradecirlo, así que me hice la fuerte y seguí mirando el fuego que ardía cada vez con mayor fuerza, consiguiendo que el agua del caldero brotara a borbotones sin llegar a cubrir la pata peluda que asomaba en medio del humo que arrojaba el fogón, recordando el apodo que me dijo por el cual era conocido: come perros.
De un momento a otro vi que se servía otra taza de café cerrero y me ofrecía el concho de la olleta. Le agradecí con un gesto y nos quedamos nuevamente en silencio.
—Seguramente no habrá oído a su papá hablar de mí; creo que prefería mantener en secreto su oscura historia con mi mujer. Qué vergüenza me da ser yo que tenga que contársela para que comprenda mejor su silencio.
—Cuénteme, por favor, qué fue lo que pasó —le dije, aunque muy dentro prefería que no lo hiciera. Sabía que me haría mucho daño escuchar una historia turbia del hombre que para mí había sido un referente; sabía que su relato destrozaría la imagen que conservaba de mi papá.
—No sé por dónde empezar, pero no la entretendré en detalles porque seguramente imagina qué pasó, ¿no?
Mi cuerpo estaba cada vez más ansioso y, a pesar del hielo que me estaba traspasando los huesos, el sudor frío se me escurría por todo mi cuerpo. Creo que Gilberto lo notó y, con un aire de venganza, clavó sus opacos ojos en mi rostro esperando un gesto de curiosidad, pero permanecí impasible con su relato.
Gilberto se aclaró la garganta varias veces al tiempo que se pasaba la mano nudosa por su incipiente barba sin afeitar. Y empezó con una voz cavernosa y en un tono muy bajo que me costaba conseguir oír; parecía que tenía miedo de ser escuchado por el viento.
—Fue a principios de los años 60, cuando la violencia por estas tierras se había calmado; llegué lleno de ánimo con la idea de domar estas tierras que había heredado de mi bisabuelo.
Respiró muy hondo, como llamando los recuerdos que se entrecruzaban en su mente, y continuó en un tono más alto, de modo que su voz retumbaba contra las paredes del cambuche de zinc. Daba grandes zancadas por el reducido espacio, recorriéndolo como midiendo el tiempo.
—Al principio llegué sin saber qué me esperaba en el rancho, después de tantos años cerrado. Todo estaba como lo recordaba; solamente vi mucha maleza y la casa cayéndose a pedazos. Conseguí destrancar la puerta valiéndome de un barretón; la cerradura no obedeció a mi esfuerzo por abrirla. Estaba todo lleno de telarañas y mucho polvo; la humedad había tomado posesión de los colchones de paja, que estaban podridos, y los pocos muebles que quedaban estaban llenos de comején. ¿Sabes qué es la desolación? Eso es lo que sentí apoyando en el suelo mis pocos corotos; venían en dos costales con la remesa para unos días. ¿Qué te parece lo que te cuento?
—Me lo imagino; sé que el tiempo deja huellas por donde pasa —le dije, intentando suavizar su semblante, que según iba hablando se llenaba de arrugas que lo convertían en una máscara a la cual ya no temía; al contrario, me daba tristeza aquel hombre que intentaba poner sus recuerdos en palabras para compartirlos con una extraña.
—No llegué solo a mi rancho, ¿sabe? Me acompañaban mis dos perros, mi mula rucia y Berta, mi mujer desde hacía dos años. ¿Que cómo era ella? Le diré, si quiere saber, para que me entienda; era una india de tan solo 15 años, tenía el pelo largo y negro recogido en una trenza, con unos dientes blancos que hacían que su boca se viera sumisa y, al sonreír, sus pequeños ojos se mostraran esquivos ante las miradas desconocidas.
Esperé que continuara su relato mientras me calentaba las manos con la taza de café, pues mi cuerpo no paraba de temblar por el frío que hacía o tal vez por el miedo que tenía.
—Su papá era muy gallardo y muy guapo; se antojó de mi mujer, porque le digo más: no se le escapaba ni india, ni blanca, ni gorda ni flaca —dio un suspiro largo y continuó—. Un día cualquiera llegué al rancho, vi un caballo moro de bella estampa atado a la chambrana y supe sin más que don Misael Duarte estaba allí. La puerta estaba trancada, así que de una patada la derrumbé; entré buscando a su papá y solo encontré una ventana abierta de par en par y a Berta tapándose con la manta. Allí mismo y sin mediar palabra la agarré del pelo y la piqué en trocitos; se la di a los perros.
Me entró un temblor terrible; si este hombre había hecho esto con su mujer, ¿qué podría hacer conmigo? Me puse de rodillas y le supliqué por mi vida. No sabes hasta qué punto me rebajé, que olvidé mi decencia, ya que el miedo hacía que me sintiera dispuesta a cualquier cosa con tal de salvar mi pellejo.
—Cállese y escuche. Desde ese día no soy nadie; nunca más tuve un lugar en que reposar mi soledad. Así que ya sabes, pequeño demonio, quién atormenta mi alma. Soy un alma en pena que se alimenta junto a sus perros de lo que encuentra. Es mentira lo que dicen: “Que perro no come perro”; ya ves de qué me alimento. Te preguntarás por qué te conté mi historia; ya verás, solamente quería vaciar mi alma y llenarte con mi desgracia, porque de ahora en adelante irás de pueblo en pueblo diciendo que has conocido a un viejo loco que comía perros.
Gilberto soltó una horrenda carcajada que descompuso aún más su cara de demonio y desapareció en el caldero que hervía en el fogón mientras ladraban sus perros.
Patrocina a este escritor