Orígenes
ORÍGENES, anís del mono. El mono miraba la botella que sostenía en su mano ...
arrow_forward LeerFIGURAS.
(De eso hace mucho, tanto que apenas queda en el recuerdo de alguien.)
Me quedo mirando la foto, una foto vieja de un portal viejo con niñas viejas como la cantina, como el pueblo, como doña Juana.
"¿Parece que aquí está usted?"
Al momento doña Juana me descubre:
“¿Gallego? ¿De España esusté?
Asiento con una sonrisa y ella responde a mi pregunta
"Sí, la del abrigo rojo"
“Ah, la del abrigo rojo, que guapita, usted ha retenido, Juana"
Y se sonríe diciendo sin decir
"¡Venga ya!"
La foto es en blanco y negro. En la vieja cantina La Amistad hay tres clientes y Juana, y ahora yo. Los clientes medio se hablan entre sí, cerrados en sus sombreros de paja, mirando su mesa o el suelo, tomando algo o nada, mientras el campo se extiende a su alrededor desprendiendo su color cansado, harto del tiempo; y se queda allí fuera, reposando, casi sin respirar, como esperando. La olla empieza a borbotear el café que prepara doña Juana mientras esta gira la cabeza mirando la foto que yo miro. La foto de las niñas y, de fondo, el portal de la iglesia cubierto por el misterio.
"Esa iglesia está allí, siguiendo recto ya la verá, siempre está allí, y la de San Pelayo más lejos, hacia el otro lado, andando bien por el camino, no tiene pierde, da con ella, de siempre".
Juana sirve el café, pero no deja de mirar cómo yo miro la foto.
"En esa iglesia, la de aquí, en esa, me bautizaron, verá usté la gente del pueblo, hasta el que toca el acordeón y un marrano también. Mi difunto, Pedro López, también. Allí están de siempre, muy quietos, como figuras, ahora ya no tenemos músicos, ni siquiera el acordeonista, que murió no sabemos dónde"
Observo el fondo de la foto con algunos detalles de la gente que me cuenta, esculpidos en el portal, también el del acordeón y el chancho. La foto, el portal de la iglesia, por el otro lado San Pelayo y la cantina La Amistad, esperando no se sabe bien qué, y doña Juana sirviendo la espera.
"De pequeña mi padre me ordenaba guardar el rebaño y, cuando llovía o se levantaba el viento fuerte, nos refugiábamos en San Pelayo. Allí me pasaba el rato mirando los colores de los santos pintados en las paredes, a veces me hablaban, pero no tenía miedo, no, las ovejas tampoco, ellas solo querían calor, y allí seguían esas figuras muy paradas y muy calladas".
Los ojos de doña Juana se quedan quietos, mirándome a mí o más allá, deja de faenar y me mira con cierta extrañeza. Creo que mira y piensa: en un pasado, en la labranza, en su difunto marido, porque todo seguido se persigna. Yo me siento tan extraño como cercano.
“Mi difunto, Pedro López, murió y su muerte aró hondos surcos, y eso que se fue fino y seguido, casi sin sentirlo y rápido, en una sola persignación de cruz grande”
Por alguna razón, Pedro López se murió en aquel lugar perdido, trabajando para aquel fundo de apenas siete vidas. Porque hay vidas muertas como el pecado que se arrastran de aquellos años.
A Pedro López le arrastraba una ofuscación de animal sin espera.
La niña boba corría y saltaba feliz como la cabra tuerta, sin amarradura. Pedro desde la sombra del roble veía cómo se acercaba brincando por el rastrojo ya crecido; entonces él corría a buscar los huevos de la perdiz, así la podía sujetar. Con paja y hierba le confeccionaba un nido en su bolsillo y ella se lo agradecía con una luz de sonrisa en los ojos y unos roces sin cuenta. Y se iba corriendo rastrojo abajo sin saber para qué, ni de qué, ni por qué llevaba esos huevos brillantes, a medias ya aplastados.
