Terror

A Los Pies De La Cruz

person Adrian Plancarte

A Los Pies De La Cruz

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—El amor de una madre es eterno —decía siempre Madre, antes de que la vara en su mano castigara sin misericordia sus infantiles piernas—. El dolor ilumina el camino que nos lleva a la presencia del Señor.  

   A veces Vi no podía caminar durante días; las marcas sangrantes en su piel escocían y palpitaban como un nervio expuesto, incluso con la más ligera brisa. Cada vez que la castigaba, Madre siempre decía cosas como esas, una amalgama horrible de palabras piadosas y rabia descargada contra su tierna carne. No recordaba cómo había iniciado, pero desde que Padre se fue, las golpizas eran cosa de todos los días. 

—Es por tu bien, mi niña —dijo Madre una vez—. Dios, en su infinita sabiduría, nos ha dado la tarea de corregir a nuestros hijos. Obedece a tus padres y tus días serán largos en la tierra, dice la palabra. Lo entiendes, ¿verdad? ¿Acaso no quieres honrar a Dios y su palabra? 

   Una tarde, Vi intentó audazmente detener el castigo. La rabia con la que Madre le golpeó entonces se intensificó como nunca. La chica aprendió que era peor tratar de resistirse. 

   Después de años de religiosa repetición, la vara parecía ya una extensión de su brazo nudoso. Madre había identificado las zonas más sensibles del cuerpo de Vi y se aplicaba concienzudamente a ellas.  

   —El dolor ilumina el camino que nos lleva a la presencia del Señor —repetía—, y cada golpe producía un estallido de luz caliente que Vi podía ver incluso con los ojos cerrados.  

   La letanía con la que acompañaba el castigo cada vez era más oscura, más radical e incisiva; Vi creía que algunas de las cosas que Madre citaba de la Palabra eran en realidad sus propias convicciones, una blasfemia que, sin embargo, nunca se atrevió a denunciar. El dolor nos muestra el camino, y Madre conocía del dolor.

   Una tarde gris, después de recibir una queja de la escuela (Vi había abofeteado a una chica que se había burlado de ella), Madre se ensañó. Los golpes fueron tan fuertes y el dolor tan intenso que la mente de Vi huyó. De pronto dejó de sentir dolor. El miedo y la rabia le abandonaron, y fueron sustituidos por una especie de paz que no había conocido. El estallido de luz caliente ya no era un martirio, y el zumbido de la vara parecía lejano, como si viniera de otro mundo. Su mirada se concentró en uno de los cuadros religiosos que su madre tenía colgado en la pared. No era el más grande; no destacaba mucho de los demás retratos de vírgenes y santos. Era una reproducción barata —que ya empezaba a perder el color— de una pintura, obra de algún artista desconocido. En ella, el pintor había capturado la imagen de Cristo clavado a la cruz, a punto de dar su último aliento. La pintura era tan realista que le parecía que el olor de la sangre y la arena del calvario llegaba a su nariz; se sentía realmente ahí. Los dientes de Vi crujían, como si algunos granos de aquella arena se hubieran colado a su boca. El Cristo tenía su mirada clavada en el cielo de un azul imposible en un gesto implorante. A pesar del martirio que el Señor sufría, su expresión parecía extrañamente pacífica, llena de bondad. Un gesto cargado de gracia divina, de compasión por la humanidad, asumiendo el castigo de todos sus pecados. Vi era apenas consciente de Madre fustigando su carne, como si la chica a la que castigaban fuera otra y no ella. Vi estaba aquí, a los pies de la cruz, lejos de aquel mundo de penitencia. Lentamente, el Señor inclinó su santa cabeza; ya había advertido a Vi, postrada sobre la tierra. Pero el gesto piadoso ya había desaparecido de su divino rostro. Sus santos ojos, cruzados por gruesas líneas de sangre, la contemplaban duramente, como si las lágrimas de Vi le ofendiesen.Mírame, he aquí yo que he experimentado el Santo Suplicio, decían aquellos ojos de un color azul imposible. Debería darte vergüenza llorar por tan poco

   Aquello bastó para que Vi dejara de llorar. Después de aquella Comunión, cuando Madre aplicaba sus correctivos, alegando cualquier pretexto, por ridículo que fuera (a veces sin siquiera tener algún motivo), ella escapaba de nuevo al interior de su propia mente y volvía a los pies de la santa cruz. Encontraba consuelo en la madera erigida sobre las rocas y señalando a las alturas, como un dedo del mundo tratando de alcanzar el cielo. Ya ni siquiera pestañeaba cuando la vara descendía sobre sus piernas, sobre su espalda, incluso a veces sobre su rostro. Si Dios mismo había dejado que su propio hijo experimentara el Santo Suplicio, ella haría su parte con tal de cumplir su voluntad. El más importante de los mandamientos decía que uno debía amar a Dios y cumplir su voluntad, y el segundo más importante decía que había que obedecer a los padres. Y ella sería una hija obediente. 

