Siguiendo Sus Pasos
Sentí los ojos pesados. Me costaba tanto abrirlos como levantar las malditas pesas nuevas ...
arrow_forward LeerCAPÍTULO 1: Donde la luz no proyecta sombra.
Un resplandor deslumbrante, como el estallido de un sol incandescente a milímetros de mis ojos, rasgó el espacio de golpe. Casi al instante, un estruendo ensordecedor retumbó en mi caja torácica, sacudiendo cada fibra de mi cuerpo y arrojándome con violencia contra el piso firme. El impacto me dejó sin aliento; el calor de la tierra contra mi cara fue lo único que me devolvió un atisbo de realidad mientras la cabeza me daba vueltas y los oídos me pitaban con una frecuencia insoportable.
Sumido en una densa perplejidad, tirado en el suelo e incapaz de mover los miembros de inmediato, busqué desesperadamente una explicación lógica a la que aferrarme. Mi mente, en un intento torpe de auto preservación, quiso reducir la catástrofe a algo cotidiano. Después de todo, no era la primera vez que colapsaba. Sabía bien que mi pésima alimentación, las jornadas enteras sin probar bocado y el descuido físico absoluto me jugaban malas pasadas cuando el estrés sobrepasaba mis límites. Era fácil culpar al agotamiento, a un bajón de presión o a las noches acumuladas de insomnio.
Sin embargo, cuando intenté rastrear el origen de esa tensión, la estructura de mis pensamientos se desmoronó. Busqué la causa del estrés, el motivo exacto de la angustia constante que me había estado carcomiendo los días anteriores y que, en teoría, me había conducido hasta este punto quebradizo. Pero no encontré nada. Mi memoria no tropezó con nombres, ni con deudas, ni con discusiones, ni con rostros. Solo un abismo negro, liso y sin fondo.
No recordaba qué me atormentaba. Toda la arquitectura de mis preocupaciones se había disuelto en un instante, dejando únicamente el rastro de la emoción sin su causa. Y descubrir que mi propio pasado inmediato había sido borrado por completo era algo infinitamente más aterrador que el mismo golpe contra el suelo.
Apoyé los codos contra la tierra cálida, sintiendo cómo los granos de polvo se incrustaban en mi piel como miles de agujas hirviendo. Cada músculo de mis brazos temblaba bajo la presión, pero forcé el cuerpo hasta ganar algo de elevación y quedar sentado sobre el terreno hostil. Con los puños apretados me froté los párpados con vehemencia, desesperado por sacudirme ese encandilamiento persistente que había dejado la luz cegadora, ese destello blanco que aún bailaba detrás de mi retina.
La realidad cayó sobre mí con el peso de una losa: estaba completamente perdido. No reconocía el aire, no reconocía el suelo, ni poseía el más remoto recuerdo de los pasos que me habían conducido hasta esta desolación.
Cuando por fin logré limpiar mi visión, me tomé unos segundos para inspeccionar el entorno. Recorrí el horizonte con una lentitud agónica, sintiendo cómo el pulso me retumbaba en las sienes. Pasé una mano temblorosa por mi cabello, rascando el cuero cabelludo en un intento inútil por despabilarme, e intenté ponerme de pie. Fue una lucha contra mi propia anatomía. Sentía el cuerpo ridículamente pesado, como si la sangre se hubiera vuelto plomo. Había un desfase aterrador entre mi voluntad y mis movimientos: era como si mi cerebro sufriera un retraso abismal al emitir cada orden y mis piernas tardaran una eternidad en procesarla.
A fuerza de puro instinto, logré erguirme. Mis rodillas amenazaban con ceder en cualquier instante, haciéndome tambalear al borde del abismo. En cuanto conseguí mantener un equilibrio precario, un nudo frío de angustia se me cerró de golpe en el estómago.