Desde niño, desde siempre, a Pedro le perturbaba aquella mirada que no dejaba de señalarlo: el mirar insistente del chancho tallado en el portal de la iglesia. Lo superaba rápido, suspendido en una persignación. Su mujer, Juana, también le respondía y se persignaba, pero nunca le preguntó por qué, solo supo que respondía a un mismo misterio.
En el fundo de don Ismael, Pedro ejercía de porquero, se cuidaba de cebar y de disponer la piara con sus chanchas y verracos. No tenía tiempo ni para el comer tranquilo; se comían esas bestias el mundo y sus desechos.
De la caída de la hoja, esos animales se acurrucaban más en el chiquero, buscaban a donde pegarse, a la pared del abrevadero, a la paja, al viejo tronco de la enredadera, entre ellos y entre Pedro, que también sentía el calor. Solo tenía que apartar al verraco, encerrarlo aparte, darle ración mayor aparte. Y entonces se quedaba a solas con la chancha; esta se le acercaba y lo rozaba buscando un calor.
“¿Quiere usté algo más? Pruebe esta empanada con el vino, le sentará bien”
Juana la sirve y sigue con su Pedro
“Mi Pedro era un santo, nunca abusó de mí, se portó siempre como todo un caballero, el pobre, en paz descanse”
Y se santigua de nuevo.
Casi a los cuatro meses, una mañana fría por entre los álamos, salió Pedro en busca del Capador; iba pensando en algo, no entendía bien cómo, pero era algo. Chilló desde el umbral de la puerta y apareció el Capador; este lo vio distinto cuando Pedro le dijo:
"La chancha va a echar a parir"
Y se fueron juntos sin hablar. El lechón era un engendro con cara mitad de hombre, mitad de chancho; gruñía con voz de tos y miraba a Pedro como pensando. El Capador lo comprendió y Pedro asintió. El Capador no dejó que se miraran más y golpeó con la pala la cabeza de aquella deformidad malparida hasta que ya no vio más.
Pedro se persignó tres veces. Un graznido negro fue testigo y avisó tres veces. El Capador se marchó por el camino de los álamos a por un sol claro y frío. Se marchó con el silencio roto por el pensar:
“A quien tendría que capar seria al mismo Pedro”
Pedro López veía, más que nunca, aquellas figuras eternas en la portada de la iglesia, y entre ellas, la del chancho que lo miraba como indagándolo, y lo veía a su imagen y semejanza, para que, en las noches de insomnio, se le apareciera en forma de monstruo, con media cara idéntica a la suya, mirándolo como si lo interrogara, y la otra mitad con la mirada tiesa del chancho de la iglesia. Entendía que aquello era su hijo, su único hijo: el hijo que nunca le dio Juana y que aquella chancha, con su indiferencia y sus gruñidos, le había dado. Se sentía perdido entre estas dos visiones y, si lograba dormirse, el sueño se repetía como pidiendo justicia y algo más: reclamando la herencia genética de hijo. Con media cabeza abierta por el golpe de pala del Capador, simplemente le pedía su existencia. Una resurrección que se repetía noche tras noche: la del hijo que quería abrazarlo. Quería sentir el calor de un padre y le lloraba con su propio medio rostro mientras le eructaba unos ronquidos infernales, para terminar entre sus brazos, soltando una meada larga y pestilente, más de chancho que de humano, mitad orina verde, mitad sangre negra. El Capador también veía el chancho de la iglesia, pero era un hombre serio y callado.
En lo alto de la loma, rodeando el chiquero, se extendían los matorrales que daban cobijo a los chanchos y a las necesidades. La niña boba subía en busca de su mundo, estaba más hecha, brincaba más lenta, pero no dejaba de reír. Pedro la veía subir y rumiaba un sabor que le agitaba, a veces amargo, a veces hierbabuena.