   La escuela era cruel. Vi siempre había sido una marginada entre los marginados y su carácter, tan pudoroso como hermético, la hacía presa fácil de las chicas abusivas de la escuela. Al final, dejó de asistir, harta de las burlas de los otros chicos (que cuchicheaban a sus espaldas, señalando sus piernas cubiertas de cicatrices y que su falda no alcanzaba a ocultar del todo) y de sus profesores que la miraban con una especie de lástima falsa. Madre se encargaría de su educación; todo lo que necesitaba saber estaba en la Palabra. Nadie se preguntó por qué aquella chica rara ya no asistía a la escuela y así, Madre pudo dar rienda suelta a su creatividad para la penitencia. Los días se volvieron aún más largos, aunque Vi experimentó como nunca la comunión con el Señor. Sin embargo las mangas holgadas ni sus vestidos largos de ya no eran suficientes para ocultar las cicatrices dejadas por la vara, y los comentarios cargados de veneno de aquellos que lograban verlas en sus ocasionales salidas siempre se concentraban en sus miembros deformados y surcados de marcas. Los vecinos rehuían el contacto con ellas; el gesto severo y cargado de orgullo de Madre hacía que nadie intentara siquiera darles los buenos días. Claro que el alboroto de las golpizas y las letanías que la mujer gritaba cuando “corregía” a su hija no hicieron sino agravar la aversión que el barrio sentía por ellas. Alguna vez alguien llamó a las autoridades, pero Vi le aseguró a la trabajadora social que les visitó que Madre era una mujer ejemplar y que ella vivía bien ahí. Ocultó con un gesto furtivo las cicatrices de su brazo, y aunque la mujer del gobierno pareció verlas, tampoco hizo mucho caso. Aquello bastó para que nunca les volvieran a molestar.  

   Vi descubrió de que los vecinos les llamaban las locas mojigatas. No importaba; ninguno de ellos entendía la misión de Madre y mucho menos comprenderían la comunión que experimentaba con el Señor a través del dolor. Cuando Madre no la castigaba, Vi leía la palabra, a veces usando una punta de hierro afilada para trazar algunas de las palabras en su piel, como si con aquello lograra que las enseñanzas se grabaran más profundamente en su espíritu. Cada día se sentía mejor hija y súbdita de Dios. 

   Los meses pasaron, se volvieron años, y Vi pasó de ser una niña a ser una mujer joven, retraída y fuerte, pero también temerosa. La corrección había dejado una huella imborrable en su piel y en su espíritu. A la par, Madre parecía debilitarse. Sus golpes se volvían más suaves, y cada vez había más espacio entre sus sesiones correctivas. Un día, a medio castigo, Madre se desmayó. Vi se dio cuenta después de un rato; su mente estaba totalmente concentrada en el Cristo sangrante. El miedo inicial dio paso a la confusión. No estaba segura de que debía hacer, y durante algunos minutos deambuló nerviosamente por la casa. Miraba el teléfono como una especie de insecto que pudiera atacarla si se atrevía a tocarlo. Además, ¿a quién llamaría? Tardó un rato antes de atreverse a salir y, con toda la aprehensión y paranoia posible, solicitar la ayuda de una vecina, misma que, a regañadientes, llamó a emergencias. Unos minutos más tarde, una ambulancia llegó por Madre, y Vi tuvo que pasar unos días en el hospital. Leía algunos versículos en voz alta, intentando consolar a la mujer en la cama que entraba y salía de una especie de sopor inducido por los medicamentos. Ahora que la veía, comparada con otras mujeres, Madre parecía extrañamente marchita. En algunas ocasiones abría los ojos y le miraba con un odio casi palpable, antes de que el dolor le hiciera retorcerse y aullar por calmantes. Los doctores dijeron que Madre tenía cáncer, una enfermedad que te devoraba por dentro. La mandaron a casa. Ya no había nada que hacer, dijeron. Dos semanas después, Madre agonizaba en su cama. Rehusaba tomar medicamentos, pues ella sabía que el dolor le conduciría hasta la gloria del Señor. Llovía la noche en la que Madre, presa de estertores, llamó a Vi ante ella. Estaba tan débil, que la joven tuvo que pegar su oído a los labios resecos de Madre para escuchar lo que decía. 

   —Lo más parecido al amor de Dios que sentirás nunca es el amor de una madre —dijo, con un hilo de voz. Madre señaló la vara, que Vi depositó solemnemente en sus manos. Después de tantear sus nudos con sus resecos dedos, Madre continuó. 

   —Me ha llegado la hora, el Señor me llama ante su presencia y he de rendir cuentas. Acudo con humildad y con el corazón contrito, pues me alegro de haber hecho lo posible por cumplir su voluntad. No temo a la muerte, pero no quiero irme y saber que mi hija, el fruto de mis entrañas, se descarrió del camino del Señor. Es fácil que una mujer ceda a las tentaciones demoníacas sin una madre que le corrija. Prométeme que te conducirás con virtud. Yo por mi parte, solo le pido a Dios que me permita seguir ahí contigo, para seguir guiándote por el camino de la rectitud—. Diciendo esto, exhaló su último aliento. 