La desorientación dio paso a una marea de pánico. ¿Qué demonios era este sitio tan desprovisto de vida? ¿Dónde diablos me hallaba metido? ¿Y qué carajos me había ocurrido para terminar en semejante pesadilla? Mi cabeza, incapaz de articular una sola certeza, se convirtió en un caos de interrogantes que rebotaban sin tregua contra las paredes de mi cráneo.
Ante mí no solo se extendía un territorio desconocido; aquello era la maqueta de un mundo muerto. La llanura desierta se desplegaba hacia el infinito como una mortaja de dimensiones insondables, devorada por un silencio espeso, una quietud que parecía tener apetito propio. Era un vacío tan abrumador que el ambiente se volvió un espejo acústico del pánico: la vibración de mis propios pensamientos retumbaba dentro de mi cráneo y el silbido rasposo de mi respiración sonaba como el lamento de un moribundo en una tumba sellada. Cada latido de mi corazón golpeaba en mis oídos con el peso sordo de un hacha cayendo sobre carne fresca.
El suelo bajo mis pies no pertenecía a la naturaleza que yo conocía. La tierra, de un rojo enfermizo y sanguinolento, poseía una textura áspera, compuesta por una gravilla gruesa que parecía tragar la luz. Aunque llevaba mi calzado puesto, un calor incandescente traspasaba las suelas con agresión; sentía cómo la piel de la planta de mis pies se ampollaba y se pegaba al interior de la tela, derramando un ardor feroz que me hacía sentir grotescamente descalzo, como si estuviera pisando los carbones encendidos de una pira funeraria. Cada paso era una tortura calculada por no desplomarme sobre ese lecho que parecía ansioso por consumir mis restos.
Obligué a mis piernas adormecidas a avanzar a un ritmo lento, arrastrando los pies mientras la desolación amenazaba con aplastarme. Fue al alzar la vista cuando el verdadero horror cósmico del lugar se clavó en mi pecho.
Fijado en el horizonte, suspendido en una inmovilidad malsana sobre un firmamento denso y sanguinolento, no había un sol real. En su lugar, reinaba una anomalía: un disco monstruoso, deforme y desproporcionado, de un amarillo sucio y bilioso que emitía un resplandor hirviente. No tenía bordes definidos; su contorno temblaba, como una herida abierta de la cual brotaba un calor sin piedad. La luz no iluminaba: acosaba.
Afectado por una ceguera incipiente, entrecerré los ojos hasta que los párpados me dolieron y alcé la mano derecha sobre la frente a modo de visera. Pero la sombra de mis dedos no trajo alivio. Mientras intentaba adivinar qué pesadilla me aguardaba más adelante, tuve la espantosa certeza de que aquel disco amarillo no era un astro, sino un ojo colosal e inclemente que me observaba detenidamente desde la nada, esperando a que me consumiera del todo.
El viento no soplaba: embravecía la atmósfera con una ráfaga hirviente y fétida, pesada como el aliento de una bestia oculta. Cada embestida cargada de una humedad malsana golpeaba mi rostro, resecando mi piel al instante y agrietándome los labios hasta hacerlos sangrar. No era un simple clima adverso; era una atmósfera corrosiva que parecía alimentarse de mi propio cuerpo. La sed dejó de ser una necesidad biológica para convertirse en un demonio que me devoraba por dentro, una obsesión física que acaparaba cada pensamiento.
Intentar tragar saliva se transformó en una ejecución lenta. Mi garganta se sentía como una llaga abierta. Cada movimiento deglutorio traía un dolor agudo, exactamente igual a tragar pedazos de cristal molido que desgarraban el tejido blando a su paso. Pero lo verdaderamente espeluznante no era solo la tortura física, sino la secreción que se acumulaba en mi cavidad bucal: un residuo pastoso y tibio que impregnaba mi lengua con un sabor inconfundible. Sabía a pólvora quemada, a óxido y a carne cobriza... a sangre rancia.