La niña boba aparecía de entre las zarzamoras y se paraba mirándolo, Pedro sabía que, si se giraba y se agachaba, la comparanza era cierta. Primero tenía que enseñarle a quedarse juguetona ante el fruto de su bellota y hacerla husmear las criadillas, para que luego batiera con su hocico la tierra, y, postrada así, descubrirle toda su mole blanca y rosada a reventar y, en lo frondoso, confirmar que era hembra, luego todo seguiría como en la naturaleza. Hincada la intención de Pedro, la niña boba paró de reír, le quedó la boca retenida, entreabierta y torcida en un quejido cortado. Giró la cara y miró a Pedro como se aplicaba, no entendía. Quedose mansa y quieta.
“Luego se la oyó gruñir despacio en la umbría del roble. Él también gruñó largo y hondo, y se callaron.”
Así se lo dijo el Capador a don Ismael.
“¡Chancho!”
Don Ismael lanzó una patada a la perra coja y esta salió ladrando con el rabo escondido.
El Capador se fue siguiendo el camino de los álamos.
Juana seguía a lo suyo
“Mi Pedro dejó los chanchos, esos no eran para él, y se pasó a labrador”
Pedro, y muy a su pesar, dejó de familiarizarse con los chanchos. Ahora tendría que abrir y sembrar, darle un sentido a la tierra.
Varias veces fue la niña boba buscando a Pedro por el campo de labranza. Lo veía y sin dejar de mirarlo se ponía a cuatro patas bajo la higuera que limitaba el campo, en su sombra se aireaba y husmeaba la tierra, esperando. Hasta que Pedro se le acercaba y luego soltaban los gruñidos.
Y llegó que la niña boba ya no vino. A principios de otoño Pedro vio, desde el lindero del potrero, vio cómo un rayo caía y partía la higuera. La niña boba estaba preñada.
La niña devolvía y tenía mareos, ya no se reía y se encerraba. Fue el médico quien se lo dijo en secreto al padre de la niña, a Gaspar el Zurdo. Para evitar malos encuentros, el médico le dijo a Gaspar que la niña en sus devaneos insanos llegó a la Quebrada y allí, el Mandinga la preñó. Mas llegando Gaspar a sospechar y a renegar de todo, tomó el camino de los álamos y voceó en el umbral del Capador. Este bajó serio, hablaron poco y claro. Gaspar el Zurdo se fue más presto sabiendo de las aficiones de Pedro, y el Capador dudó un rato y subió junto a la lumbre. Se quedó mirando el fuego.
De mañana, Gaspar anduvo sigiloso evitando romper la escarcha. Se fue hacia la pendiente de la Vaca allí donde el campo de labranza tomaba sus lindes. En cuanto vio a Pedro López se escondió sin dejar de verlo. Se fijó en cómo movía la yunta de mulas y el arado. Una mula descoyuntada estaba sudada y soltó unas boñigas humeantes. Gaspar se arrastró como una culebra por detrás de lo arado y esperó. Como buen lanzador dudó entre una certera pedrada o el cuchillo, palpó y prefirió el cuchillo.
“Yo solo esperé que empezara el surco por mi lado, don Ismael. Una vez de vuelta, me acerqué por detrás y le hinqué bien hondo el cuchillo entre los riñones; se tensó arqueado, anduvo unos pasos y cayó.”
“¿Estás seguro de que nadie te vio?”
“Antes de hincarle estuve un rato mirando y nadie, no había nada, don Ismael”
“¿Le hincaste más?”
“No don Ismael, seguía vivo retorciéndose en los terrones como una lombriz perdida. Cogí el arado, pero esa mula parecía loca o poseída; en cuanto yo tocaba el arado rebuznaba y coceaba, no podía fijarla. Pude dar una vuelta y colocar la yunta frente a Pedro, a trompicones y tirones avancé y pasé varias veces hasta que la reja le rebanó el pescuezo. Al rato la mula paró. Me quedé mirando al malnacido hasta que se escurrió del todo”
“¿Y qué vas a hacer?”