   Vi sentía una mezcla de tristeza, miedo y, aunque se avergonzaba, una especie de libertad. El funeral fue muy humilde; el apoyo que el gobierno le brindó no alcanzaba para mucho más. Nadie salvo ella y el sacerdote local estaba en la ceremonia. Antes de que el féretro descendiera, lanzó al agujero sepulcral la punta de hierro con la que talló frases en su cuerpo, pensando que a Madre le serviría durante su paso por el purgatorio, pero también, reconoció con vergüenza, una especie de acto simbólico de liberación. Regresó a casa, su espíritu ligero como nunca lo había sentido. 

   Trató de mantenerse en el camino de la virtud, como prometió, siempre temerosa, sintiendo que Madre la miraba y juzgaba cada una de sus acciones. A veces se fustigaba ella misma frente al cuadro del Cristo sangrante, usando para ello la vara que, como una especie de herencia macabra, Madre había dejado en su cama. Algunas noches, cuando apagaba la luz, le parecía ver que la silueta de Madre estaba al pie de su cama, vigilándola, con un gesto severo, endurecido por el dolor, pues ni siquiera en el más allá se habría liberado del cáncer. Pero sus necesidades físicas comenzaron a mermar su determinación. Vi crecía y deseos desconocidos comenzaban a medrar en su cuerpo. A veces tenía sueños que le hacían despertar jadeando, presa de un calor que al principio relacionaba con las llamas del infierno, aunque secretamente disfrutaba.  

   Algún tiempo después conoció a un muchacho que la cortejó y, como era lógico, aun con todas sus aprehensiones, terminaron por consumar su amor. Vi se entregó al muchacho, quien, ignorante de la historia de su amante, alcanzó el orgasmo en el mismo lecho en el que Madre dejó este mundo. El placer que Vi experimentó se asemejó a ese estallido de luz caliente que hacía años no sentía; tan voluptuoso y sensual que opacó incluso la sensación que experimentaba al estar a los pies de la cruz del cuadro. Aquello le hizo sentir horriblemente culpable y se arrepintió de inmediato de su blasfemia. Expulsó al chico de su casa sin contemplaciones, mientras un terror que no conocía le invadía por completo. Había cedido a las tentaciones demoníacas, había fallado a Madre y, sobre todo, a Dios. El Cristo crucificado había cambiado su expresión; ahora una especie de asco invadía su rostro sangrante. Vi empezó a tener la certeza de que estaba condenada al infierno por su pecado, por haber deshonrado su promesa y a la Palabra. Lloró amargamente mientras buscaba la vara de Madre. Ninguna cantidad de castigos autoinfligidos logró apaciguar el terror que sintió cada noche a partir de entonces, y nunca volvió a experimentar esa comunión en el Calvario. Se aisló en casa, dejó de salir y se volvió aún más huraña, si cabe. Cada noche se sentaba en la cama de Madre, esperando. Ella sería la única que podría ayudarle, devolverla al camino de la rectitud. 

   Una noche, los vecinos fueron despertados por alaridos y gritos del más profundo dolor, mezclados con una especie de rezo cuya entonación resultaba especialmente horrible a esa hora de la madrugada. Alguien llamó a la policía, diciendo que los gritos provenían del departamento de las locas. La policía tardó algún tiempo en llegar y derribaron la puerta al no obtener respuesta de la ocupante. Cuando entraron, los oficiales se encontraron con una escena de pesadilla. Vi yacía en la cama, irreconocible, cubierta de innumerables heridas, hechas por alguna especie de látigo o fusta. La sangre había alcanzado las paredes, cortinas e incluso el techo. En el rostro de Vi se apreciaba, sin embargo, una expresión jubilosa; sus ojos vidriosos estaban fijos en el techo, como si vieran algo más allá. La mueca de su rostro resultaba profundamente perturbadora en aquella habitación macabra. Al pie de la cama, una delgada vara de membrillo aún dejaba caer algunas gotas carmesíes que se acumulaban en un pequeño charco sobre la alfombra. No había señales de algún atacante o de forzamiento de la entrada, por lo que la policía, siempre ineficiente, cerró la investigación catalogó el caso como un suicidio. Nadie vio a alguien entrar o salir del departamento, los testimonios solo mencionaban los gritos de la chica y el sonido de algo que parecía un látigo cortando el aire. La explicación oficial determinó que aquella chica se había fustigado a sí misma con violencia desmedida hasta morir. Extraño, sí, pero entendible dado el contexto de la víctima. Sin embargo, uno de los oficiales del caso lo dudaba. Nadie nunca podría hacerse eso a sí mismo, ni siquiera el más loco de los suicidas. Mientras deambulaba por aquella horrible escena, un escalofrío le recorrió y se santiguó cuando nadie lo veía. Descubrió sobre el buró una nota escrita con sangre:  

   El dolor ilumina el camino que nos lleva a la presencia del Señor. 

 

 

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