Un escalofrío de puro terror me recorrió la espina dorsal cuando mi mente reconoció esa mezcla macabra. Un recuerdo vago y lejano flotaba en la superficie: un instinto primal de la muerte sobre la anatomía de los desastres o los vestigios de una masacre.
El pánico se apoderó de mi cordura. ¿Dónde demonios había visto eso? ¿Por qué mi cerebro conservaba con tanta nitidez un dato tan grotesco mientras borraba por completo mi propia identidad, mi nombre y mi pasado? Aquella contradicción era una burla macabra. La cabeza me dio vueltas en un vértigo nauseabundo, asaltado por la horrible sospecha de que aquel sabor a muerte no venía de un recuerdo... sino que era el rastro de algo abominable que acababa de ocurrir dentro de mí.
« ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí?», intenté gritar, pero de mi garganta seca solo se escapó un chasquido ronco e incomprensible.
Las preguntas se repetían en mi mente como un eco incesante, deformadas por el crujido invisible de algo rompiéndose en la penumbra. Consulté mi reloj de manecillas: el cristal estaba estrellado y sucio, manchado con una sustancia pringosa y negra que no recordaba haber tocado. Las agujas permanecían inmóviles en las 2:50. Agité la muñeca con la esperanza inútil de ponerlo en marcha, pero fue en vano; el tiempo mismo parecía haber muerto allí, volviéndose denso y estancado.
Para confirmar la pesadilla, miré hacia abajo. Mi propia sombra se proyectaba sobre la tierra roja en una silueta alargada y grotesca. Di diez pasos hacia adelante, arrastrando los pies en la grava caliente, y volví a fijarme en el suelo. La sombra no había variado ni un milímetro. A pesar de mis movimientos, la silueta negra permanecía clavada exactamente en la misma postura sobre la arena, imperturbable, como si perteneciera a un cuerpo distinto o estuviera pintada sobre el terreno. Un sudor helado me cortó la respiración: en ese lugar, el tiempo no solo estaba detenido, sino que la luz misma se negaba a registrar mi existencia.
Desesperado por aferrarme a cualquier objeto de mi vida anterior, metí los dedos en los bolsillos del pantalón. Mi mano chocó con un trozo de papel arrugado y abrasado por el calor del lugar. Lo saqué con torpeza, pero al intentar desplegarlo con mis dedos temblorosos, el papel se desmoronó al instante, convertido en una ceniza fina y negra que la brisa hirviente dispersó sobre la arena. No pude leer ni una sola palabra; el último rastro legible de mi existencia se disolvió antes de que pudiera darle sentido.
Hundiéndome en el pánico, exploré el fondo del bolsillo izquierdo. Mis yemas tropezaron con algo frío y rígido, sepultado bajo el forro quemado. Lo extraje con precaución: era una banda metálica, un anillo de matrimonio de oro blanco, opaco por la suciedad pero inconfundible al tacto. Lo sostuve sobre la palma de mi mano temblorosa. En el reverso interior logré intuir el relieve de una inscripción grabada, pero la combinación de mi ceguera y la ceniza incrustada me impidió descifrar el nombre. ¿A quién pertenecía esa alianza? El peso del aro entre mis dedos me provocó un vuelco violento en el corazón, una punzada de culpa tan visceral y sofocante que estuve a punto de dejarlo caer sobre la grava incandescente. Sin embargo, apreté el puño alrededor del metal hasta que el borde me cortó la piel, guardándolo como la única ancla tangible con mi realidad disuelta.
De pronto, un dolor punzante me atravesó un costado de la cabeza, como si mil agujas al rojo vivo me taladraran el cráneo. Un pitido ensordecedor y agudo comenzó a resonar directamente en el centro de mi cerebro. A punto de caer, logré mantener el equilibrio y quedé en cuclillas, cubriéndome las orejas con las manos, apretando hasta sacarme sangre para intentar sofocar el estruendo. Fue inútil. En la vibración del pitido me pareció distinguir algo peor: un coro de murmullos y risas ahogadas que repetían acusaciones incompletas, ecos disonantes de un golpe seco contra la madera y el chasquido metálico de un portón cerrándose para siempre.