“Ahora me siento mucho mejor, como si recuperara a mi pobre hija de nuevo, don Ismael”
“¿Le quitaste el cuchillo?”
“Sí, don Ismael y la limpié bien en mi boca”
“Bien, pues tú no sabes nada de todo eso”
y miró al cabo; este se encogió de hombros; y luego a don Anselmo, el cura; este bajó la vista.
“Era de esperar con esa mula loca, solo podía traernos una desgracia más”
y don Anselmo, el cura, se persignó.
En la cantina La Amistad quedamos dos clientes y yo.
“Murió mi marido y sabe usté, estuve dos años y medio toda de negro y encerrada en casa con todas las ventanas tapadas, hasta que don Ismael y el señor cura dijeron que ya estaba bien, y me cogí esta cantina como un regalo de don Ismael. ¡Ay! mi pobre Pedro cuanto lo querían, las veces que le dije que se llevara la mula loca a la represa y allí la despeñara.”
El más de campo de los dos hombres que quedan en la cantina se quita el sombrero, se rasca el poco pelo cano y me mira un momento con ojos de perdiz. Me dice algo que termina con una sonrisa socarrona, pero una carreta de bueyes, cargada y chillona, pasa lenta por el camino y no puedo entenderlo bien. Le devuelvo la sonrisa, y él, como quien ya ha cumplido, se levanta despacio y se va siguiendo la última carga de pasto. La salida de este deja a Juana como si rumiara algo antiguo.
Se acercó gente del pueblo y también de San Pedro. Vieron pasar a la mula loca tirada por un carabinero y, a su lado, el cabo, los dos con sus fusiles. En la vieja cancha ataron a la mula loca, ahora mansa y entregada. Hicieron apartar a la gente. Se oyeron algunas voces
“¡Mala muerte tengas, condenada!”
“¡Asesina!”
“¡Que arda la bruja!”
El cabo ordenó al carabinero que cargara, que apuntara y luego ordenó fuego. El carabinero descargó y la mula loca rebuznó, se tambaleó y cayó con un agujero entre los ojos por donde empezó a chorrear sangre negra.
El cabo cargó su fusil y apuntó por detrás de la oreja de la mula loca, disparó y el culatazo le voló también la gorra. La mula salpicó, sacudió sus patas y se quedó envarada con el ojo mirando a todos. Todos intentaron evitar el ojeo que les hacía aquel animal poseído que dio con matar al pobre Pedro López.
El Capador escuchó los dos disparos y se quedó mirando la lumbre.
Al anochecer, el padre Anselmo se llevó a la niña boba. Gaspar no quiso ni mirarla, no sabía qué sentía por aquella criatura que era su hija. La niña boba vestía como la Virgen de la estampita, con manto azul y velo blanco. Iba a conocer el goce de la Virgen y el de los ángeles del padre Anselmo. Para ello se iban en coche hacia la Capital.
Les amaneció en la carretera. Les rodeó una niebla que brillaba cada vez más y escondía la tierra. Hasta meterse en el abrigo del convento donde un silencio oscuro se fue formando para que el padre Anselmo dijera al aire
“Ave María purísima”
y una voz con sabor a madera respondió
“Sin pecado concebida”
Se ilumino una pequeña luz y a las sombras de la penumbra el padre dijo
“Llevo a la niña”
“Le abro la puerta y pase, padre”
Entraron en una sala desierta con una celosía al fondo, detrás de esta apareció una sombra, y luego se oyó un murmullo entre sombras, de estas, una voz grave dijo en femenino:
"La virgen te espera".
El padre le mostró de nuevo la estampita a la niña boba, y esta copió la actitud de la Virgen. Se abrió otra puerta sin que se viera a nadie, y el padre despidió a la niña boba indicándole con apremio la estampita. La puerta se cerró.