Tan abruptamente como apareció, el sonido comenzó a alejarse, dejando un rastro de frío helado en mi garganta. Sentí una fugaz y falsa ráfaga de alivio.
Entonces, un calor sofocante me recorrió por dentro. No sudaba; la piel se me tensaba, reseca y cuarteada, como si mis entrañas estuvieran hirviendo. Las venas de mis brazos se marcaron de un tono violeta oscuro, pulsando como si algo diminuto se arrastrara bajo la carne. A pesar de la agonía, me puse de pie y eché a andar, rodeando mi torso con los brazos y clavándome las uñas hasta rasgar la piel, intentando contener la carne que amenazaba con abrirse.
Tan repentinamente como empezó, el dolor cesó y me detuve en seco. El silencio resultante pesaba más que la noche. Alcé la mirada intentando comprender algo de la pesadilla que experimentaba y volví a fijar los ojos en aquel horizonte infinito... solo para descubrir que el horizonte también me estaba mirando a mí, abriendo parpadeos de oscuridad sobre un firmamento desprovisto de estrellas.
En ese instante, una sacudida me oprimió el pecho. Fue un impacto seco, como si una mano invisible y helada me hubiera atenazado el corazón, deteniendo mis pensamientos y obligándome a avanzar con una desesperación ciega. Pero no había senderos, estructuras ni señal de vida alguna; solo esqueletos de árboles retorcidos y calcinados que brotaban de la tierra como dedos negros implorando piedad, quemados por un fuego que aún parecía oler a carne cauterizada.
Buscando una sombra donde cubrirme del sol abrasador, arrastré los pies hasta la base de una de esas estructuras. Apoyé la mano temblorosa sobre la madera en un intento desesperado por sostener el peso agonizante de mi cuerpo, pero el árbol no trajo refugio: la corteza exudaba una resina negra y viscosa, tibia al contacto, que despedía un tufo punzante a grasa y piel quemada. Al presionar, un crujido denso recorrió las entrañas del tronco, como si la madera estuviera respirando a través de sus grietas y ahogando un lamento atrapado bajo la tierra. Retiré la mano de golpe; la resina me dejó la palma marcada con una quemadura viva que ardía al ritmo de mi pulso.
Al apartar la mirada de la madera, bajé los ojos hacia la raíz del tronco y un horror primario me paralizó la sangre. Entre la grava emergían restos grotescos de la desolación: cuerpos fétidos a medio descomponer, con la carne negra atascada en pliegues verdosos, y cráneos desdentados a medio enterrar que me miraban desde las cuencas vacías con una mueca de agonía congelada. El tufo a podredumbre me golpeó el rostro con la fuerza de un puñetazo, revolviéndome las entrañas. Un pánico salvaje se apoderó de mis nervios. Eché a huir a ciegas, tropezando frenéticamente con mis propios pies adormecidos; di tres pasos desbocados antes de perder el equilibrio y desplomarme de bruces contra la arena ardiente, raspándome las rodillas y las palmas mientras el aire se me escapaba en un chillido ahogado de terror.
Quedé ahí tirado por un instante, con el rostro hundido en la grava incandescente y el pecho convulsionando violentamente por el miedo a ser devorado por las sombras. Me arrastré unos metros sobre el polvo, impulsándome con los codos como una alimaña malherida, tratando de poner distancia entre la fosa de aquellos cadáveres y mi propio cuerpo.