De esas, don Ismael favoreció bien al convento, y a Gaspar el Zurdo, lo hizo capataz sabiendo que para siempre estaría a merced de su amo patrón.
“Sabe usté, nunca más hemos vuelto a saber de la niña boba, su padre Gaspar el Zurdo, nos dijo que se puso muy mala y que se la llevaron a una casa de locos. La pobre, pero si era la santa inocencia”
Doña Juana agacha la cabeza y la menea haciendo que no.
Al tiempo, la niña boba entendió que el goce de la Virgen, el del rezar y mirar la estampita y los ángeles, no era el goce aquel que había conocido, el del gruñir de la chancha. No entendía, y a veces se ponía a cuatro patas y husmeaba el suelo, esperando. Fue sor Fátima quien le descubrió estas maneras al ver cómo se amorraba por los suelos y abombaba toda su figura para remarcar sus posaderas aireadas. En sus meneos y requerimientos de ojos y de boca, las monjas alarmadas, vieron a la quique en celo y decidieron que estaba poseída. Se dijeron que debía de ser el proceder de su fruto satánico, que así la hacía pecar. La desnudaron del manto y del velo de la Virgen y, con ropa de saco, la encerraron en celda aparte.
Su barriga se iba moldeando, no comprendía. Se le manifestaba algo dentro. Las hermanas le dijeron que tenía una alimaña malvada dentro y que la echaría, que pronto la echaría.
La niña boba y la alimaña se quedaron solas en la celda. En la oscuridad se sintió fría, como sin alma, y vio que toda ella era un huevo blanco inmaculado. Día a día veía cómo el huevo se hinchaba y a la vez se iba moteando de negro, hasta que finalmente su negrura se resquebrajaba y salía de él un bicho peludo con cuernos, que crecía y crecía hasta devorarla. Se le repetía la misma pesadilla: de día, con el nacimiento de aquel ser horrendo y su desarrollo con cola y ojos de bebé que la miraban suplicantes; y de noche, cómo abría una boca viscosa, llena de dientes afilados, que la devoraba sin cesar.
Cuando llegó el momento, acudió la partera. Liberada de su carga, la niña boba se fue acabando hasta que una mañana se sintió aplastada como un huevo brillante de perdiz, para irse sin nido ni nada.
La partera le dijo a la priora que era un niño de aspecto saludable. Las monjas lo sumergieron cinco veces en agua bendita y una a una le fueron escupiendo a la cara con la misma agua. Luego avisaron al doctor, quien lo examinó y certificó que era un niño sano y hermoso. Dejaron pasar un tiempo de clausura hasta que una pareja -él, con gabardina y sombrero de ciudad; ella, con abrigo y bolso- entró en la sala de la celosía. Una vez cerrado el trato con la sombra de la priora, esperaron el giro del torno para entregar lo pactado, recoger al niño y marcharse.
Juana, al faenar, parece que murmulla una letanía, luego para, me mira y me dice, como en secreto “Nadiesabe qué le pasó a la niña boba: se nos fue, como el acordeonista, y no supimos más de ella…” De golpe, y recordando vivamente, se le enciende el rostro como un alivio para decirme: “El acordeonista, el que se murió y no sabemos dónde. Ese solo tocaba y hacía de bailar. Divertía a todos, y a las mujeres también. Siempre se reía, con sus ojos de vidrio por el beber o por el llorar, pero sobre todo por el reír y el reírse de todos. ¡Nos reíamos tanto con él! Allí lo tenemos, en el portal de la iglesia, junto con los otros.Suerte que entre todos lo vamos alimentando y le armamos algún cigarro, nos paramos un rato para escucharle tocar el acordeón, incluso algunos le bailan una cueca y todo…” Luego reviniendo, y como arrepentida por su momento distraído y alegre, vuelve a su pena: “¡Ay, la pobre niña que habrá sido de ella!” y se persigna.