Me detuve de golpe, ahogándome en la densidad del aire, cuando un destello de lucidez cruzó mi mente: mi teléfono. Desesperado, metí la mano en el otro bolsillo, pero la tela ardió al contacto con mi piel, raspándome como lija incandescente mientras un hedor a cauterización llenaba mis fosas nasales. Apretando los dientes, logré sacarlo. La pantalla estaba estrellada, cubierta por una red de grietas que semejaban venas negras. Estaba apagado. Muerto. Lo arrojé lejos, viendo cómo se hundía en la arena, incapaz de someter mi carne a ese tormento otra vez. El artefacto inútil de mi tecnología se perdió en la nada mientras el reloj analógico de mi muñeca seguía marcando impasible las 2:50. La impotencia y el pánico me devoraron por completo mientras contemplaba aquel cielo rojizo que pesaba sobre mí como una bóveda de plomo a punto de colapsar.
A través de la bruma incandescente, creí ver una salida. A pocos metros, recortada con una nitidez surrealista contra el horizonte sanguinolento, se erguía la silueta solitaria del contorno de una gran puerta lujosa, con marcos altos de madera tallada y detalles en relieve que evocaban la entrada de una mansión señorial. El deseo irracional de resguardo aplastó al terror; me arrastré sobre la grava hasta alcanzarla.
Al acercarme, el silencio del erial fue penetrado por un murmullo tenue que emanaba del otro lado de la madera. Eran voces amortiguadas, filtradas como si provinieran del fondo de una habitación cerrada: la risa baja de una mujer mezclada con el crujido metálico de un juego de llaves y el seco tintineo de pequeños objetos de plástico cayendo sobre la duela. Por una fracción de segundo, el olor a ceniza desapareció, sustituido por el aroma distante de cera de pisos y un perfume sutil y dulce que me oprimió la garganta con una nostalgia desgarradora. Alcancé a escuchar una voz que susurraba mi nombre en una súplica desesperada antes de que el aire volviera a enrarecerse.
Fue una ilusión cruel. Al posar los dedos sobre la superficie ornamentada para intentar abrirla, la majestuosa puerta se deshizo en un polvo negro que la ráfaga abrasadora se tragó al instante. No había mansión, no había refugio; solo el mismo marco fantasma abriéndose a la llanura infinita, riéndose de mi desesperación.
Avancé a trompicones por aquel erial desolado mientras a mi mente acudían ráfagas de recuerdos deformadas: rostros de personas que tal vez pertenecieron a mi vida. «Si lo son, deberían estar buscándome... ¿o son ellos los que me dejaron aquí?». La duda me corroía como ácido. No recordaba mi propio nombre; solo veía sus facciones vacías, con ojos sin cuencas que me observaban desde el abismo de mi memoria.
Junto a esas visiones llegó una oleada brutal de angustia, paranoia y terror puro. Las imágenes me golpeaban el pecho con la contundencia de un yunque implacable sobre mis pulmones, fracturándome las costillas por dentro. Me llevé la mano al tórax en un intento inútil por contener el colapso, pero las visiones se aceleraron, agolpándose en un frenesí de tristeza, rencor y muerte. Me agarré la cabeza con ambas manos, tirando del cabello hasta arrancarme mechones, deseando desgarrarme el cráneo para extirpar esa podredumbre mental.
A cada destello de memoria lo acompañaba el retumbo de un martilleo en mi interior —como si una criatura forjara su nido en mi caja torácica— mezclado con un coro confuso de alaridos, llantos y lamentos inhumanos. La presión fue tan devastadora que caí de rodillas, sintiendo cómo la tierra absorbía el calor de mi cuerpo. Un último impacto fulminante me dobló por completo. La vista se me nubló con un destello blanco, y colapsé. Mi cabeza impactó contra el suelo seco con un crujido sordo que resonó en el fondo de mis oídos.
Las imágenes grotescas y las voces distorsionadas comenzaron a disiparse en un eco lejano. Quedé tendido de lado, con los ojos abiertos de par en par, petrificados por la agonía, jadeando por bocanadas de un aire ceniciento que se negaba a llenar mis pulmones. Sin fuerzas para resistir, me entregué a la sombra, dejando que la penumbra devorara lo último que quedaba de mi cordura. En ese instante, disolverme en la nada pareció la única forma de escapar a la aberración que me esperaba al despertar.
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