Desde que murió su hija, a Gaspar el Zurdo le entró una gran angustia que lo carcomía y lo mantenía en un estado de constante inquietud. No era ni pena, ni remordimiento, ni ningún tipo de melancolía, era como una ansiedad, de actuar, de buscar, de buscar la mejor piedra o, para ser más preciso, el mejor pedrusco que se adaptara a su mano izquierda. Subía hacia el bosque, donde allí era él mismo, como hecho de los pedruscos primitivos y de la corteza del roble; se confundía con ellos. Con el pedrusco en la mano esperaba que un cabrito se acomodara, luego lanzaba y acertaba. Se caía el animal como fulminado. Nadie supo que era él, hasta se creyeron que morían de algo raro.
Gaspar el Zurdo no fallaba en el juego de los tiros, cualquier cuerno o hueso plantado era golpeado de lleno con su acierto de ojo. Desde siempre sintió ese deseo de lanzar, hasta vivirlo de lleno cuando le dio a su pequeña que gateaba por el suelo jugando con los huesos, y así se quedó la niña. Le podía el instinto para no saber con certeza si fue un desgraciado accidente casual o apuntó y acertó. Ante el médico alegó que la niña se dio un golpe jugando, pero la niña llevaba una pedrada, su pedrada. Le volvía y le revolvía lo de lanzador más que nunca, con una fuerza mayor; de estas, y desde que murió su hija aún más sentía el impulso de dar, de darle a cualquier cosa, animal o persona, a cualquier percance, exterior o interior.
Comprobando don Ismael que menguaban sus cabritos, y dando la gente del lugar como causa de este hecho el que algunos vieron a La Calchona rondar por los corrales de don Ismael, este mandó investigar y descubrió a Gaspar cegado de su entorno y con el pedrusco en su mano izquierda apuntando. Así fue como lo atrapó y lo degradó de capataz a porquero. Gaspar el Zurdo cayó en desgracia y se quedó como relamiendo de nuevo la sangre caliente de Pedro López mientras cebaba a los chanchos y veía cómo don Ismael contaba satisfecho su pesquisa a las visitas. “A eso me ha metido, de capataz a peón del fundo, como si fuera Pedro López”. Sentía el desprecio a don Ismael en carne viva, se palpaba el pedrusco, lo volteaba en su mano izquierda, lo sopesaba: “Ahora que está solo, una fuerte lanzada desde aquí y le descoyunto el pescuezo como a un conejo, ese no se me escapa, un día u otro cae...”. Y se quedaba esperando el día en que lo tuviera a buen tiro. Sabiéndose vencedor con el peso en la mano, por primera vez a Gaspar el Zurdo se le asomaba la sonrisa placentera de su niña boba.
En La Amistad cae el sol por el suelo y deja la foto suspendida en la sombra. El último parroquiano de la cantina sigue sentado con su sombrero escondiendo su soledad. Mira el resto del fondo del vaso, se lo termina de un trago, se levanta y se va sin decir nada.
Nos quedamos Juana y yo, y el silencio.
Bebo. El aguardiente de uva me quema el gaznate y me empuja a llenar el vacío:
“¿Y qué fue del bebé de la niña boba?”
Se instala otro silencio por donde doña Juana me observa con algo más que extrañeza. Luego, como volviendo al presente, retoma su charla:
“Nadie sabe nada. Se dice que fue niño y que se lo quedó una pareja de gallegos, pero de eso hace ya mucho, muchos años… Quién sabe.”
Se queda mirándome. Algo se petrifica entre su rostro y el mío. Doña Juana parece querer decirme algo, pero no dice nada.
Me despido y ella observa el aire de mi andar, ve cómo me alejo.
En su espera de clientes ha visto alejarse a todos. En su servir la espera ha ido esculpiendo su vacío y el del esqueleto del pueblo. Yo sigo por el camino hacia el otro lado, allí donde me esperan más figuras del sin tiempo.
Patrocina a este escritor